domingo, 29 de agosto de 2021

Thäl y el rapto en las catacumbas (1 de 8)

 Ilustración de Marcelo Sinistri

 

I

Thäl merodeaba entre los puestos de la feria de vegetales y carnes saladas, pasando desapercibido en medio de la multitud, apiñada como granos de arena en un puño cerrado. Eran los años tempranos, cuando aún no llevaba su característico pendiente en forma de rectángulo, de un bruñido metal más oscuro que la noche misma, y nadie podía reconocerlo por el eco de los cantos que centurias después aún sobreviven en leyendas.

Sólo era un hombretón musculoso, de cabello rubio ralo, mal cortado a filo de espada, y barba de tres días. Tenía la típica estampa de los mercenarios y cazarrecompensas que pasaban sin detenerse, con los bolsillos llenos camino al burdel, o sin una moneda, hambrientos, cansados y con la ira a flor de piel al salir de ahí. Como sea, el último interés de este tipo de hombres era la fruta de pepita o las lonjas de puerco curadas al sol, por lo que los vendedores no les prestaban más atención que la que cabe en la rápida mirada que se le dirige a un posible ladrón o pordiosero, a alguien que en cualquier caso no reportará ninguna ganancia.

Pero sus repetidas vueltas entre los puestos levantados con ramas secas y telas hiladas raídas, sus miradas furtivas a las salamandras de arena abiertas en canal y conservadas en especias, no eran estrategias de espera ni una pérdida de tiempo. Estaba de cacería, al acecho de otro tipo de depredador.


II

Tres días atrás, comía en una fonda en las afueras de las murallas. Los mercenarios no eran bien recibidos en ninguna cuidad a menos que hubieran sido llamados: los que sobresalían en el arte de matar como mano de obra y los torpes o primerizos como carne de cañón para la guerra.

A pesar de que su nombre aún no era conocido a lo largo de los reinos de la planicie, su figura y su espada delataban con claridad cómo se ganaba la vida, por lo que fue abordado por un grupo de soldados del castillo real.

-¡Mercenario extranjero! - gritó el capitán de la guardia.

Thäl no dejó que uno solo de los músculos de su rostro se moviera, ni siquiera una de sus cejas se levantó. No caería en una trampa tan estúpida, en el caso de tratarse de una trampa. Un hombre que recorre en soledad la tierra no es un ejemplo acabado de confianza y muy pronto descubre que es mejor imaginar que quien no lo llama por su nombre le está hablando a alguien más.

-¡Eh! ¡Tú! ¡Mercenario extranjero! - repitió el jefe del grupo de soldados, a medida que se acercaban en bloque hacia la mesa del fondo, donde Thäl intentaba disfrutar de su potaje de legumbres y carne y su pan de miga oscura.

Cuando la media docena de hombres, con sus armaduras y cascos de cuero, se detuvo al lado de su mesa, ya no hubo dudas y se activó en Thäl el reflejo de luchar o huir, que tenía la opción de huir vacía desde hacía mucho tiempo ya.

Su mano apretaba la empuñadura de la espada antes de pensarlo. El filo cortó el aire tan rápido que los testigos sólo vieron la luz de las lamparas de aceite reflejadas en él, como un relámpago recto y horizontal.

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