domingo, 29 de agosto de 2021

Thäl y el rapto en las catacumbas (2 de 8)

Ilustración de Marcelo Sinistri


III

De haber tenido entonces a Garra y Colmillo, sus espadas gemelas, Thäl hubiera tardado menos de un minuto en acabar con la partida de soldados. Debido a que contaba sólo con una espada imperfecta, forjada por un herrero improvisado y no por un maestro de la Cúpula de metal, tardó poco más de dos.

El capitán de la guardia fue el primero en morir, cuando el filo veloz cortó su cuello de lado a lado. Permaneció de pie en su lugar, intentando detener la sangre con ambas manos, porque otra cosa no podía hacer. De cierta forma, es algo denigrante que tu último acto en la vida sea inútil e ilógico, pero no es algo que le es dado controlar a casi ningún ser humano, salvo a los más remarcables de la historia.

Dos soldados perdieron sus mazas de piedra junto con las manos que las empuñaban. El pesado golpe de las armas en el suelo levantó una nube de polvo levemente coloreada de rojo, mientras Thäl descargaba un mandoble sobre cada cabeza desde la altura de sus brazos extendidos.

Otro hombre fue abierto desde el ombligo hasta el cuello, sin que el cuero de su armadura atada con nudos de cuerda pudiera hacer nada para protegerlo. Había escuchado de las armas de metal en historias de mercaderes y nunca había creído, hasta ese momento, en tales habladurías.

Finalmente, Thäl atravesó a uno de los dos soldados restantes de pecho a espalda y acompañó la caída del cuerpo arrodillándose lentamente a su lado con un efecto teatral muy bienvenido por los espectadores.

A su lado cayó el capitán, ya vacío de sangre. Fue el primero en morir y el último en tocar el suelo.

Adrede, Thäl dejó con vida al más joven de los soldados, quién no había hecho más que reducirse a un ovillo nervioso contra la pared.

-¿Por qué me atacan? - preguntó mirando al joven, cada ojo a un lado del filo ensangrentado de la espada que sostenía delante de su rostro iracundo.

-N… no… no era nuestra intención iniciar una pelea. El rey nos ordenó buscar a un mercenario para ofrecerle un trabajo.

-Llévame con él entonces – respondió Thäl, algo molesto por no haber terminado su comida.

Ese día, el joven soldado aprendió una importante lección: no se debe jugar al misterio con un hombre para quien la paciencia no es un virtud.


IV

Siempre se sintió extraño para Thäl llegar a un castillo atravesando el puente sobre un foso y pasando debajo de un portón elevado, sin escabullirse de los centinelas.

Este castillo en particular no parecía merecer su astucia ni su siglo. Se lo veía pobre y derruido. Si sus muros contenían tesoros lo disimulaban muy bien. Eso podía significar dos cosas: o la paga sería indigna de ser tomada en cuenta, o el problema era tan grande que justificaba el gran gasto de resolverlo, aún siendo extraordinario y probablemente mortal para las arcas del reino.

Por supuesto, prefería la segunda opción.

La gran sala del trono era un espacio abovedado, más parecido a una cueva con paredes talladas que a la verdadera obra de maestros constructores. Pocos tapices y estandartes, alguna cabeza de animal de caza mayor aquí y allá, que en lugar de llenar el espacio resaltaban la casi absoluta desnudez de las paredes.

En medio de la habitación, sobre el trono de piedra blanca, un fulano barrigón convocó a Thäl con un ademán de su mano, provocando que la guardia personal le abriese camino. Sobre su cabeza despeinada, la corona, demasiado pequeña, amenazaba con caerse ante cada inclinación de la cabeza.

-¡Te saludo guerrero!

-Yo también lo saludo su majestad.

-¿Donde está el resto del contingente? - preguntó el rey al joven que acompañaba a Thäl.

-Meditando acerca de las bondades de una conversación franca y directa – se adelantó el mercenario.

-Ah… entiendo… - dijo el monarca, analizando la situación. La pérdida de soldados era una mala noticia, pero la ferocidad del hombretón podía indicar, fuera de todo pronóstico, la posibilidad de buenos resultados en su misión: -¿Te han explicado la situación?

-No, su alteza. Tuvieron mucho tiempo para hacerlo pero lo desperdiciaron poniéndome de mal humor.

-Ah… entiendo… bien… no sé cómo empezar.

-La gente suele empezar diciéndome qué debo matar, y continúan diciéndome cuánto van a pagarme por hacerlo.

-Ah… entiendo...

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