Ilustración de Marcelo Sinistri
VII
Eso nos lleva de nuevo a la presencia de Thäl en la feria central, fuera del primer círculo de murallas que resguardaba el castillo real de Escatonia, entre el aroma de frutas pasadas y especias que pretendían cubrir el olor de la carne descomponiéndose lentamente al sol, entre el ruido de los regateos y el crujido de las ramas que soportaban los puestos moviéndose con cada ráfaga de viento caliente. Levaba ya tres días recorriendo, acechando aún no sabía qué, intentando no llamar la atención.
Como el monarca del reino le había explicado, los niños pasaban mucho tiempo allí. Jugaban mezclados en medio de la multitud, utilizando a los compradores como escondite, rogaban a los viandantes que les regalasen las frutas golpeadas y, los mayores, ayudaban a las ancianas con el acarreo de las compras a cambio de un donativo a su criterio. Thäl los observaba con concentración absoluta y ya había memorizado sus caras y algunos de los nombres por los que los había escuchado llamarse. Aún no notaba la desaparición de ninguno de ellos.
Le resultaba extraño ver a niños jugando, sin preocupaciones, con sonrisas en los rostros. Nada más alejado de lo que él había vivido luego de que su familia hubiera huido en una caravana, por motivos que desconoce, de la Cúpula de metal. Sólo recuerda el movimiento del carromato volviendo borrosa y fantasmal esa última mirada a las cimas nevadas donde nació, ese relieve grabado en su memoria que, a pesar de los viajes y las aventuras transcurridas en tantas regiones distintas, nunca pudo volver a reconocer en ninguna cadena montañosa.
Los niños de Escatonia disfrutaban del ocio de sus tardes, esperando las tareas pesadas de la adultez. No debían trabajar como esclavos cada día, ni escuchar a sus compatriotas ser torturados cada noche para confesar secretos que no conocían. Secretos sobre forja, aleaciones y alquimia, reservados sólo a los maestros fundidores y a sus aprendices más avanzados.
Algún día Thäl encontraría su cuidad natal y exigiría conocer esos secretos, pero por ahora se dedicaba a observar y esperar.
VIII
En la enorme feria atestada había niños de todas las clases y todos los colores. Niños de piel roja, amarilla, oscura y pálida, jugando en grupos separados, a veces ignorándose y a veces enfrentándose en competiciones amistosas emanadas de atávicas luchas por la superioridad. Quién los conociera podía echar en falta a los pequeños de piel verde, que nacían aún en las tribus aisladas del desierto de Azkahar, pero pocas personas en el ancho mundo los habían visto alguna vez.
Al enfrentarse a semejante variedad, Thäl se preguntó si alguna característica los haría más proclives a la desaparición, si su captor buscaría conscientemente un tipo determinado de víctima. No había vuelto al castillo a saciar sus dudas en sus tres días de vigilancia porque descreía que los soldados o el rey hubieran prestado tanta atención a los detalles. Tampoco podía preguntarle a los propios niños sin descubrir su intenciones. Y, dado que los niños no suelen ser las personas más discretas, poner a uno de ellos sobre aviso podía significar poner sobre aviso también al culpable de las desapariciones.
Thäl se aburría. A pesar de tratarse en cierta forma un tema personal, ya que de veras le molestaba dejar sufrir a otros niños como él había sufrido en su infancia, sus labores pagas solían ser más directas, sencillas, expeditivas y sangrientas. Lo sobrellevaba diciéndose que poner a trabajar sus sentidos, su memoria y sus capacidades deductivas, era una forma de asegurarse de no haberlas perdido después de tanto tiempo valiéndose sólo de su espada. Un buen guerrero, después de todo, además de un buen espadachín de rápidos reflejos, era también un luchador astuto que observaba e identificaba las debilidades de los demás para utilizarlas en su contra.
El sol ya caía y Thäl comenzaba la que debería ser su última vuelta por los puestos de la feria, cuando un olor lo desconcertó. Una mujer envuelta en telas de trama gruesa e hilado descuidado, teñidas sólo por el marrón del polvo asentado durante años, pasó frente a él. Su rastro en el aire le hizo recordar a pegajosas ciénagas en las que había luchado con lagartos colosales, dragones de agua o espíritus vegetales. Pero Escatonia era una zona en extremo seca y el débil hilo de agua al que le debía su subsistencia no creaba en todo su recorrido un pantano, ni tan siquiera un lodazal.
Presa de una corazonada, dejó de vigilar a los niños para seguir a la mujer, que caminaba con piernas largas y flacas cuyos huesos delgados se marcaban como varillas en la parte posterior de su falda. Un repentino sentimiento de asco atacó su garganta, sin motivo aparente.

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