Ilustración de Javier Mattano
XV
Con ademanes y miradas más que con palabras, Frélix llevó a Thäl hasta el pie de un grueso árbol y lo hizo sentarse con la espalda pegada al tronco.
-No hablemos mucho. Está despierto y no debemos molestarlo – le dijo, señalando con el mentón el contenido de la marmita aún caliente, espeso bajo una superficie lisa y reflectante.
Tomó las manos de Thäl e hizo que cada una apretara un puñado de hierba alta. Arrugó los labios y negó con la cabeza para que el hombre sentado en el suelo interpretara que no debía soltarlas por ningún motivo.
El aprendiz de hechicero buscaba la conexión del mercenario con el Gran Verde, la esencia conciente de la vegetación. Cada elemento, emoción u objeto natural tiene su propia versión perfecta y autoconciente en algún lugar. Lo que equivale a decir que, en algún lugar, todo tiene un dios al que dirigirse. El dios de la vegetación debía guiar a Thäl para que pudiera encontrar al maestro Xeres perdido en su reino, mezclado con, o absorbido por, el bosque que lo rodeaba.
El componente psicoactivo en los hongos, explicó Frélix, haría llegar a Thäl a una dimensión donde el pensamiento creaba la realidad ante sus ojos, donde no había tiempo ni espacio y donde seres amigables y eternos podían responder todas sus preguntas y llevarlo a cualquier lugar de este mundo o de otros. Sólo que esos contactos rara vez se recordaban al regresar del viaje. Con suerte esos seres lo llevarían al reino del Gran Verde y el Gran Verde lo llevaría hasta el maestro hechicero caído ante poderes que no había sabido manejar.
Antes de suspender la comunicación hablada, Frélix también le había ordenado a Thäl que sólo pensara en el bosque vivo, recordando todas las características que pudiera: las formas de las ramas, el olor del follaje, el tacto de la enredadera en su cuello, el ruido de los troncos cayendo sobre la playa, y que no apartara su mente de allí.
Frélix tomó una cucharada de la reducción de hongos y la introdujo en la boca de Thäl. No debía tragarla, sino dejar que se disolviera poco a poco, al ritmo que ella misma decidiera obedecer. Cada vez que hablaba de la preparación el joven se refería a ella como a otra persona, o al menos como a otro ser conciente y autodeterminado.
Dejó al Thäl sentado en el suelo, en contacto con árboles y hierbas, y se alejó por el sendero que subía hacia la zona elevada de la meseta, tan preparado para el enfrentamiento como podía estarlo, esperando que la absoluta concentración de Thäl en su misión les permitiera llegar a sus campos de batalla paralelos al mismo tiempo.
No podía saber que en esos momentos la mente de Thäl estaba muy lejos del bosque y que lo único que le preguntaba al hongo era la ubicación de la Cúpula de metal.
XVI
Violeta más allá de las palabras, sin nubes ni auroras, el cielo comenzaba a oscurecer cuando Frélix acabó su ascenso por el angosto sendero que zigzagueaba hundido en la cuesta y puso un pie sobre la superficie plana, polvosa, de la meseta.
Se preguntó si había tomado la decisión correcta al poner su vida en manos de un desconocido. A lo largo de su vida y de sus viajes había demostrado estar lejos de ser un gran juez de carácter. Regularmente lo despojaban de sus pertenencias, estuvo a punto morir varias veces, como sacrificio para adoradores de demonios o como alimento para caníbales. Había juzgado muy mal la prudencia y la fortaleza espiritual de su maestro Xeres. Y probablemente estuviera juzgando mal al mercenario que debía ser su otra mitad en la batalla.
Repasó mentalmente el motivo de sus acciones. Iba a hacer todo lo posible para detener a su maestro porque era el deber de cualquier aprendiz. Y porque liberar un espíritu humano de una posesión maligna era lo que cualquier buen hechicero de la luz estaba obligado a hacer. Además, porque el conocimiento que Xeres poseía acerca de la humanidad y de la magia terrestre, sumado al poder de posibles enemigos de otros planos de existencia, era una amenaza demasiado grande para ignorarla. Porque, aunque el pueblo llano nunca supiera de su victoria, otros magos la conocerían sin necesidad de que nadie se las cuente, su nombre se esparciría en el viento y en el agua y en el fuego y en las ráfagas de arena, en todas direcciones, creciendo cada vez más su fama en los círculos indicados. Y, sobre todo, porque al derrotar al anciano, podría reclamar para sí todo el poder desnudo y crudo que abandonara su cuerpo recién muerto.
XVII
Tres dedos amasaron una pizca de barro extraída del suelo. Luego, un breve golpe del báculo de Frélix dio efímera vida a un insecto. Distaba de ser perfecto, claro, ya que el joven desconocía los rudimentos de la biología y sólo podía conocer al insecto por fuera. Ese era uno de los principales problemas de crear vida con imaginación y magia: por más cercano que resultase el espécimen creado a su modelo existente en la naturaleza, siempre había un margen de desconocimiento que resultaba en la genesis de lo que, en términos rigurosos, era una especie distinta. Tal vez por ese motivo el mundo en que que vivía estaba lleno de aberraciones y mutantes.
Y de razas humanas tan parecidas pero al mismo tiempo tan distintas. ¿Quién podría decir cuál era la original y cuales las copias de origen mágico, alquímico o sobrenatural?
Envió al insecto hacia las primeras filas de ramas del bosque inmóvil. Alas diminutas silbaron en el aire y patas adhesivas se posaron sobre una hoja de color verde ceniciento. La hoja tardó un instante en recuperar su color original, lozano y lustroso, absorbiendo la vida artificial del insecto mágico, que cayó al piso convertido en una carcasa liviana como papel de arroz.
El cambio fue casi imperceptible. Cómo Frélix lo sospechaba, la energía obtenida había sido irrisoria comparada con la enormidad de la masa de árboles y se había esparcido entre el total entregando a cada árbol y arbusto tan poca fuerza vital que no le alcanzó para moverse más de un milímetro.
El bosque actuaba como solo ser, en todo sentido.
Frélix ya lo sabía. pero saberlo difícilmente era lo mismo que atestiguarlo.
XVIII
La magia que Frélix había llegado a dominar era del tipo elemental. Podía entenderse con las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza y con el quinto elemento: la fuerza vital. Por eso había sido capaz de crear vida partiendo de una pequeña mota de barro. Aunque se tratara de algo tan rudimentario como un insecto, no era otra cosa que una proeza, una imposibilidad natural, un milagro.
Controlar esa clase de hechizos, que trabajaban con los elementos del mundo material, era sólo el principio. Era el tipo de magia más fácil de comprender, ya que el aire, el agua, el viento y la tierra eran cercanos al hombre, no sólo podía comprenderlos el intelecto, también podían entrar en contacto directo con los sentidos, con órganos del cuerpo. La magia más difícil de aprender era aquella que trataba con abstracciones y entes provenientes de planos de realidad que ningún humano podía percibir pero que muchos libros prohibidos describían con metáforas, historias y acertijos.
Debía encontrar la forma de utilizar los elementos y la fuerza vital contra la masa vegetal que tenía delante pero poco podía hacer contra los seres de otra dimensión que habían parasitado a su maestro. Thäl debería pelear con ellos mano a mano en su propio territorio.
El joven lucharía con magia desde el mundo material y el bárbaro mercenario lucharía con fuerza bruta desde el plano espiritual.
La magia tiene debilidad por los oxímorons.
XIX
“Dos. Un vacío. Tres. Un punto. Cinco. Una línea. Una línea es el símbolo del uno. Un segundo. ¿Cuántos instantes entran en un segundo? Infinitos instantes. ¿Pero qué es un segundo? Nunca escuché esa palabra. ¡Chak! Un chasquido de dedos. Siete. Nos movemos en el tiempo de chasquido en chasquido. Hay un hombre espacial esperando en el cielo. Once. En este lugar no hay tiempo y tampoco es un lugar. No puedo chasquear los dedos porque no tengo dedos y porque el chasquido duraría por siempre, aturdiéndome al mayor volumen imaginable hasta terminar. Por siempre y hasta terminar. Ambas cosas. La magia tiene debilidad por los oxímorons. Trece. Enloquece con una ensoñación de la era lunar. No hay luna en este mundo todavía. No sé lo que es una luna pero lo sabré, y saberlo en el futuro es como haberlo sabido siempre. Diecisiete. Tengo que centrarme, mi mente viaja sin pivote, hambrienta de belleza y revelación, tan sencillas de encontrar en este estado. Tengo que centrarme. Centro y periferia. Diecinueve. Donde los caminos se cruzan. La encrucijada es el centro del camino. Introspección: ¿cómo me veo realmente por dentro? Instrospección: ¿por qué todos los profetas han mentido? Hay una estación en la que descubriré lo que soy. Hay una razón, y algún día descifraré el plan. Anclarme a un lugar. Debo. Ancla. Debo anclarme. Ancla de metal. Cúpula. La cúpula. Anclarme en la Cúpula de metal. Veintirés. Un par de horas para dominar los controles y comandar mi dos ojos. ¿Por qué hay música? Entiendo los colores. Hasta cierto punto entiendo los números. No, mentira, no lo entiendo. Siento que debería entenderlo y con eso basta. Pero la música. ¿Por qué cada objeto emite música? La música es un color que escuchamos. Los colores son música que entra por los ojos. Veintinueve. Voy a luchar hasta rechazarlos, un ejército de siete naciones no puede contenerme. Toda la música que existe y existirá está aquí esperando que alguien conecte con ella, que alguien la rescate. Y va de esta forma: las cuartas, las quintas, las menores caen y las mayores se elevan. ¡¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhh!!! Concentrarme. Tengo. Que. Cúpula de metal. El metal resuena. Diapasones. El metal traduce la música de las esferas. Treinta y uno. ¿Qué es una esfera? El mundo es plano. ¿Porqué veo el mundo como una esfera? El mundo no es más que esta tierra que toco con mis manos. Mis manos. Sostienen hojas vegetales. Algo relacionado con vegetales. Recordar. Debo recordar. Un bosque. Vegetación. Treinta y siete. ¿No crees que es aburrido cómo la gente habla?”
XX
“Las cosas ponen los pies en la tierra un poco, se vuelven más tridimensionales, sea lo que signifique eso. Puedo distinguir un adelante y un detrás, aunque mi mirada llega a los objetos, los pasa de largo después de captarlos, recorre desiertos enteros, atraviesa mi nuca y sale por mis ojos otra vez, y otra y otra y así infinitas veces. Pero al menos hay un atrás y un adelante.
“La música ha bajado un poco el volumen y se reduce a zumbidos, murmullos de una boca cerrada pronunciando una eme continua y ondulante.
“Frente a mí, pequeñas bolas de un brillo apagado me observan sin ojos. Parecen hechas del agua tranquila de un lago que refleja todo el paisaje que la rodea. Me veo en ellas deformado pero, de alguna forma, exactamente tal cual soy. No pueden estar reflejando mi apariencia pero aún así lo hacen. Porque todo es apariencia. Incluso aquello que no tiene que ver con las facciones o el cabello o la forma de pararse y moverse. Todo es una versión moldeada de lo que debería ser, modificada para los ojos o las emociones o el recuerdo de los demás. Apariencia.
“Los pequeños seres me preguntan qué pueden hacer por mí. La infinita cantidad de cosas que me ofrecen llegan todas juntas a mi mente y casi la hacen explotar. ¿Cómo podría elegir si ya no lo hubiera elegido antes de llegar? Las opciones son tantas que ni siquiera puedo sopesarlas, pensar en los pros y los contras, en la conveniencia. Lo quiero todo. Quiero saber todo y verlo todo. Pero llegué aquí con un ancla. Con una misión. Y con preguntas.
“Una misión impuesta por otros y preguntas personales, familiares, íntimas, que me persiguen desde el inicio de mi vida.
“Ellos saben qué es lo que voy a elegir. Yo todavía no”.
XXI
Los seres con apariencia de espejos vivos indagaron en la mente de Thäl y vieron la contradicción en la que se debatía. Deseaba saber sobre sus orígenes, cómo llegar a la ciudad natal que lo atraía desde el recuerdo. Por un lado, sabía que nada bueno sucedería si pudiera regresar y, por otro, sabía que su futuro estaba relacionado con el legado de la Cúpula de metal. Pero lo que debía rescatar se encontraba en el lugar que él menos recordaba y en el que menos quería pensar. Había aprendido a bloquear todo lo relacionado con su época como esclavo, desde el final de su infancia hasta su liberación, en tierras desconocidas junto a sus pocos compatriotas sobrevivientes.
Pero también tenía una misión que cumplir, importante, vital.
Ante la indefinición del humano, los seres tomaron la decisión por él y prestaron atención a la urgencia que ocupaba su mente en segundo plano: ponerlo en contacto con el Gran Verde.
Dejaron salir de sus cuerpos cromados gotas vivas que flotaron con lentitud hacia Thäl y lo envolvieron, cubriéndolo con una fina coraza de mercurio plateado que al mismo tiempo lo protegía y le permitía viajar adónde necesitara ir. Una burbuja que lo mantendría a salvo del peligro en otras realidades pero, por sobre todo, del peligro en los espacios entre realidades, que es donde el verdadero mal reside.
En lo que parecieron semanas, fue avanzando por dimensiones y mundos comprimidos, tan compactos como la pared de un castillo, conociéndolos a la perfección después de haber experimentado sus atmósferas, sus rangos emocionales, los lenguajes y gestos de sus formas de vida. Nada de eso recordaría al salir de su trance, pero una parte de su mente nunca lo olvidaría y permanecería abierta a considerar la existencia de otras realidades allí donde los demás sólo veían la cotidiana normalidad que se repetía a sí misma.
Llegó al Gran Verde con la mente ofuscada, saturada de conocimiento. El Gran Verde era tanto un mundo como un plano de realidad como un ser vivo como una consciencia plural. Y no le gustaban los seres humanos. Thäl no entendía por qué, no le parecía justificada la animadversión del dios vegetal contra los seres de carne, pero sabía que en el futuro lo estaría, con creces.
XXII
El Gran Verde se mostró reticente siquiera a prestarle atención a esa consciencia humana que lo buscaba. No tenía que esforzarse demasiado: era el mar queriendo ignorar a un grano de arena.
Thäl necesitaba encontrar una manera de hacer que el Gran Verde lo notara. Debía gritar pero no tenía boca. Tampoco brazos para agitarlos en el aire. ¿Qué podía hacer?
Tuvo años para pensar, lo que, sin perder tiempo en dormir ni comer porque no tenía un cuerpo material que alimentar ni que reclamase descanso, es mucho más tiempo del que cualquiera pueda dimensionar.
Por fin recordó que en su juventud, en las tierras del norte, entre los salvajes domadores de dragones, vio un rito realizado por el hechicero de la aldea. En medio de la noche la cabeza desnuda del anciano brillaba como el fuego de una vela. Al día siguiente le explicaron que pensar o concentrarse con la intensidad con la que podía hacer lo un hombre santo generaba luz, que las ideas eran luces encendidas y que, vista desde el cielo, la tierra debía ser una constelación de inteligencias que brillaban separadas pero formaban dibujos al unirse con líneas rectas.
Entonces Thäl pensó. Pensó como nunca antes en su vida. Toda su fuerza se reunió en el lugar incorpóreo de donde surgen las ideas. Se concentró en el bosque; en la historia del maestro Xeres y los demonios interdimensionales que lo habían parasitado; en Frélix, que debía estar en el mundo material, luchando solo; en su visión de un mundo donde todo estaba cubierto por hierba fétida asesina. Pensó tanto que sus ideas brillaron en una llamarada fugaz pero poderosa.
Entonces el Gran Verde lo miró sin ojos y le habló sin boca.
XXIII
Thäl conectó con el Gran Verde y pudo comunicarle el motivo que lo llevaba ante su presencia. No había explicación más directa que la transmisión sinestésica de ideas. Incluso contando algo que no había visto con sus propios ojos sino que había escuchado de labios de Frélix, el Gran Verde pudo entenderlo sin ambigüedades. Recorrió su propio reino y su propio ser en un instante e identificó el lugar de la incursión maligna que el maestro Xeres había propiciado, permitido, tal vez provocado adrede. No lo sabía. No tenía la menor importancia. Las plantas no buscan culpables, sólo reaccionan a lo que el medio les ofrece, a las amenazas inminentes. Pero, a diferencia de los vegetales en nuestro mundo, el Gran Verde podía apresurarse a reaccionar.
El ser/lugar/plano vio en la mente del bárbaro su voluntad de luchar contra aquello que lo amenazaba y entendió que la única forma de luchar que Thäl conocía era física. Por lo que debía brindarle un cuerpo.
Alrededor de la consciencia de Thäl comenzó a formarse un esqueleto de cedro y músculos hechos con hebras trenzadas de hierbas resistentes. Apenas tuvo ojos para mirar, vio tallos de finas enredaderas entrelazarse, formar la yema de sus dedos, girar y volver hacia el brazo del que provenían. En sus manos crecieron dos espadas gemelas de ébano, de hoja ancha y roma, con una extraña hoja curvada debajo de la empuñadura. En el futuro, en sueños, las reconocería, pero las olvidaría de nuevo al despertar.
Una vez tuvo un cuerpo y armas adecuadas, el Gran Verde abrió un túnel frente a Thäl. Experimentó la misma sensación que al bajar hacia las catacumbas en Escatonia tiempo atrás: la de estar entrando en un lugar que existían entre dos mundos, sin pertenecer completamente a ninguno pero con características de ambos. Esa frontera era su campo de batalla. Y estaba llena de seres reptantes, gusanos gordos de piel escamosa, con brazos o piernas que aparecían y se desvanecían al avanzar.
Cruzó el túnel a paso firme, apretando el mango de sus espadas. Sonó como una soga nueva ajustándose alrededor de un mástil de madera seca.
XXIV
En el plano físico, Frélix estudiaba sus posibilidades.
El bosque dejaba de crecer cuando no tenía de qué alimentarse, por lo que tenía dos alternativas: o lo dejaba agotar toda la energía vital del mundo, matando al planeta y muriendo después de hambre; o alejaba de él toda fuente de alimento, como lo venía haciendo desde el día anterior, con una vigilancia estricta. Pero esa vigilancia no podía durar indefinidamente. Y un solo segundo de distracción podía permitir que cualquier persona o animal penetrara en los dominios de la masa vegetal. La primera idea tampoco era del todo buena, incluso dejando de lado el detalle de la completa erradicación de la vida en todo el mundo conocido, porque nada le aseguraba que el ser no pudiera entrar en un estado de hibernación o espora, reduciendo su consumo de energía al mínimo, hasta encontrar una nueva fuente de alimento. Tal vez en otro orbe planetario o en otro plano de existencia. Y luego en otro. Y en otro. Y en otro.
Decidió generar una esfera protectora alrededor del bosque. Se alejó un trecho considerable, sin perder de vista los límites de la arboleda, y comenzó a salmodiar las sílabas de un encantamiento. Una esfera perfecta comenzó a colorear el aire, emitiendo brillos de todos los matices conocidos y algunos desconocidos para el ser humano común, sin inclinaciones ni contactos mágicos. La esfera debía contener todo lo que sobresalía de la tierra y también las raíces más profundamente enterradas.
A medida que el campo contenedor mágico se hacía más fuerte, comenzaron a escucharse movimientos de tierra, derrumbes y avalanchas rocosas. No había contado con que la esfera mágica no iba a atravesar la tierra como un espectro, sino que iba a separarla como el filo de una espada curvada que, en lugar de hundirse, apareciera allí por arte de magia.
El acantilado cedió y el bosque encerrado en su bola mágica cayó sobre el río que pasaba debajo, dando vida al valle.
Inmediatamente las raíces de los árboles se aferraron al lecho mientas las ramas de la periferia atrapaban peces uno a uno y los liberaban segundo después, inmóviles y carentes de vida.
XXV
Desde el nuevo borde al acantilado, Frélix observaba todo el paisaje. No podía retroceder, aunque la tierra se sentía aún inestable bajo sus pies, para no perder contacto visual con lo que pretendía hechizar.
Lo primero que hizo fue desviar el río para privar al bosque maldito de alimento. Ordeno a las agua cambiar su trayecto y forzó a algunas rocas a caer sobre el viejo cauce para obturarlo. La parte del valle en que la esfera de tierra y plantas había caído ya no era el terreno más bajo de la zona, lo que hizo sencillo guiar al agua para que lo rodeara. Pero le insumió demasiada energía y cuando terminó de hacerlo sintió, o más bien supo, que si no ocurría un milagro no tendría la fuerza necesaria para contener de nuevo la masa vegetal dentro de un orbe de aislamiento.
Pensó en fuego. Pero la vegetación era demasiado verde como para arder de manera eficiente.
Pensó en agua. Pero el río no era lo suficientemente profundo como para taparlo.
Pensó en tierra. Pero si los sepultaba, los árboles sólo deberían crecer aceleradamente hasta salir de nuevo a la superficie.
Pensó en aire. A lo mejor allí había una posibilidad. Privadas de aire las plantas debían morir, si es que su funcionamiento biológico seguía replicando el de los vegetales del mundo material.
Invocó otra esfera, no una esfera de aislamiento que separara físicamente lo que tenía dentro y fuera de sí, sino un campo de expulsión. Tomaba el aire de su interior y lo obligaba a salir al mismo tiempo que no permitía al aire del exterior entrar.
El bosque de a poco se fue volviendo opaco, gris. Enredaderas caían al piso, perdida su fuerza y su agarre, y hojas de ramas altas se doblaban en señal de debilidad. A medida que el aire se agotaba comenzó a destacarse un punto en medio de la espesura que aún seguía verde. Ese punto se fue haciendo cada vez más pequeño hasta que ocupó las dimensiones de un cuerpo humano. Un cuerpo humano que brillaba con luces ondulantes que herían los ojos y estaba rodeado por auras espectrales de mayor tamaño, que se debatían en lo que parecía ser una lucha. Una lucha contra otro espectro con dos espadas negras en ambas manos.
XXVI
Al atravesar el portal abierto por el Gran Verde Thäl se abalanzó sobre sus enemigos, corriendo a una velocidad inaudita con su cuerpo recién creado pero negándose el desahogo y la celebración de un grito de batalla.
Todo alrededor era un espectro fluctuante de ramas y hojas. Atravesaban el espacio dejando tras de sí ecos visuales que se desvanecían lentamente y en secuencia. Lo único que parecía tener una cualidad física palpable era el grupo de gusanos segmentados, rugosos y con enormes colmillos en sus cabezas ciegas, del tamaño de varios toros ubicados uno detrás del otro, que rodeaban una luz. El destello exhibía visiblemente forma humana aunque no física: se trataba del maestro Xeres, y los gusanos eran sus invitados de dimensiones no terrestres.
Thäl supo de inmediato que el hombre habitaba un plano de existencia que no podía alcanzar y se centró en los monstruos. El último paso en su carrera dio impulso a un salto que lo catapultó contra las criaturas. Utilizando la inercia de la caída, enterró ambas espadas de ébano en el cuerpo del gusano sobre el que aterrizó. Lo cortó de arriba a abajo con salvaje deleite, en dos líneas paralelas profundas. Pero no tenía órganos, ni siquiera líquidos vitales que escaparan de la herida. Los monstruos estaban hechos de ectoplasma gelatinoso que volvía a reintegrarse poco tiempo después de ser lastimado. Eso no desanimó a Thäl, cuyo cuerpo vegetal tenía similares características: las mandíbulas de las criaturas le arrancaban músculos o miembros enteros, que volvían a crecer en segundos, cuando las plantas seccionadas que lo formaban emitían nuevas raíces o nuevas ramas, se injertaban en sí mismas para recuperar las formas de ese cuerpo con funcionalidad humana.
Toda la superficie de los gusanos bullía con nuevas formas. A veces tenían patas, a veces no. Podían emitir púas o tentáculos que intentaban atrapar a Thäl y luego desaparecían. Lo único que permanecía inmutable era la cabeza, con sus colmillos y algún tipo de sentido de la orientación que Thäl no tenía tiempo de descifrar en medio de la lucha. Pero decidió seguir esa pista: tal vez lo único invariable era lo único que podía conservar una herida. Era claro: debía apuntar a la cabeza.
XXVII
Haber expulsado todo el aire del orbe mágico que había invocado, le sirvió a Frélix para debilitar la cubierta vegetal que rodeaba a su verdadero enemigo. También para ver, como a un espectro en las volutas de humo, que su aliado estaba enzarzado en su parte de la batalla en otro plano de la realidad. Al joven aprendiz de hechicero le restaba encontrar una estrategia final, un golpe definitivo.
Incluso debilitado, el componente vegetal que los demonios transdimensionales habían utilizado como vehículo de su conquista seguía luchando. Por sobre el agua, estancada dentro de la esfera que expulsaba el aire, plantas acuáticas se multiplicaban en forma de hojas circulares, primero amontonadas y luego apiladas unas sobre otras. Hundían sus raíces en el cauce para obtener así el oxígeno necesario para vivir. Pero el agua residual era muy poca y ya casi toda se había convertido en barro, proceso apresurado por la voracidad de las nuevas plantas flotantes.
Antes de morir, flores produjeron con celeridad miles de semillas voladoras, que intentaron flotar pero, ante la ausencia de brisa, cubrían ahora el suelo negruzco y puterfacto.
Frélix observó a la amenaza que debía derrotar. Era extraño pensar en Xeres de esa forma, dado que hasta la mañana anterior había sido su mentor y figura paterna. Mucho puede cambiar en un día. Thäl había pasado, también en un día, de un desconocido digno de todo el temor posible a la única otra persona en la que podía confiar.
Thäl, en otro plano de existencia, apuntaba a la cabeza de los gusanos interdimensionales el filo de sus espadas de madera negra como la oscuridad de una cueva profunda. Darse cuenta de que efectivamente lograba herirlos redoblaba su vitalidad y sus esfuerzos. Su cuerpo crecía en solidez también. Las ramas verdes se convertían en sargazos resistentes, sus huesos ganaban círculos de crecimiento y dureza, y golpeaba con la fuerza de un árbol centenario nunca vencido por los elementos.
Los monstruos no dejaban de arrancar partes de su cubierta vegetal con forma humana, con lo que le hacían en realidad un favor, ya que el Gran Verde sentía esas heridas y le enviaba al cuerpo características de plantas cada vez más duras, resistentes, incluso venenosas.
Con la violencia de varios golpes específicamente dirigidos Thäl pudo arrancar uno de los colmillos largos, curvados y filosos de uno de los cuatro gusanos. El ser gritó en una frecuencia de onda que hizo surgir olas de negrura rojiza que se esparcieron desde su boca hacia el resto del plano de realidad en el que se encontraban. El bárbaro tomó con sus manos de enredadera y sus yemas de brotes verdes el colmillo caído, casi del tamaño de sus espadas ahora envainadas en el arnés de su espalda, y lo enterró en la cabeza del monstruo.
Thäl nunca supo si la herida fue mortal, pero bastó para que los gusanos rompieran momentáneamente su control sobre el maestro Xeres. Frélix lo notó: durante un segundo el anciano volvió a ser una persona. Pero no volvió a ser el mismo. Notó al instante que su ser estaba manchado por el contacto que se acababa de romper, que nunca volvería ser el mismo.
XXVIII
Cuando el gusano demoníaco fue herido y su contacto con el maestro Xeres se interrumpió, el Gran Verde se hizo fuerte en nuestra dimensión y recuperó el dominio sobre las plantas que conformaban el bosque maldito, las alejó de la influencia de los seres y plantó en medio del lugar un vástago de sí mismo que vigilaría que las incursiones no se repitiera.
Frélix también vio su oportunidad en ese instante y, tras constatar que el espíritu de su maestro era irrecuperable, unió fuerzas con el Gran Verde para un conjuro final. Entre ambos transformaron los restos huesudos del anciano hechicero en un árbol monumental, cuya corteza era de un negro opaco que no reflejaba el sol y, al ser observado desde la altura y el ángulo indicado, exhibía en su tronco la expresión de un rostro humano petrificado en un grito.
El espíritu de Xeres quedaría ahí para siempre, como un faro que llamaba a los poderes oscuros. No era posible evitar ni deshacer el mal, por lo que Frélix decidió aprovecharlo. Ya que su atracción no podía ser negada, la exacerbó, convirtió al espíritu de su antiguo maestro en un imán que atraía la maldad y la magia maligna hacia el bosque, que desde entonces fue conocido como el Bosque de la Condena. Monstruos y seres inhumanos encontraron allí su morada, custodiados por el Gran Verde que, una vez dentro de los límites, no les permitía volver al exterior. En contraposición, las tierras cercanas al bosque fueron siempre las más pacíficas y desprovistas de incidentes sobrenaturales.
Desgraciadamente, la victoria en el plano material, daba por concluida la actuación del Gran Verde en lo que para él era una pequeña escaramuza que había ocupado tangencialmente una porción ínfima de su atención. Casi por instinto realizó su última acción: abducir la parte física de Thäl para impedir que su mente volviera a ella por sí misma, con el peligro de perderse entre realidades o demorarse tanto en el regreso que, al llegar a su cuerpo, este ya hubiera muerto de vejez.
Las hierbas que Thäl sostenía en sus manos al comenzar a actuar en su organismo el hongo de las moscas, subieron por sus brazos, envolvieron sus piernas, su torso, formando un capullo en el cual líquidos corrosivos vegetales deshicieron su materia como si hubiese caído dentro de una planta carnívora gigante.
Esa materia orgánica fue absorbida por el Gran Verde. La recombinó en un nuevo cuerpo, tomando como modelo aquella réplica vegetal ocupada por la consciencia de Thäl. Lo hizo idéntico, parte por parte.
El problema fue que ese cuerpo vegetal había sido atacado salvajemente por los demonios-gusanos hasta el último segundo de su lucha y estaba cruzado por las heridas y los cortes que sus adversarios le habían infligido. A pesar de su velocidad de regenración aumentada, aún no terminaban de curarse en su totalidad, por lo que el cuerpo humano de Thäl se reconfiguró herido y sangrante y así fue expulsado del Gran Verde. No regresó al lugar del que había partido, sino que fue enviado al lugar en el que pensaba cuando fue recibido por el Gran Verde: el desierto al pie de las montañas donde, hacía ya muchos años, había desaparecido la Cúpula de metal.
Thäl, en cuerpo y mente, apareció en medio de un pequeño oasis. La sangre escapaba por sus heridas y el dolor no le permitía moverse. Se desmayó mirando los picos montañosos que recordaba de su niñez, y hubiera muerto de no haber sido rescatado para comenzar una nueva etapa en su vida.
Pero esa es otra historia.
***

Muy buena historia, gracias!
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