domingo, 29 de agosto de 2021

Thäl y el rapto en las catacumbas (6 de 8)

 

Ilustración de Marcelo Sinistri


XI

Un olor antiguo y acre se filtraba junto con la luz que Thäl percibía al final del túnel. Le recordaba viejos campos de batalla que había atravesado muchos años después de que los vencidos cayeran, en tierras secas, sin humedad y sin buitres. Olía a muerte vieja, a carne momificada. También olía a magia oscura, lo que tenía sentido ya que las catacumbas eran un lugar propicio para alimentar conjuros malignos y furiosos con la energía residual de los muertos.

Luz, aroma y también sonido. La mujer gritaba entre hipos, como si se atorase con su propia saliva a cada sílaba o eructara al hablar. Los sonidos guturales encendían un débil recuerdo en el fondo de la memoria de Thäl, pero era demasiado tenue como para asirlo, tal como las paredes a su alrededor podían ser vistas pero no podía arrancarles un trozo de barro con el puño.

Con extrema cautela, el mercenario se asomó a la boca del túnel. Daba a una enorme galería horada en la tierra, una burbuja subterránea capaz de albergar un pueblo pequeño. En las paredes había huecos y dentro de los huecos pudo ver huesos amarillentos, de cráneos o pies, dependiendo en qué dirección estuviesen ubicados los esqueletos. Algunos descansaban directamente sobre el suelo húmedo. Muchos tenían el tamaño de niños pequeños.

En medio del recinto semicircular, un pozo gigantesco ocupaba una considerable superficie del suelo. De él emanaba luz cuyo color no podía definir. Algo parecido a un camaleón, escamoso, con ojos y boca desmesuradas y con una gran cola prensil, se agitaba dentro de la luz, entrando y saliendo de la realidad como el último tramo del camino que Thäl había recorrido.

La mujer sostenía por el cuello al niño raptado, con su largo y fibroso brazo extendido, sin mirarlo, porque sus ojos se dirigían al ser espectral que flotaba en el brillo. Su cántico líquido retumbaba en los oídos de Thäl como mil botas pisoteando tierra anegada. En su espalda, pequeños espasmos musculares hacían saltar los trapos sucios que vestía a un ritmo de percusión enloquecida. La sensación de hundirse en una ciénaga embargó a Thäl y sintió que sus pulmones se llenaban de barro y liquen. Cayó al piso chapoteando duro contra la fetidez del agua estancada.

Entonces la mujer se giró hacia él, tal vez sobresaltada, tal vez enfurecida. El hombre no podía distinguir sensaciones en el rostro que pudo observar: una boca anfibia, huecos que hacían las veces de nariz, ojos de sapo en medio de una piel marrón, húmeda y cubierta de baba.


XII

Forzando sus reflejos como siempre que un guerrero siente el peligro o la muerte a una decisión de distancia, Thäl cerró los ojos y corrió dando largas zancadas, ignorando el asco sobrenatural y el mareo que desequilibraba sus percepciones, hacia el último lugar en el que había visto y oído al monstruo batracio y al niño. Llevaba el brazo derecho totalmente extendido, con la espada desenvainada en su mano. Cuando se sitió cerca de ambos, cortó el aire y el cuerpo de la criatura, por detrás, a la altura de su columna media. Algo gritó, pero no fue la mujer. Un grito agudo, largo, primordial, emanó de la espalda del ser, y uno de los tumores que Thäl había visto abultar el reverso de su ropa se contorsionó y cayó al piso sangrando, si es que la sangre puede ser del color de la mostaza.

Fue la mujer sapo quien lanzó un grito al aire esta vez, iracunda, y soltó a la presa que sostenía por el cuello. Levantó el bulto de carne del piso y se alejó hacia las paredes llenas de tumbas, gruñendo y chillando.

El niño cayó hacia el pozo. La satisfacción del demonio en la luz por la inminente muerte humana pudo sentirse en la atmósfera viciada de la cueva. Esperaba consumir su alma. No lo saciaría, pero al menos el bocado lo mantendría vivo hasta la próxima ocasión. Se trataba de un ser interdimensional menor, casi desconocido, que aún no había atravesado sus momentos de gloria, no había tenido un séquito de adoradores que realizara grandes hecatombes en su nombre, y ahora que su única fiel era atacada por el descastado guerrero a sueldo, tal vez esos momentos nunca llegaran.

La curiosidad llevo a Thäl a mirar el abismo debajo de él, aunque no tenía esperanzas de ver al niño. Si el pozo tenía fondo, seguramente ya lo habría golpeado. Pero no. El desesperado rapaz pelirrojo se aferraba a una saliente rocosa del foso, silencioso, con el rostro contraído. El miedo que sentía le impedía siquiera gritar.

Thäl no tenía forma de subir al niño, aunque no se encontraba demasiado lejos. Decidió entonces que, de ahí en adelante, una soga formaría parte de su equipo básico de mercenario. Lo único que se le ocurrió hacer, sabiendo que el monstruo pronto volvería a atacarlos, fue usar su espada. La tomó por el filo y le ordenó al niño que se sostuviera de ambos lados de la guarda para así poder subirlo. Logró hacerlo, pero se cortó las palmas de las manos por el esfuerzo y gotas de su sangre cayeron al pozo sin fondo y, sin que él lo supiera, entraron en la dimensión demoníaca con la que el pozo comunicaba. Ese fue el principio de gran parte de su suerte y causa de muchas calamidades.

También fue el motivo de que, en poco tiempo, la bruja Ía se cruzara en su camino.

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