martes, 7 de septiembre de 2021

Thäl y la rebelión de los elementos (1 de 2)

 Ilustración de Javier Mattano

 

THÄL Y LA REBELIÓN DE LOS ELEMENTOS


I

La manta de pieles cosidas y las rústicas sábanas habían caído al suelo durante el tumulto de la noche. Con las pepitas de oro que le restaban, Thäl quiso consentirse y pagar a las tres mujeres más atractivas que la casa (en parte fonda, en parte taberna y en parte burdel) tenía para ofrecer. Había ordenado también que un tarro lleno de cerveza de cebada lo esperase fuera de la habitación cada vez que abriera la puerta.

El día a día de un cazafortunas era un constante ascenso y descenso en todo sentido imaginable: la emoción, la riqueza, las dudas, la sensación de poder que brinda caminar por el filo de la muerte y no caer. Hacer del asesinato una forma de subsistencia, haber matado a más personas de las que muchos conocerían en toda su vida, propiciaba que su propia muerte a manos de otro dejara de ser una lejana posibilidad para convertirse en una probabilidad cierta y siempre latente.

Caminar por cualquier filo es un imán para los extremos.

En la enorme cama de madera aún resonaban los hachazos y golpes de su tosca construcción. Thäl se incorporó y comenzó a cubrir su cuerpo con la poca ropa y la abundante cantidad de armas que solía vestir. Su arsenal, en esta etapa de su vida, estaba compuesto por su primera espada, que nunca tuvo el honor de merecer un nombre, una hacha de doble filo, dos cuchillos de pedernal y un escudo, de madera blanca y cuero de mamut. Además de por una soga que llevaba sobre el cinturón, siempre a mano.

Dejó que las damas siguieran durmiendo. Había pagado por toda la noche y el día siguiente, lo que les daría unas poco habituales horas de descanso que ellas le agradecerían en su próxima visita. En cierto punto se identificaba con las mujeres: los mercenarios también ponían su cuerpo al servicio de otros y también lo llevaban más allá de sus límites persiguiendo un pago.

Dio un vistazo final a la habitación, ahora tan tranquila, mientras levantaba el último vaso de cerveza tibia del piso.

Saludó a los pocos clientes de la fonda, la mayoría dormidos sobre sus mesas, y salió al calor del mediodía.

Mientras desataba a su caballo, una sensación incongruente en su vista periférica lo hizo girarse hacia un lado. A lo lejos, pero lo suficientemente cerca como para notar algunos detalles, veía un bosque que no recordaba haber atravesado antes de llegar al lugar.

El caballo coceó, desesperado por salir de ahí, pero era un potro joven adquirido poco tiempo atrás y el jinete no reconocía sus reacciones, sus mañas ni sus presagios animales.

Thäl montó y se alejó unos trancos de la fonda. De nuevo otra extraña sensación: el leve malestar o desequilibrio cuando se ignora si uno es el que se mueve o si lo que se está moviendo es todo lo que lo rodea. Miró hacia atrás y ahora el bosque, de manera imposible, parecía haberse acercado.

El caballo emitió un relincho largo, agudo, urgente.


II

El avance del bosque hacía ahora temblar el suelo bajo los cascos del caballo. Thäl sentía en sus músculos la vibración que los hacía contraerse involuntariamente con rapidez. Ni siquiera los pasos de un numeroso ejército en el campo de batalla, el golpe acompasado de miles de pies marciales sobre el terreno, le había provocado en el cuerpo semejante reacción al movimiento. No sólo eso, sino que el avance se proyectaba en sentido inverso: desde el interior de la tierra hacia arriba. Nada golpeaba la tierra a ritmo de marcha forzada, sino que las raíces de los árboles iban partiendo el suelo a su paso desde abajo, levantando cascotes de tierra y generando una extensa y cerrada nube de polvo.

Supo que no podía hacer nada por las personas en la fonda y maldijo entre dientes. Nadie allí merecía morir. Al menos eso era lo que opinaba después de un tiempo de frecuentarlos y no parecía probable que la marea vegetal enloquecida les diera otra opción una vez que llegara a la casa hecha de barro y madera.

El ruido de la tierra al partirse era cada vez más fuerte. Thäl no tenía con qué compararlo, no sonaba como ninguna otra cosa que hubiese escuchado. La magnitud de la furia y destrucción augurada por el estrépito al acortar la distancia no podía ser provocada por ningún ser humano. Aún.

Hipnotizado, con los sentidos saturados al máximo, no se movió hasta que un pequeño matiz novedoso en el estruendo, un crujido de tablas secas, reveló que la casa había sido alcanzada, que la línea de vegetación sin control dejaba de ser un fenómeno natural, o tal vez antinatural, y pasaba a ser una catástrofe humana.

Lo último que vio fue ramas verdes y lozanas salir por las ventanas de la fonda cubiertas de rojo, antes de espolear su caballo y comenzar su carrera contra los elementos.


III

El caballo galopó como si su vida dependiese de ello porque los animales no conocen la exageración ni el piadoso autoengaño. Corrió como era necesario correr en la situación en la que se encontraba. Corrió de la única manera posible para él en ese momento y lugar.

El margen, razonablemente amplio en un principio, se iba acortando con cada tranco. Thäl pensó en arrojar sus armas para alivianar la carga sobre la bestia, pero algo le dijo que iba a necesitar de todo su arsenal en breve. En especial de la más nueva adición a su colección de armas: su enorme, pesada y bien balanceada hacha de doble filo.

En su huida pasó por algunas casas desperdigadas en medio de la meseta, dejando atrás el valle y adentrándose en tierras más altas. El lugar que atravesaba no era cabalmente un reino sino uno de tantos espacios abiertos entre feudos, tan secos y despoblados que nadie se molestaba en reclamar derechos sobre ellos porque los impuestos y riquezas que podrían cobrarse no merecían el esfuerzo de defenderlos.

Atrás quedaban dos o tres personas en cada choza: ancianos que no tenían otro lugar adonde ir o niños sin más posibilidad que permanecer con sus mayores. Todos los hombres y mujeres con edad para decidir sobre su propia vida ya se habían ido. El lugar sólo servía para nacer o morir en él. De todos modos, era una tierra de libertad y sin ley: su clase de lugar.

El caballo dejaba caer por sus belfos una baba espesa, casi con consistencia de jalea, tanto la carrera lo había deshidratado. Sus ancas ardían al contacto con su abdomen. Corría ascendiendo por una pendiente poco pronunciada pero, aún así, era más trabajoso que desplazarse por la llanura. Un ser humano se hubiese dado por vencido y buscado consuelo y descanso en la muerte, pero un animal noble corre hasta morir porque no hay una idea de paraíso que lo convenza de lo contrario.

El tumulto de los tallos de los árboles rompiéndose entre sí en su crecimiento violento, y de la tierra proyectándose desde una explosión sin fuego para volver a caer sobre sí misma, ya no dejaba a Thäl escuchar el ruido del galope ni de sus armas chocando unas con otras.

Las ramas más cercanas crecían en su dirección, intentando aguijonearlo. Ramas resistentes con espinas que se abrían en todas direcciones. Parecían las manos raquíticas con largas uñas que hechiceros y brujas utilizan para grabar sus conjuros en el aire con la mayor exactitud posible.

Una enredadera salió disparada desde muy atrás, como una serpiente, y se aferró a su cuello, lacerándole la piel con su corteza rugosa. Thäl cerró los ojos un segundo y, al abrirlos, delante de él se abría un acantilado.


IV

Con un movimiento rápido del brazo, Thäl soltó un momento las riendas y cortó el sarmiento de la enredadera antes de que lo estrangulara. La porción que quedó enrollada en su cuello se marchitó en cuestión de segundos y despidió un fuerte olor a carne podrida y veneno.

La forma en que la vegetación se comportaba lo convenció de dos cosas: había algo inteligente controlando a las plantas y, por lo tanto, eran más peligrosas para su vida que el precipicio que se desplegaba delante de sus ojos. O al menos estaban empatados en nivel de peligrosidad.

Con una firme resolución adelantó su cuerpo y le tapó los ojos al animal con ambas manos, mientras lo espoleaba con todas sus fuerzas.

-Fuiste bueno, amigo – le dijo a modo de despedida, inaudible entre los potentes ruidos que pugnaban por monopolizar el ambiente.

El caballo saltó al vacío pero se detuvo en el aire. Varias enredaderas aprisionaban sus patas traseras.

Sin nada más que hacer, Thäl aprovechó la inercia del salto y se incorporó, en una centésima de segundo. Dio un paso sobre el lomo del caballo y otro sobre su cabeza, tomando carrera para propulsar el salto más largo que pudiera ejecutar. Como si lo hiciera adrede -Thäl quiere pensar que fue adrede-, el animal tensó y estiró su cuello cuando sintió el pie sobre su testa y le imprimió al salto del hombre un mayor impulso inicial.

Debajo debía correr un brazo del río que daba vida al valle, confiaba Thäl. Pero tal vez era un brazo demasiado pequeño para amortiguar su caída, o tal vez en ese lugar había un espacio amplio de playa y al aterrizar su cuerpo golpearía sin remedio contra las piedras de la orilla. Se forzó a no cerrar los ojos y, durante los primeros metros de su descenso boca arriba, vio al noble animal atravesado por ramas filosas que florecían rojas al salir de su carne, vio raíces que se movían como látigos enloquecidos, perforando al tierra del acantilado e intentando atraparlo en medio del aire.


V

La caída era profunda y el cuerpo de Thäl, cubierto por armas de madera, piedra y metal, se dirigía directamente hacia la enorme playa de arenisca y cantos rodados. Con suerte caería en el sector donde las pequeñas olas mojaban la tierra, lo que no haría gran diferencia.

Recordó sus primeros años de vida, de forma natural y sin sentirlo como una recapitulación final. Fue el lugar hacia donde su mente prefirió ir en ese momento, ni más ni menos. Recordó el tacto frío de la semiesfera que le daba su nombre a la Cúpula de metal, el rito de iniciación que representaba para todo niño escapar de la vigilancia de sus padres y alejarse todo lo posible de la ciudad hasta tocar la superficie bruñida del domo protector. O al menos él siempre interpreto que la función del orbe era protegerlos a él y a su pueblo. ¿Acaso era al revés? ¿Acaso la cúpula protegía el mundo de lo que había dentro de ella?

Recordó el momento en que la caravana, los carromatos de sus padres y otros ciudadanos, dejaba atrás la última vista de su hogar que desde ahí en adelante se perdía entre otros picos nevados. ¿Huían? ¿Habían sido expulsados? ¿Eran exploradores? ¿Mensajeros? ¿Buscaban o esparcían conocimiento?

La caravana fue atacada y los pocos sobrevivientes terminaron como prisioneros y fueron llevados a un reino a semanas de camino, donde los niños eran obligados a trabajar y los adultos morían en la tortura, sin revelar la ubicación de la Cúpula de metal.

Thäl vio con claridad, como si la sostuvieran frente a sus ojos, una caja inexpugnable, cubierta por símbolos escritos y con intrincados laberintos de líneas, relieves y pequeñas depresiones que, sabía, eran la clave para su apertura. Recordó a su padre subir esa caja a su carreta tirada por blancos tigres de las nieves y decirle que algún día sería suya.

Pero ese día no iba a llegar nunca, porque en cuestión de segundos su cuerpo se destrozaría contra el suelo arenoso de la costa del río.

Salvo que no fue así.


VI

A pocos metros del suelo un viento sólido desaceleró su caída y lo hizo girar en el aire, como si se deslizara por una vertiente de agua en zigzag. Golpeó la arena sentado y tardó unos segundos en asumir que seguía vivo. Una vez hecho eso y ya de pie, observó en todas direcciones intentando encontrar algo extraño. Tal vez estaba absolutamente solo, tal vez, como creían las tribus de piel roja, había otro mundo después de la muerte y la única diferencia con el que conocía era que cada persona vivía ahí en soledad durante un tiempo eterno.

Atenuado por la distancia, el ruido de la vegetación al crecer y romper la tierra en las alturas seguía llegando a sus oídos. El bosque no sabía dónde detenerse: las raíces se agitaban cual tentáculos en el aire del acantilado y grandes árboles crecían, ya casi sin sustento en la tierra, doblándose en ángulos cada vez más pronunciados.

Thäl comenzó a correr por la costa hacia el valle que recibía el sol pleno del mediodía, alejándose todo lo posible de la sombra proyectada por la meseta. A su paso, pájaros de largas patas palmeadas emprendían el vuelo asustados, y supo que tenía que apurar el paso, porque más de un milagro por día era pedirle demasiado a los elementos.

Comenzaron a llover árboles.

El bosque sobre las tierras elevadas empujaba a sus vástagos y les negaba la propia tierra que debía darles sustento. Después de doblarse hasta ser vencidos por su propio peso, los últimos troncos, pesados y llenos de algo que no era savia, comenzaron a desplomarse. Al correr, Thäl se sentía rebotar en el piso. Cada golpe vegetal semejaba la réplica de un terremoto. Los árboles cayeron unos sobre otros formando pilas triangulares. Luego comenzaron a rodar hacia los lados, ganando aceleración al deslizarse por la pendiente formada por los que habían golpeado la tierra primero. Uno de ellos persiguió a Thäl como si lo buscara de forma consciente, dirigiendo sus giros y revoluciones tras él.

A punto de ser alcanzado, el hombre giró para enfrentar el final sosteniendo su hacha de doble filo en las manos. Era una actitud claramente irracional, pero ya había huido de la vegetación antes y no pensaba hacerlo de nuevo. Descargó un golpe y el filo recorrió gran parte de la circunferencia del tallo para terminar enterrado en la piedra arenosa de la playa. El corte desmesurado formó un hueco que libró de todo daño al cuerpo de Thäl cuando el árbol rodó sobre él, convertido ahora en pura corteza gris. Rodó un poco y se deshizo, despidiendo el olor a podredumbre y veneno que ya había percibido al cortar el sarmiento que había aprisionado su cuello al desbarrancarse.

Miró cómo el resto de los árboles se convertían en cáscaras vacías y hediondas hasta colapsarse unas sobre otras, y supo que el bosque era un todo, un solo ser, y que sus partes no sobrevivían mucho separadas del cuerpo principal.

Tal vez el propio bosque lo aprendió también entonces, porque los árboles dejaron de caer.

Thäl se sentó en el suelo, agotado, recuperando el aliento, mientras una sombra se proyectaba a sus espaldas.


VII

El joven que se había detenido detrás de Thäl, tapándole el sol con su presencia inesperada, no aparentaba más de quince años. Flaco y de rasgos faciales triangulares, el cabello corto muy lacio caía sobre sus ojos violáceos. Vestía una túnica de dos colores y llevaba en la mano un cayado que superaba levemente la altura de su propia cabeza. No podía tener más apariencia de aprendiz de hechicero ni aunque estuviera arrojando rayos desde la punta de sus dedos en ese preciso momento.

Thäl lo miró con desagrado. La magia no le gustaba, la sentía extraña, amenazante y traicionera. Eso significaba que todavía estaba cuerdo.

-Hola amigo, mi nombre es Frélix – dijo el joven, con voz calma y aguda.

El mercenario lo miró ladeando la cabeza, midiendo qué tan poco podía confiar en él. Todo en la expresión del aprendiz de brujo decía que era una persona agradable y que no le haría daño a un pichón caído de su nido. Thäl había aprendido a desconfiar de ese tipo de personas sobre todas las cosas. Sabía cómo lidiar con la rudeza y los malos modales, se sentía cómodo entre gente de ademanes bastos y palabras rugidas en un tono entre amenazante y amistoso. Toda amabilidad le parecía excesiva, estudiada, falsa. Porque probablemente toda amabilidad lo es.

-Hola. ¿Tuviste algo que ver con eso? - preguntó, señalando con el dedo la maraña de vegetación que, desde el elevado límite de la meseta, parecía observar acechante, lista para atacar.

-No. Pero tuve mucho que ver con que no te convirtieras en una masa de carne ensangrentada en el piso.

-¿De verdad? ¿Cómo?

-Un hechizo elemental muy sencillo. De hecho es uno de los primeros que aprendí.

-¿Y a qué se debió tu amabilidad con un desconocido como yo?

-A que necesito un ayudante para matar a mi maestro – respondió el chico, sin cambiar su tono de voz ni su expresión reposada.

-No creo que tengas como pagarme ni tengo nada en contra de tu maestro – explicó Thäl.

-Yo creo que sí. Ya se han encontrado y no ha sido una buena experiencia. Intentó matarte, por lo que sé.

-¿Y dónde está ese maestro tuyo que según tus palabras intentó matarme?

-Supongo que en el medio de todo aquello – dijo Frélix, señalando la maraña de vegetación en el elevado límite de la meseta, que parecía observar acechante, lista para atacar.


VIII

-No es fácil conseguir a un maestro que esté dispuesto a guiarte por el camino de la hechicería. No hay muchos hechiceros ni magos reales, para empezar. Ni brujas, ya que estamos. Sí hay muchas personas con manos rápidas o capaces de confundir las mentes de los demás con distracciones y trucos mentales. He conocido a algunos hipnotistas que pueden convencer a las personas de que ven o escuchan cosas que no están ahí. Pero hechiceros, lo que se dice hechiceros, creo que me sobran los dedos de ambas manos para contar los que recorren el mundo en este momento. Vivos, por supuesto. Hay algunos que ya han muerto pero siguen dando vueltas por el plano terrenal, porque tienen asuntos sin terminar o porque siguen estudiando las fuerzas naturales y espirituales desde un nuevo ángulo al que antes de morir no podían acceder. Algunos incluso murieron adrede para seguir estudiado. Es difícil no respetar eso.

Thäl caminaba al lado de su nuevo acompañante, haciendo lo posible por no escuchar su historia. Molesto porque sabía que en la mente del chico no había quedado debidamente claro quién era el acompañante y quien estaba a cargo y tomaba las decisiones en la misión.

-Conseguí permiso de mi padre para dejar nuestro castillo hace ya tres años. Como séptimo hijo, era para mí imposible llegar algún día a heredar el trono, y no tenía ganas ni de matar a mis hermanos para sacarlos del camino ni guerrear contra ellos en el futuro, por lo que consideré mejor irme y buscar mi vida por otro lado. Creo que sólo quedan tres de mis hermanos vivos en este momento, por las noticias que me han llegado. Eso me hace pensar muy seriamente en si quiero tener posesiones que heredar o si quiero tener hijos que se peleen por ellas. Lo más probable es que no haga ninguna de las dos cosas. Además, en los libros de los grandes sabios he leído que una de las formas más efectivas de conservar y aprovechar todo tu potencial es la retención de semen, durante meses o años, para canalizar toda la energía del deseo en un solo hechizo.

-¡Já! - rió Thäl, pensando en que ahora tenía otro motivo para alejarse de la magia.

-El maestro Xeres fue el segundo hechicero vivo que encontré y tuve la suerte de que quisiera tomarme como aprendiz. El primero… bueno, digamos que practicaba el tipo de magia que lo hacía ver en alguien de mi edad más un sacrificio desperdiciado que un aprendiz.





IX

-¿Y si era tan bueno, qué le pasó?

-Lo de siempre: hizo un hechizo de más. Aprender magia es como aprender a cocinar: no sirve de nada si el estudiante se queda solamente con la receta, hay que poner las manos en la masa, por decirlo de alguna forma. Aunque no es muy buena frase, no pienso volver a usarla.

-Por lo poco que entiendo de magia, hizo una de dos cosas: fue a lugares a los que no tendría que haber ido o trajo de otro lugar cosas que no deberían estar aquí.

-Más o menos ambas. Se puso en contacto con entes de otros planos que se quedaron dentro suyo y no quieren abandonar su cuerpo.

-Y supongo que a esos entes no los mueve ninguna buena intención.

-No lo sé con total certeza, pero estoy convencido de que no. Es decir, ninguna buena intención hacia nosotros. Es posible que estén buscando su bienestar o asegurando su propia supervivencia. Pueden estar desesperados en lugar de ser malignos, ¿pero quién sabe?

-¿Y cuál es tu idea? ¿Liberar a tu maestro? ¿Matarlo? ¿Qué sería lo más efectivo?

-Lo estoy estudiando. Si querés acompañarme a la casa del maestro Xeres, me quedan algunos pergaminos por leer.

Thäl miró hacia arriba, vio la nueva línea del horizonte, ahora llena de copas de árboles y ramas de formas extrañas fluctuando, no al viento sino movidas por su propia fuerza interna, y pensó.

-Eso se va a seguir expandiendo, ¿no?

-Creo que sólo puede expandirse utilizando la energía vital de los seres cuyas vidas consume. O sea, sólo puede crecer cuando come, como cualquier ser vivo. Dado que hace ya un tiempo que permanece en su lugar, deduzco que gastó la energía de los pocos habitantes de las tierras altas y de los animales que habitaban originalmente en el bosque. Creería que hasta que nadie se acerque no hay peligro y que lo mejor que puedo hacer con mi tiempo es estudiar un poco más.

-Yo puedo quedarme a vigilarlo.

-Como quieras. Entonces regreso en la mañana. Ya que permanecerás aquí, asegúrate de que nadie ni nada se acerque. Por cualquier medio a tu alcance – dijo Frélix, señalando la espada de Thäl.

-No hay problema con eso. Es lo que mejor hago.


X

Durante la noche, los ojos y oídos de Thäl estuvieron atentos a cualquier movimiento del follaje, no sólo del bosque que había cobrado una vida maligna en las alturas sino también de las plantas a su alrededor. En el valle en el que debería estar descansando bajo las estrellas, había árboles, flores, enredaderas y varias clases de hongos. Mecidas por la brisa fresca de la noche, las semillas caían al suelo fértil o volaban, recibiendo el impulso del aire en los copos redondos y esponjosos de su parte superior, hasta llegar a un lugar en el que pudieran germinar. La vida seguía, ciega, imparable, sin descanso.

No hubo movimientos detectables. Los animales suelen captar el peligro mejor que los seres humanos y eran escasas las probabilidades de que se acercaran al precipicio, por lo que Thäl confiaba en tener que preocuparse sólo de viajeros perdidos o fugitivos que buscaran refugio en las cuevas de la meseta. Los ladrones solían esconderse allí y algunas cuevas habían sido nombradas a partir de algún famoso ocupante.

Como lo había previsto, las aves se acercaban al bosque pero, un poco antes de llegar a posarse en ningún árbol, daban media vuelta en el aire y emprendían el regreso a velocidad acelerada. Por su parte, agotada ya toda su energía, ni los sarmientos ni las ramas efectuaban ningún movimiento.

Cuando las aves volvían a estar a una distancia que lo satisfacía, Thäl destensaba el arco y enterraba la flecha en la arena.



XI

Con los primeros rayos del amanecer, Frélix regresó al lugar donde Thäl realizaba su vela de guardia. Traía un par de hojas pequeñas de pergamino enrolladas en la mano. Hacía mucho que Thäl no veía ningún elemento relacionado con la escritura, tal vez desde niño, pero conocía las distintas maneras de conservar el conocimiento y los hechos en un soporte material: barro, hojas de papel y cuero de animales. Intentaba recordar cómo lo hacían en la Cúpula de metal, pero lo único que acudía a su memoria eran piedras rectangulares, livianas y lisas, que emitían una luz apagada de un tranquilizante tono celeste.

-¿Esos son tus libros?

-Oh, no. Para nada. No podría sacarlos de la casa del maestro sin que se convirtieran en polvo, o sin que liberaran algo que no queremos que se libere en este mundo. Hay conocimiento que no puede interactuar con este plano de existencia sin consecuencias cataclísmicas. No, estas son simplemente mis anotaciones.

-Bien. Emprendamos el camino entonces.

-Si… respecto a eso… emprender el camino, lo que se dice, caminando, es algo que debo hacer en soledad. La magia que conozco sólo actúa de este lado de la realidad.

-¿Entonces yo voy a luchar aquí? ¿El bosque va a bajar hasta el valle?

-No. Tu lucha va ser en otro lugar, por decirlo de alguna forma.

-No me hables con acertijos. No es que no los pueda entender, simplemente me molesta.

-Bien. Hay algo en tu aura que me dice que ya has tenido contacto con un ser de otro plano. Contacto directo. Más directo que el que yo nunca he tenido, ya que sólo los he conjurado alguna que otra vez, escudado tras fuertes hechizos de protección. Hay restos de elementos de otras dimensiones dentro de tu cuerpo. Emmm… no te juzgo… los demonios suelen ser muy cautivadores y persuasivos.

Thäl miró las cicatrices de sus palmas y recordó.

-Una vez metí mis manos sangrantes en una suerte de portal. Desde entonces he experimentado cosas extrañas, pero nada que me impida vivir de manera normal. No me siento más fuerte ni más débil, sólo que a veces mis percepciones se abren, se hacen más amplias.

-¡Ah! Bien. Esa es otra explicación perfectamente lógica. La magia suele conducirse de un plano de otro mediante fluidos vitales, por lo que… emmm… dejémoslo así.

-¿Y cuál sería mi parte en el plan entonces?

-Necesito que alguien luche desde el otro lado mientras yo intento liberar a mi maestro desde este lado de la realidad.

-¿Y cómo voy a pasar al otro lado? No es una de mis habilidades, al menos que figure en mi conocimiento.

Frélix caminó unos pasos, en círculos cada vez mayores, explorando el suelo verde. Se acercó al nacimiento de un árbol y arrancó algo, pegado a las raíces, de un solo tirón.

-Así – respondió, mostrando en la palma de su mano un macizo hongo de color rojo y blanco.


XII

-Ya los he probado. No sé qué es lo que crees que te estoy ocultando, pero no vas a hacerme hablar con eso.

-El que quiso usar estos hongos como una especie de poción de la verdad era un pobre imbécil ignorante y no tenía idea de lo que estaba haciendo. No es la función que cumplen. Además, supongo que la utilización del hongo vino precedida de torturas, hambre, confinamiento solitario o alguna otra maniobra física o mental para doblegarte, y esa no es la mejor forma de ponerte en el estado propicio para conectar con él.

Thäl recordó los últimos días antes de escapar de su cautiverio, casi al terminar la adolescencia, pero no dijo nada.

-Seguramente también te lo hicieron masticar estando seco como una pasa y sin mezclar con las plantas necesaria para hacer que el viaje sea más duradero. Debe haber sido como un golpe de maza en tu cabeza que duró segundos y del cual no trajiste ni sacaste nada. Bueno: por un lado eso es bueno porque ya sabemos que puedes sobrevivir a la experiencia. No todos pueden. Y, segundo, es probable que hayas dejado algún amigo allá que todavía te recuerde.

-Pero dijiste que sólo duró unos segundos. Y así es como lo recuerdo.

-Unos segundos de este lado. Puede haber sido toda una vida del otro.


XIII

Frélix sacó una marmita de su bolso, compacta y honda. Introdujo dentro tres hongos, tallos de algunas enredaderas que separó con cuidado de la corteza de los árboles, y una buena cantidad de agua del río que fluía frente a ellos. Thäl lo vio encender fuego y poner la marmita sobre la llama viva. El preparado hirvió en poco tiempo, mientras el joven revolvía sin descansar. Cuando la cuchara de palo quedaba atascada en medio de una pasta gomosa, resistente a cualquier movimiento, Frélix volcaba un poco más de agua y comenzaba de nuevo. Siguió así durante horas, renovando la elasticidad de su potaje psicoactivo.

Mientras tanto, Thäl vigilaba las alturas arco en mano. A media mañana debió derribar a un ave que se acercó demasiado a los árboles más cercanos al precipicio. Acostumbrado a la soledad, podía pasar días sin hablar con nadie, incluso pensando sólo lo necesario para sobrevivir. Había escuchado que la locura es que la cabeza se llene de palabras, cosa bastante parecida a hablar consigo mismo en soledad. Pero el aprendiz de brujo no tenía tanta disciplina.

-¿Dónde naciste? - preguntó, moviendo la cabeza en círculos sin darse cuenta, acompañando el giro de su mano.

-En un lugar de leyenda que probablemente ni siquiera exista.

-Eso no es muy específico que digamos. He leído volúmenes enteros que describen lugares de leyenda que nadie sabe si existieron. Probablemente este lugar en el que estamos ahora sea de leyenda en unos años.

-Nací en la Cúpula de metal.

-La Cúpula de metal no es un lugar de leyenda. Era un lugar real que estaba muy bien escondido. Las herramientas mágicas de los mejores hechiceros eran forjadas por los herreros alquimistas de la Cúpula de metal. Si me hubiera convertido en maestro décadas atrás, una de mis pruebas hubiera sido peregrinar hasta allí para buscar mis elementos de poder. De hecho, la Cúpula de metal fue el origen de los alquimistas, quienes sabían trabajar los metales antes de que en otros lugares conocieran siquiera su existencia. Puede ser que las historias sean exageradas, pero era un lugar muy real. Al menos en teoría.

-Me han dicho que la ciudad fue destruida y que por eso nunca pude volver a ella.

-Es imposible que una ciudad desaparezca del todo. Como mínimo deben quedar sus ruinas.

-¿Y será posible encontrar esas ruinas?

-Los teóricos de los antiguos alquimistas dicen que sí. Y que para encontrarlas se deben recorrer los picos inaccesibles de las cadenas montañosas del extremo sur del mundo.


XIV

Un poco más de agua, un poco más de ramas secas para alimentar el fuego, y Frélix continuaba reduciendo el caldo de hongos y enredaderas a sus componentes fundamentales.

-De todos modos, encontrar la Cúpula de metal no debe ser una tarea fácil porque sino alguien ya lo habría hechos a estas alturas. Lleva desaparecida…

-Diecinueve años…

-¿Cómo sabés?

-Porque yo tengo veinticinco… y la vi desaparecer frente a mis ojos cuando me alejaba de allí, con mis padres y otras personas, a los seis.

-Interesante. Puede haber sido un hechizo de invisibilidad. O de relocalización. De desfase temporal también. A lo mejor no la encuentran porque se fue al futuro. O incluso al pasado. Nunca se sabe.

-Alguien tiene que saber.

-Alguien, tal vez no. Pero algo… algo seguro lo sabe. Los seres vivos aprendemos y olvidamos muchas cosas por nuestra sumisión al tiempo. Pero los entes que existen más allá del tiempo no suelen tener ese problema. Algo seguramente sabe qué pasó con la Cúpula de metal.

-¿Y tus poderes mágicos te permitirían averiguarlo?

-No sé, la verdad. Debería investigarlo.

Thäl gruñó de forma casi imperceptible.

-No te enojes. No estoy siendo desconsiderado. De hecho es todo lo contrario: solamente un charlatán dice que sí a todo sin pensar. O alguien todopoderoso. Yo ni soy una cosa ni quiero ser la otra.

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