domingo, 29 de agosto de 2021

Thäl y el rapto en las catacumbas (7 de 8)

 

Ilustración de Marcelo Sinistri


XIII

La mujer sapo dejó a su vástago muerto en uno de los nichos mortuorios horadados en la pared, ya que de eso se trataba: esos bultos en su espalda eran sus hijuelos, su descendencia ya casi formada por completo esperando salir de las bolsas en su espalda. Después giro hacia Thäl y se abalanzó sobre él proyectando sonidos furiosos desde el fondo de su garganta batracia.

-¡Asqueroso mono! ¡Ese niño iba a ser un príncipe que reinaría sobre tu raza débil y maldita! ¡Acabas de asesinar a un príncipe! - gritaba la mujer.

A Thäl no le agradaban los príncipes humanos y tenía la impresión de que un príncipe sapo no mejoraría las cosas para nadie. Salvo tal vez para los sapos.

Pero los gritos furiosos del ser que lo golpeaba con sus lagos brazos fibrosos, puro músculo, le indicaron que detrás del misterio y las desapariciones había mucho más que el placer de matar niños o un pacto egoísta con el más allá, cosas a las que ya se había enfrentado en el pasado.

De pronto, entre un golpe y otro, un mensaje sin palabras, hecho de imágenes y sensaciones llegó a la mente del humano, a sus emociones y su entendimiento. Absorbió, en un tiempo ralentizado, el predicamento de la mujer anfibia, su pacto y las consecuencias que ello tendría para la humanidad.

Este mundo no estaba aún asentado, el universo aprendía sobre la marcha sus reglas y establecía sus leyes. Algunas no coincidían con las del universo anterior, pero Thäl nunca entendería eso, a pesar de que Ía, la bruja, intentara muchas veces explicarle los conceptos del eterno retorno y el efecto mariposa. En esta nueva iteración, razas con destino de extinción medraban en eras que no deberían haber visto sus facciones simiescas, y especies enteras que nunca habían pasado de animales salvajes sufrían ahora, como una maldición, la conciencia de sí y de la muerte.

La mujer era la última prueba viviente de que una desviación de la familia de los sapos había evolucionado hasta alcanzar la locomoción bípeda y el lenguaje hablado. Específicamente, una especie de sapos planos de climas cálidos que gestaban a sus numerosos hijos dentro de huecos debajo de la piel de su espalda. A cambio de periódicos sacrificios, el demonio que flotaba sobre el foso interdimensional le había concedido la concepción inmaculada de decenas de huevos. También la promesa de que los vería desarrollarse y reproducirse hasta formar un ejército, siempre creciente, que dominarían sobre la humanidad.

Tal vez, pensaba Thäl, esa información provenía de la mente de la hembra, quien podía proyectar sus pensamientos para influir en los demás y así captaba a sus pequeñas víctimas. Aunque no era muy inteligente brindar todos los datos de su plan maestro a un enemigo, era posible que en su estado emocional no pudiese controlar las visiones.

La otra opción era que la historia fuese enviada a su mente por el demonio. Y si ese era el caso, debía haber un motivo para ponerlo al tanto del peligro y del pacto sellado. Tal vez darle la oportunidad de reemplazarlo por otro.

Thäl pensó, entonces, qué podía pedir y qué tenía a mano para sacrificar.


XIV

El tiempo se reconectó y regresaron los golpes. El monstruo batracio se encontraba casi sentado sobre el cuerpo de Thäl, intentando romperle los huesos con sus puños palmeados. Tenía la fuerza impresionante de músculos anfibios acostumbrados a dar grandes saltos, pero multiplicada por su estatura, mucho mayor. La criatura estaba ahora libre de sus ropas, que ya no eran necesarias para engañar a nadie.

A Thäl se le hacía imposible conectar un puñetazo en el cuerpo cubierto de baba de la criatura, que era la propia definición de la palabra resbaloso. Y, aunque hubiese podido hacerlo, la piel del ser era correosa y mucho más resistente que la humana. Tampoco tenía el espacio necesario para extender el brazo y golpearla con su espada. Pensó en herir sus ojos, pero no podía verlos, ya que desde su ángulo eran tapados por la gran boca de sapo de la mujer. Entonces se le ocurrió la idea, que en un instante llevó a cabo, de lastimarla en el único lugar vulnerable que tenía a la vista, accesible y a corta distancia: el interior de su boca.

Su mano salió disparada como una flecha y sus dedos aferraron con salvajismo desesperado el paladar del monstruo. Una fracción de segundo después, salió de la cavidad el puño de Thäl, sosteniendo un trozo de carne y cubierto de sangre biliosa. La mujer saltó hacia atrás, enloquecida de dolor y cubriéndose la boca con las manos.

-Si sus hijos iban a ser príncipes, supongo que eso la hace una reina – dijo Thäl, arrojando las primicias del combate al piso: -Disculpe entonces, su majestad.

Con la espada en la mano y ya libre para desplazarse, se abalanzó contra la mujer sapo, que gritaba a todo volumen y con la boca abierta como una almeja. Con una estocada que llevaba toda la velocidad de su carrera y adelantando el arma con ambas manos, el filo de Thäl atravesó el paladar herido y salió por el cráneo de la criatura.

Así empalada por la cabeza, la llevó dando trabajosos pasos hasta el filo del abismo. Acercó el cuerpo frío hasta el mismo límite del foso, dejando que los hijuelos, algunos ya totalmente formados, fueran cayendo del cuerpo que ya no era un refugio protector.

El demonio del foso iba consumiendo las almas de los pequeños seres a medida que caían. En el nuevo pacto, que había cerrado con Thäl en su mente, dejaría en paz a la humanidad durante el tiempo que tardara en volver a sentirse hambriento.

Thäl no había tenido otra opción: sabía suficiente de magia como para estar seguro de que él no tenía ninguna posibilidad de destruir, expulsar u obligar a un ser de dimensiones no humanas a hacer nada que no quisiera.

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