Ilustración de Marcelo Sinistri
V
Remus, rey de Escatonia, se preparaba para relatar lo mejor que pudiera la situación que lo había llevado a convocar a un mercenario ante su presencia.
El suyo, como Thäl ya lo había deducido, era un reino pobre. Un reino nuevo también, pero todos los reinos lo eran en ese entonces y no había necesidad de aclararlo. Las tribus humanas habían descubierto poco tiempo atrás las bondades del agrupamiento: muchas se habían reunido a pesar de sus diferencias, bajo un nombre, una bandera y una lengua que de a poco se iba construyendo con retazos de las ya existentes.
Si algún ser humano hubiese tenido una visión global del mundo, por seguro le hubiese resultado altamente sospechoso cómo el proceso de socialización de la especie daba un paso gigante al mismo tiempo en tantos lugares distintos. Pero no había persona que tuviese tanta información. Aunque Thäl alguna vez había notado que, de los pueblos desperdigados que había conocido en su niñez, sólo los hombres de piel verde del desierto de Azkahar seguían viviendo en soledad o, cuando mucho, dentro de una familia poco numerosa.
Sin embargo, casi de inmediato, ya reunidos dentro de ciudades amuralladas y bajo el mando de un monarca, las personas comenzaron a descubrir también las desventajas de la vida en conjunto: impuestos, órdenes que acatar sin entenderlas, enfermedades contagiosas, desconocidos cuya personalidad e intenciones no eran fáciles de descifrar. Pronto, el primado ofrecido a un solo hombre, a veces por su valentía, a veces por extrañas señales de un más allá aún no cartografiado, a veces por puro azar, comenzó a ser cuestionado. Y los reyes, que como cualquier ser humano se habían acostumbrado al cambio positivo con pasmosa rapidez, ensayaban nuevas formas de imponer su voluntad.
En el momento en que Remus abría la boca para comenzar su relato, un consejero entró corriendo en la sala del trono. Sin prestar atención al protocolo que Thäl había visto en otros sitios, es decir sin esperar el permiso de su monarca, comenzó a hablar, agitado y falto de aire.
-Señor… necesitamos hacer algo con las luchas entre vecinos. Sigue habiendo enemistades, peleas a golpes, incluso muertes, porque algunos roban las herramientas y ropas de sus vecinos, usurpan sus casas, algunos incluso duermen con sus mujeres.
-Pero si ya lo he prohibido y prometido castigos.
-Es que saben que no es posible cumplir con esa promesa. Todos lo hacen y es imposible castigar a todo el pueblo a la vez. No quedaría nadie para castigar a los demás. Pero los problemas que generan hacen imperioso encontrar una solución.
-He recorrido el mundo conocido –interrumpió Thäl– y sé que en algunos lugares ya encontraron la solución que buscan.
-¿Y cuál es?
-No le diga al pueblo que es la decisión es suya, su majestad, ni que van a ser castigados por usted.
-¿Entonces qué les digo?
-Dígales que un dios lo prohíbe y que van a ser castigados en el más allá.
Remus giró hacia su consejero y preguntó:
-¿Funcionaría?
-No lo veo muy claro… pero no perdemos nada con probar -fue la respuesta.
VI
Después de cumplir con su parte en el surgimiento de la religión organizada, Remus, por fin, comenzó a relatar su historia.
-Somos un reino pequeño y pobre. Eso significa, entre otras cosas, que cada uno de nuestros pobladores cuenta, los necesitamos a todos. Y, hace ya unos meses, muchos comenzaron a desaparecer misteriosamente.
-Técnicamente, mi señor -intervino el consejero-, toda desaparición es misteriosa.
-Técnicamente, tu labor es ayudarme a tomar decisiones, no interrumpirme – respondió Remus.
-Le ofrezco mis disculpas, su majestad.
-¿Dónde estaba?
-En las desapariciones, mi rey.
-Bien… son los niños. Sobre todo los niños desaparecen. Algún adulto de vez en cuando también, pero son los menos y además suelen encontrarse los cuerpos después, en algún descampado o pozo a medio cubrir. Creo que realmente no ha desaparecido ningún adulto sin que su cuerpo haya sido recuperado. ¿No es así?
-Exactamente señor. Algunos resultan irreconocibles, pero los números coinciden.
-No podemos estar del todo seguros, pero por los relatos de los padres, casi todos los niños pasaban tiempo cerca del mercado. Es el primer lugar al que envié soldados a investigar, pero…
-...pero ellos están dentro de las cuentas de fallecidos, eso es lo que mi rey quiere decir...
-...y no puedo perder más, ni pobladores ni soldados.
-¿Por qué?
-Porque… son mi gente, y mis sirvientes… y les tengo un gran afecto…
-No. El verdadero motivo.
Remus miró a Thäl ladeando la cabeza, como un perro curioso.
-He viajado mucho en poco tiempo, he conocido brevemente a muchos reyes, y si algo aprendí es que un rey que me miente es un rey en quien no puedo confiar. Y no trabajo para personas que no me inspiran confianza. No es una buena decisión de negocios.
-Bien… tengo dos hijos, uno de ellos será el próximo rey. Si no quedan pobladores no tendrá sobre quién reinar. Y si no quedan soldados, no habrán quién lo proteja de los pobladores.
Eso le sonó a Thäl como el verdadero motivo de un monarca. Sin embargo dijo:
-Usualmente cobraría mi peso en oro por un trabajo así. Los peligros desconocidos suelen ser los peores. Pero en este caso, será sólo la mitad.
-¿Por qué?
-No me gusta que maltraten a los niños.
Rey y consejero miraron al mercenario con un dejo de sorpresa y algo de preocupación, por esa muestra imprevista de debilidad.
-Es por motivos personales – aclaró él, para disipar sus dudas.

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