sábado, 11 de diciembre de 2021

Thäl en el país sin muerte - Primera Parte


 Ilustración de CFC


THÄL EN EL PAÍS SIN MUERTE (1era parte)


I

No se conocía la cantidad de veces que el universo había transitado el recorrido desde su creación hasta su momento final. Se intuía, sí, que habían sido muchas. Cientos, miles, tal vez millones de veces la rueda de la existencia debió repetirse a sí misma sin cambio alguno, cada nuevo ciclo igual al anterior, inalterable, perfecto en su imitación.

Pero en algún momento de la eternidad un ser consciente se percató de la circularidad del proceso. Debieron pasar muchas vueltas más hasta que esa certeza se volvió una teoría. Muchas más hasta que esa teoría devino en un plan. Y muchísimas más hasta que un pequeño cambio pudo producirse en la historia universal, provocando que un universo fuera distinto a su predecesor. Ese fue el inicio de la singularidad.

La singularidad se fue perpetuando de una iteración a otra sin que los cambios en el universo pasado pudiese afectar al siguiente, porque no había forma en que ambos pudieran comunicarse. Hasta que la verdad llegó, en la mente del último ser vivo, al instante final de la existencia. Esa idea se hizo pensamiento, ese pensamiento se transformó en luz, en energía pura, y así pasó al próximo ciclo, cortando la negrura absoluta de la nada en el segundo cero.

Desde entonces no sólo pensamientos y energía sino también poderes elementales, espíritus, hechiceros, incluso seres artificiales, han encontrado cómo atravesar la barrera que divide el final de todo de un nuevo inicio.

Este es el universo en el que vive Thäl, último hijo de la Cúpula de Metal.


II

El oro se gasta rápido siempre que la esperanza de vida es demasiado baja. Por ello, cuando Thäl encontró nuevamente sus alforjas vacías, se dirigió al reino más cercano en busca de una misión.

El trabajo de un mercenario tenía por definición límites muy amplios: hacer cualquier cosa por la que le pagaran. Por el mismo motivo, las habilidades de un mercenario debían ser igual de amplias, porque nunca se estaba del todo seguro qué solicitaría la persona con oro en su bolsa a cambio del pago. Rastrear, convencer mediante el uso de la fuerza, matar, mutilar, oficiar como guardaespaldas, liderar escuadrones en la guerra, custodiar prisioneros. Muy de vez en cuando deshacerse de monstruos carniceros o espíritus molestos.

Thäl solía hacer apuestas mentales en el segundo mismo de cruzar miradas con su empleador. Escrutaba su rostro, sus arrugas, detectaba si la piel había sido marcada por sucesivas risas o accesos de ira, si sus ojos eran crueles o bondadosos, y sobre esos indicios jugaba a adivinar cuál sería el trabajo que le daría de comer durante los días o, con muchísima suerte, semanas siguientes.

El hombre que tenía enfrente no era un soberano sino un mercader. Poco había que adivinar en esos casos. Más allá de las vicisitudes específicas de cada encargo, la misión solía ser siempre la misma: recuperar mercancía robada y convencer a los ladrones de no volver a hacerlo. Por lo general la herramienta de convencimiento era una parte separada del cuerpo y mostrada a su antiguo dueño a muy corta distancia, desde donde pudiera incluso saborearse el olor de la sangre coagulándose.

-Necesito que recuperes algo para mí – dijo el gordo mercader mientras Thäl pensaba que le vendría bien tener algo de dinero para pagarse a sí mismo la apuesta.


III

La tienda del comerciante superaba en cantidad de tesoros a la mayoría de los castillos que Thäl hubiera visto. Tal vez eso se debía a que el castillo era en parte el tesoro. La construcción de semejantes moles de piedra era todavía lo suficientemente novedosa como para seguir asombrando a quien las veía por primera vez, lo que sumado a la relativa comodidad, la protección frente a elementos naturales y animales salvajes, la comunidad que podría formarse dentro de sus límites y en los alrededores, constituía una serie de mejoras que valía la pena resguardar como a un cofre lleno del oro más puro.

La valuación de los metales y las piedras preciosas también era nueva, pero a diferencia de lo que sucedía con los castillos, Thäl no veía ningún sentido en estimar tanto ciertos trozos brillantes arrancados de la tierra que podían incluso encontrarse tirados al caminar por ciertos lugares. Algunas piedras preciosas podían ser buenas puntas de flecha debido a su resistencia a prueba de cualquier golpe y su filo perfecto, pero mientras más brillante y valioso resultaba ser un metal, más blando y maleable era, por lo que una espada o un escudo de oro resultaba una idea estúpida. Y él no podía valorar nada que no sirviera como arma o elemento de defensa.

En tanto dinero el panorama cambiaba por completo, claro, y el oro se transformaba en el mejor amigo de un mercenario.

La túnica y el turbante de Robur, el mercader, estaban cubiertos de joyas mientras que el hombre gordo de nariz roja y salpicada por manchas negras, portaba alhajas en cada dedo y lóbulo de las orejas. Thäl intentaba no reírse ya que el contratante solía utilizar cualquier excusa para mostrarse ofendido y bajar el precio de los servicios a pagar. La falsa ofensa, ya se sabe, siempre ha sido una herramienta de negociación ampliamente utilizada.

-Por supuesto que sí, noble señor. Mi espada está a sus órdenes. ¿Qué tesoro debo recuperar?

-Mi vida eterna.


IV

-Mis ancestros provienen de un lugar muy lejano tras las montañas, más allá del desierto de Azkahar, el único lugar del mundo donde aún perviven seres humanos de piel verde.

-Conozco el desierto.

-Esos malditos verdosos han asesinado a todos los expedicionarios que he enviado, y les han impedido a regresar con noticias.

-Le pediría que no se refiera a ellos con esas palabras. Son mis amigos y me han salvado la vida más de una vez – dijo Thäl, calculando cuánto oro le valdría ese respetuoso pedido -. Además, ellos no suelen matar si no es para alimentarse o defenderse, y nunca he sabido que se alimentasen de otros humanos.

-Por el motivo que sea, mis hombres nunca han regresado.

-Tendremos que buscar ese motivo entonces. Deme a algunos de los hombres que le quedan y…

-No. Me queda poco tiempo. Yo mismo debo emprender el viaje hacia mi hogar. Ya no puedo esperar más.

-Bien. ¿Cuándo partimos?

-Primero tengo que estar seguro de que eres capaz de realizar la tarea. No es fácil cruzar el desierto, menos todavía entrar en el territorio al que nos dirigimos.

-Nunca escuché de ningún lugar habitado más allá del desierto.

-Eso es porque, por difícil que sea entrar, sigue siendo mucho más sencillo que salir.

-¿Y cómo probaría mi capacidad?

En respuesta a la duda de Thäl, Robur aplaudió ruidosamente. Acompañó al sonido de las palmas un ruido metálico, producto de los anillos en cada uno de sus dedos y de toda la joyería de su ropa al agitarse. De las cuatro esquinas de la carpa aparecieron enormes esclavos armados con espadas, lanzas, mazas y garrotes cubiertos de púas herrumbradas.

-Prueba sorpresa – dijo el mercader con una media sonrisa en el rostro.

Si el mercenario no valía la pena al menos se divertiría un rato.


V

Los monumentales esclavos se acercaban a Thäl desde direcciones oblicuas intentando aprovechar sus puntos ciegos. Él no desenfundaría sus espadas hasta no tener una idea de la velocidad y la pericia con que sus atacantes podían manejar las armas que sostenían en sus manazas. Necesitaba esos datos para planear la estrategia de defensa más efectiva. Al blandir cada uno un arma diferente, era lógico suponer que habían elegido la que mejor dominaban. O al menos la que creían dominar mejor. Sin un instructor que lo evalúe y lo guíe, es usual que un guerrero solitario mida erróneamente sus capacidades y utilice un arma que no las aprovecha al máximo. Por eso la lucha no es una ciencia sino un arte. Y por eso Thäl no se decía maestro en ninguna forma de combate sino que intentaba dominarlas todas, en la medida de sus posibilidades.

El primero en atacar fue el hombre de la maza. Eso ya los clasificaba como unos principiantes con el conocimiento táctico de una babosa. Para Thäl fue muy sencillo moverse hacia un costado, dejando que el golpe en el suelo de tierra levantara una espesa nube de polvo que quedó atrapada en el interior de la carpa al no tener cómo escapar de ella. El hombre había reducido su propia visibilidad y la de sus compañeros. Pero no tuvo tiempo de arrepentirse de su estúpido ataque porque dos cuchillos de pedernal entraron por ambos lados de su cuello, dejando salir sendos chorros de sangre al retirarse.


VI

Thäl pudo haber tomado la maza que yacía en el piso pero no era conveniente ya que no se había entrenado a sí mismo para usarla. Hubiera sido un error táctico que traicionaría todas sus elecciones como guerrero. Además, de aprender a utilizar ese tipo de arma, elegiría una mucho menos pesada. Entre fuerza bruta y agilidad, entre masa muscular y movimientos veloces, había elegido cultivar lo segundo. Su cuerpo era esbelto no sólo a causa de su niñez de hambre y esclavitud, sino porque así le era más fácil escabullirse en lugares estrechos y esconderse dentro de sombras mínimas.

Y, por supuesto, estaba el factor sorpresa. A cualquier guerrero sagaz le convenía ser subestimado, que el enemigo sólo lo tomara en serio y enfocara toda su energía en la pelea tras encontrarse herido de muerte. Si podía hacerlo. Peor no pocas veces la muerte solía encontrarlos con una mofa incompleta anegada de sangre en la garganta.

Evitando las fintas de espada y las acometidas de lanza de dos de los esclavos, Thäl se dirigió frontalmente hacia el hombre armado con el garrote de puntas herrumbradas.

El espacio reducido y la cercanía no le permitían disparar flechas, por lo que tomó del carcaj dos en sus manos y las aferró mientras derrapaba con todo el cuerpo por el piso de tierra hasta llegar detrás de su enemigo. Una vez allí clavó ambas flechas en las pantorrillas del hombre, que en un grito cayó sobre su propia arma. Las púas del enorme trozo de madera se enterraron en su rostro y pecho. La desesperación de su alarido se acrecentó hasta que fue cortado finalmente por un golpe que Thäl le propinó en la nuca, matándolo al instante.

Le causó un poco de pena la muerte del que parecía ser el más simpático de sus atacantes. Su rostro proyectaba al mismo tiempo pena y bondad y claramente luchaba por obediencia y no por placer. Pero cuando la vida está en riesgo la ventaja táctica lo es todo y Thäl no podía preocuparse por un arma contundente mientras se encargaba de las armas más veloces, más livianas y peligrosas. Además estaba casi seguro de que Robur detendría la pelea en algún momento para evitar perder más hombres y, en ese caso, se libraría de un peligro innecesario dejando lanzas y espadas para el final.

Pudo haber apostado a que esa orden del mercader acabando con la prueba llegaría pronto, dejar al hombre para el final y salvarle la vida, pero no podía arriesgarse a estar equivocado.

Un guerrero siempre se previene contra su propia estupidez y falla de cálculo.


VII

Los hombres que sostenían la lanza y las espadas eran buenos. También influía el hecho de que las armas eran más veloces y requerían menos fortaleza física.

La lanza tenía una punta de pedernal resistente y afilado y era un poco más alta que el hombre que la utilizaba, quien ya de por sí era muy alto y aventajaba a Thäl por casi una cabeza: aplicando la fuerza indicada y penetrando por un lugar del cuerpo en el que ningún hueso ofreciera resistencia, podría atravesar a una persona con facilidad, tal vez a dos.

El espadachín blandía una hoja en cada mano: en la derecha una espada de metal anaranjado y en la izquierda un puñal largo de color un poco más grisáceo. No alardeaba, sólo hacía los movimientos necesarios y buscaba infligir el mayor daño posible con cada estocada. Sería un buen ladero, pensó Thäl, si algún día necesitaba a uno dispensable que utilizar como carnada o distracción, con pocas posibilidades de supervivencia, porque la expresión ladina y traicionera en su rostro lo descalificaba para cualquier otro tipo de relación laboral.

Se formó un círculo con Thäl como centro y cada uno de los esclavos desplazándose a su alrededor. La escena parecía un baile tenso. Robur se impacientó después de unas vueltas y gritó:

-¡Hagan algo de una vez!

La orden distrajo al lancero quien, condicionado por la costumbre y el aprendizaje de los azotes, giró para mirar los ojos de Robur buscando en la mirada los detalles que siempre faltan en las palabras de quien está acostumbrado a ser complacido incluso en sus caprichos no expresados. Ese segundo de falta de atención fue mortal. Su cabeza golpeó la tierra con los ojos aún atentos en captar la próxima orden de su amo.


VIII

El esclavo restante no le dio tiempo a Thäl siquiera para limpiar la sangre de su espada y lo atacó blandiendo sus dos armas como aspas de molino. Logró marcar un par de cortes en los brazos del mercenario, debido a la rapidez del ataque y a la sorpresa, pero ninguno de gravedad. Thäl sabía que no era sencillo defenderse con una sola arma de alguien que ataca con dos y sabe usarlas. Podía tomar uno de sus cuchillos de piedra pero sólo lograría partirlo contra el metal de las hojas semiafiladas. Optó por agregar una nueva variable a la pelea. Dio una vuelta en el suelo, tomó la lanza del guerrero muerto y con ella logró controlar algo que un segundo atrás no tenía a su favor: la distancia.

Ahora dudaba si Robur daría por finalizada la prueba, parecía muy interesado en el resultado del último enfrentamiento.

Con ambos cabos de la lanza Thäl alcanzaba a su contrincante, a veces sólo golpeándolo y a veces cortando sus piernas y rostro con el extremo afilado. Era el juego de un animal al acecho con su presa pero también una advertencia para que el contrincante dejara las armas antes de que le sobreviniera un daño irrevocable.

La lucha se volvió cada vez más violenta, ruidosa. Hicieron su aparición los gritos de furia o de ánimo que los guerreros suelen dedicarse a sí mismos para aumentar su confianza y desmoralizar al enemigo. Pero esas tretas no funcionaban con Thäl. Inmerso en sus cálculos mentales de probabilidad y evaluación de daños, no prestaba atención a las palabras y sólo escuchaba el ruido de pasos sobre la tierra, la respiración agitada un segundo antes de la estocada, el silbido de las hojas cortando el aire.

Al decidir que no valía la pena seguir posponiendo el golpe final dio un paso atrás, arrojó la lanza y saltó tras ella, sosteniendo la espada con ambas manos, listo para dividir en dos un cuerpo ya herido y con la guardia baja.

-¡Alto! - gritó el mercader en ese momento. Thäl giró entonces el cuerpo en el aire para caer a milímetros del esclavo. Pero para el hombre ya era tarde. La lanza se había llevado su ojo izquierdo.


IX

Horas después Thäl comía carne asada en soledad. Había sido invitado a la mesa de la guardia personal de Robur pero no estaba de humor para compartir. La muerte inútil no le gustaba. Menos aún la de esclavos. Por motivos personales.

Después de tomar un trozo del animal humeante se había apartado caminando con tranquilidad hasta sobrepasar los límites del campamento. El sol del mediodía golpeaba como un martillo la frente de esclavos y soldados. El mercenario extrajo su capa de las alforjas que cargaba su caballo y se cubrió con ella como una carpa improvisada. Era la misma capa abrigada que lo había mantenido con vida en su extraño periplo por las tierras heladas del norte antes de descender a un mundo poblado por animales e insectoides inteligentes del que apenas pudo escapar. Pero esa es otra historia.

Después de su prueba, esa lucha innecesaria en la que se habían perdido estúpidamente tres vidas, Thäl debió curar el rostro del esclavo Elkatun, quien se veía ahora privado de uno de sus ojos. La caravana mercante no contaba con curanderos, hechiceros diestros en pociones curativas, ni tan siquiera un médico-brujo prisionero, arrebatado de su tribu, al que regresar momentáneamente a sus antiguas labores. Si alguien enfermaba en el trayecto entre una urbe y otra podía soportar el malestar, la fiebre y las punzadas de dolor el tiempo necesario o morir. Para el amo de la caravana no suponía ninguna diferencia. Por lo que Thäl era la mejor oportunidad del hombre para sobrevivir en medio de la nada, en un desierto que sería el punto de partida hacia otro, hacia las tierras de los hombres de piel verde.

Thäl cosió la cuenca destrozada, ató como pudo el nervio que sobresalía desde el vacío del rostro para que dejara de manar líquido blanquecino, curó la herida con hierbas que llevaba consigo para usarlas en caso de necesidad, y le dio a beber un brebaje que la bruja Ía le había entregado para ayudar a su cuerpo a combatir los dolores, la fiebre y la inflamación de sus heridas, y que también debía ayudarlas a cicatrizar con rapidez.

Después de hacer lo que pudo el olor a carne asada lo llevó fuera de la carpa de los esclavos. Necesitaba alimentarse. Su hambre no beneficiaba a nadie. Su culpa tampoco.


X

Al terminar su comida Thäl caminó hacia la carpa principal y solicitó audiencia con Robur. Mientras los guardias le cerraban el paso para consultar con su amo si dejarlo entrar o no, detectó siete formas de escabullirse sin ser visto para asesinarlo. Cinco de ellas podían ser efectivas a plena luz del día.

-Lo de hoy temprano fue innecesario – dijo al afirmar ambos pies sobre la tierra alfombrada, a metros del mercader: - No encuentro ningún placer en matar cuando no es necesario.

-Creí que matabas cuando te pagaban por hacerlo, no sabía que la necesidad tenía algo que ver.

Durante un segundo Thäl estuvo a punto de contar algún detalle de su niñez o al menos dar a entender que la esclavitud era algo que debía hacer mucho esfuerzo por soportar. Pero, por un lado, podía leer en el rostro de Robur que había dos respuesta posibles para esa declaración: o no le importaría en lo más mínimo o lo tomaría como un insulto.

Por otro lado, no es inteligente entregarle a nadie datos de tu pasado, mucho menos detalles penosos que abrieron heridas aún no cerradas.

En lo que respectaba a cualquier desconocido, Thäl había nacido en el momento de cruzar miradas o estrechar manos. Era un hombre sin pasado, una sombra que sostenía una espada, y lo único que debían conocer acerca de él era su habilidad al blandirla.



 

martes, 14 de septiembre de 2021

Thäl y la bruja de la choza envanescente (2 de 2)

Ilustración de Javier Mattano

 

XV

Thäl continuó su avance, que lo hundía cada vez más bajo tierra cruzando los diferentes niveles de calabozos. La luz se iba apagando con cada paso y al llegar a la que durante muchos años fue su morada la oscuridad era casi total. Como dentro de una cueva natural, la vida percibía su entorno a través del oído y el olfato, y casi nunca percibían algo agradable.

A lo largo de su cautiverio, recordó Thäl, todos los compatriotas que habían sido apresados junto a él fueron muriendo. La lógica de los torturadores indicaba que las personas en el pico de su vitalidad y resistencia soportarían mayor cantidad de castigo, pero cruzaron todos los límites y uno a uno fallecieron en el potro de tortura. Al final sólo quedó un anciano junto al niño. No los unía ningún lazo familiar pero fue la última imagen de adulto que Thäl tuvo al crecer.

El hombre de voz pagada y tranquila llenaba la oscuridad con cuentos, le daba consejos y vaticinios, iba formando el futuro del niño como los adultos lo han hecho siempre desde que el mundo existe: con palabras, con historias.

Una de las historias que más repetía hablaba de los tesoros que la caravana había sacado de la Cúpula de Metal, tal vez para robarlos, tal vez para resguardarlos. Entre ellos, una caja labrada que llegaba a la cintura de un hombre adulto, imposible de abrir para cualquiera que no supiera cómo. Le decía al niño que, si tenía la fortuna de crecer, volverse fuerte, aprender a defenderse y a atacar, lo que estaba escondido dentro de la caja le daría la clave del triunfo contra cualquier enemigo. No sólo los nemirios sino cualquier otro que se cruzara en su camino en el futuro.

Si es que tenía un futuro, claro.


XVI

El anciano le contaba a Thäl, a veces cambiando, a veces conservando los detalles, que la caja inexpugnable había viajado con ellos en la caravana y que ahora la tenían los nemirios. A veces decía que la conservaban en el salón del trono, otras en una bóveda junto al resto de los tesoros rapiñados, otras escondida bajo tierra en un lugar cuya ubicación ni siquiera el rey conocía. Pero todas las distintas variantes de la historia coincidían en algo: para abrir la caja se necesitaba algo que no existía en ningún lugar del mundo salvo en su hogar de nacimiento, donde se lo había inventado: una pieza tallada de un metal con propiedades especiales que encastraba a la perfección con un espacio faltante en la caja y que, al unirse a ella y completarla, permitía tener acceso a sus contenido secreto.

Pocas veces le dijo también que él era el guardián de esa pieza, que la había resguardado desde que su cautiverio había comenzado y que, finalmente, la había escondido en algún lugar de la celda que compartían.

Thäl terminó de recordar los hechos y las palabras mientras llegaba al último anillo de celdas, donde estaba ubicada aquella en la que había pasado su niñez. Los barrotes seguían siendo de madera resistente pero eran otros. Pasarían años antes de que la cantidad de hierro descubierta en esa parte del mundo permitiera la forja de puertas de metal para las cárceles, por ahora ese material altamente codiciado se utilizaba sólo en armas y elementos sagrados de las incipientes religiones. Eso significaba que aún había necesidad de guardias.

Vio a tres de ellos, a pasos de distancia uno del otro. Preparó su arco con dos flechas y en el mismo momento en que la cuerda llegó a su máximo punto de tensión dejó volar ambas saetas, no sin apuntar sino habiendo ya calculado la trayectoria en su mente y haciéndola realidad mediante la perfecta memoria muscular de sus brazos, habituados a ese exacto movimiento. Mientras disparaba en solitario al último guardia pensó que no sería mala idea retomar las prácticas del lanzamiento triple.


XVII

Volvió a los primeros círculos de celdas, buscó una antorcha, la encendió y entró con ella en el calabozo. Con el oído atento a la llegada de otros guardias, inspeccionó palmo a palmo el cubículo de piedra, frío y hediondo. El piso estaba cubierto de paja y desechos humanos pero el lugar se encontraba vacío. Había siluetas inmóviles en las demás celdas, personas que no se animaban a mover ni siquiera un músculo para no atraer atención no deseada.

La revisión se fue haciendo cada vez más lenta y cercana hasta que Thäl acabó inspeccionando las junturas entre piedra y piedra con la nariz casi pegada al relieve bruscamente ondulado del muro. Estaba a punto de resignarse a salir de allí sin encontrar nada pero en el último recorrido creyó ver un destello en una de las uniones, sobre el nivel de su cabeza, a una altura que un hombre muy alto podría alcanzar en puntas de pie.

Haciendo una pila con los tres soldados muertos pudo elevarse lo suficiente como para echar un vistazo en el lugar. En efecto, algo brillaba. Algo pequeño, escondido, y definitivamente metálico.



XVIII

Recorrió con los dedos la superficie de las piedras y de la amalgama que las unía. El pequeño objeto angosto, romo, sin filo alguno, destacaba al tacto de forma clara pero indefinible. El intento de sacarlo con una mano fue infructuoso porque el espacio en el que estaba introducido era muy angosto y la nimia diferencia de relieve que pudo existir en algún momento se había rellenado a lo largo de los años con polvo y suciedad.

Intentó con los filos de piedra de las armas de las que había despojado a los guardias muertos que le servían de montículo sobre el que elevarse, pero no tenían la delgadez necesaria.

Las puntas de algunas de sus flechas sorpresivamente eran de metal. Probó con ellas y, si bien tampoco cumplieron su cometido, le sirvieron para comprobar que el objeto metálico enterrado en la pared parecía ejercer algún tipo de efecto sobre las puntas metálicas, una atracción no invencible pero si notable.


XIX

Acercó a la pared la hoja de la espada que había robado pensando que el mayor tamaño del arma aumentaría la atracción. Pero nada sucedió. Thäl dedujo que se debía a que la espada no estaba hecha del mismo tipo de metal que la punta de las flechas: era mucho menos duro y de un color rojizo opaco. Entonces utilizó el filo de las flechas para horadar el espacio entre las piedras. Con movimientos contenidos y veloces logró abrir un canal alrededor del trozo de metal escondido hasta que finalmente pudo sacarla con los dedos, no sin dificultad.

Una vez en sus manos vio que se trataba de una pieza compleja: chata, casi sin volumen, pero con varias protuberancias que se extendían hacia los lados sin un orden discerible. Terminaba de esconderla en su ropa cuando un grito lo sorprendió:

-¡Qué está pasando acá! - gritó el líder del grupo de carceleros que había llegado para el cambio de guardia.

No había razón alguna para inventar una historia. Desde su posición elevada sobre los soldados muertos se abalanzó sobre la patrulla con una flecha apretada dentro de cada puño. Fue por los cuellos y los ojos, como se debe hacer con armas afiladas pero de corto alcance. Tales heridas tienen el beneficio adicional de que la víctima lleva sus manos al órgano sangrante descubriendo el resto del cuerpo. Thäl intentó atravesarlos con su espada pero el metal blando se dobló al chocar con las costilla de un guardia. Entonces lo tomó con ambas manos y lo arrojó contra los barrotes, rompiéndolos con la fuerza del golpe. El cuerpo quedó empalado en las varias puntas de madera.

Los otros soldados murieron con sus cabezas destrozadas contra las piedras del muro, desnucados o asfixiados por un par de manos desnudas. Thäl tomó todas las flechas que pudo, la espada que notó más resistente, y salió al exterior con rumbo al ala que daba acceso a los aposentos reales. Tenía que averiguar si eran ciertas las historias que indicaban que el rey guardaba la caja de metal entre sus tesoros.


XX

Las estrellas brillaban en el cielo negro como el fango mortal de la Selva Impenetrable. A lo lejos, chillidos aislados de animales gigantescos se sobreimponían durante segundos aislados sobre el trajín de personas que corrían con los últimos baldes de agua para acabar con el fuego ya casi aplacado por completo. El suelo temblaba de manera casi imperceptible al caminar cuando gusanos de tierra del tamaño de caravanas enteras avanzaban bajo tierra en los campos cercanos. Thäl reconocía todas las señales, podía leer el aire y la tierra, la ausencia de luz y el movimiento. Pero no podía leerse a sí mismo con la misma fidelidad.

Pasaba de buscar un plan urdido a la perfección a tomar decisiones apresuradas. De calcular cada consecuencia de sus actos a saltar sin mirar.

Una de las nacientes religiones decía que el ser humano estaba habitado por decenas, a veces cientos, de seres espirituales que vivían en guerra en su interior y que la labor que debía cumplir la conciencia del hombre era mantener en equilibrio esa lucha interna. No era una explicación mucho más loca que otras que hubiera escuchado y tenía la ventaja de relevar a la persona de toda responsabilidad sobre sus actos: su única culpa por un acto reprochable o insensato podía ser, tal vez, haber relajado la vigilancia y dejar actuar sin frenos a uno de sus aspectos más beligerantes.

Thäl no creía en esas teorías pero podían ser un buen justificativo para lo que estaba haciendo.


XXI

Recordaba bien la ubicación de la cámara del rey. La había conocido en sus años de cautiverio: a veces el soberano salía a la ventana de sus aposentos para verificar los avances en la construcción del castillo y el muro. También sabía que entrar blandiendo la espada tenía muy pocas posibilidades de éxito. Podía matar a varios guardias solitarios pero a medida que se adentrara en los pasillos habría cada vez más soldados, y más llegarían atraídos por los gritos y el ruido de la lucha, hasta apiñarse en un grupo compacto frente a la puerta del monarca. Le impedirían la entrada incluso si los matara a todos y los convirtiera en una pila de cuerpos amontonados. Debía ser sutil, solapado, actuar más como un ladrón que como un guerrero.

Tiempo atrás había vivido aventuras acompañado por ladrones profesionales. No le gustaba hacerlo porque esas misiones por lo general implicaban que alguien lo emparejase con un desconocido. Thäl tardaba meses en escrutar a una persona y descifrarla hasta adelantarse a sus reacciones, ser consciente del grado de confianza que merecían, saber si podía cargarlos con un secreto o una responsabilidad. Compartir una aventura desconfiando todo el tiempo de sus acompañantes era una molestia soportable pero innecesaria. Y Thäl, creciendo como esclavo, había aprendido pronto que nada se desperdicia, ni siquiera un poco de tranquilidad mental, que nada negativo se lleva encima sin necesidad, ni siquiera un poco de desconfianza, y que nunca se renuncia ni a una pizca de comodidad.

De todos modos, observando a ladrones de profesión y con años de experiencia, había aprendido una o dos cosas.


XXII

Lo primero que podía hacer esa recorrer el camino de menor resistencia, es decir, no hacer nada. Nada más que fluir hasta que una piedra en el camino lo detuviera. Pasó la primera fila de guardias saludándolos con la señal del ejército nemirio, golpeando dos veces su pecho con el puño. Más que un santo y seña era una costumbre tribal, una antigua muestra de pertenencia a su pueblo y, por lo tanto, la posibilidad de que hubieran dejado de utilizarla era prácticamente nula.

La seña, más el uniforme y las armas que habían pertenecido a la guardia, le sirvieron también para burlar la segunda línea de defensa. La oscuridad ayudaba. Los pasillos del palacio eran fríos y oscuros, sin adornos en las paredes: no había allí tapices, banderas con el escudo de armas del reino ni espadas de guerreros del pasado exhibidas a la altura de los ojos. Austeridad total que se aplicaba a todos los habitantes salvo a la familia real, en quien ya comenzaba, como en todas las que Thäl había conocido, un proceso de ablandamiento y degeneración.

Todos los reyes llegaban a ese lugar en la jerarquía de un pueblo mediante la violencia: quienes la ejercían contra su pueblo como tiranos y quienes la ejercían contra otros como héroes. La valentía era una cualidad que los separaba de los demás, junto con la capacidad de realizar cualquier sacrificio en pos de ganar una batalla. Los primeros reyes, entonces, solían ser hombres frugales, disciplinados, austeros, de pocas palabras y pocos golpes de espada escandalosamente efectivos. Sin importar que las utilizasen en su propio beneficio, esas cualidades eran en ellos innegables.

Hasta llegar al poder.

El primer rey podía mantenerse fiel a su carácter hasta la vejez, llevado por el pudor frente a la propia molicie, negándose a traicionar su mayor tesoro, el único que nadie podía quitarle: el recuerdo de sí mismo cuando joven.

Pero desde la primera sucesión en adelante los reyes solían ser cobardes, locos, imbéciles o una mezcla de los tres.


XXIII

En la tercera línea de guardia, los soldados detuvieron a Thäl. Eran tres hombres jóvenes, con cara de dormidos y sin demasiado aspecto de guerreros. Después de devolverle el saludo le preguntaron qué hacía allí a esa hora.

-Llevo un mensaje urgente del capitán para los vigías en las almenas.

-Danos el mensaje y nosotros lo transmitiremos.

-Tengo órdenes de transmitirlo en persona.

El grupo intercambió miradas de incredulidad.

-Esto nunca había pasado, es muy extraño.

-Pues dale gracias al dios en el que creas de no haya pasado antes. Necesito poner en aviso a los vigías acerca de un peligro tan grande que, si el rumor se esparce, podría provocar caos en en el pueblo, podría enloquecer a quien lo escuchara. Si quieres contaminar tus oídos con la noticia no tengo problema en decírtelo, pero preferiría llevar la carga yo solo y que al menos así el hecho de no volver a dormir en paz sirva para algo.

-¿Qué puede ser peor que los dragones y los gusanos gigantes?

-Miles de cosas. Pero con una sola nos alcanza para estar todos condenados.

Los jóvenes lo dejaron pasar y pudo subir al piso superior. Otro piso, otro destacamento de guardias, lo separaba de la torre de vigilancia ubicada exactamente sobre las habitaciones del rey.


XXIV

El primer grupo de soldados que Thäl encontró en el último piso, estaba ubicado en el extremo opuesto a su destino final. Frente a ellos, alejado por una distancia de unos diez pasos, realizó el saludo correspondiente y dio media vuelta sin que lo detuvieran o interrogaran.

El segundo grupo custodiaba la escalera que daba acceso al techo y a la torre de vigías. Tenía que pasar por allí, con astucia o con violencia, si quería llegar a la parte superior del castillo. Entonces debería ingeniárselas para descender dos pisos e ingresar por fuera a la cámara del rey, sin alertar a la guardia y sin darle tiempo al monarca para dar la alarma.

Comenzó a repetir la misma historia que le había permitido avanzar hasta donde había llegado:

-Llevo un mensaje urgente del capitán para los…

La mentira del bárbaro fue cortada por un golpe en el rostro con la parte inferior de una lanza.

-¿De dónde sacaste esa espada? -preguntó el guardia que lo había golpeado, apuntando el filo de su lanza al pecho de Thäl mientras los otros dos se movían lentamente, flanqueándolo.

Miró la espada colgada de su cinturón y supo que no tenía opción. Él la había recogido de entre los guardias muertos en las mazmorras subterráneas por ser la de color más uniforme y apariencia más resistente, la mejor forjada a simple vista. Pero concentrado en el filo, la única parte de la espada que le importa a un verdadero guerrero, pasó por alto la empuñadura labrada y el pomo con símbolos en relieve. El arma debía ser muy reconocible para quién la hubiera visto antes. Mucho más para un amigo, un hermano u otro pariente cercano, lo que posiblemente era el soldado que lo mantenía amenazado a punta de lanza.

Antes de dejar que los otros dos guardias se ubicaran a sus espaldas formando un triángulo que siempre dejara a uno de ellos atacarlo desde un punto ciego, Thäl dio un paso decidido hacia atrás y sacó de su funda al arma delatora. Era momento de saber si su elección había sido correcta y estaba tan bien forjada como lo creyó al elegirla por sobre las demás.




XXV

Lo primero era impedir los gritos y el ruido de filos de metal chocando entre sí. La espada salió cortando, tomada con la mano derecha desde su costado izquierdo, cercenando las cuerdas vocales del soldado que flanqueaba a Thäl desde ese lado de su cuerpo. Con un movimiento hacia arriba y en diagonal, golpeó al soldado de la derecha con el pomo de la espada en la mandíbula, partiéndosela y haciendo saltar varios de sus dientes. Con suerte, la sangre llenaría su garganta impidiéndole proferir sonido alguno.

El guardia restante se abalanzó sobre él con la lanza en ristre y lo hirió en el hombro. La punta penetró entre el hueso y la axila y pasó al otro lado derramando abundante sangre. El golpe llevaba tanto impulso que el arma terminó clavándose en la pared detrás de Thäl, en el espacio de argamasa entre dos piedras. Sabiendo que estaba atrapado y que no podía retroceder, el bárbaro hizo todo lo contrario: empujó el torso hacia adelante ahogando un grito de dolor hasta tener a su atacante al alcance de sus brazos extendidos. Haciendo un esfuerzo atroz lo tomó de la garganta con ambas manos y apretó hasta que el rostro del joven se volvió violeta y sus ojos se colorearon de rojo, surcados por el carmesí de pequeñas venas rotas.

Empujó su cuerpo un poco más hasta sacar la lanza de su hombro por el extremo opuesto y apoyó el cadáver que sostenía delicadamente sobre las rocas del piso.

Después se encargó de dar el golpe final a los dos guardias caídos, en silencio, con gentileza, como se sacrifica a un animal cuando no se desea que la tensión de la agonía se transmita a la carne.

Cortó parte de la ropa de uno de los muertos y con el jirón de tela envolvió la herida de su hombro, esperando que la sangre se detuviera en algún momento. Entonces abrió la puerta que daba al techo y apoyó el pie sobre el primer escalón, comenzando el ascenso.



XXVI

El rey Regulus Cuarto de Nemiria dormía en sus aposentos, abrigado por pieles de lobo y otros animales menos feroces y simbólicos, sobre su cama de madera labrada en la que podían descansar cómodamente diez personas. No tenía reina ni concubinas pero sí varios hijos, cuyas madres habían sido desaparecidas apenas los niños fueron capaces de caminar y moverse de un lado al otro sin asistencia. Los reyes nemirios no deseaban contradicciones en la crianza de sus hijos. Tampoco luchas de poder ni envidias por lo que, una vez elegido el sucesor de Regulus, los demás niños, sin importar cuántos existieran en ese momento, también desaparecerían y serían borrados de los escasos registros. Los nemirios no se preocupaban por transmitir sabiduría sino por ejercer el poder. No tenían más que un escriba a la vez y cuando éste moría tardaba meses en ser reemplazado, generalmente a pedido de otros reinos que solicitaban documentos escritos para cerrar pactos y alianzas. Así, a regañadientes, se buscaba a un letrado en las tierras lejanas o se le enseñaba a algún joven los rudimentos más básicos que les permitieran dejar marcas duraderas en barro, papiro o pergaminos.

Regulus había sido elegido como sucesor de su padre cuando se ponían las primeras piedras del castillo desde el cual reinaba las tierras aledañas. Los dominios en realidad estaban lejos de tener fronteras fijas ni más límite a respetar que las murallas que rodeaban sus centros de poder: a veces una sola construcción fortificada, a veces un conjunto de puestos y ferias donde comerciaban los habitantes de las afueras, a veces un pequeño poblado interior. El campo que separaba una fortificación de otra estaba en una disputa sorda y permanente, pero sólo se movilizaban tropas para resguardarlos en caso de haber un justificativo poderoso, como el hallazgo de nuevas riquezas o el capricho del monarca.

Con la puerta trancada desde dentro por un madero resistente que subía y bajaba mediante un ingenioso aunque simple movimiento de palanca, Regulus no temía nada dentro de su recámara. Afuera, varios destacamentos de guardias velaban garantizando su sueño. Y ante cualquier eventualidad o peligro había tres diferentes formas de salir de allí mediante pasadizos escondidos que su padre había mandado a construir y cuya ubicación le había revelado antes de morir. Pasadizos que sólo permitían el tránsito hacia afuera y por el cual nadie podía ingresar.

Pesadas cortinas de tela en varias capas superpuestas impedían que el frío de la noche ingresara al recinto, pero no había batientes en las ventanas porque se le había asegurado al rey que nadie podría ascender por la pared del castillo y escabullirse dentro de su recámara. Por un lado, se necesitaría una escalera colosal y, por otro, los guardias apostados bajo su ventana vigilaban cada minuto del día, impidiendo cualquier ascenso.

Por eso Regulus, aunque sobresaltado, pensó que seguía soñando cuando el filo de una espada cortó las cortinas y, primero unos brazos ensangrentados y luego el resto del cuerpo de un hombre, pasaron por la abertura como naciendo a sus pesadillas.


XXVII

El bárbaro entró en la habitación cubierto de sangre como si se tratara del momento de su nacimiento.

Una vez en el techo había bloqueado la trampilla de acceso con todos los objetos voluminosos que halló. Apoyadas en la pared había bolsas tejidas con grandes sogas anudadas llenos de escudos, repisas con armas de todo tipo, uniformes y botas de cuero apiladas. Esa azotea y la torre de vigilancia eran las primeras líneas de defensa ante un ataque y los elementos necesarios debían estar al alcance de los soldados ante cualquier eventualidad. Tomó los objetos que pudo alcanzar antes de que uno de los vigías diera la voz de alto y Thäl se arrojara contra los soldados destacados en el lugar.

Una cierta sed de sangre aplazada en favor del sigilo lo llevó a elegir el combate cuerpo a cuerpo y la sangre de sus enemigos cubrió gran parte de su ropa. Luego buscó entre los materiales acopiados y encontró sogas resistentes, pensadas para escalar o descolgarse por los muros del castillo. Con una de ellas, actuando con rapidez para no ser visto por los guardias a nivel del suelo, bajó dando saltos hasta la ventana del rey y entró por ella espada en mano.

Thäl conocía la habitación. Había ayudado a construirla, participando sobre todo en la inspección de los pasadizos escondidos junto con otros niños esclavos. Algunos de ellos habían muerto aplastados por un mal funcionamiento de las trampillas que sólo se abrían hacia el exterior, impidiendo que alguien entrara. Otros, atrapados en sectores demasiado angostos de los túneles donde el cadáver permanecía hasta que era posible ensanchar el recorrido a fuerza de cincel y martillo a su alrededor y sacarlo de allí.

Regulus corrió instintivamente hacia el pasaje más cercano, oculto tras una enorme bandera con una escena de guerra bordada en colores apagados. Habiendo calculado su reacción, Thäl arrojó dos flechas en el mismo disparo, clavando la tela a los lados de la puerta giratoria e impidiendo que pudiera abrirse. El rey lo intentó de todas formas y eso le dio tiempo al intruso para acercarse en cuatro zancadas y poner el filo de la espada en su garganta.

-Tenemos que hablar, si es tan amable, su majestad -dijo Thäl.

-No tengo el placer de conocerlo -respondió Regulus, con una valentía que el bárbaro no esperaba.

-Oh, ya me conocerá. Y dudo que le sea placentero.


XXVIII

-Bueno, su majestad, aunque no lo recuerde, ya nos habíamos visto. De hecho, yo habité en este lugar antes que usted. Los nemirios vivieron varios meses en un campamento no muy lejano, desde donde su padre venía casi todos los días a vigilar el avance en la construcción de su castillo. Los esclavos fuimos las primeras personas que pasaron sus noches en este lugar, dentro de jaulas de madera en las que apenas cabíamos de pie.

-Si te hicieron prisionero durante el reinado de mi padre, no es mi responsabilidad.

-No, es cierto. Pero acabo de pasar por las mazmorras y no vi que las costumbres nemirias hayan cambiado desde que me fui.

-Ninguna esclavo ha escapado nunca.

-O ningún guardia ha informado nunca que ocurrió una fuga. Castigar los errores con la muerte suele impedir que la gente informe los que comete.

-¿Qué es esto entonces? ¿Venganza? El mundo es como es, no hay nada de lo que tenga que avergonzarme o por lo que pedir perdón.

-No. Claro que no. El mundo es cruel, tiene toda la razón. Y lo que busco no es venganza. Busco algo que me pertenece como el último sobreviviente de mi pueblo, al menos de los compatriotas que conocí.

-¿Y qué es eso?

-Para serle franco, no lo tengo muy claro. Me han hablado de una caja de metal imposible de abrir, forjada de tal forma que el mejor herrero del mundo no podría reproducirla ni el mejor alquimista podría crear un metal tan noble. Podemos ir a la sala del tesoro a buscarla, y después prometo irme sin hacerle daño.

Regulus abrió los ojos en un gesto inconsciente de reconocimiento. Recordaba la caja. Era uno de los tesoros de su padre.

-Ese objeto ya no está con nosotros. Desapareció años atrás. Más o menos al mismo tiempo un estafador que se hacía pasar por mago vino al reino. Creemos que él lo robó pero no hemos podido confirmarlo.

-No es que no crea en su palabra pero preferiría ver la sala del tesoro con mis propios ojos.

-Por supuesto.

-Creo que el pasadizo que se abre en el suelo, cerca de la puerta de entrada, es el que lleva allí de manera más directa.

-Sabe mucho de este castillo.

-Ya le dije, ayudé a construirlo. Y tengo buena memoria.

-Bien. Vamos entonces. Puede que su caja ya no esté allí pero hay otras cosas que pertenecían a su pueblo.

El rey miró a ambos lados del rostro de Thäl y dijo:

-Mmmmmm… no le veo marcas. Bueno, supongo que era demasiado pequeño.

Luego bajaron por el túnel secreto.


XXIX

Dentro del pasadizo se podía avanzar con la cabeza inclinada, ya que la altura del túnel no llegaba a la de una persona promedio. Interrumpían el paso puertas de piedra angosta que al ser empujadas por el peso de un cuerpo se convertían en el primer tramo de una rampa por la que se debía caer con el cuerpo totalmente plano contra el piso. A mitad de camino se abría una bifurcación triple. Tomando la primera desviación a la derecha llegaron a la sala del tesoro.

No parecía haber ninguna lógica detrás de la elección de los objetos que se consideraban valiosos. Podía encontrarse enormes jarrones que contenían los huesos de guerreros del pasado, partes de animales que se creía otorgaban poderes mágicos, perlas y conchas de mar, piedras caídas del cielo, grandes pepitas y algunas piezas de oro de fundido en lingotes y monedas, arte muy poco conocido todavía. También armas de metal de factura perfecta que sólo podían provenir de la Cúpula de metal o haber sido forjadas por alguien que conociera sus secretos. Pero ninguna de esas cosas era lo que Regulus quería mostrar a Thäl.

El rey abrió un diminuto cofre de madera de color claro que entraba en una mano y después de mirar su contenido durante unos segundos lo giró para dejarlo al alcance de los ojos de Thäl. El interior estaba ocupado por varias láminas muy finas, rectangulares, de un metal negro azabache, tan pulido que más que reflejar la luz parecía absorberla.

Thäl recordó entonces el rostro de sus padres y a un lado de sus rostros una sombra pura brillando como un destello de oscuridad en medio del día. Recordó también que tanto el anciano que sobrevivió hasta el final como otros compatriotas esclavos, tenían rasgado el lóbulo de una de sus orejas, como si algo le hubiera sido arrancado con violencia. Al tomar uno de los rectángulos negros notó un hilo de finísimo metal que sobresalía de su extremo más angosto.

Ese pendiente era parte importante de la cultura de la Cúpula de metal. No tenía pruebas pero tampoco dudas.

-¿Y por qué consideran esto un tesoro?

-Nunca volvimos a ver nada parecido. Los objetos escasos son valiosos. Es casi la única ley del valor.

-¿Saben cuál era el significado de esto? ¿Por qué lo usaban?

-No. No hay registros de esa época. Supongo que simplemente como adorno, como algunos pueblos los utilizan ahora también. Son todos iguales así que no parecen marcar ninguna jerarquía o puesto especial dentro de su grupo, o tribu, o cómo sea que se organice tu gente.

-Bien. Me los llevo.

-Claro, son tuyos. Ya bajamos a la sala del tesoro y te vas de aquí con algo que te pertenece. Supongo que, si conservas tu palabra, mi vida está a salvo.

Thäl caminó unos pasos hacia otro pasaje, que lo llevaría a unos metros fuera de la muralla del castillo. Luego dio media vuelta e interpeló a Regulus.

-¿Estos son tiempo de paz o de guerra en el reino?

-No sé lo que es un tiempo de paz.

-¿Pero hay guerra franca o solamente escaramuzas y bravatas?

-Hay una guerra declarada, con el reino de Ataraxia, al oeste.

-¿Quién es el rey de Ataraxia?

-Fenris el Primero.

-Bien. Voy a ir a Ataraxia, a proponerle al rey Fenris que me contrate para volver a matarte.

De nuevo, Thäl dio media vuelta y avanzó. Después de algunos metros volvió sobre sus pasos otra vez. Miró a Regulus, quien no demostraba un ápice de miedo. Parecía una persona pragmática y preparada para todo, incluso para morir. Su mirada era atenta y había demostrado tener inteligencia y conocimientos. De todos modos, estaba decidido a matarlo. Tomó la empuñadura de la espada y estuvo a punto de hundirla en su pecho y justificarse diciendo que la encomienda de un rey enemigo en guerra se daba por descontada y que simplemente se estaba adelantando a un pago seguro. Pero entonces entonces pensó que, si regresaba adecuadamente preparado tendría la posibilidad de liberar a los actuales esclavos y lo prefirió así.

No reveló sus planes para impedir que Regulus matara a los prisioneros como desafío o castigo anticipado. La primera reacción del poder frente a una amenaza suele ser la crueldad.

Finalmente atravesó el pasadizo y salió al exterior. El incendio que había provocado ya había sido extinguido y un fino hilo de humo aún espeso subía hacia el cielo a sus espaldas. Esperó que lo persiguieran pero los guardias estaban ocupados investigando los sonidos de golpes que provenía del interior de la sala del tesoro, que estaba cerrada por fuera y debía estar desierta a esas horas de la noche.

Thäl comenzó a caminar hacia el oeste.

Al pasar entre unos arbustos espinosos como los que encontró cuando la bruja Ía lo dejó en las afueras del castillo real de Neminia, arrancó una espina delgada y con ella perforó su oreja izquierda para colocar el rectángulo de metal negro que lo acompañaría durante muchos años.

Conservó los otros pendientes en su caja hasta finalmente entregarlos a su gente cuando pudo regresar a la Cúpula de metal para ver cómo era destruida. Y, ya siendo un hombre adulto, entregó el suyo como sello de amistad al único verdadero héroe que conoció, al único hombre que consideró su hermano, antes de que fuera traicionado por los suyos y asesinado para mantener una alianza maldita. Pero esa es otra historia.




***

Thäl y la bruja de la choza evanescente (1 de 2)

Ilustración de Javier Mattano


THÄL Y LA BRUJA DE LA CHOZA EVANESCENTE


I

Lo seres humanos suelen darse cuenta de que tienen un cuerpo sólo cuando algo inusual sucede en él. Un placer o un dolor desconocido pueden hacerlos conscientes de, y ponerlos en contacto con, partes de sí mismos cuya existencia desconocían salvo en el fondo oscuro e inexplorado de sus mentes o sus sueños. Por lo tanto Thäl, herido de muerte, desangrándose sobre la arena hirviente del desierto, era absoluta y dolorosamente consciente de su cuerpo.

El hecho de haber pasado lo que en tiempo subjetivo eran meses en otra dimensión, primero como pensamientos descarnados y luego ocupando una coraza vegetal autorregenerable, y de haber aprendido a percibir lo que lo rodeaba en esos dos estados tan extraños y tan opuestos, lo hacía sentir de forma aún más patente la extenuación de su cuerpo, la ausencia de sangre necesaria en sus venas, la falla sistemática de sus órganos vitales.

Sus manos se enfriaban rápidamente, incluso bajo la furia del sol del mediodía. El pequeño oasis en el que yacía constaba apenas de una surgente de agua rodeada por piedras de un blanco grisáceo, y de algunos arbustos cuya sombra le negaba, casi como una burla cruel, el ángulo del sol en el cielo totalmente despejado.

Era una profunda ironía morir así después de haber sobrevivido a su aventura más extraña. Pero la vida no escatima en ironías y ni la victoria ni la extrañeza de sus circunstancias le garantizan a nadie ni un solo segundo más de vida. Todo puede truncarse en el momento más alto de cualquier ascenso. La muerte puede sobrevenir junto a la celebración de una conquista.

Thäl miró el dibujo de las montañas nevadas a lo lejos y sintió que era lo correcto, que moría tan cerca del lugar donde todo había comenzado que bien podía dar el círculo por cerrado. Era incluso posible que alguno de sus conciudadanos, miembro de la caravana en la que había salido abandonando la Cúpula de metal, hubiera caído y muerto a los pies de ese mismo oasis, atravesado por las lanzar de piedra de las tribus bárbaras carroñeras que lo tomaron como prisionero durante toda su niñez.

Le dijo adiós al mundo y cerró los ojos voluntariamente, dejándose ir.

Su cuerpo se sintió cubierto por una sombra que proyectó sobre él un frío distinto. Creyó que, como ciertos cultos nacientes sostenían, alguien, o más bien algo con una apariencia que imitaba la forma humana, venía por él a la hora de expirar.

Pero la sombra pertenecía a una extraña choza blanquecina que acababa de materializarse a metros de su cuerpo moribundo. Y había una anciana de pie en la puerta de esa choza, observándolo en silencio.


II

El cuerpo de Thäl descansaba sobre un charco de sangre roja que no perdía su temperatura al salir del cuerpo porque se abría paso dentro del vacío cálido entre los granos de arena. Después recordaría vagamente que dos manos tomaron sus tobillos, ejerciendo una presión difícil de creer para una anciana delgada, y lo empujaron hacia atrás. Su propio líquido vital lubricaba el movimiento del cuerpo, peso muerto que no colaboraba en lo más mínimo.

Después de recorrer un trayecto de tierra caliente, comenzó el piso frío de la choza. El cambio de superficie y temperatura no despertó a Thäl pero agitaría algún recuerdo oculto cada vez que entrara caminando en ese lugar y no pudiera dejar de sorprenderse ante el detalle. El piso en una morada era algo sólo visto en los templos y palacios más ricos del mundo. Además, la superficie daba toda la impresión de ser metálica, pulida casi hasta el punto del reflejo.

Según la anciana le contó, estuvo dos semanas postrado, cubierto por ungüentos sanadores para reparar su piel, y tomando brebajes que debían aumentar su resistencia y propiciar el funcionamiento correcto de sus órganos internos. Todo ese tiempo su mente estuvo ocupada en sueños incomprensibles, parte recuerdo, parte premonición, parte fantasía.

Despertó una tarde cuando el sol caía y no movió un músculo. Controló su respiración para que tuviera el ritmo y el sonido de palabras cortadas y gemidos roncos que había oído de pequeño en boca de sus compatriotas entre una tortura y la siguiente. Pasó así un día entero hasta comprobar que nadie vivía con la mujer y nadie vendría a atacarlo cuando escapara.

Las ventanas tenían un extraño resplandor que le impedía ver hacia afuera, por lo que desconocía en qué lugar se encontraba, y necesitaba estar lo más seguro posible de sus capacidades y reflejos antes de intentar cualquier cosa. En los momentos en que la anciana dormía o cambiaba de habitación, ya que nunca la vio salir de la choza, movía con cuidado sus miembros, comprobando dolores, calambres, heridas que se abrieran o sangraran.

Al amanecer del segundo día se creyó listo para intentar huir.


III

La pequeña y delgada mujer de cabello blanco se movía de manera lenta pero armoniosa, siguiendo patrones demasiados estables, repitiendo siempre los mismos gestos, sin sobresaltos, sin empezar un avance y después arrepentirse, sin dar un paso en falso, sin regresar por donde había venido al darse cuenta repentinamente de un olvido.

Desde el catre que ocupaba Thäl escuchaba murmullos de su trabajo con cuencos y hojas, con huesos y ramas, que llegaban lejanos y pagados, por lo que creyó estar dentro de una mansión, una casa enorme dividida en muchas habitaciones separadas.

Siempre que la anciana regresaba al lugar donde Thäl se encontraba, que a juzgar por la puerta de madera trabada por una tabla debía ser la primera habitación a la que se accedía al ingresar a la morada, ella controlaba la temperatura del convaleciente y renovaba las distintas pastas, hechas con hierbas machacadas y olorosas, sobre sus heridas cada vez menos abiertas.

Por un lado, la mujer lo había curado. Por el otro, tenía por costumbre no confiar en otras personas y en especial no deberle nada a ningún ser humano porque no solían dejar las deudas sin cobrar. Los favores son amables correas que atan y Thäl no quería verse atado por nada.

Decidió escapar sin matar a la mujer, de tener la oportunidad, pero al mismo tiempo observaba los objetos que lo rodeaban analizando cuál de ellos podía convertirse en el arma más efectiva. Las últimas espadas que tuvo en sus manos habían sido de madera negra de otra dimensión y ni siquiera las había sostenido con sus manos de carne y hueso. Las extrañaba. Pero más extrañaba una espada de metal.


IV

Algunos de los sonidos que se transportaban en el eco desde las estancias lejanas se escuchaban metálicos y Thäl se preguntaba si la mujer no tendría armas escondidas allí. Tal vez fuera mejor robar alguna antes de escapar. En su estado iba a necesitar toda la ayuda necesaria para defenderse. No llegaba sonido de otras voces, de conversaciones, ni siquiera de palabras sueltas cuando la anciana se alejaba, por lo que era poco probable que, de haber efectivamente armas allá a lo lejos, hubiera también alguien que las supiera usa.

Una parte de él no entendía por qué no mataba a la mujer y revisaba la morada con todo el tiempo y la tranquilidad posible. Otra parte entendía que nadie había cuidado de él desde su primera niñez, desde su madre, y que ese detalle tal vez pequeño tenía un peso descomunal en su decisión.

Al tercer día, después de pensarlo mucho, esperó una ausencia de la anciana, se despojó de las cobijas, levantó con cuidado la tabla que trancaba la puerta y salió al exterior. Afuera el frío quemó sus pies descalzos y tensionó todos los músculos de su cuerpo, renovando el dolor de sus heridas. Pisaba arena blanca y fina hecha de agua. Nunca había sentido nada por el estilo, aunque en el futuro algunas de sus aventuras más peligrosas tendrían lugar en las antípodas heladas, donde existían criaturas y seres humanos desconocidos en cualquier otra tierra del globo. Para él, la cima blanca de las montañas debían ser sólo tierra sin color.

Sin embargo eso no fue lo que lo hizo regresar a la choza. Fue el hecho de que, al voltear para observarla, vio una pequeña construcción en forma de domo, poco más grande que cualquier carreta de la que pudieran tirar dos caballos, algo que no se correspondía en nada con el lugar dentro del cual había estado segundos atrás.

Volvió entrar y cerró la puerta tras de sí, con un fuerte golpe.


V

La anciana se acercó a inspeccionar y no pareció sorprendida al verlo de pie y azul de hipotermia. Lo invito a sentarse en la cama y preparó una infusión.

El cuenco de barro rojo cocido se sentía reconfortante en sus manos y las hierbas dentro del agua olían ácidas y dulces, cítricas.

-¿Qué es esto? - preguntó Thäl.

-Algo para el frío. Impedirá que te resfríes también.

Thäl dio un sorbo mientras decía:

-Esta choza… se ve mucho más pequeña por fuera.

-Es una ilusión óptica. Una ilusión necesaria. La verdad llamaría demasiado la atención y eso no es bueno para una pobre anciana solitaria.

-¿Dónde estamos? Nunca vi un lugar parecido, tan blanco y frío.

-En un paraje apartado, y por lo tanto seguro. Pocas personas podrían llegar aquí aunque quisieran. Y supongo que nadie quiere. Tenía que esperar a que despertaras para saber quién te había lastimado de esa manera antes de dejarte en algún lugar, probablemente a merced de las mismas personas.

-Ninguna persona que yo haya conocido podría lastimarme así. Al menos en una pelea justa.

-En toda mi vida he visto pocas peleas justas y, creeme, he visto muchas peleas.

Thäl tomó otro trago. Saboreó y volvió a hablar. La duda obvia era por qué, por qué la mujer había ayudado a un completo extraño. Pero en su lugar preguntó:

-¿Cómo se llama? ¿Qué es usted?

-I. A.

-¿Ía? Y supongo que es una bruja. La bruja Ía, entonces.

Los ojos de la anciana brillaron con un nimio destello celeste, como un relámpago que cruzó su iris de arriba a abajo en una fracción de segundo.

-Correcto. Como digas.


VI

-¿Estamos solos? ¿No vive con ninguna otra persona?

-Claro que no. ¿Qué clase de bruja solitaria sería si mi casas estuviera llena de gente? No, las brujas solitarias deben ser solitarias. Eso es lo que todos esperan, ¿no?

-¿Y qué hace aquí todo el día? La he escuchado trabajar en el fondo, ruidosamente, entre cazos y herramientas de barro y de madera… ¿de metal, tal vez?

-Tú deberías saberlo, en todo caso, Thäl de la Cúpula de metal.

-No uso mi origen en mi nombre. Soy sólo Thäl.

-Por ahora sí.

Después de unos segundo de silencio, el bárbaro continuó:

-Recuerdo haber caído en un desierto. Había arena caliente. Creo que algunas lagartijas pasaron corriendo sobre mi espalda y escuché graznidos de aves carroñeras esperando mi muerte. ¿Cómo llegamos al lugar en el que estamos?

-Mi choza. Ella me lleva. Ella es, de hecho, el asiento de mis poderes. Un cuerpo humano debe ser extremadamente fuerte para poder contener la magia en él sin ayuda, sin compartirla con objetos. Algunos magos guardan su poder en un báculo o en un anillo. Seres de otros planos pueden guardarlo en yelmos, capas, bolsas de arena. Son mucho más fáciles de transportar, eso te lo concedo. Yo tengo que llevar mi casa conmigo a cada lugar y no salir de ella si quiero conservar mis poderes, pero nunca fui demasiado sociable y es un precio fácil de pagar para mí.

VII

-¿Podemos volver a las tierras cálidas? ¿A algún reino que necesite de mis servicios, si es que puede usted saber eso? Quisiera retomar mi vida. En todo caso, podría dejarme cerca de las montañas de Ijmark. Tengo escondidos allí algunos tesoros para los momentos de necesidad. Crecí en el tiempo en que lo común era el trueque y el intercambio de favores, pero ahora todo necesita pagarse así que debo estar preparado.

-Claro. Yo también necesito ir a tierras pobladas para ganar algunas monedas.

-Creí que una bruja poderosa podía hacer aparecer todo lo que necesitaba.

-Puedo, sí, pero el gusto de las frutas y las verduras mágicas es espantoso. Prefiero llevar mi choza a los límites de algún castillo o de esas aglomeraciones que llaman ciudades y realizar algunos servicios a cambio de lo que necesito.

-¿Y cuáles serían esos servicios?

-Ungüentos, pócimas, elixires. Por lo general las personas piden que actúe sobre otros.

-¿Pócimas mortales? Eso no es honorable. Se le debe dar a un hombre la mínima oportunidad de defenderse.

-No suelo hacer esas cosas. La gente busca forzar mucho más el amor que la muerte. La muerte es confiable. Todos saben que en algún momento llegará, sea como sea, tarde lo que tarde. Con el amor nunca se está seguro. Pero lo que más me gusta es cuando las personas me dejan actuar sobre sí mismas.

-¿Transforma sus cuerpos? ¿Los hace más bellos, más grandes? A mí me serviría ser mucho más resistente a las heridas, al parecer.

-No. Es más sutil, más interno. Utilizo el hipnotismo sobre todo, frases de poder que abren puertas en sus mentes. ¿Has oído hablar de la naturaleza del pensamiento, de que las ideas transitan como ondas invisibles en el aire, en distintas frecuencias vibratorias?

-Señora, no sólo nunca he escuchado algo parecido sino que nada de lo que acaba de decir tiene el menor sentido para mí.

VIII

-Bien. Ya llegamos a nuestro destino -dijo la anciana. Thäl ni siquiera sintió moverse el recipiente de barro que conservaba vacío en sus manos, aunque experimentó una molestia casi imperceptible en la cabeza producto del aclimatamiento de su equilibrio a la nueva altura que ocupaban sobre el nivel del mar, y cosquillas en la planta de los pies cuando el piso de la choza se amoldó a las irregularidades del nuevo suelo sobre ellos.

Incrédulo se acercó a la puerta, pero cuando estaba a punto de abrirla la bruja Ía lo detuvo. Segura de que iba a desatarse una reacción furiosa, aclaró sus acciones antes de que fueran evidentes a los ojos del hombre.

-Debes saber que si estamos en este lugar es porque es el lugar en el que debes estar justo ahora.

-Supongo que también puede ver el futuro. Pero yo no pedí ningún vaticinio. Demasiado le debo por haber curado mis heridas.

-No es un vaticinio para mí. Lo que desde el punto de vista de los demás es el futuro, para mí es el pasado. No te cuento lo que va a pasar sino lo que ya pasó, en el ciclo anterior que transitó este mundo. Y en el anterior. Y en el anterior. Y así casi hasta el infinito.

-No me gusta esa idea.

-Eso es irrelevante. Es la verdad. Pero también es verdad que en momentos clave se puede ejercer algún tipo de influencia para torcer al destino. Este no es uno de esos momentos. Por eso estamos aquí.

Thäl abrió la puerta y del otro lado, subiendo la colina, estaba el castillo del rey de Nemiria, un reino muy joven, establecido hacía menos de diez años. Él lo sabía porque los nemirios fueron el pueblo nómade que lo esclavizó siendo pequeño. Él había ayudado a construir ese castillo, muchas de las personas que conoció fueron aplastadas entre las piedras de los muros como castigo por sus supuestas faltas, y todos aquellos que lo conocían desde bebé habían muerto tras la tortura, primero en jaulas al aire libre y luego en fríos calabozos.

IX

-¿Qué es lo que hago aquí? - preguntó Thäl, entornando la puerta.

-Lo que siempre imaginaste que ibas a hacer. ¿Qué te dijo ese anciano, el último de tus compatriotas, antes de morir?

-Habló de una caja, de un legado que mis padres habían guardado para mí y que nuestros captores habían recogido y guardado sin saber siquiera qué era.

-Exacto. Es hora de reclamar tu legado. Pero no puedo ayudarte a conseguirlo. Mi trabajo termina trayéndote aquí.

Convaleciente de las peores heridas que hubiera sufrido, sin armas, sin un plan, sin ningún tipo de apoyo, debía volver al único lugar del mundo que le provocaba terror, la cueva del monstruo que había devorado su infancia.

Frunció los labios equívocamente. No era una expresión de queja ni una sonrisa resignada.

Mirando a la anciana a los ojos dio un paso atrás y quedó de pie sobre tierra nemiria.

Al voltearse para comenzar a caminar hacia los muros del castillo, sintió de pronto que se formaba un vacío detrás suyo. No sería la última vez que la choza de la bruja Ía se desvanecería a sus espaldas.


X

Camino al poblado que rodeaba los muros del castillo, Thäl pasó por un pequeño bosque descuidado de hojas secas y mustias en medio del paraje inhóspito. La casta guerrera de Nemiria había elegido como asiento de su recién ungido rey el terreno más elevado de la zona a fin de tener la posibilidad de avistar a la distancia cualquier ataque. Eso los ubicaba muy lejos de las fuentes de agua y las tierras de cultivo, pero no importaba, claro, porque al tratarse desde sus inicios de un pueblo esclavista, recaía en los prisioneros la tarea de acarrear agua y alimentos para acopiar en el castillo. Las bodegas siempre llenas permitían resistir un asedio prolongado.

Al pasar por el bosque inspeccionó los árboles buscando algo que poder utilizar como arma. Se decidió por cortar varias de las espinas que protegían las ramas flacas y rugosas de los arbustos que cubrían el lugar. Las escondió dentro de las ropas con que la bruja Ía lo había vestido mientras se recuperaba en su choza.

Rumbo al poblado las carnes y frutas que se ofrecían en los puestos a lo largo del camino despertaron su apetito, pero no tenía nada que ofrecer a cambio del alimento ni dinero para comprarlo. Pasó algunas horas observando el devenir de los ciudadanos, el cambio de guardia de los soldados en las torres de vigilancia y el portón de entrada. Al caer la noche ya tenía trazado un plan para escabullirse dentro de la fortificación. Una vez allí debería analizar cómo entrar en los calabozos.

Ya bajo el cobijo de las sombras merodeó por el único lugar iluminado con antorchas periódicamente renovadas: la letrina destinada a los guardias del perímetro exterior. Esperó hasta que un guardia se acercó sin compañía y entró detrás de él. Con una enorme espina le perforó el cuello y lo sostuvo mientras la sangre salía eyectada de la arteria rasgada, intentando no manchar la armadura de cuero que cubría el torso del cadáver.


XI

El hombre dejó de moverse de manera consciente. Luego de unos segundos sobrevinieron los espasmos involuntarios, nerviosos. Y al final la calma.

Thäl vistió el uniforme del guardia y dejó su cuerpo desnudo sentado en la letrina. Al salir prendió fuego al cubículo y llevó consigo la antorcha. Había ganado un disfraz, una fuente de luz y una distracción, todo en un solo movimiento. El soldado no llevaba consigo más arma que una porra de piedra con el mango rodeado por una cinta de cuero. Thäl no la tomó. Sus puños podían golpear con la misma fuerza.

Otros miembros de la guardia asignada al exterior del castillo cruzaban su camino en la dirección contraria se dirigían hacia el incendio a medida que él se alejaba y dejaban en sus puestos armas sin vigilancia. El bárbaro llegó al portón principal que daba acceso al área interna del castillo ajustándose al cuerpo un carcaj repleto y una espada que había tomado en el trayecto. También tenía un arco de excelente factura, con la curvatura y la resistencia justas, cuya cuerda le cruzaba el pecho. La espada, por el contrario, consistía de una plancha de latón casi sin filo, obra de un herrero primerizo, perezoso o terriblemente privado de tiempo para honrar su oficio como debía.

Se acercó a la puerta recortada en medio del gran portón, que permitía entrar y salir a los soldados sin mover la inmensa mole de madera. Escuchó gritos y ruidos de recipientes de madera golpeándose unos contra otros. Los gritos no eran arengas entre colegas sino órdenes, maldiciones y palabras denigrantes, por lo que dedujo que estaban enviando esclavos con cubos repletos de agua a sofocar el fuego. Esperó que abrieran la puerta, dejó pasar a un grupo de esclavos con las manos y las piernas atadas por sogas ásperas y lacerantes y unidos uno al otro por una soga más larga que rodeaba sus abdómenes, y le dirigió unas palabras al soldado que cerraba la fila.

-¡Compañero! -dijo en el mejor nemirio que recordaba de su niñez.

El hombre detuvo su avance y se acercó a Thäl escrutando su rostro. No podría verlo claramente porque el bárbaro sostenía la antorcha paralela al suelo y lejos de su cuerpo, para que la luz fluctuante de la llama desdibujara sus facciones.

-¿Qué pasa? -alcanzó a decir el soldado antes de que Thäl lo derribara con un golpe del madero encendido. Una vez en el suelo, apuñaló su rostro con la antorcha hasta dejarlo irreconocible por las quemaduras. Lo llevó arrastrando hasta la puerta, gritando que llevaba a un camarada herido y así, con los guardias concentrados en socorrer a su compañero, entró en el círculo amurallado que rodeaba el castillo sin ser notado.


XII

El lugar había cambiado muy poco desde que Thäl pudo escapar, varios años atrás.

Ingresando por el portón de la muralla lo primero que se veía era un gran montículo de hierba acopiado para los animales, cuya altura tapaba las caballerizas ubicadas un poco detrás. A la derecha se desplegaba el ingreso al castillo, una larga galería fuertemente resguardada, llena de soldados de sol a sol custodiando los aposentos reales. A la izquierda se sucedían los distintos niveles de calabozos. Las rejas de las jaulas en primera fila daban directamente al patio. Allí se conservaba a los prisioneros más recientes o las antiguos cuya vitalidad aún no se había visto completamente minada. Al costado se abría un camino que entraba en la construcción y se hundía en la tierra, hasta llegar a los calabozos más profundos, muchos de los cuales servían como tumbas sin sepultura, con cadáveres dejados a merced de los gusanos y los insectos carroñeros.

Thäl no sólo vivió allí mucho tiempo, sino que sus manos habían sostenido e incluso puesto en su lugar algunas de las piedras que formaban las construcciones. Él consideraba que la tosquedad de los nemirios les impedía reconocer la ironía de obligar a los esclavos a construir sus propios lugares de confinamiento, pero quién podía saberlo, a lo mejor lo habían captado a la perfección y lo sabían tan obvio que no veían la necesidad de regodearse en ello.

La primera línea de celdas estaba vacía. Allí debían alojarse las personas que vio al entrar, corriendo en dirección a la letrina incendiada. Los guardias habían salido con ellos, por lo que el acceso a los calabozos bajo tierra estaba libre. Debía descender para intentar encontrar la pieza misteriosa que el último de su compatriotas le había mostrado antes de morir pero que él no tuvo tiempo de tomar al escapar. Algo desconocido y cuya función apenas podía imaginar ya que nunca lo había visto en ningún reino que hubiera visitado. Algo llamado llave.


XIII

Avanzó los primeros metros del pasillo en silencio. Luego, ya compenetrado en su rol de soldado, desenvainó la grosera espada que llevaba en la cintura y la apoyó sobre la pared de piedra. Con cada paso el filo romo subía y bajaba, chirriando, anunciando a los esclavos de las celdas más lejanas que alguien armado se acercaba. Mientras más profundo y oscuro era el calabozo más probabilidades había de que ese ruido siseante preludiara grandes cantidades de dolor. Los guardias saboreaban esa expectación, el juego previo de ese vulgar despliegue de poder.

En los niveles superiores encontró seres humanos de todas las razas posibles. Todas las pieles laceradas con la misma sangre roja dentro. Todos los colores de cabello con el mismo cerebro debajo del cráneo, que intentaba entender o inventar un motivo, un por qué. Podría haberlos liberado para comenzar una revolución pero la bruja lo había dejado allí de forma tan intempestiva que no se animaba a hacer nada fuera de lo estrictamente necesario por falta de planeamiento. Podría haberlos utilizado como distracción pero ya habían sufrido demasiado.

Entonces siguió bajando.

Pero anotó las opciones en un costado de la mente para un posible futuro.


XIV

Los recuerdos acudían raudos, en ráfagas discontinuas, como un torbellino en la cabeza de Thäl.

Los días se iban reuniendo en uno solo en el recuerdo. Como siempre que las variantes eran tan pocas, la memoria cortaba camino y ahorraba energía borrándolas.

Muchas de esas piedras habían dado apoyo a sus manos o a todo su cuerpo quebrado por el trabajo, vencido por el cansancio. Las celdas nunca fueron un hogar pero sí al menos la garantía de un tiempo en tranquilidad. Una fría tranquilidad llena de quejidos, olor a cadáveres pudriéndose y el ruido de moscas y ratas, los únicos seres vivos que podían engordar allí.

Necesitaba un poco de espacio para respirar pero el pasillo se convertía cada vez más en túnel. Incluso los espacios vacíos entre las piedras que hacían las veces de ventanucos se espaciaban cada vez más, impidiendo circular al aire enrarecido.

Entre el tercer y cuarto nivel de celdas se ubicaba la sala de tortura. Casi en el medio del complejo. Para que todos escucharan los gritos y las súplicas. Una vibración malsana envolvía el lugar. Tal vez se debía a que parte del alma de las víctimas había quedado atrapada allí o a que parte de la crueldad inhumana de los victimarios había contaminado los muros. Ninguna religión había decretado aún cuál era la respuesta correcta ni había condenando a las demás a la herejía.

Thäl recordó cada violento interrogatorio transcurrido en esa habitación. Los adultos aseguraban a los nemirios una vez tras otra que el chico no sabía nada, que no era necesario hacerlo pasar por ese sufrimiento, pero no les importaba. Lo dejaban a un paso del filo, a punto de quebrarse, pero no tenía qué confesar, no guardaba ningún secreto acerca de la ubicación, las defensas místicas o las fuerzas militares de la Cúpula de Metal, que era lo que sus captores querían averiguar.

Repetía sus conocimientos inocuos de niño una y otra vez. Cada vez que terminaba, el superior entre los guardias volvía a pronunciar preguntas ya conocidas que abrían un espacio en blanco en su mente y en su memoria. Lo regresaban a la celda sintiendo que su vida, su orgullo, estaban rotos. Y la sensación seguía con él allí también, ejerciendo una influencia casi mágica, como un fantasma, arrastrándose por su piel, alimentando heridas que nunca no sanarían.