IX
Thäl deducía que el ser cuyo olor a barro putrefacto lo había sobresaltado era una mujer sólo por la ropa que vestía. Ropa de anciana mendiga o abuela muy descuidada que la cubría totalmente, desde los pies enfundados en bolsas de tela hasta la cabeza cubierta por una caperuza que proyectaba sombra sobre su rostro oculto casi por completo. Sumando la penumbra del atardecer a la exagerada vestimenta, poco más podía verse de ella.
Avanzaba apoyando en cada paso todo el peso de su voluminoso cuerpo en una sola pierna, modificando su centro de gravedad en cada pequeño avance, lo que le daba a su caminar una apariencia de vaivén pendular muy poco agraciado. Su sombra exhibía una barriga abultada y maciza, y era difícil saber si era una sucesión de pliegues en su camisa, o alguna clase de bocio o tumor, lo que hacía desaparecer virtualmente su cuello.
El mercenario fingió consultar precios a un vendedor que ya levantaba su puesto, mientras el cuerpo de la mujer se inclinaba lo poco que podía para hablar unas palabras con un niño pelirrojo, al que después llevó de la mano hacia las afueras, alejándose de la muralla que servía de límite posterior a la feria. No había nada sospechoso en las dos figuras, una enorme y la otra menuda, caminando contiguas. El niño no se veía asustado ni nervioso. Sus pasos seguros, casi alegres. Pero Thäl decidió seguir a la despareja dupla y ver si sus instintos habían acertado.
La mujer guió al niño hasta un grueso árbol en el que Thäl ya había reparado al llegar a Escatonia. Desentonaba en medio de la rala vegetación que dominaba el paisaje del reino. Además, era oscuro como ningún otro árbol que conociera, y tenía un aspecto manchado y aceitoso. No parecía el tono natural de la corteza sino de alguna sustancia pegajosa con la que alguien lo había pintado o recubierto.
Dado que debía guardar una distancia prudente en su persecución, Thäl tardó unos segundos en llegar al árbol tras la pareja. Cuando lo hizo, ambos habían desaparecido.
X
Después de la parálisis inicial provocada por la sorpresa, Thäl inspeccionó el terreno de forma exhaustiva. Si bien ya se había enfrentado a la magia y sabía de su existencia y sus efectos reales, sabía también que los espectros no solían atraer a sus víctimas a descampados ocultos antes de manifestar sus poderes o ejecutar sus venganzas. Al no estar limitadas por el tiempo, el espacio ni la mirada de los seres vivos, la magia verdadera y las apariciones genuinas se manifestaban en cualquier momento y lugar que eligieran hacerlo, frente a todos los testigos que estuviesen allí en ese instante. El mal encubierto y cauteloso, en su experiencia, era siempre humano.
En esta ocasión estaba en lo cierto. Pero no del todo. El mal que perseguía no era sobrenatural, pero tampoco humano.
El ángulo de las luces del castillo, siempre encendidas en las mismas torres, proyectaba una sombra tras el árbol, que escondía a la perfección una trampilla oculta en el piso. Aún no había una luna que iluminara las noches del planeta. La traerían desde otro sector del cosmos mucho después, en los años finales de la vida de Thäl.
El mercenario sin gentilicio que identificara su procedencia (ya que no podía decir que provenía de la Cúpula de metal y, en caso de que pudiera hacerlo, no sabía en qué región o provincia del mundo se encontraba afincada), abrió con cautela la trampilla y comenzó a descender por una empinada escalera de tramos asimétricos, formados por las extensas ramas del árbol que, en la superficie, marcaba y escondía el acceso. Un poco más abajo había escalones de madera. Un poco más abajo, de piedra. Y en los últimos metros del descenso, los resbalosos apoyos para los pies se encontraban excavados en el propio barro del interior de la tierra.
No había antorchas, pero el agua que cubría el piso del túnel y caía gota o gota por sus paredes, era de un color verde fluorescente e iluminaba de forma leve pero efectiva el camino, al menos en los metros más cercanos a quien atravesaba su laberíntico recorrido.
Thäl desenvainó su espada y caminó tocando la pared con la mano que le quedaba libre, como un invidente o un niño que aprende a caminar. Algo en el brillo de la tierra barrosa lo mantenía alerta. La veía latir, fluir dentro y fuera de la realidad, deshacerse y recomponerse como el mundo cotidiano en los primeros minutos de trance al consumir hongos de las moscas. Y su mano le confirmaba, para su perplejidad, que, a medida que avanzaba, la pared estaba cada vez menos presente. Cuando sus ojos vieron una luz brillar en el extremo del túnel, sus dedos ya podían atravesar el barro de la pared sin encontrar ninguna resistencia material, y podía sacarlos de allí sin daño alguno.

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