sábado, 11 de diciembre de 2021

Thäl en el país sin muerte - Primera Parte


 Ilustración de CFC


THÄL EN EL PAÍS SIN MUERTE (1era parte)


I

No se conocía la cantidad de veces que el universo había transitado el recorrido desde su creación hasta su momento final. Se intuía, sí, que habían sido muchas. Cientos, miles, tal vez millones de veces la rueda de la existencia debió repetirse a sí misma sin cambio alguno, cada nuevo ciclo igual al anterior, inalterable, perfecto en su imitación.

Pero en algún momento de la eternidad un ser consciente se percató de la circularidad del proceso. Debieron pasar muchas vueltas más hasta que esa certeza se volvió una teoría. Muchas más hasta que esa teoría devino en un plan. Y muchísimas más hasta que un pequeño cambio pudo producirse en la historia universal, provocando que un universo fuera distinto a su predecesor. Ese fue el inicio de la singularidad.

La singularidad se fue perpetuando de una iteración a otra sin que los cambios en el universo pasado pudiese afectar al siguiente, porque no había forma en que ambos pudieran comunicarse. Hasta que la verdad llegó, en la mente del último ser vivo, al instante final de la existencia. Esa idea se hizo pensamiento, ese pensamiento se transformó en luz, en energía pura, y así pasó al próximo ciclo, cortando la negrura absoluta de la nada en el segundo cero.

Desde entonces no sólo pensamientos y energía sino también poderes elementales, espíritus, hechiceros, incluso seres artificiales, han encontrado cómo atravesar la barrera que divide el final de todo de un nuevo inicio.

Este es el universo en el que vive Thäl, último hijo de la Cúpula de Metal.


II

El oro se gasta rápido siempre que la esperanza de vida es demasiado baja. Por ello, cuando Thäl encontró nuevamente sus alforjas vacías, se dirigió al reino más cercano en busca de una misión.

El trabajo de un mercenario tenía por definición límites muy amplios: hacer cualquier cosa por la que le pagaran. Por el mismo motivo, las habilidades de un mercenario debían ser igual de amplias, porque nunca se estaba del todo seguro qué solicitaría la persona con oro en su bolsa a cambio del pago. Rastrear, convencer mediante el uso de la fuerza, matar, mutilar, oficiar como guardaespaldas, liderar escuadrones en la guerra, custodiar prisioneros. Muy de vez en cuando deshacerse de monstruos carniceros o espíritus molestos.

Thäl solía hacer apuestas mentales en el segundo mismo de cruzar miradas con su empleador. Escrutaba su rostro, sus arrugas, detectaba si la piel había sido marcada por sucesivas risas o accesos de ira, si sus ojos eran crueles o bondadosos, y sobre esos indicios jugaba a adivinar cuál sería el trabajo que le daría de comer durante los días o, con muchísima suerte, semanas siguientes.

El hombre que tenía enfrente no era un soberano sino un mercader. Poco había que adivinar en esos casos. Más allá de las vicisitudes específicas de cada encargo, la misión solía ser siempre la misma: recuperar mercancía robada y convencer a los ladrones de no volver a hacerlo. Por lo general la herramienta de convencimiento era una parte separada del cuerpo y mostrada a su antiguo dueño a muy corta distancia, desde donde pudiera incluso saborearse el olor de la sangre coagulándose.

-Necesito que recuperes algo para mí – dijo el gordo mercader mientras Thäl pensaba que le vendría bien tener algo de dinero para pagarse a sí mismo la apuesta.


III

La tienda del comerciante superaba en cantidad de tesoros a la mayoría de los castillos que Thäl hubiera visto. Tal vez eso se debía a que el castillo era en parte el tesoro. La construcción de semejantes moles de piedra era todavía lo suficientemente novedosa como para seguir asombrando a quien las veía por primera vez, lo que sumado a la relativa comodidad, la protección frente a elementos naturales y animales salvajes, la comunidad que podría formarse dentro de sus límites y en los alrededores, constituía una serie de mejoras que valía la pena resguardar como a un cofre lleno del oro más puro.

La valuación de los metales y las piedras preciosas también era nueva, pero a diferencia de lo que sucedía con los castillos, Thäl no veía ningún sentido en estimar tanto ciertos trozos brillantes arrancados de la tierra que podían incluso encontrarse tirados al caminar por ciertos lugares. Algunas piedras preciosas podían ser buenas puntas de flecha debido a su resistencia a prueba de cualquier golpe y su filo perfecto, pero mientras más brillante y valioso resultaba ser un metal, más blando y maleable era, por lo que una espada o un escudo de oro resultaba una idea estúpida. Y él no podía valorar nada que no sirviera como arma o elemento de defensa.

En tanto dinero el panorama cambiaba por completo, claro, y el oro se transformaba en el mejor amigo de un mercenario.

La túnica y el turbante de Robur, el mercader, estaban cubiertos de joyas mientras que el hombre gordo de nariz roja y salpicada por manchas negras, portaba alhajas en cada dedo y lóbulo de las orejas. Thäl intentaba no reírse ya que el contratante solía utilizar cualquier excusa para mostrarse ofendido y bajar el precio de los servicios a pagar. La falsa ofensa, ya se sabe, siempre ha sido una herramienta de negociación ampliamente utilizada.

-Por supuesto que sí, noble señor. Mi espada está a sus órdenes. ¿Qué tesoro debo recuperar?

-Mi vida eterna.


IV

-Mis ancestros provienen de un lugar muy lejano tras las montañas, más allá del desierto de Azkahar, el único lugar del mundo donde aún perviven seres humanos de piel verde.

-Conozco el desierto.

-Esos malditos verdosos han asesinado a todos los expedicionarios que he enviado, y les han impedido a regresar con noticias.

-Le pediría que no se refiera a ellos con esas palabras. Son mis amigos y me han salvado la vida más de una vez – dijo Thäl, calculando cuánto oro le valdría ese respetuoso pedido -. Además, ellos no suelen matar si no es para alimentarse o defenderse, y nunca he sabido que se alimentasen de otros humanos.

-Por el motivo que sea, mis hombres nunca han regresado.

-Tendremos que buscar ese motivo entonces. Deme a algunos de los hombres que le quedan y…

-No. Me queda poco tiempo. Yo mismo debo emprender el viaje hacia mi hogar. Ya no puedo esperar más.

-Bien. ¿Cuándo partimos?

-Primero tengo que estar seguro de que eres capaz de realizar la tarea. No es fácil cruzar el desierto, menos todavía entrar en el territorio al que nos dirigimos.

-Nunca escuché de ningún lugar habitado más allá del desierto.

-Eso es porque, por difícil que sea entrar, sigue siendo mucho más sencillo que salir.

-¿Y cómo probaría mi capacidad?

En respuesta a la duda de Thäl, Robur aplaudió ruidosamente. Acompañó al sonido de las palmas un ruido metálico, producto de los anillos en cada uno de sus dedos y de toda la joyería de su ropa al agitarse. De las cuatro esquinas de la carpa aparecieron enormes esclavos armados con espadas, lanzas, mazas y garrotes cubiertos de púas herrumbradas.

-Prueba sorpresa – dijo el mercader con una media sonrisa en el rostro.

Si el mercenario no valía la pena al menos se divertiría un rato.


V

Los monumentales esclavos se acercaban a Thäl desde direcciones oblicuas intentando aprovechar sus puntos ciegos. Él no desenfundaría sus espadas hasta no tener una idea de la velocidad y la pericia con que sus atacantes podían manejar las armas que sostenían en sus manazas. Necesitaba esos datos para planear la estrategia de defensa más efectiva. Al blandir cada uno un arma diferente, era lógico suponer que habían elegido la que mejor dominaban. O al menos la que creían dominar mejor. Sin un instructor que lo evalúe y lo guíe, es usual que un guerrero solitario mida erróneamente sus capacidades y utilice un arma que no las aprovecha al máximo. Por eso la lucha no es una ciencia sino un arte. Y por eso Thäl no se decía maestro en ninguna forma de combate sino que intentaba dominarlas todas, en la medida de sus posibilidades.

El primero en atacar fue el hombre de la maza. Eso ya los clasificaba como unos principiantes con el conocimiento táctico de una babosa. Para Thäl fue muy sencillo moverse hacia un costado, dejando que el golpe en el suelo de tierra levantara una espesa nube de polvo que quedó atrapada en el interior de la carpa al no tener cómo escapar de ella. El hombre había reducido su propia visibilidad y la de sus compañeros. Pero no tuvo tiempo de arrepentirse de su estúpido ataque porque dos cuchillos de pedernal entraron por ambos lados de su cuello, dejando salir sendos chorros de sangre al retirarse.


VI

Thäl pudo haber tomado la maza que yacía en el piso pero no era conveniente ya que no se había entrenado a sí mismo para usarla. Hubiera sido un error táctico que traicionaría todas sus elecciones como guerrero. Además, de aprender a utilizar ese tipo de arma, elegiría una mucho menos pesada. Entre fuerza bruta y agilidad, entre masa muscular y movimientos veloces, había elegido cultivar lo segundo. Su cuerpo era esbelto no sólo a causa de su niñez de hambre y esclavitud, sino porque así le era más fácil escabullirse en lugares estrechos y esconderse dentro de sombras mínimas.

Y, por supuesto, estaba el factor sorpresa. A cualquier guerrero sagaz le convenía ser subestimado, que el enemigo sólo lo tomara en serio y enfocara toda su energía en la pelea tras encontrarse herido de muerte. Si podía hacerlo. Peor no pocas veces la muerte solía encontrarlos con una mofa incompleta anegada de sangre en la garganta.

Evitando las fintas de espada y las acometidas de lanza de dos de los esclavos, Thäl se dirigió frontalmente hacia el hombre armado con el garrote de puntas herrumbradas.

El espacio reducido y la cercanía no le permitían disparar flechas, por lo que tomó del carcaj dos en sus manos y las aferró mientras derrapaba con todo el cuerpo por el piso de tierra hasta llegar detrás de su enemigo. Una vez allí clavó ambas flechas en las pantorrillas del hombre, que en un grito cayó sobre su propia arma. Las púas del enorme trozo de madera se enterraron en su rostro y pecho. La desesperación de su alarido se acrecentó hasta que fue cortado finalmente por un golpe que Thäl le propinó en la nuca, matándolo al instante.

Le causó un poco de pena la muerte del que parecía ser el más simpático de sus atacantes. Su rostro proyectaba al mismo tiempo pena y bondad y claramente luchaba por obediencia y no por placer. Pero cuando la vida está en riesgo la ventaja táctica lo es todo y Thäl no podía preocuparse por un arma contundente mientras se encargaba de las armas más veloces, más livianas y peligrosas. Además estaba casi seguro de que Robur detendría la pelea en algún momento para evitar perder más hombres y, en ese caso, se libraría de un peligro innecesario dejando lanzas y espadas para el final.

Pudo haber apostado a que esa orden del mercader acabando con la prueba llegaría pronto, dejar al hombre para el final y salvarle la vida, pero no podía arriesgarse a estar equivocado.

Un guerrero siempre se previene contra su propia estupidez y falla de cálculo.


VII

Los hombres que sostenían la lanza y las espadas eran buenos. También influía el hecho de que las armas eran más veloces y requerían menos fortaleza física.

La lanza tenía una punta de pedernal resistente y afilado y era un poco más alta que el hombre que la utilizaba, quien ya de por sí era muy alto y aventajaba a Thäl por casi una cabeza: aplicando la fuerza indicada y penetrando por un lugar del cuerpo en el que ningún hueso ofreciera resistencia, podría atravesar a una persona con facilidad, tal vez a dos.

El espadachín blandía una hoja en cada mano: en la derecha una espada de metal anaranjado y en la izquierda un puñal largo de color un poco más grisáceo. No alardeaba, sólo hacía los movimientos necesarios y buscaba infligir el mayor daño posible con cada estocada. Sería un buen ladero, pensó Thäl, si algún día necesitaba a uno dispensable que utilizar como carnada o distracción, con pocas posibilidades de supervivencia, porque la expresión ladina y traicionera en su rostro lo descalificaba para cualquier otro tipo de relación laboral.

Se formó un círculo con Thäl como centro y cada uno de los esclavos desplazándose a su alrededor. La escena parecía un baile tenso. Robur se impacientó después de unas vueltas y gritó:

-¡Hagan algo de una vez!

La orden distrajo al lancero quien, condicionado por la costumbre y el aprendizaje de los azotes, giró para mirar los ojos de Robur buscando en la mirada los detalles que siempre faltan en las palabras de quien está acostumbrado a ser complacido incluso en sus caprichos no expresados. Ese segundo de falta de atención fue mortal. Su cabeza golpeó la tierra con los ojos aún atentos en captar la próxima orden de su amo.


VIII

El esclavo restante no le dio tiempo a Thäl siquiera para limpiar la sangre de su espada y lo atacó blandiendo sus dos armas como aspas de molino. Logró marcar un par de cortes en los brazos del mercenario, debido a la rapidez del ataque y a la sorpresa, pero ninguno de gravedad. Thäl sabía que no era sencillo defenderse con una sola arma de alguien que ataca con dos y sabe usarlas. Podía tomar uno de sus cuchillos de piedra pero sólo lograría partirlo contra el metal de las hojas semiafiladas. Optó por agregar una nueva variable a la pelea. Dio una vuelta en el suelo, tomó la lanza del guerrero muerto y con ella logró controlar algo que un segundo atrás no tenía a su favor: la distancia.

Ahora dudaba si Robur daría por finalizada la prueba, parecía muy interesado en el resultado del último enfrentamiento.

Con ambos cabos de la lanza Thäl alcanzaba a su contrincante, a veces sólo golpeándolo y a veces cortando sus piernas y rostro con el extremo afilado. Era el juego de un animal al acecho con su presa pero también una advertencia para que el contrincante dejara las armas antes de que le sobreviniera un daño irrevocable.

La lucha se volvió cada vez más violenta, ruidosa. Hicieron su aparición los gritos de furia o de ánimo que los guerreros suelen dedicarse a sí mismos para aumentar su confianza y desmoralizar al enemigo. Pero esas tretas no funcionaban con Thäl. Inmerso en sus cálculos mentales de probabilidad y evaluación de daños, no prestaba atención a las palabras y sólo escuchaba el ruido de pasos sobre la tierra, la respiración agitada un segundo antes de la estocada, el silbido de las hojas cortando el aire.

Al decidir que no valía la pena seguir posponiendo el golpe final dio un paso atrás, arrojó la lanza y saltó tras ella, sosteniendo la espada con ambas manos, listo para dividir en dos un cuerpo ya herido y con la guardia baja.

-¡Alto! - gritó el mercader en ese momento. Thäl giró entonces el cuerpo en el aire para caer a milímetros del esclavo. Pero para el hombre ya era tarde. La lanza se había llevado su ojo izquierdo.


IX

Horas después Thäl comía carne asada en soledad. Había sido invitado a la mesa de la guardia personal de Robur pero no estaba de humor para compartir. La muerte inútil no le gustaba. Menos aún la de esclavos. Por motivos personales.

Después de tomar un trozo del animal humeante se había apartado caminando con tranquilidad hasta sobrepasar los límites del campamento. El sol del mediodía golpeaba como un martillo la frente de esclavos y soldados. El mercenario extrajo su capa de las alforjas que cargaba su caballo y se cubrió con ella como una carpa improvisada. Era la misma capa abrigada que lo había mantenido con vida en su extraño periplo por las tierras heladas del norte antes de descender a un mundo poblado por animales e insectoides inteligentes del que apenas pudo escapar. Pero esa es otra historia.

Después de su prueba, esa lucha innecesaria en la que se habían perdido estúpidamente tres vidas, Thäl debió curar el rostro del esclavo Elkatun, quien se veía ahora privado de uno de sus ojos. La caravana mercante no contaba con curanderos, hechiceros diestros en pociones curativas, ni tan siquiera un médico-brujo prisionero, arrebatado de su tribu, al que regresar momentáneamente a sus antiguas labores. Si alguien enfermaba en el trayecto entre una urbe y otra podía soportar el malestar, la fiebre y las punzadas de dolor el tiempo necesario o morir. Para el amo de la caravana no suponía ninguna diferencia. Por lo que Thäl era la mejor oportunidad del hombre para sobrevivir en medio de la nada, en un desierto que sería el punto de partida hacia otro, hacia las tierras de los hombres de piel verde.

Thäl cosió la cuenca destrozada, ató como pudo el nervio que sobresalía desde el vacío del rostro para que dejara de manar líquido blanquecino, curó la herida con hierbas que llevaba consigo para usarlas en caso de necesidad, y le dio a beber un brebaje que la bruja Ía le había entregado para ayudar a su cuerpo a combatir los dolores, la fiebre y la inflamación de sus heridas, y que también debía ayudarlas a cicatrizar con rapidez.

Después de hacer lo que pudo el olor a carne asada lo llevó fuera de la carpa de los esclavos. Necesitaba alimentarse. Su hambre no beneficiaba a nadie. Su culpa tampoco.


X

Al terminar su comida Thäl caminó hacia la carpa principal y solicitó audiencia con Robur. Mientras los guardias le cerraban el paso para consultar con su amo si dejarlo entrar o no, detectó siete formas de escabullirse sin ser visto para asesinarlo. Cinco de ellas podían ser efectivas a plena luz del día.

-Lo de hoy temprano fue innecesario – dijo al afirmar ambos pies sobre la tierra alfombrada, a metros del mercader: - No encuentro ningún placer en matar cuando no es necesario.

-Creí que matabas cuando te pagaban por hacerlo, no sabía que la necesidad tenía algo que ver.

Durante un segundo Thäl estuvo a punto de contar algún detalle de su niñez o al menos dar a entender que la esclavitud era algo que debía hacer mucho esfuerzo por soportar. Pero, por un lado, podía leer en el rostro de Robur que había dos respuesta posibles para esa declaración: o no le importaría en lo más mínimo o lo tomaría como un insulto.

Por otro lado, no es inteligente entregarle a nadie datos de tu pasado, mucho menos detalles penosos que abrieron heridas aún no cerradas.

En lo que respectaba a cualquier desconocido, Thäl había nacido en el momento de cruzar miradas o estrechar manos. Era un hombre sin pasado, una sombra que sostenía una espada, y lo único que debían conocer acerca de él era su habilidad al blandirla.