THÄL Y LA BRUJA DE LA CHOZA EVANESCENTE
I
Lo seres humanos suelen darse cuenta de que tienen un cuerpo sólo cuando algo inusual sucede en él. Un placer o un dolor desconocido pueden hacerlos conscientes de, y ponerlos en contacto con, partes de sí mismos cuya existencia desconocían salvo en el fondo oscuro e inexplorado de sus mentes o sus sueños. Por lo tanto Thäl, herido de muerte, desangrándose sobre la arena hirviente del desierto, era absoluta y dolorosamente consciente de su cuerpo.
El hecho de haber pasado lo que en tiempo subjetivo eran meses en otra dimensión, primero como pensamientos descarnados y luego ocupando una coraza vegetal autorregenerable, y de haber aprendido a percibir lo que lo rodeaba en esos dos estados tan extraños y tan opuestos, lo hacía sentir de forma aún más patente la extenuación de su cuerpo, la ausencia de sangre necesaria en sus venas, la falla sistemática de sus órganos vitales.
Sus manos se enfriaban rápidamente, incluso bajo la furia del sol del mediodía. El pequeño oasis en el que yacía constaba apenas de una surgente de agua rodeada por piedras de un blanco grisáceo, y de algunos arbustos cuya sombra le negaba, casi como una burla cruel, el ángulo del sol en el cielo totalmente despejado.
Era una profunda ironía morir así después de haber sobrevivido a su aventura más extraña. Pero la vida no escatima en ironías y ni la victoria ni la extrañeza de sus circunstancias le garantizan a nadie ni un solo segundo más de vida. Todo puede truncarse en el momento más alto de cualquier ascenso. La muerte puede sobrevenir junto a la celebración de una conquista.
Thäl miró el dibujo de las montañas nevadas a lo lejos y sintió que era lo correcto, que moría tan cerca del lugar donde todo había comenzado que bien podía dar el círculo por cerrado. Era incluso posible que alguno de sus conciudadanos, miembro de la caravana en la que había salido abandonando la Cúpula de metal, hubiera caído y muerto a los pies de ese mismo oasis, atravesado por las lanzar de piedra de las tribus bárbaras carroñeras que lo tomaron como prisionero durante toda su niñez.
Le dijo adiós al mundo y cerró los ojos voluntariamente, dejándose ir.
Su cuerpo se sintió cubierto por una sombra que proyectó sobre él un frío distinto. Creyó que, como ciertos cultos nacientes sostenían, alguien, o más bien algo con una apariencia que imitaba la forma humana, venía por él a la hora de expirar.
Pero la sombra pertenecía a una extraña choza blanquecina que acababa de materializarse a metros de su cuerpo moribundo. Y había una anciana de pie en la puerta de esa choza, observándolo en silencio.
II
El cuerpo de Thäl descansaba sobre un charco de sangre roja que no perdía su temperatura al salir del cuerpo porque se abría paso dentro del vacío cálido entre los granos de arena. Después recordaría vagamente que dos manos tomaron sus tobillos, ejerciendo una presión difícil de creer para una anciana delgada, y lo empujaron hacia atrás. Su propio líquido vital lubricaba el movimiento del cuerpo, peso muerto que no colaboraba en lo más mínimo.
Después de recorrer un trayecto de tierra caliente, comenzó el piso frío de la choza. El cambio de superficie y temperatura no despertó a Thäl pero agitaría algún recuerdo oculto cada vez que entrara caminando en ese lugar y no pudiera dejar de sorprenderse ante el detalle. El piso en una morada era algo sólo visto en los templos y palacios más ricos del mundo. Además, la superficie daba toda la impresión de ser metálica, pulida casi hasta el punto del reflejo.
Según la anciana le contó, estuvo dos semanas postrado, cubierto por ungüentos sanadores para reparar su piel, y tomando brebajes que debían aumentar su resistencia y propiciar el funcionamiento correcto de sus órganos internos. Todo ese tiempo su mente estuvo ocupada en sueños incomprensibles, parte recuerdo, parte premonición, parte fantasía.
Despertó una tarde cuando el sol caía y no movió un músculo. Controló su respiración para que tuviera el ritmo y el sonido de palabras cortadas y gemidos roncos que había oído de pequeño en boca de sus compatriotas entre una tortura y la siguiente. Pasó así un día entero hasta comprobar que nadie vivía con la mujer y nadie vendría a atacarlo cuando escapara.
Las ventanas tenían un extraño resplandor que le impedía ver hacia afuera, por lo que desconocía en qué lugar se encontraba, y necesitaba estar lo más seguro posible de sus capacidades y reflejos antes de intentar cualquier cosa. En los momentos en que la anciana dormía o cambiaba de habitación, ya que nunca la vio salir de la choza, movía con cuidado sus miembros, comprobando dolores, calambres, heridas que se abrieran o sangraran.
Al amanecer del segundo día se creyó listo para intentar huir.
III
La pequeña y delgada mujer de cabello blanco se movía de manera lenta pero armoniosa, siguiendo patrones demasiados estables, repitiendo siempre los mismos gestos, sin sobresaltos, sin empezar un avance y después arrepentirse, sin dar un paso en falso, sin regresar por donde había venido al darse cuenta repentinamente de un olvido.
Desde el catre que ocupaba Thäl escuchaba murmullos de su trabajo con cuencos y hojas, con huesos y ramas, que llegaban lejanos y pagados, por lo que creyó estar dentro de una mansión, una casa enorme dividida en muchas habitaciones separadas.
Siempre que la anciana regresaba al lugar donde Thäl se encontraba, que a juzgar por la puerta de madera trabada por una tabla debía ser la primera habitación a la que se accedía al ingresar a la morada, ella controlaba la temperatura del convaleciente y renovaba las distintas pastas, hechas con hierbas machacadas y olorosas, sobre sus heridas cada vez menos abiertas.
Por un lado, la mujer lo había curado. Por el otro, tenía por costumbre no confiar en otras personas y en especial no deberle nada a ningún ser humano porque no solían dejar las deudas sin cobrar. Los favores son amables correas que atan y Thäl no quería verse atado por nada.
Decidió escapar sin matar a la mujer, de tener la oportunidad, pero al mismo tiempo observaba los objetos que lo rodeaban analizando cuál de ellos podía convertirse en el arma más efectiva. Las últimas espadas que tuvo en sus manos habían sido de madera negra de otra dimensión y ni siquiera las había sostenido con sus manos de carne y hueso. Las extrañaba. Pero más extrañaba una espada de metal.
IV
Algunos de los sonidos que se transportaban en el eco desde las estancias lejanas se escuchaban metálicos y Thäl se preguntaba si la mujer no tendría armas escondidas allí. Tal vez fuera mejor robar alguna antes de escapar. En su estado iba a necesitar toda la ayuda necesaria para defenderse. No llegaba sonido de otras voces, de conversaciones, ni siquiera de palabras sueltas cuando la anciana se alejaba, por lo que era poco probable que, de haber efectivamente armas allá a lo lejos, hubiera también alguien que las supiera usa.
Una parte de él no entendía por qué no mataba a la mujer y revisaba la morada con todo el tiempo y la tranquilidad posible. Otra parte entendía que nadie había cuidado de él desde su primera niñez, desde su madre, y que ese detalle tal vez pequeño tenía un peso descomunal en su decisión.
Al tercer día, después de pensarlo mucho, esperó una ausencia de la anciana, se despojó de las cobijas, levantó con cuidado la tabla que trancaba la puerta y salió al exterior. Afuera el frío quemó sus pies descalzos y tensionó todos los músculos de su cuerpo, renovando el dolor de sus heridas. Pisaba arena blanca y fina hecha de agua. Nunca había sentido nada por el estilo, aunque en el futuro algunas de sus aventuras más peligrosas tendrían lugar en las antípodas heladas, donde existían criaturas y seres humanos desconocidos en cualquier otra tierra del globo. Para él, la cima blanca de las montañas debían ser sólo tierra sin color.
Sin embargo eso no fue lo que lo hizo regresar a la choza. Fue el hecho de que, al voltear para observarla, vio una pequeña construcción en forma de domo, poco más grande que cualquier carreta de la que pudieran tirar dos caballos, algo que no se correspondía en nada con el lugar dentro del cual había estado segundos atrás.
Volvió entrar y cerró la puerta tras de sí, con un fuerte golpe.
V
La anciana se acercó a inspeccionar y no pareció sorprendida al verlo de pie y azul de hipotermia. Lo invito a sentarse en la cama y preparó una infusión.
El cuenco de barro rojo cocido se sentía reconfortante en sus manos y las hierbas dentro del agua olían ácidas y dulces, cítricas.
-¿Qué es esto? - preguntó Thäl.
-Algo para el frío. Impedirá que te resfríes también.
Thäl dio un sorbo mientras decía:
-Esta choza… se ve mucho más pequeña por fuera.
-Es una ilusión óptica. Una ilusión necesaria. La verdad llamaría demasiado la atención y eso no es bueno para una pobre anciana solitaria.
-¿Dónde estamos? Nunca vi un lugar parecido, tan blanco y frío.
-En un paraje apartado, y por lo tanto seguro. Pocas personas podrían llegar aquí aunque quisieran. Y supongo que nadie quiere. Tenía que esperar a que despertaras para saber quién te había lastimado de esa manera antes de dejarte en algún lugar, probablemente a merced de las mismas personas.
-Ninguna persona que yo haya conocido podría lastimarme así. Al menos en una pelea justa.
-En toda mi vida he visto pocas peleas justas y, creeme, he visto muchas peleas.
Thäl tomó otro trago. Saboreó y volvió a hablar. La duda obvia era por qué, por qué la mujer había ayudado a un completo extraño. Pero en su lugar preguntó:
-¿Cómo se llama? ¿Qué es usted?
-I. A.
-¿Ía? Y supongo que es una bruja. La bruja Ía, entonces.
Los ojos de la anciana brillaron con un nimio destello celeste, como un relámpago que cruzó su iris de arriba a abajo en una fracción de segundo.
-Correcto. Como digas.
VI
-¿Estamos solos? ¿No vive con ninguna otra persona?
-Claro que no. ¿Qué clase de bruja solitaria sería si mi casas estuviera llena de gente? No, las brujas solitarias deben ser solitarias. Eso es lo que todos esperan, ¿no?
-¿Y qué hace aquí todo el día? La he escuchado trabajar en el fondo, ruidosamente, entre cazos y herramientas de barro y de madera… ¿de metal, tal vez?
-Tú deberías saberlo, en todo caso, Thäl de la Cúpula de metal.
-No uso mi origen en mi nombre. Soy sólo Thäl.
-Por ahora sí.
Después de unos segundo de silencio, el bárbaro continuó:
-Recuerdo haber caído en un desierto. Había arena caliente. Creo que algunas lagartijas pasaron corriendo sobre mi espalda y escuché graznidos de aves carroñeras esperando mi muerte. ¿Cómo llegamos al lugar en el que estamos?
-Mi choza. Ella me lleva. Ella es, de hecho, el asiento de mis poderes. Un cuerpo humano debe ser extremadamente fuerte para poder contener la magia en él sin ayuda, sin compartirla con objetos. Algunos magos guardan su poder en un báculo o en un anillo. Seres de otros planos pueden guardarlo en yelmos, capas, bolsas de arena. Son mucho más fáciles de transportar, eso te lo concedo. Yo tengo que llevar mi casa conmigo a cada lugar y no salir de ella si quiero conservar mis poderes, pero nunca fui demasiado sociable y es un precio fácil de pagar para mí.
VII
-¿Podemos volver a las tierras cálidas? ¿A algún reino que necesite de mis servicios, si es que puede usted saber eso? Quisiera retomar mi vida. En todo caso, podría dejarme cerca de las montañas de Ijmark. Tengo escondidos allí algunos tesoros para los momentos de necesidad. Crecí en el tiempo en que lo común era el trueque y el intercambio de favores, pero ahora todo necesita pagarse así que debo estar preparado.
-Claro. Yo también necesito ir a tierras pobladas para ganar algunas monedas.
-Creí que una bruja poderosa podía hacer aparecer todo lo que necesitaba.
-Puedo, sí, pero el gusto de las frutas y las verduras mágicas es espantoso. Prefiero llevar mi choza a los límites de algún castillo o de esas aglomeraciones que llaman ciudades y realizar algunos servicios a cambio de lo que necesito.
-¿Y cuáles serían esos servicios?
-Ungüentos, pócimas, elixires. Por lo general las personas piden que actúe sobre otros.
-¿Pócimas mortales? Eso no es honorable. Se le debe dar a un hombre la mínima oportunidad de defenderse.
-No suelo hacer esas cosas. La gente busca forzar mucho más el amor que la muerte. La muerte es confiable. Todos saben que en algún momento llegará, sea como sea, tarde lo que tarde. Con el amor nunca se está seguro. Pero lo que más me gusta es cuando las personas me dejan actuar sobre sí mismas.
-¿Transforma sus cuerpos? ¿Los hace más bellos, más grandes? A mí me serviría ser mucho más resistente a las heridas, al parecer.
-No. Es más sutil, más interno. Utilizo el hipnotismo sobre todo, frases de poder que abren puertas en sus mentes. ¿Has oído hablar de la naturaleza del pensamiento, de que las ideas transitan como ondas invisibles en el aire, en distintas frecuencias vibratorias?
-Señora, no sólo nunca he escuchado algo parecido sino que nada de lo que acaba de decir tiene el menor sentido para mí.
VIII
-Bien. Ya llegamos a nuestro destino -dijo la anciana. Thäl ni siquiera sintió moverse el recipiente de barro que conservaba vacío en sus manos, aunque experimentó una molestia casi imperceptible en la cabeza producto del aclimatamiento de su equilibrio a la nueva altura que ocupaban sobre el nivel del mar, y cosquillas en la planta de los pies cuando el piso de la choza se amoldó a las irregularidades del nuevo suelo sobre ellos.
Incrédulo se acercó a la puerta, pero cuando estaba a punto de abrirla la bruja Ía lo detuvo. Segura de que iba a desatarse una reacción furiosa, aclaró sus acciones antes de que fueran evidentes a los ojos del hombre.
-Debes saber que si estamos en este lugar es porque es el lugar en el que debes estar justo ahora.
-Supongo que también puede ver el futuro. Pero yo no pedí ningún vaticinio. Demasiado le debo por haber curado mis heridas.
-No es un vaticinio para mí. Lo que desde el punto de vista de los demás es el futuro, para mí es el pasado. No te cuento lo que va a pasar sino lo que ya pasó, en el ciclo anterior que transitó este mundo. Y en el anterior. Y en el anterior. Y así casi hasta el infinito.
-No me gusta esa idea.
-Eso es irrelevante. Es la verdad. Pero también es verdad que en momentos clave se puede ejercer algún tipo de influencia para torcer al destino. Este no es uno de esos momentos. Por eso estamos aquí.
Thäl abrió la puerta y del otro lado, subiendo la colina, estaba el castillo del rey de Nemiria, un reino muy joven, establecido hacía menos de diez años. Él lo sabía porque los nemirios fueron el pueblo nómade que lo esclavizó siendo pequeño. Él había ayudado a construir ese castillo, muchas de las personas que conoció fueron aplastadas entre las piedras de los muros como castigo por sus supuestas faltas, y todos aquellos que lo conocían desde bebé habían muerto tras la tortura, primero en jaulas al aire libre y luego en fríos calabozos.
IX
-¿Qué es lo que hago aquí? - preguntó Thäl, entornando la puerta.
-Lo que siempre imaginaste que ibas a hacer. ¿Qué te dijo ese anciano, el último de tus compatriotas, antes de morir?
-Habló de una caja, de un legado que mis padres habían guardado para mí y que nuestros captores habían recogido y guardado sin saber siquiera qué era.
-Exacto. Es hora de reclamar tu legado. Pero no puedo ayudarte a conseguirlo. Mi trabajo termina trayéndote aquí.
Convaleciente de las peores heridas que hubiera sufrido, sin armas, sin un plan, sin ningún tipo de apoyo, debía volver al único lugar del mundo que le provocaba terror, la cueva del monstruo que había devorado su infancia.
Frunció los labios equívocamente. No era una expresión de queja ni una sonrisa resignada.
Mirando a la anciana a los ojos dio un paso atrás y quedó de pie sobre tierra nemiria.
Al voltearse para comenzar a caminar hacia los muros del castillo, sintió de pronto que se formaba un vacío detrás suyo. No sería la última vez que la choza de la bruja Ía se desvanecería a sus espaldas.
X
Camino al poblado que rodeaba los muros del castillo, Thäl pasó por un pequeño bosque descuidado de hojas secas y mustias en medio del paraje inhóspito. La casta guerrera de Nemiria había elegido como asiento de su recién ungido rey el terreno más elevado de la zona a fin de tener la posibilidad de avistar a la distancia cualquier ataque. Eso los ubicaba muy lejos de las fuentes de agua y las tierras de cultivo, pero no importaba, claro, porque al tratarse desde sus inicios de un pueblo esclavista, recaía en los prisioneros la tarea de acarrear agua y alimentos para acopiar en el castillo. Las bodegas siempre llenas permitían resistir un asedio prolongado.
Al pasar por el bosque inspeccionó los árboles buscando algo que poder utilizar como arma. Se decidió por cortar varias de las espinas que protegían las ramas flacas y rugosas de los arbustos que cubrían el lugar. Las escondió dentro de las ropas con que la bruja Ía lo había vestido mientras se recuperaba en su choza.
Rumbo al poblado las carnes y frutas que se ofrecían en los puestos a lo largo del camino despertaron su apetito, pero no tenía nada que ofrecer a cambio del alimento ni dinero para comprarlo. Pasó algunas horas observando el devenir de los ciudadanos, el cambio de guardia de los soldados en las torres de vigilancia y el portón de entrada. Al caer la noche ya tenía trazado un plan para escabullirse dentro de la fortificación. Una vez allí debería analizar cómo entrar en los calabozos.
Ya bajo el cobijo de las sombras merodeó por el único lugar iluminado con antorchas periódicamente renovadas: la letrina destinada a los guardias del perímetro exterior. Esperó hasta que un guardia se acercó sin compañía y entró detrás de él. Con una enorme espina le perforó el cuello y lo sostuvo mientras la sangre salía eyectada de la arteria rasgada, intentando no manchar la armadura de cuero que cubría el torso del cadáver.
XI
El hombre dejó de moverse de manera consciente. Luego de unos segundos sobrevinieron los espasmos involuntarios, nerviosos. Y al final la calma.
Thäl vistió el uniforme del guardia y dejó su cuerpo desnudo sentado en la letrina. Al salir prendió fuego al cubículo y llevó consigo la antorcha. Había ganado un disfraz, una fuente de luz y una distracción, todo en un solo movimiento. El soldado no llevaba consigo más arma que una porra de piedra con el mango rodeado por una cinta de cuero. Thäl no la tomó. Sus puños podían golpear con la misma fuerza.
Otros miembros de la guardia asignada al exterior del castillo cruzaban su camino en la dirección contraria se dirigían hacia el incendio a medida que él se alejaba y dejaban en sus puestos armas sin vigilancia. El bárbaro llegó al portón principal que daba acceso al área interna del castillo ajustándose al cuerpo un carcaj repleto y una espada que había tomado en el trayecto. También tenía un arco de excelente factura, con la curvatura y la resistencia justas, cuya cuerda le cruzaba el pecho. La espada, por el contrario, consistía de una plancha de latón casi sin filo, obra de un herrero primerizo, perezoso o terriblemente privado de tiempo para honrar su oficio como debía.
Se acercó a la puerta recortada en medio del gran portón, que permitía entrar y salir a los soldados sin mover la inmensa mole de madera. Escuchó gritos y ruidos de recipientes de madera golpeándose unos contra otros. Los gritos no eran arengas entre colegas sino órdenes, maldiciones y palabras denigrantes, por lo que dedujo que estaban enviando esclavos con cubos repletos de agua a sofocar el fuego. Esperó que abrieran la puerta, dejó pasar a un grupo de esclavos con las manos y las piernas atadas por sogas ásperas y lacerantes y unidos uno al otro por una soga más larga que rodeaba sus abdómenes, y le dirigió unas palabras al soldado que cerraba la fila.
-¡Compañero! -dijo en el mejor nemirio que recordaba de su niñez.
El hombre detuvo su avance y se acercó a Thäl escrutando su rostro. No podría verlo claramente porque el bárbaro sostenía la antorcha paralela al suelo y lejos de su cuerpo, para que la luz fluctuante de la llama desdibujara sus facciones.
-¿Qué pasa? -alcanzó a decir el soldado antes de que Thäl lo derribara con un golpe del madero encendido. Una vez en el suelo, apuñaló su rostro con la antorcha hasta dejarlo irreconocible por las quemaduras. Lo llevó arrastrando hasta la puerta, gritando que llevaba a un camarada herido y así, con los guardias concentrados en socorrer a su compañero, entró en el círculo amurallado que rodeaba el castillo sin ser notado.
XII
El lugar había cambiado muy poco desde que Thäl pudo escapar, varios años atrás.
Ingresando por el portón de la muralla lo primero que se veía era un gran montículo de hierba acopiado para los animales, cuya altura tapaba las caballerizas ubicadas un poco detrás. A la derecha se desplegaba el ingreso al castillo, una larga galería fuertemente resguardada, llena de soldados de sol a sol custodiando los aposentos reales. A la izquierda se sucedían los distintos niveles de calabozos. Las rejas de las jaulas en primera fila daban directamente al patio. Allí se conservaba a los prisioneros más recientes o las antiguos cuya vitalidad aún no se había visto completamente minada. Al costado se abría un camino que entraba en la construcción y se hundía en la tierra, hasta llegar a los calabozos más profundos, muchos de los cuales servían como tumbas sin sepultura, con cadáveres dejados a merced de los gusanos y los insectos carroñeros.
Thäl no sólo vivió allí mucho tiempo, sino que sus manos habían sostenido e incluso puesto en su lugar algunas de las piedras que formaban las construcciones. Él consideraba que la tosquedad de los nemirios les impedía reconocer la ironía de obligar a los esclavos a construir sus propios lugares de confinamiento, pero quién podía saberlo, a lo mejor lo habían captado a la perfección y lo sabían tan obvio que no veían la necesidad de regodearse en ello.
La primera línea de celdas estaba vacía. Allí debían alojarse las personas que vio al entrar, corriendo en dirección a la letrina incendiada. Los guardias habían salido con ellos, por lo que el acceso a los calabozos bajo tierra estaba libre. Debía descender para intentar encontrar la pieza misteriosa que el último de su compatriotas le había mostrado antes de morir pero que él no tuvo tiempo de tomar al escapar. Algo desconocido y cuya función apenas podía imaginar ya que nunca lo había visto en ningún reino que hubiera visitado. Algo llamado llave.
XIII
Avanzó los primeros metros del pasillo en silencio. Luego, ya compenetrado en su rol de soldado, desenvainó la grosera espada que llevaba en la cintura y la apoyó sobre la pared de piedra. Con cada paso el filo romo subía y bajaba, chirriando, anunciando a los esclavos de las celdas más lejanas que alguien armado se acercaba. Mientras más profundo y oscuro era el calabozo más probabilidades había de que ese ruido siseante preludiara grandes cantidades de dolor. Los guardias saboreaban esa expectación, el juego previo de ese vulgar despliegue de poder.
En los niveles superiores encontró seres humanos de todas las razas posibles. Todas las pieles laceradas con la misma sangre roja dentro. Todos los colores de cabello con el mismo cerebro debajo del cráneo, que intentaba entender o inventar un motivo, un por qué. Podría haberlos liberado para comenzar una revolución pero la bruja lo había dejado allí de forma tan intempestiva que no se animaba a hacer nada fuera de lo estrictamente necesario por falta de planeamiento. Podría haberlos utilizado como distracción pero ya habían sufrido demasiado.
Entonces siguió bajando.
Pero anotó las opciones en un costado de la mente para un posible futuro.
XIV
Los recuerdos acudían raudos, en ráfagas discontinuas, como un torbellino en la cabeza de Thäl.
Los días se iban reuniendo en uno solo en el recuerdo. Como siempre que las variantes eran tan pocas, la memoria cortaba camino y ahorraba energía borrándolas.
Muchas de esas piedras habían dado apoyo a sus manos o a todo su cuerpo quebrado por el trabajo, vencido por el cansancio. Las celdas nunca fueron un hogar pero sí al menos la garantía de un tiempo en tranquilidad. Una fría tranquilidad llena de quejidos, olor a cadáveres pudriéndose y el ruido de moscas y ratas, los únicos seres vivos que podían engordar allí.
Necesitaba un poco de espacio para respirar pero el pasillo se convertía cada vez más en túnel. Incluso los espacios vacíos entre las piedras que hacían las veces de ventanucos se espaciaban cada vez más, impidiendo circular al aire enrarecido.
Entre el tercer y cuarto nivel de celdas se ubicaba la sala de tortura. Casi en el medio del complejo. Para que todos escucharan los gritos y las súplicas. Una vibración malsana envolvía el lugar. Tal vez se debía a que parte del alma de las víctimas había quedado atrapada allí o a que parte de la crueldad inhumana de los victimarios había contaminado los muros. Ninguna religión había decretado aún cuál era la respuesta correcta ni había condenando a las demás a la herejía.
Thäl recordó cada violento interrogatorio transcurrido en esa habitación. Los adultos aseguraban a los nemirios una vez tras otra que el chico no sabía nada, que no era necesario hacerlo pasar por ese sufrimiento, pero no les importaba. Lo dejaban a un paso del filo, a punto de quebrarse, pero no tenía qué confesar, no guardaba ningún secreto acerca de la ubicación, las defensas místicas o las fuerzas militares de la Cúpula de Metal, que era lo que sus captores querían averiguar.
Repetía sus conocimientos inocuos de niño una y otra vez. Cada vez que terminaba, el superior entre los guardias volvía a pronunciar preguntas ya conocidas que abrían un espacio en blanco en su mente y en su memoria. Lo regresaban a la celda sintiendo que su vida, su orgullo, estaban rotos. Y la sensación seguía con él allí también, ejerciendo una influencia casi mágica, como un fantasma, arrastrándose por su piel, alimentando heridas que nunca no sanarían.

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