martes, 14 de septiembre de 2021

Thäl y la bruja de la choza envanescente (2 de 2)

Ilustración de Javier Mattano

 

XV

Thäl continuó su avance, que lo hundía cada vez más bajo tierra cruzando los diferentes niveles de calabozos. La luz se iba apagando con cada paso y al llegar a la que durante muchos años fue su morada la oscuridad era casi total. Como dentro de una cueva natural, la vida percibía su entorno a través del oído y el olfato, y casi nunca percibían algo agradable.

A lo largo de su cautiverio, recordó Thäl, todos los compatriotas que habían sido apresados junto a él fueron muriendo. La lógica de los torturadores indicaba que las personas en el pico de su vitalidad y resistencia soportarían mayor cantidad de castigo, pero cruzaron todos los límites y uno a uno fallecieron en el potro de tortura. Al final sólo quedó un anciano junto al niño. No los unía ningún lazo familiar pero fue la última imagen de adulto que Thäl tuvo al crecer.

El hombre de voz pagada y tranquila llenaba la oscuridad con cuentos, le daba consejos y vaticinios, iba formando el futuro del niño como los adultos lo han hecho siempre desde que el mundo existe: con palabras, con historias.

Una de las historias que más repetía hablaba de los tesoros que la caravana había sacado de la Cúpula de Metal, tal vez para robarlos, tal vez para resguardarlos. Entre ellos, una caja labrada que llegaba a la cintura de un hombre adulto, imposible de abrir para cualquiera que no supiera cómo. Le decía al niño que, si tenía la fortuna de crecer, volverse fuerte, aprender a defenderse y a atacar, lo que estaba escondido dentro de la caja le daría la clave del triunfo contra cualquier enemigo. No sólo los nemirios sino cualquier otro que se cruzara en su camino en el futuro.

Si es que tenía un futuro, claro.


XVI

El anciano le contaba a Thäl, a veces cambiando, a veces conservando los detalles, que la caja inexpugnable había viajado con ellos en la caravana y que ahora la tenían los nemirios. A veces decía que la conservaban en el salón del trono, otras en una bóveda junto al resto de los tesoros rapiñados, otras escondida bajo tierra en un lugar cuya ubicación ni siquiera el rey conocía. Pero todas las distintas variantes de la historia coincidían en algo: para abrir la caja se necesitaba algo que no existía en ningún lugar del mundo salvo en su hogar de nacimiento, donde se lo había inventado: una pieza tallada de un metal con propiedades especiales que encastraba a la perfección con un espacio faltante en la caja y que, al unirse a ella y completarla, permitía tener acceso a sus contenido secreto.

Pocas veces le dijo también que él era el guardián de esa pieza, que la había resguardado desde que su cautiverio había comenzado y que, finalmente, la había escondido en algún lugar de la celda que compartían.

Thäl terminó de recordar los hechos y las palabras mientras llegaba al último anillo de celdas, donde estaba ubicada aquella en la que había pasado su niñez. Los barrotes seguían siendo de madera resistente pero eran otros. Pasarían años antes de que la cantidad de hierro descubierta en esa parte del mundo permitiera la forja de puertas de metal para las cárceles, por ahora ese material altamente codiciado se utilizaba sólo en armas y elementos sagrados de las incipientes religiones. Eso significaba que aún había necesidad de guardias.

Vio a tres de ellos, a pasos de distancia uno del otro. Preparó su arco con dos flechas y en el mismo momento en que la cuerda llegó a su máximo punto de tensión dejó volar ambas saetas, no sin apuntar sino habiendo ya calculado la trayectoria en su mente y haciéndola realidad mediante la perfecta memoria muscular de sus brazos, habituados a ese exacto movimiento. Mientras disparaba en solitario al último guardia pensó que no sería mala idea retomar las prácticas del lanzamiento triple.


XVII

Volvió a los primeros círculos de celdas, buscó una antorcha, la encendió y entró con ella en el calabozo. Con el oído atento a la llegada de otros guardias, inspeccionó palmo a palmo el cubículo de piedra, frío y hediondo. El piso estaba cubierto de paja y desechos humanos pero el lugar se encontraba vacío. Había siluetas inmóviles en las demás celdas, personas que no se animaban a mover ni siquiera un músculo para no atraer atención no deseada.

La revisión se fue haciendo cada vez más lenta y cercana hasta que Thäl acabó inspeccionando las junturas entre piedra y piedra con la nariz casi pegada al relieve bruscamente ondulado del muro. Estaba a punto de resignarse a salir de allí sin encontrar nada pero en el último recorrido creyó ver un destello en una de las uniones, sobre el nivel de su cabeza, a una altura que un hombre muy alto podría alcanzar en puntas de pie.

Haciendo una pila con los tres soldados muertos pudo elevarse lo suficiente como para echar un vistazo en el lugar. En efecto, algo brillaba. Algo pequeño, escondido, y definitivamente metálico.



XVIII

Recorrió con los dedos la superficie de las piedras y de la amalgama que las unía. El pequeño objeto angosto, romo, sin filo alguno, destacaba al tacto de forma clara pero indefinible. El intento de sacarlo con una mano fue infructuoso porque el espacio en el que estaba introducido era muy angosto y la nimia diferencia de relieve que pudo existir en algún momento se había rellenado a lo largo de los años con polvo y suciedad.

Intentó con los filos de piedra de las armas de las que había despojado a los guardias muertos que le servían de montículo sobre el que elevarse, pero no tenían la delgadez necesaria.

Las puntas de algunas de sus flechas sorpresivamente eran de metal. Probó con ellas y, si bien tampoco cumplieron su cometido, le sirvieron para comprobar que el objeto metálico enterrado en la pared parecía ejercer algún tipo de efecto sobre las puntas metálicas, una atracción no invencible pero si notable.


XIX

Acercó a la pared la hoja de la espada que había robado pensando que el mayor tamaño del arma aumentaría la atracción. Pero nada sucedió. Thäl dedujo que se debía a que la espada no estaba hecha del mismo tipo de metal que la punta de las flechas: era mucho menos duro y de un color rojizo opaco. Entonces utilizó el filo de las flechas para horadar el espacio entre las piedras. Con movimientos contenidos y veloces logró abrir un canal alrededor del trozo de metal escondido hasta que finalmente pudo sacarla con los dedos, no sin dificultad.

Una vez en sus manos vio que se trataba de una pieza compleja: chata, casi sin volumen, pero con varias protuberancias que se extendían hacia los lados sin un orden discerible. Terminaba de esconderla en su ropa cuando un grito lo sorprendió:

-¡Qué está pasando acá! - gritó el líder del grupo de carceleros que había llegado para el cambio de guardia.

No había razón alguna para inventar una historia. Desde su posición elevada sobre los soldados muertos se abalanzó sobre la patrulla con una flecha apretada dentro de cada puño. Fue por los cuellos y los ojos, como se debe hacer con armas afiladas pero de corto alcance. Tales heridas tienen el beneficio adicional de que la víctima lleva sus manos al órgano sangrante descubriendo el resto del cuerpo. Thäl intentó atravesarlos con su espada pero el metal blando se dobló al chocar con las costilla de un guardia. Entonces lo tomó con ambas manos y lo arrojó contra los barrotes, rompiéndolos con la fuerza del golpe. El cuerpo quedó empalado en las varias puntas de madera.

Los otros soldados murieron con sus cabezas destrozadas contra las piedras del muro, desnucados o asfixiados por un par de manos desnudas. Thäl tomó todas las flechas que pudo, la espada que notó más resistente, y salió al exterior con rumbo al ala que daba acceso a los aposentos reales. Tenía que averiguar si eran ciertas las historias que indicaban que el rey guardaba la caja de metal entre sus tesoros.


XX

Las estrellas brillaban en el cielo negro como el fango mortal de la Selva Impenetrable. A lo lejos, chillidos aislados de animales gigantescos se sobreimponían durante segundos aislados sobre el trajín de personas que corrían con los últimos baldes de agua para acabar con el fuego ya casi aplacado por completo. El suelo temblaba de manera casi imperceptible al caminar cuando gusanos de tierra del tamaño de caravanas enteras avanzaban bajo tierra en los campos cercanos. Thäl reconocía todas las señales, podía leer el aire y la tierra, la ausencia de luz y el movimiento. Pero no podía leerse a sí mismo con la misma fidelidad.

Pasaba de buscar un plan urdido a la perfección a tomar decisiones apresuradas. De calcular cada consecuencia de sus actos a saltar sin mirar.

Una de las nacientes religiones decía que el ser humano estaba habitado por decenas, a veces cientos, de seres espirituales que vivían en guerra en su interior y que la labor que debía cumplir la conciencia del hombre era mantener en equilibrio esa lucha interna. No era una explicación mucho más loca que otras que hubiera escuchado y tenía la ventaja de relevar a la persona de toda responsabilidad sobre sus actos: su única culpa por un acto reprochable o insensato podía ser, tal vez, haber relajado la vigilancia y dejar actuar sin frenos a uno de sus aspectos más beligerantes.

Thäl no creía en esas teorías pero podían ser un buen justificativo para lo que estaba haciendo.


XXI

Recordaba bien la ubicación de la cámara del rey. La había conocido en sus años de cautiverio: a veces el soberano salía a la ventana de sus aposentos para verificar los avances en la construcción del castillo y el muro. También sabía que entrar blandiendo la espada tenía muy pocas posibilidades de éxito. Podía matar a varios guardias solitarios pero a medida que se adentrara en los pasillos habría cada vez más soldados, y más llegarían atraídos por los gritos y el ruido de la lucha, hasta apiñarse en un grupo compacto frente a la puerta del monarca. Le impedirían la entrada incluso si los matara a todos y los convirtiera en una pila de cuerpos amontonados. Debía ser sutil, solapado, actuar más como un ladrón que como un guerrero.

Tiempo atrás había vivido aventuras acompañado por ladrones profesionales. No le gustaba hacerlo porque esas misiones por lo general implicaban que alguien lo emparejase con un desconocido. Thäl tardaba meses en escrutar a una persona y descifrarla hasta adelantarse a sus reacciones, ser consciente del grado de confianza que merecían, saber si podía cargarlos con un secreto o una responsabilidad. Compartir una aventura desconfiando todo el tiempo de sus acompañantes era una molestia soportable pero innecesaria. Y Thäl, creciendo como esclavo, había aprendido pronto que nada se desperdicia, ni siquiera un poco de tranquilidad mental, que nada negativo se lleva encima sin necesidad, ni siquiera un poco de desconfianza, y que nunca se renuncia ni a una pizca de comodidad.

De todos modos, observando a ladrones de profesión y con años de experiencia, había aprendido una o dos cosas.


XXII

Lo primero que podía hacer esa recorrer el camino de menor resistencia, es decir, no hacer nada. Nada más que fluir hasta que una piedra en el camino lo detuviera. Pasó la primera fila de guardias saludándolos con la señal del ejército nemirio, golpeando dos veces su pecho con el puño. Más que un santo y seña era una costumbre tribal, una antigua muestra de pertenencia a su pueblo y, por lo tanto, la posibilidad de que hubieran dejado de utilizarla era prácticamente nula.

La seña, más el uniforme y las armas que habían pertenecido a la guardia, le sirvieron también para burlar la segunda línea de defensa. La oscuridad ayudaba. Los pasillos del palacio eran fríos y oscuros, sin adornos en las paredes: no había allí tapices, banderas con el escudo de armas del reino ni espadas de guerreros del pasado exhibidas a la altura de los ojos. Austeridad total que se aplicaba a todos los habitantes salvo a la familia real, en quien ya comenzaba, como en todas las que Thäl había conocido, un proceso de ablandamiento y degeneración.

Todos los reyes llegaban a ese lugar en la jerarquía de un pueblo mediante la violencia: quienes la ejercían contra su pueblo como tiranos y quienes la ejercían contra otros como héroes. La valentía era una cualidad que los separaba de los demás, junto con la capacidad de realizar cualquier sacrificio en pos de ganar una batalla. Los primeros reyes, entonces, solían ser hombres frugales, disciplinados, austeros, de pocas palabras y pocos golpes de espada escandalosamente efectivos. Sin importar que las utilizasen en su propio beneficio, esas cualidades eran en ellos innegables.

Hasta llegar al poder.

El primer rey podía mantenerse fiel a su carácter hasta la vejez, llevado por el pudor frente a la propia molicie, negándose a traicionar su mayor tesoro, el único que nadie podía quitarle: el recuerdo de sí mismo cuando joven.

Pero desde la primera sucesión en adelante los reyes solían ser cobardes, locos, imbéciles o una mezcla de los tres.


XXIII

En la tercera línea de guardia, los soldados detuvieron a Thäl. Eran tres hombres jóvenes, con cara de dormidos y sin demasiado aspecto de guerreros. Después de devolverle el saludo le preguntaron qué hacía allí a esa hora.

-Llevo un mensaje urgente del capitán para los vigías en las almenas.

-Danos el mensaje y nosotros lo transmitiremos.

-Tengo órdenes de transmitirlo en persona.

El grupo intercambió miradas de incredulidad.

-Esto nunca había pasado, es muy extraño.

-Pues dale gracias al dios en el que creas de no haya pasado antes. Necesito poner en aviso a los vigías acerca de un peligro tan grande que, si el rumor se esparce, podría provocar caos en en el pueblo, podría enloquecer a quien lo escuchara. Si quieres contaminar tus oídos con la noticia no tengo problema en decírtelo, pero preferiría llevar la carga yo solo y que al menos así el hecho de no volver a dormir en paz sirva para algo.

-¿Qué puede ser peor que los dragones y los gusanos gigantes?

-Miles de cosas. Pero con una sola nos alcanza para estar todos condenados.

Los jóvenes lo dejaron pasar y pudo subir al piso superior. Otro piso, otro destacamento de guardias, lo separaba de la torre de vigilancia ubicada exactamente sobre las habitaciones del rey.


XXIV

El primer grupo de soldados que Thäl encontró en el último piso, estaba ubicado en el extremo opuesto a su destino final. Frente a ellos, alejado por una distancia de unos diez pasos, realizó el saludo correspondiente y dio media vuelta sin que lo detuvieran o interrogaran.

El segundo grupo custodiaba la escalera que daba acceso al techo y a la torre de vigías. Tenía que pasar por allí, con astucia o con violencia, si quería llegar a la parte superior del castillo. Entonces debería ingeniárselas para descender dos pisos e ingresar por fuera a la cámara del rey, sin alertar a la guardia y sin darle tiempo al monarca para dar la alarma.

Comenzó a repetir la misma historia que le había permitido avanzar hasta donde había llegado:

-Llevo un mensaje urgente del capitán para los…

La mentira del bárbaro fue cortada por un golpe en el rostro con la parte inferior de una lanza.

-¿De dónde sacaste esa espada? -preguntó el guardia que lo había golpeado, apuntando el filo de su lanza al pecho de Thäl mientras los otros dos se movían lentamente, flanqueándolo.

Miró la espada colgada de su cinturón y supo que no tenía opción. Él la había recogido de entre los guardias muertos en las mazmorras subterráneas por ser la de color más uniforme y apariencia más resistente, la mejor forjada a simple vista. Pero concentrado en el filo, la única parte de la espada que le importa a un verdadero guerrero, pasó por alto la empuñadura labrada y el pomo con símbolos en relieve. El arma debía ser muy reconocible para quién la hubiera visto antes. Mucho más para un amigo, un hermano u otro pariente cercano, lo que posiblemente era el soldado que lo mantenía amenazado a punta de lanza.

Antes de dejar que los otros dos guardias se ubicaran a sus espaldas formando un triángulo que siempre dejara a uno de ellos atacarlo desde un punto ciego, Thäl dio un paso decidido hacia atrás y sacó de su funda al arma delatora. Era momento de saber si su elección había sido correcta y estaba tan bien forjada como lo creyó al elegirla por sobre las demás.




XXV

Lo primero era impedir los gritos y el ruido de filos de metal chocando entre sí. La espada salió cortando, tomada con la mano derecha desde su costado izquierdo, cercenando las cuerdas vocales del soldado que flanqueaba a Thäl desde ese lado de su cuerpo. Con un movimiento hacia arriba y en diagonal, golpeó al soldado de la derecha con el pomo de la espada en la mandíbula, partiéndosela y haciendo saltar varios de sus dientes. Con suerte, la sangre llenaría su garganta impidiéndole proferir sonido alguno.

El guardia restante se abalanzó sobre él con la lanza en ristre y lo hirió en el hombro. La punta penetró entre el hueso y la axila y pasó al otro lado derramando abundante sangre. El golpe llevaba tanto impulso que el arma terminó clavándose en la pared detrás de Thäl, en el espacio de argamasa entre dos piedras. Sabiendo que estaba atrapado y que no podía retroceder, el bárbaro hizo todo lo contrario: empujó el torso hacia adelante ahogando un grito de dolor hasta tener a su atacante al alcance de sus brazos extendidos. Haciendo un esfuerzo atroz lo tomó de la garganta con ambas manos y apretó hasta que el rostro del joven se volvió violeta y sus ojos se colorearon de rojo, surcados por el carmesí de pequeñas venas rotas.

Empujó su cuerpo un poco más hasta sacar la lanza de su hombro por el extremo opuesto y apoyó el cadáver que sostenía delicadamente sobre las rocas del piso.

Después se encargó de dar el golpe final a los dos guardias caídos, en silencio, con gentileza, como se sacrifica a un animal cuando no se desea que la tensión de la agonía se transmita a la carne.

Cortó parte de la ropa de uno de los muertos y con el jirón de tela envolvió la herida de su hombro, esperando que la sangre se detuviera en algún momento. Entonces abrió la puerta que daba al techo y apoyó el pie sobre el primer escalón, comenzando el ascenso.



XXVI

El rey Regulus Cuarto de Nemiria dormía en sus aposentos, abrigado por pieles de lobo y otros animales menos feroces y simbólicos, sobre su cama de madera labrada en la que podían descansar cómodamente diez personas. No tenía reina ni concubinas pero sí varios hijos, cuyas madres habían sido desaparecidas apenas los niños fueron capaces de caminar y moverse de un lado al otro sin asistencia. Los reyes nemirios no deseaban contradicciones en la crianza de sus hijos. Tampoco luchas de poder ni envidias por lo que, una vez elegido el sucesor de Regulus, los demás niños, sin importar cuántos existieran en ese momento, también desaparecerían y serían borrados de los escasos registros. Los nemirios no se preocupaban por transmitir sabiduría sino por ejercer el poder. No tenían más que un escriba a la vez y cuando éste moría tardaba meses en ser reemplazado, generalmente a pedido de otros reinos que solicitaban documentos escritos para cerrar pactos y alianzas. Así, a regañadientes, se buscaba a un letrado en las tierras lejanas o se le enseñaba a algún joven los rudimentos más básicos que les permitieran dejar marcas duraderas en barro, papiro o pergaminos.

Regulus había sido elegido como sucesor de su padre cuando se ponían las primeras piedras del castillo desde el cual reinaba las tierras aledañas. Los dominios en realidad estaban lejos de tener fronteras fijas ni más límite a respetar que las murallas que rodeaban sus centros de poder: a veces una sola construcción fortificada, a veces un conjunto de puestos y ferias donde comerciaban los habitantes de las afueras, a veces un pequeño poblado interior. El campo que separaba una fortificación de otra estaba en una disputa sorda y permanente, pero sólo se movilizaban tropas para resguardarlos en caso de haber un justificativo poderoso, como el hallazgo de nuevas riquezas o el capricho del monarca.

Con la puerta trancada desde dentro por un madero resistente que subía y bajaba mediante un ingenioso aunque simple movimiento de palanca, Regulus no temía nada dentro de su recámara. Afuera, varios destacamentos de guardias velaban garantizando su sueño. Y ante cualquier eventualidad o peligro había tres diferentes formas de salir de allí mediante pasadizos escondidos que su padre había mandado a construir y cuya ubicación le había revelado antes de morir. Pasadizos que sólo permitían el tránsito hacia afuera y por el cual nadie podía ingresar.

Pesadas cortinas de tela en varias capas superpuestas impedían que el frío de la noche ingresara al recinto, pero no había batientes en las ventanas porque se le había asegurado al rey que nadie podría ascender por la pared del castillo y escabullirse dentro de su recámara. Por un lado, se necesitaría una escalera colosal y, por otro, los guardias apostados bajo su ventana vigilaban cada minuto del día, impidiendo cualquier ascenso.

Por eso Regulus, aunque sobresaltado, pensó que seguía soñando cuando el filo de una espada cortó las cortinas y, primero unos brazos ensangrentados y luego el resto del cuerpo de un hombre, pasaron por la abertura como naciendo a sus pesadillas.


XXVII

El bárbaro entró en la habitación cubierto de sangre como si se tratara del momento de su nacimiento.

Una vez en el techo había bloqueado la trampilla de acceso con todos los objetos voluminosos que halló. Apoyadas en la pared había bolsas tejidas con grandes sogas anudadas llenos de escudos, repisas con armas de todo tipo, uniformes y botas de cuero apiladas. Esa azotea y la torre de vigilancia eran las primeras líneas de defensa ante un ataque y los elementos necesarios debían estar al alcance de los soldados ante cualquier eventualidad. Tomó los objetos que pudo alcanzar antes de que uno de los vigías diera la voz de alto y Thäl se arrojara contra los soldados destacados en el lugar.

Una cierta sed de sangre aplazada en favor del sigilo lo llevó a elegir el combate cuerpo a cuerpo y la sangre de sus enemigos cubrió gran parte de su ropa. Luego buscó entre los materiales acopiados y encontró sogas resistentes, pensadas para escalar o descolgarse por los muros del castillo. Con una de ellas, actuando con rapidez para no ser visto por los guardias a nivel del suelo, bajó dando saltos hasta la ventana del rey y entró por ella espada en mano.

Thäl conocía la habitación. Había ayudado a construirla, participando sobre todo en la inspección de los pasadizos escondidos junto con otros niños esclavos. Algunos de ellos habían muerto aplastados por un mal funcionamiento de las trampillas que sólo se abrían hacia el exterior, impidiendo que alguien entrara. Otros, atrapados en sectores demasiado angostos de los túneles donde el cadáver permanecía hasta que era posible ensanchar el recorrido a fuerza de cincel y martillo a su alrededor y sacarlo de allí.

Regulus corrió instintivamente hacia el pasaje más cercano, oculto tras una enorme bandera con una escena de guerra bordada en colores apagados. Habiendo calculado su reacción, Thäl arrojó dos flechas en el mismo disparo, clavando la tela a los lados de la puerta giratoria e impidiendo que pudiera abrirse. El rey lo intentó de todas formas y eso le dio tiempo al intruso para acercarse en cuatro zancadas y poner el filo de la espada en su garganta.

-Tenemos que hablar, si es tan amable, su majestad -dijo Thäl.

-No tengo el placer de conocerlo -respondió Regulus, con una valentía que el bárbaro no esperaba.

-Oh, ya me conocerá. Y dudo que le sea placentero.


XXVIII

-Bueno, su majestad, aunque no lo recuerde, ya nos habíamos visto. De hecho, yo habité en este lugar antes que usted. Los nemirios vivieron varios meses en un campamento no muy lejano, desde donde su padre venía casi todos los días a vigilar el avance en la construcción de su castillo. Los esclavos fuimos las primeras personas que pasaron sus noches en este lugar, dentro de jaulas de madera en las que apenas cabíamos de pie.

-Si te hicieron prisionero durante el reinado de mi padre, no es mi responsabilidad.

-No, es cierto. Pero acabo de pasar por las mazmorras y no vi que las costumbres nemirias hayan cambiado desde que me fui.

-Ninguna esclavo ha escapado nunca.

-O ningún guardia ha informado nunca que ocurrió una fuga. Castigar los errores con la muerte suele impedir que la gente informe los que comete.

-¿Qué es esto entonces? ¿Venganza? El mundo es como es, no hay nada de lo que tenga que avergonzarme o por lo que pedir perdón.

-No. Claro que no. El mundo es cruel, tiene toda la razón. Y lo que busco no es venganza. Busco algo que me pertenece como el último sobreviviente de mi pueblo, al menos de los compatriotas que conocí.

-¿Y qué es eso?

-Para serle franco, no lo tengo muy claro. Me han hablado de una caja de metal imposible de abrir, forjada de tal forma que el mejor herrero del mundo no podría reproducirla ni el mejor alquimista podría crear un metal tan noble. Podemos ir a la sala del tesoro a buscarla, y después prometo irme sin hacerle daño.

Regulus abrió los ojos en un gesto inconsciente de reconocimiento. Recordaba la caja. Era uno de los tesoros de su padre.

-Ese objeto ya no está con nosotros. Desapareció años atrás. Más o menos al mismo tiempo un estafador que se hacía pasar por mago vino al reino. Creemos que él lo robó pero no hemos podido confirmarlo.

-No es que no crea en su palabra pero preferiría ver la sala del tesoro con mis propios ojos.

-Por supuesto.

-Creo que el pasadizo que se abre en el suelo, cerca de la puerta de entrada, es el que lleva allí de manera más directa.

-Sabe mucho de este castillo.

-Ya le dije, ayudé a construirlo. Y tengo buena memoria.

-Bien. Vamos entonces. Puede que su caja ya no esté allí pero hay otras cosas que pertenecían a su pueblo.

El rey miró a ambos lados del rostro de Thäl y dijo:

-Mmmmmm… no le veo marcas. Bueno, supongo que era demasiado pequeño.

Luego bajaron por el túnel secreto.


XXIX

Dentro del pasadizo se podía avanzar con la cabeza inclinada, ya que la altura del túnel no llegaba a la de una persona promedio. Interrumpían el paso puertas de piedra angosta que al ser empujadas por el peso de un cuerpo se convertían en el primer tramo de una rampa por la que se debía caer con el cuerpo totalmente plano contra el piso. A mitad de camino se abría una bifurcación triple. Tomando la primera desviación a la derecha llegaron a la sala del tesoro.

No parecía haber ninguna lógica detrás de la elección de los objetos que se consideraban valiosos. Podía encontrarse enormes jarrones que contenían los huesos de guerreros del pasado, partes de animales que se creía otorgaban poderes mágicos, perlas y conchas de mar, piedras caídas del cielo, grandes pepitas y algunas piezas de oro de fundido en lingotes y monedas, arte muy poco conocido todavía. También armas de metal de factura perfecta que sólo podían provenir de la Cúpula de metal o haber sido forjadas por alguien que conociera sus secretos. Pero ninguna de esas cosas era lo que Regulus quería mostrar a Thäl.

El rey abrió un diminuto cofre de madera de color claro que entraba en una mano y después de mirar su contenido durante unos segundos lo giró para dejarlo al alcance de los ojos de Thäl. El interior estaba ocupado por varias láminas muy finas, rectangulares, de un metal negro azabache, tan pulido que más que reflejar la luz parecía absorberla.

Thäl recordó entonces el rostro de sus padres y a un lado de sus rostros una sombra pura brillando como un destello de oscuridad en medio del día. Recordó también que tanto el anciano que sobrevivió hasta el final como otros compatriotas esclavos, tenían rasgado el lóbulo de una de sus orejas, como si algo le hubiera sido arrancado con violencia. Al tomar uno de los rectángulos negros notó un hilo de finísimo metal que sobresalía de su extremo más angosto.

Ese pendiente era parte importante de la cultura de la Cúpula de metal. No tenía pruebas pero tampoco dudas.

-¿Y por qué consideran esto un tesoro?

-Nunca volvimos a ver nada parecido. Los objetos escasos son valiosos. Es casi la única ley del valor.

-¿Saben cuál era el significado de esto? ¿Por qué lo usaban?

-No. No hay registros de esa época. Supongo que simplemente como adorno, como algunos pueblos los utilizan ahora también. Son todos iguales así que no parecen marcar ninguna jerarquía o puesto especial dentro de su grupo, o tribu, o cómo sea que se organice tu gente.

-Bien. Me los llevo.

-Claro, son tuyos. Ya bajamos a la sala del tesoro y te vas de aquí con algo que te pertenece. Supongo que, si conservas tu palabra, mi vida está a salvo.

Thäl caminó unos pasos hacia otro pasaje, que lo llevaría a unos metros fuera de la muralla del castillo. Luego dio media vuelta e interpeló a Regulus.

-¿Estos son tiempo de paz o de guerra en el reino?

-No sé lo que es un tiempo de paz.

-¿Pero hay guerra franca o solamente escaramuzas y bravatas?

-Hay una guerra declarada, con el reino de Ataraxia, al oeste.

-¿Quién es el rey de Ataraxia?

-Fenris el Primero.

-Bien. Voy a ir a Ataraxia, a proponerle al rey Fenris que me contrate para volver a matarte.

De nuevo, Thäl dio media vuelta y avanzó. Después de algunos metros volvió sobre sus pasos otra vez. Miró a Regulus, quien no demostraba un ápice de miedo. Parecía una persona pragmática y preparada para todo, incluso para morir. Su mirada era atenta y había demostrado tener inteligencia y conocimientos. De todos modos, estaba decidido a matarlo. Tomó la empuñadura de la espada y estuvo a punto de hundirla en su pecho y justificarse diciendo que la encomienda de un rey enemigo en guerra se daba por descontada y que simplemente se estaba adelantando a un pago seguro. Pero entonces entonces pensó que, si regresaba adecuadamente preparado tendría la posibilidad de liberar a los actuales esclavos y lo prefirió así.

No reveló sus planes para impedir que Regulus matara a los prisioneros como desafío o castigo anticipado. La primera reacción del poder frente a una amenaza suele ser la crueldad.

Finalmente atravesó el pasadizo y salió al exterior. El incendio que había provocado ya había sido extinguido y un fino hilo de humo aún espeso subía hacia el cielo a sus espaldas. Esperó que lo persiguieran pero los guardias estaban ocupados investigando los sonidos de golpes que provenía del interior de la sala del tesoro, que estaba cerrada por fuera y debía estar desierta a esas horas de la noche.

Thäl comenzó a caminar hacia el oeste.

Al pasar entre unos arbustos espinosos como los que encontró cuando la bruja Ía lo dejó en las afueras del castillo real de Neminia, arrancó una espina delgada y con ella perforó su oreja izquierda para colocar el rectángulo de metal negro que lo acompañaría durante muchos años.

Conservó los otros pendientes en su caja hasta finalmente entregarlos a su gente cuando pudo regresar a la Cúpula de metal para ver cómo era destruida. Y, ya siendo un hombre adulto, entregó el suyo como sello de amistad al único verdadero héroe que conoció, al único hombre que consideró su hermano, antes de que fuera traicionado por los suyos y asesinado para mantener una alianza maldita. Pero esa es otra historia.




***

Thäl y la bruja de la choza evanescente (1 de 2)

Ilustración de Javier Mattano


THÄL Y LA BRUJA DE LA CHOZA EVANESCENTE


I

Lo seres humanos suelen darse cuenta de que tienen un cuerpo sólo cuando algo inusual sucede en él. Un placer o un dolor desconocido pueden hacerlos conscientes de, y ponerlos en contacto con, partes de sí mismos cuya existencia desconocían salvo en el fondo oscuro e inexplorado de sus mentes o sus sueños. Por lo tanto Thäl, herido de muerte, desangrándose sobre la arena hirviente del desierto, era absoluta y dolorosamente consciente de su cuerpo.

El hecho de haber pasado lo que en tiempo subjetivo eran meses en otra dimensión, primero como pensamientos descarnados y luego ocupando una coraza vegetal autorregenerable, y de haber aprendido a percibir lo que lo rodeaba en esos dos estados tan extraños y tan opuestos, lo hacía sentir de forma aún más patente la extenuación de su cuerpo, la ausencia de sangre necesaria en sus venas, la falla sistemática de sus órganos vitales.

Sus manos se enfriaban rápidamente, incluso bajo la furia del sol del mediodía. El pequeño oasis en el que yacía constaba apenas de una surgente de agua rodeada por piedras de un blanco grisáceo, y de algunos arbustos cuya sombra le negaba, casi como una burla cruel, el ángulo del sol en el cielo totalmente despejado.

Era una profunda ironía morir así después de haber sobrevivido a su aventura más extraña. Pero la vida no escatima en ironías y ni la victoria ni la extrañeza de sus circunstancias le garantizan a nadie ni un solo segundo más de vida. Todo puede truncarse en el momento más alto de cualquier ascenso. La muerte puede sobrevenir junto a la celebración de una conquista.

Thäl miró el dibujo de las montañas nevadas a lo lejos y sintió que era lo correcto, que moría tan cerca del lugar donde todo había comenzado que bien podía dar el círculo por cerrado. Era incluso posible que alguno de sus conciudadanos, miembro de la caravana en la que había salido abandonando la Cúpula de metal, hubiera caído y muerto a los pies de ese mismo oasis, atravesado por las lanzar de piedra de las tribus bárbaras carroñeras que lo tomaron como prisionero durante toda su niñez.

Le dijo adiós al mundo y cerró los ojos voluntariamente, dejándose ir.

Su cuerpo se sintió cubierto por una sombra que proyectó sobre él un frío distinto. Creyó que, como ciertos cultos nacientes sostenían, alguien, o más bien algo con una apariencia que imitaba la forma humana, venía por él a la hora de expirar.

Pero la sombra pertenecía a una extraña choza blanquecina que acababa de materializarse a metros de su cuerpo moribundo. Y había una anciana de pie en la puerta de esa choza, observándolo en silencio.


II

El cuerpo de Thäl descansaba sobre un charco de sangre roja que no perdía su temperatura al salir del cuerpo porque se abría paso dentro del vacío cálido entre los granos de arena. Después recordaría vagamente que dos manos tomaron sus tobillos, ejerciendo una presión difícil de creer para una anciana delgada, y lo empujaron hacia atrás. Su propio líquido vital lubricaba el movimiento del cuerpo, peso muerto que no colaboraba en lo más mínimo.

Después de recorrer un trayecto de tierra caliente, comenzó el piso frío de la choza. El cambio de superficie y temperatura no despertó a Thäl pero agitaría algún recuerdo oculto cada vez que entrara caminando en ese lugar y no pudiera dejar de sorprenderse ante el detalle. El piso en una morada era algo sólo visto en los templos y palacios más ricos del mundo. Además, la superficie daba toda la impresión de ser metálica, pulida casi hasta el punto del reflejo.

Según la anciana le contó, estuvo dos semanas postrado, cubierto por ungüentos sanadores para reparar su piel, y tomando brebajes que debían aumentar su resistencia y propiciar el funcionamiento correcto de sus órganos internos. Todo ese tiempo su mente estuvo ocupada en sueños incomprensibles, parte recuerdo, parte premonición, parte fantasía.

Despertó una tarde cuando el sol caía y no movió un músculo. Controló su respiración para que tuviera el ritmo y el sonido de palabras cortadas y gemidos roncos que había oído de pequeño en boca de sus compatriotas entre una tortura y la siguiente. Pasó así un día entero hasta comprobar que nadie vivía con la mujer y nadie vendría a atacarlo cuando escapara.

Las ventanas tenían un extraño resplandor que le impedía ver hacia afuera, por lo que desconocía en qué lugar se encontraba, y necesitaba estar lo más seguro posible de sus capacidades y reflejos antes de intentar cualquier cosa. En los momentos en que la anciana dormía o cambiaba de habitación, ya que nunca la vio salir de la choza, movía con cuidado sus miembros, comprobando dolores, calambres, heridas que se abrieran o sangraran.

Al amanecer del segundo día se creyó listo para intentar huir.


III

La pequeña y delgada mujer de cabello blanco se movía de manera lenta pero armoniosa, siguiendo patrones demasiados estables, repitiendo siempre los mismos gestos, sin sobresaltos, sin empezar un avance y después arrepentirse, sin dar un paso en falso, sin regresar por donde había venido al darse cuenta repentinamente de un olvido.

Desde el catre que ocupaba Thäl escuchaba murmullos de su trabajo con cuencos y hojas, con huesos y ramas, que llegaban lejanos y pagados, por lo que creyó estar dentro de una mansión, una casa enorme dividida en muchas habitaciones separadas.

Siempre que la anciana regresaba al lugar donde Thäl se encontraba, que a juzgar por la puerta de madera trabada por una tabla debía ser la primera habitación a la que se accedía al ingresar a la morada, ella controlaba la temperatura del convaleciente y renovaba las distintas pastas, hechas con hierbas machacadas y olorosas, sobre sus heridas cada vez menos abiertas.

Por un lado, la mujer lo había curado. Por el otro, tenía por costumbre no confiar en otras personas y en especial no deberle nada a ningún ser humano porque no solían dejar las deudas sin cobrar. Los favores son amables correas que atan y Thäl no quería verse atado por nada.

Decidió escapar sin matar a la mujer, de tener la oportunidad, pero al mismo tiempo observaba los objetos que lo rodeaban analizando cuál de ellos podía convertirse en el arma más efectiva. Las últimas espadas que tuvo en sus manos habían sido de madera negra de otra dimensión y ni siquiera las había sostenido con sus manos de carne y hueso. Las extrañaba. Pero más extrañaba una espada de metal.


IV

Algunos de los sonidos que se transportaban en el eco desde las estancias lejanas se escuchaban metálicos y Thäl se preguntaba si la mujer no tendría armas escondidas allí. Tal vez fuera mejor robar alguna antes de escapar. En su estado iba a necesitar toda la ayuda necesaria para defenderse. No llegaba sonido de otras voces, de conversaciones, ni siquiera de palabras sueltas cuando la anciana se alejaba, por lo que era poco probable que, de haber efectivamente armas allá a lo lejos, hubiera también alguien que las supiera usa.

Una parte de él no entendía por qué no mataba a la mujer y revisaba la morada con todo el tiempo y la tranquilidad posible. Otra parte entendía que nadie había cuidado de él desde su primera niñez, desde su madre, y que ese detalle tal vez pequeño tenía un peso descomunal en su decisión.

Al tercer día, después de pensarlo mucho, esperó una ausencia de la anciana, se despojó de las cobijas, levantó con cuidado la tabla que trancaba la puerta y salió al exterior. Afuera el frío quemó sus pies descalzos y tensionó todos los músculos de su cuerpo, renovando el dolor de sus heridas. Pisaba arena blanca y fina hecha de agua. Nunca había sentido nada por el estilo, aunque en el futuro algunas de sus aventuras más peligrosas tendrían lugar en las antípodas heladas, donde existían criaturas y seres humanos desconocidos en cualquier otra tierra del globo. Para él, la cima blanca de las montañas debían ser sólo tierra sin color.

Sin embargo eso no fue lo que lo hizo regresar a la choza. Fue el hecho de que, al voltear para observarla, vio una pequeña construcción en forma de domo, poco más grande que cualquier carreta de la que pudieran tirar dos caballos, algo que no se correspondía en nada con el lugar dentro del cual había estado segundos atrás.

Volvió entrar y cerró la puerta tras de sí, con un fuerte golpe.


V

La anciana se acercó a inspeccionar y no pareció sorprendida al verlo de pie y azul de hipotermia. Lo invito a sentarse en la cama y preparó una infusión.

El cuenco de barro rojo cocido se sentía reconfortante en sus manos y las hierbas dentro del agua olían ácidas y dulces, cítricas.

-¿Qué es esto? - preguntó Thäl.

-Algo para el frío. Impedirá que te resfríes también.

Thäl dio un sorbo mientras decía:

-Esta choza… se ve mucho más pequeña por fuera.

-Es una ilusión óptica. Una ilusión necesaria. La verdad llamaría demasiado la atención y eso no es bueno para una pobre anciana solitaria.

-¿Dónde estamos? Nunca vi un lugar parecido, tan blanco y frío.

-En un paraje apartado, y por lo tanto seguro. Pocas personas podrían llegar aquí aunque quisieran. Y supongo que nadie quiere. Tenía que esperar a que despertaras para saber quién te había lastimado de esa manera antes de dejarte en algún lugar, probablemente a merced de las mismas personas.

-Ninguna persona que yo haya conocido podría lastimarme así. Al menos en una pelea justa.

-En toda mi vida he visto pocas peleas justas y, creeme, he visto muchas peleas.

Thäl tomó otro trago. Saboreó y volvió a hablar. La duda obvia era por qué, por qué la mujer había ayudado a un completo extraño. Pero en su lugar preguntó:

-¿Cómo se llama? ¿Qué es usted?

-I. A.

-¿Ía? Y supongo que es una bruja. La bruja Ía, entonces.

Los ojos de la anciana brillaron con un nimio destello celeste, como un relámpago que cruzó su iris de arriba a abajo en una fracción de segundo.

-Correcto. Como digas.


VI

-¿Estamos solos? ¿No vive con ninguna otra persona?

-Claro que no. ¿Qué clase de bruja solitaria sería si mi casas estuviera llena de gente? No, las brujas solitarias deben ser solitarias. Eso es lo que todos esperan, ¿no?

-¿Y qué hace aquí todo el día? La he escuchado trabajar en el fondo, ruidosamente, entre cazos y herramientas de barro y de madera… ¿de metal, tal vez?

-Tú deberías saberlo, en todo caso, Thäl de la Cúpula de metal.

-No uso mi origen en mi nombre. Soy sólo Thäl.

-Por ahora sí.

Después de unos segundo de silencio, el bárbaro continuó:

-Recuerdo haber caído en un desierto. Había arena caliente. Creo que algunas lagartijas pasaron corriendo sobre mi espalda y escuché graznidos de aves carroñeras esperando mi muerte. ¿Cómo llegamos al lugar en el que estamos?

-Mi choza. Ella me lleva. Ella es, de hecho, el asiento de mis poderes. Un cuerpo humano debe ser extremadamente fuerte para poder contener la magia en él sin ayuda, sin compartirla con objetos. Algunos magos guardan su poder en un báculo o en un anillo. Seres de otros planos pueden guardarlo en yelmos, capas, bolsas de arena. Son mucho más fáciles de transportar, eso te lo concedo. Yo tengo que llevar mi casa conmigo a cada lugar y no salir de ella si quiero conservar mis poderes, pero nunca fui demasiado sociable y es un precio fácil de pagar para mí.

VII

-¿Podemos volver a las tierras cálidas? ¿A algún reino que necesite de mis servicios, si es que puede usted saber eso? Quisiera retomar mi vida. En todo caso, podría dejarme cerca de las montañas de Ijmark. Tengo escondidos allí algunos tesoros para los momentos de necesidad. Crecí en el tiempo en que lo común era el trueque y el intercambio de favores, pero ahora todo necesita pagarse así que debo estar preparado.

-Claro. Yo también necesito ir a tierras pobladas para ganar algunas monedas.

-Creí que una bruja poderosa podía hacer aparecer todo lo que necesitaba.

-Puedo, sí, pero el gusto de las frutas y las verduras mágicas es espantoso. Prefiero llevar mi choza a los límites de algún castillo o de esas aglomeraciones que llaman ciudades y realizar algunos servicios a cambio de lo que necesito.

-¿Y cuáles serían esos servicios?

-Ungüentos, pócimas, elixires. Por lo general las personas piden que actúe sobre otros.

-¿Pócimas mortales? Eso no es honorable. Se le debe dar a un hombre la mínima oportunidad de defenderse.

-No suelo hacer esas cosas. La gente busca forzar mucho más el amor que la muerte. La muerte es confiable. Todos saben que en algún momento llegará, sea como sea, tarde lo que tarde. Con el amor nunca se está seguro. Pero lo que más me gusta es cuando las personas me dejan actuar sobre sí mismas.

-¿Transforma sus cuerpos? ¿Los hace más bellos, más grandes? A mí me serviría ser mucho más resistente a las heridas, al parecer.

-No. Es más sutil, más interno. Utilizo el hipnotismo sobre todo, frases de poder que abren puertas en sus mentes. ¿Has oído hablar de la naturaleza del pensamiento, de que las ideas transitan como ondas invisibles en el aire, en distintas frecuencias vibratorias?

-Señora, no sólo nunca he escuchado algo parecido sino que nada de lo que acaba de decir tiene el menor sentido para mí.

VIII

-Bien. Ya llegamos a nuestro destino -dijo la anciana. Thäl ni siquiera sintió moverse el recipiente de barro que conservaba vacío en sus manos, aunque experimentó una molestia casi imperceptible en la cabeza producto del aclimatamiento de su equilibrio a la nueva altura que ocupaban sobre el nivel del mar, y cosquillas en la planta de los pies cuando el piso de la choza se amoldó a las irregularidades del nuevo suelo sobre ellos.

Incrédulo se acercó a la puerta, pero cuando estaba a punto de abrirla la bruja Ía lo detuvo. Segura de que iba a desatarse una reacción furiosa, aclaró sus acciones antes de que fueran evidentes a los ojos del hombre.

-Debes saber que si estamos en este lugar es porque es el lugar en el que debes estar justo ahora.

-Supongo que también puede ver el futuro. Pero yo no pedí ningún vaticinio. Demasiado le debo por haber curado mis heridas.

-No es un vaticinio para mí. Lo que desde el punto de vista de los demás es el futuro, para mí es el pasado. No te cuento lo que va a pasar sino lo que ya pasó, en el ciclo anterior que transitó este mundo. Y en el anterior. Y en el anterior. Y así casi hasta el infinito.

-No me gusta esa idea.

-Eso es irrelevante. Es la verdad. Pero también es verdad que en momentos clave se puede ejercer algún tipo de influencia para torcer al destino. Este no es uno de esos momentos. Por eso estamos aquí.

Thäl abrió la puerta y del otro lado, subiendo la colina, estaba el castillo del rey de Nemiria, un reino muy joven, establecido hacía menos de diez años. Él lo sabía porque los nemirios fueron el pueblo nómade que lo esclavizó siendo pequeño. Él había ayudado a construir ese castillo, muchas de las personas que conoció fueron aplastadas entre las piedras de los muros como castigo por sus supuestas faltas, y todos aquellos que lo conocían desde bebé habían muerto tras la tortura, primero en jaulas al aire libre y luego en fríos calabozos.

IX

-¿Qué es lo que hago aquí? - preguntó Thäl, entornando la puerta.

-Lo que siempre imaginaste que ibas a hacer. ¿Qué te dijo ese anciano, el último de tus compatriotas, antes de morir?

-Habló de una caja, de un legado que mis padres habían guardado para mí y que nuestros captores habían recogido y guardado sin saber siquiera qué era.

-Exacto. Es hora de reclamar tu legado. Pero no puedo ayudarte a conseguirlo. Mi trabajo termina trayéndote aquí.

Convaleciente de las peores heridas que hubiera sufrido, sin armas, sin un plan, sin ningún tipo de apoyo, debía volver al único lugar del mundo que le provocaba terror, la cueva del monstruo que había devorado su infancia.

Frunció los labios equívocamente. No era una expresión de queja ni una sonrisa resignada.

Mirando a la anciana a los ojos dio un paso atrás y quedó de pie sobre tierra nemiria.

Al voltearse para comenzar a caminar hacia los muros del castillo, sintió de pronto que se formaba un vacío detrás suyo. No sería la última vez que la choza de la bruja Ía se desvanecería a sus espaldas.


X

Camino al poblado que rodeaba los muros del castillo, Thäl pasó por un pequeño bosque descuidado de hojas secas y mustias en medio del paraje inhóspito. La casta guerrera de Nemiria había elegido como asiento de su recién ungido rey el terreno más elevado de la zona a fin de tener la posibilidad de avistar a la distancia cualquier ataque. Eso los ubicaba muy lejos de las fuentes de agua y las tierras de cultivo, pero no importaba, claro, porque al tratarse desde sus inicios de un pueblo esclavista, recaía en los prisioneros la tarea de acarrear agua y alimentos para acopiar en el castillo. Las bodegas siempre llenas permitían resistir un asedio prolongado.

Al pasar por el bosque inspeccionó los árboles buscando algo que poder utilizar como arma. Se decidió por cortar varias de las espinas que protegían las ramas flacas y rugosas de los arbustos que cubrían el lugar. Las escondió dentro de las ropas con que la bruja Ía lo había vestido mientras se recuperaba en su choza.

Rumbo al poblado las carnes y frutas que se ofrecían en los puestos a lo largo del camino despertaron su apetito, pero no tenía nada que ofrecer a cambio del alimento ni dinero para comprarlo. Pasó algunas horas observando el devenir de los ciudadanos, el cambio de guardia de los soldados en las torres de vigilancia y el portón de entrada. Al caer la noche ya tenía trazado un plan para escabullirse dentro de la fortificación. Una vez allí debería analizar cómo entrar en los calabozos.

Ya bajo el cobijo de las sombras merodeó por el único lugar iluminado con antorchas periódicamente renovadas: la letrina destinada a los guardias del perímetro exterior. Esperó hasta que un guardia se acercó sin compañía y entró detrás de él. Con una enorme espina le perforó el cuello y lo sostuvo mientras la sangre salía eyectada de la arteria rasgada, intentando no manchar la armadura de cuero que cubría el torso del cadáver.


XI

El hombre dejó de moverse de manera consciente. Luego de unos segundos sobrevinieron los espasmos involuntarios, nerviosos. Y al final la calma.

Thäl vistió el uniforme del guardia y dejó su cuerpo desnudo sentado en la letrina. Al salir prendió fuego al cubículo y llevó consigo la antorcha. Había ganado un disfraz, una fuente de luz y una distracción, todo en un solo movimiento. El soldado no llevaba consigo más arma que una porra de piedra con el mango rodeado por una cinta de cuero. Thäl no la tomó. Sus puños podían golpear con la misma fuerza.

Otros miembros de la guardia asignada al exterior del castillo cruzaban su camino en la dirección contraria se dirigían hacia el incendio a medida que él se alejaba y dejaban en sus puestos armas sin vigilancia. El bárbaro llegó al portón principal que daba acceso al área interna del castillo ajustándose al cuerpo un carcaj repleto y una espada que había tomado en el trayecto. También tenía un arco de excelente factura, con la curvatura y la resistencia justas, cuya cuerda le cruzaba el pecho. La espada, por el contrario, consistía de una plancha de latón casi sin filo, obra de un herrero primerizo, perezoso o terriblemente privado de tiempo para honrar su oficio como debía.

Se acercó a la puerta recortada en medio del gran portón, que permitía entrar y salir a los soldados sin mover la inmensa mole de madera. Escuchó gritos y ruidos de recipientes de madera golpeándose unos contra otros. Los gritos no eran arengas entre colegas sino órdenes, maldiciones y palabras denigrantes, por lo que dedujo que estaban enviando esclavos con cubos repletos de agua a sofocar el fuego. Esperó que abrieran la puerta, dejó pasar a un grupo de esclavos con las manos y las piernas atadas por sogas ásperas y lacerantes y unidos uno al otro por una soga más larga que rodeaba sus abdómenes, y le dirigió unas palabras al soldado que cerraba la fila.

-¡Compañero! -dijo en el mejor nemirio que recordaba de su niñez.

El hombre detuvo su avance y se acercó a Thäl escrutando su rostro. No podría verlo claramente porque el bárbaro sostenía la antorcha paralela al suelo y lejos de su cuerpo, para que la luz fluctuante de la llama desdibujara sus facciones.

-¿Qué pasa? -alcanzó a decir el soldado antes de que Thäl lo derribara con un golpe del madero encendido. Una vez en el suelo, apuñaló su rostro con la antorcha hasta dejarlo irreconocible por las quemaduras. Lo llevó arrastrando hasta la puerta, gritando que llevaba a un camarada herido y así, con los guardias concentrados en socorrer a su compañero, entró en el círculo amurallado que rodeaba el castillo sin ser notado.


XII

El lugar había cambiado muy poco desde que Thäl pudo escapar, varios años atrás.

Ingresando por el portón de la muralla lo primero que se veía era un gran montículo de hierba acopiado para los animales, cuya altura tapaba las caballerizas ubicadas un poco detrás. A la derecha se desplegaba el ingreso al castillo, una larga galería fuertemente resguardada, llena de soldados de sol a sol custodiando los aposentos reales. A la izquierda se sucedían los distintos niveles de calabozos. Las rejas de las jaulas en primera fila daban directamente al patio. Allí se conservaba a los prisioneros más recientes o las antiguos cuya vitalidad aún no se había visto completamente minada. Al costado se abría un camino que entraba en la construcción y se hundía en la tierra, hasta llegar a los calabozos más profundos, muchos de los cuales servían como tumbas sin sepultura, con cadáveres dejados a merced de los gusanos y los insectos carroñeros.

Thäl no sólo vivió allí mucho tiempo, sino que sus manos habían sostenido e incluso puesto en su lugar algunas de las piedras que formaban las construcciones. Él consideraba que la tosquedad de los nemirios les impedía reconocer la ironía de obligar a los esclavos a construir sus propios lugares de confinamiento, pero quién podía saberlo, a lo mejor lo habían captado a la perfección y lo sabían tan obvio que no veían la necesidad de regodearse en ello.

La primera línea de celdas estaba vacía. Allí debían alojarse las personas que vio al entrar, corriendo en dirección a la letrina incendiada. Los guardias habían salido con ellos, por lo que el acceso a los calabozos bajo tierra estaba libre. Debía descender para intentar encontrar la pieza misteriosa que el último de su compatriotas le había mostrado antes de morir pero que él no tuvo tiempo de tomar al escapar. Algo desconocido y cuya función apenas podía imaginar ya que nunca lo había visto en ningún reino que hubiera visitado. Algo llamado llave.


XIII

Avanzó los primeros metros del pasillo en silencio. Luego, ya compenetrado en su rol de soldado, desenvainó la grosera espada que llevaba en la cintura y la apoyó sobre la pared de piedra. Con cada paso el filo romo subía y bajaba, chirriando, anunciando a los esclavos de las celdas más lejanas que alguien armado se acercaba. Mientras más profundo y oscuro era el calabozo más probabilidades había de que ese ruido siseante preludiara grandes cantidades de dolor. Los guardias saboreaban esa expectación, el juego previo de ese vulgar despliegue de poder.

En los niveles superiores encontró seres humanos de todas las razas posibles. Todas las pieles laceradas con la misma sangre roja dentro. Todos los colores de cabello con el mismo cerebro debajo del cráneo, que intentaba entender o inventar un motivo, un por qué. Podría haberlos liberado para comenzar una revolución pero la bruja lo había dejado allí de forma tan intempestiva que no se animaba a hacer nada fuera de lo estrictamente necesario por falta de planeamiento. Podría haberlos utilizado como distracción pero ya habían sufrido demasiado.

Entonces siguió bajando.

Pero anotó las opciones en un costado de la mente para un posible futuro.


XIV

Los recuerdos acudían raudos, en ráfagas discontinuas, como un torbellino en la cabeza de Thäl.

Los días se iban reuniendo en uno solo en el recuerdo. Como siempre que las variantes eran tan pocas, la memoria cortaba camino y ahorraba energía borrándolas.

Muchas de esas piedras habían dado apoyo a sus manos o a todo su cuerpo quebrado por el trabajo, vencido por el cansancio. Las celdas nunca fueron un hogar pero sí al menos la garantía de un tiempo en tranquilidad. Una fría tranquilidad llena de quejidos, olor a cadáveres pudriéndose y el ruido de moscas y ratas, los únicos seres vivos que podían engordar allí.

Necesitaba un poco de espacio para respirar pero el pasillo se convertía cada vez más en túnel. Incluso los espacios vacíos entre las piedras que hacían las veces de ventanucos se espaciaban cada vez más, impidiendo circular al aire enrarecido.

Entre el tercer y cuarto nivel de celdas se ubicaba la sala de tortura. Casi en el medio del complejo. Para que todos escucharan los gritos y las súplicas. Una vibración malsana envolvía el lugar. Tal vez se debía a que parte del alma de las víctimas había quedado atrapada allí o a que parte de la crueldad inhumana de los victimarios había contaminado los muros. Ninguna religión había decretado aún cuál era la respuesta correcta ni había condenando a las demás a la herejía.

Thäl recordó cada violento interrogatorio transcurrido en esa habitación. Los adultos aseguraban a los nemirios una vez tras otra que el chico no sabía nada, que no era necesario hacerlo pasar por ese sufrimiento, pero no les importaba. Lo dejaban a un paso del filo, a punto de quebrarse, pero no tenía qué confesar, no guardaba ningún secreto acerca de la ubicación, las defensas místicas o las fuerzas militares de la Cúpula de Metal, que era lo que sus captores querían averiguar.

Repetía sus conocimientos inocuos de niño una y otra vez. Cada vez que terminaba, el superior entre los guardias volvía a pronunciar preguntas ya conocidas que abrían un espacio en blanco en su mente y en su memoria. Lo regresaban a la celda sintiendo que su vida, su orgullo, estaban rotos. Y la sensación seguía con él allí también, ejerciendo una influencia casi mágica, como un fantasma, arrastrándose por su piel, alimentando heridas que nunca no sanarían.

martes, 7 de septiembre de 2021

Thäl y la rebelión de los elementos (2 de 2)

  Ilustración de Javier Mattano

 

XV

Con ademanes y miradas más que con palabras, Frélix llevó a Thäl hasta el pie de un grueso árbol y lo hizo sentarse con la espalda pegada al tronco.

-No hablemos mucho. Está despierto y no debemos molestarlo – le dijo, señalando con el mentón el contenido de la marmita aún caliente, espeso bajo una superficie lisa y reflectante.

Tomó las manos de Thäl e hizo que cada una apretara un puñado de hierba alta. Arrugó los labios y negó con la cabeza para que el hombre sentado en el suelo interpretara que no debía soltarlas por ningún motivo.

El aprendiz de hechicero buscaba la conexión del mercenario con el Gran Verde, la esencia conciente de la vegetación. Cada elemento, emoción u objeto natural tiene su propia versión perfecta y autoconciente en algún lugar. Lo que equivale a decir que, en algún lugar, todo tiene un dios al que dirigirse. El dios de la vegetación debía guiar a Thäl para que pudiera encontrar al maestro Xeres perdido en su reino, mezclado con, o absorbido por, el bosque que lo rodeaba.

El componente psicoactivo en los hongos, explicó Frélix, haría llegar a Thäl a una dimensión donde el pensamiento creaba la realidad ante sus ojos, donde no había tiempo ni espacio y donde seres amigables y eternos podían responder todas sus preguntas y llevarlo a cualquier lugar de este mundo o de otros. Sólo que esos contactos rara vez se recordaban al regresar del viaje. Con suerte esos seres lo llevarían al reino del Gran Verde y el Gran Verde lo llevaría hasta el maestro hechicero caído ante poderes que no había sabido manejar.

Antes de suspender la comunicación hablada, Frélix también le había ordenado a Thäl que sólo pensara en el bosque vivo, recordando todas las características que pudiera: las formas de las ramas, el olor del follaje, el tacto de la enredadera en su cuello, el ruido de los troncos cayendo sobre la playa, y que no apartara su mente de allí.

Frélix tomó una cucharada de la reducción de hongos y la introdujo en la boca de Thäl. No debía tragarla, sino dejar que se disolviera poco a poco, al ritmo que ella misma decidiera obedecer. Cada vez que hablaba de la preparación el joven se refería a ella como a otra persona, o al menos como a otro ser conciente y autodeterminado.

Dejó al Thäl sentado en el suelo, en contacto con árboles y hierbas, y se alejó por el sendero que subía hacia la zona elevada de la meseta, tan preparado para el enfrentamiento como podía estarlo, esperando que la absoluta concentración de Thäl en su misión les permitiera llegar a sus campos de batalla paralelos al mismo tiempo.

No podía saber que en esos momentos la mente de Thäl estaba muy lejos del bosque y que lo único que le preguntaba al hongo era la ubicación de la Cúpula de metal.




XVI

Violeta más allá de las palabras, sin nubes ni auroras, el cielo comenzaba a oscurecer cuando Frélix acabó su ascenso por el angosto sendero que zigzagueaba hundido en la cuesta y puso un pie sobre la superficie plana, polvosa, de la meseta.

Se preguntó si había tomado la decisión correcta al poner su vida en manos de un desconocido. A lo largo de su vida y de sus viajes había demostrado estar lejos de ser un gran juez de carácter. Regularmente lo despojaban de sus pertenencias, estuvo a punto morir varias veces, como sacrificio para adoradores de demonios o como alimento para caníbales. Había juzgado muy mal la prudencia y la fortaleza espiritual de su maestro Xeres. Y probablemente estuviera juzgando mal al mercenario que debía ser su otra mitad en la batalla.

Repasó mentalmente el motivo de sus acciones. Iba a hacer todo lo posible para detener a su maestro porque era el deber de cualquier aprendiz. Y porque liberar un espíritu humano de una posesión maligna era lo que cualquier buen hechicero de la luz estaba obligado a hacer. Además, porque el conocimiento que Xeres poseía acerca de la humanidad y de la magia terrestre, sumado al poder de posibles enemigos de otros planos de existencia, era una amenaza demasiado grande para ignorarla. Porque, aunque el pueblo llano nunca supiera de su victoria, otros magos la conocerían sin necesidad de que nadie se las cuente, su nombre se esparciría en el viento y en el agua y en el fuego y en las ráfagas de arena, en todas direcciones, creciendo cada vez más su fama en los círculos indicados. Y, sobre todo, porque al derrotar al anciano, podría reclamar para sí todo el poder desnudo y crudo que abandonara su cuerpo recién muerto.


XVII

Tres dedos amasaron una pizca de barro extraída del suelo. Luego, un breve golpe del báculo de Frélix dio efímera vida a un insecto. Distaba de ser perfecto, claro, ya que el joven desconocía los rudimentos de la biología y sólo podía conocer al insecto por fuera. Ese era uno de los principales problemas de crear vida con imaginación y magia: por más cercano que resultase el espécimen creado a su modelo existente en la naturaleza, siempre había un margen de desconocimiento que resultaba en la genesis de lo que, en términos rigurosos, era una especie distinta. Tal vez por ese motivo el mundo en que que vivía estaba lleno de aberraciones y mutantes.

Y de razas humanas tan parecidas pero al mismo tiempo tan distintas. ¿Quién podría decir cuál era la original y cuales las copias de origen mágico, alquímico o sobrenatural?

Envió al insecto hacia las primeras filas de ramas del bosque inmóvil. Alas diminutas silbaron en el aire y patas adhesivas se posaron sobre una hoja de color verde ceniciento. La hoja tardó un instante en recuperar su color original, lozano y lustroso, absorbiendo la vida artificial del insecto mágico, que cayó al piso convertido en una carcasa liviana como papel de arroz.

El cambio fue casi imperceptible. Cómo Frélix lo sospechaba, la energía obtenida había sido irrisoria comparada con la enormidad de la masa de árboles y se había esparcido entre el total entregando a cada árbol y arbusto tan poca fuerza vital que no le alcanzó para moverse más de un milímetro.

El bosque actuaba como solo ser, en todo sentido.

Frélix ya lo sabía. pero saberlo difícilmente era lo mismo que atestiguarlo.


XVIII

La magia que Frélix había llegado a dominar era del tipo elemental. Podía entenderse con las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza y con el quinto elemento: la fuerza vital. Por eso había sido capaz de crear vida partiendo de una pequeña mota de barro. Aunque se tratara de algo tan rudimentario como un insecto, no era otra cosa que una proeza, una imposibilidad natural, un milagro.

Controlar esa clase de hechizos, que trabajaban con los elementos del mundo material, era sólo el principio. Era el tipo de magia más fácil de comprender, ya que el aire, el agua, el viento y la tierra eran cercanos al hombre, no sólo podía comprenderlos el intelecto, también podían entrar en contacto directo con los sentidos, con órganos del cuerpo. La magia más difícil de aprender era aquella que trataba con abstracciones y entes provenientes de planos de realidad que ningún humano podía percibir pero que muchos libros prohibidos describían con metáforas, historias y acertijos.

Debía encontrar la forma de utilizar los elementos y la fuerza vital contra la masa vegetal que tenía delante pero poco podía hacer contra los seres de otra dimensión que habían parasitado a su maestro. Thäl debería pelear con ellos mano a mano en su propio territorio.

El joven lucharía con magia desde el mundo material y el bárbaro mercenario lucharía con fuerza bruta desde el plano espiritual.

La magia tiene debilidad por los oxímorons.


XIX

“Dos. Un vacío. Tres. Un punto. Cinco. Una línea. Una línea es el símbolo del uno. Un segundo. ¿Cuántos instantes entran en un segundo? Infinitos instantes. ¿Pero qué es un segundo? Nunca escuché esa palabra. ¡Chak! Un chasquido de dedos. Siete. Nos movemos en el tiempo de chasquido en chasquido. Hay un hombre espacial esperando en el cielo. Once. En este lugar no hay tiempo y tampoco es un lugar. No puedo chasquear los dedos porque no tengo dedos y porque el chasquido duraría por siempre, aturdiéndome al mayor volumen imaginable hasta terminar. Por siempre y hasta terminar. Ambas cosas. La magia tiene debilidad por los oxímorons. Trece. Enloquece con una ensoñación de la era lunar. No hay luna en este mundo todavía. No sé lo que es una luna pero lo sabré, y saberlo en el futuro es como haberlo sabido siempre. Diecisiete. Tengo que centrarme, mi mente viaja sin pivote, hambrienta de belleza y revelación, tan sencillas de encontrar en este estado. Tengo que centrarme. Centro y periferia. Diecinueve. Donde los caminos se cruzan. La encrucijada es el centro del camino. Introspección: ¿cómo me veo realmente por dentro? Instrospección: ¿por qué todos los profetas han mentido? Hay una estación en la que descubriré lo que soy. Hay una razón, y algún día descifraré el plan. Anclarme a un lugar. Debo. Ancla. Debo anclarme. Ancla de metal. Cúpula. La cúpula. Anclarme en la Cúpula de metal. Veintirés. Un par de horas para dominar los controles y comandar mi dos ojos. ¿Por qué hay música? Entiendo los colores. Hasta cierto punto entiendo los números. No, mentira, no lo entiendo. Siento que debería entenderlo y con eso basta. Pero la música. ¿Por qué cada objeto emite música? La música es un color que escuchamos. Los colores son música que entra por los ojos. Veintinueve. Voy a luchar hasta rechazarlos, un ejército de siete naciones no puede contenerme. Toda la música que existe y existirá está aquí esperando que alguien conecte con ella, que alguien la rescate. Y va de esta forma: las cuartas, las quintas, las menores caen y las mayores se elevan. ¡¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhh!!! Concentrarme. Tengo. Que. Cúpula de metal. El metal resuena. Diapasones. El metal traduce la música de las esferas. Treinta y uno. ¿Qué es una esfera? El mundo es plano. ¿Porqué veo el mundo como una esfera? El mundo no es más que esta tierra que toco con mis manos. Mis manos. Sostienen hojas vegetales. Algo relacionado con vegetales. Recordar. Debo recordar. Un bosque. Vegetación. Treinta y siete. ¿No crees que es aburrido cómo la gente habla?”


XX

“Las cosas ponen los pies en la tierra un poco, se vuelven más tridimensionales, sea lo que signifique eso. Puedo distinguir un adelante y un detrás, aunque mi mirada llega a los objetos, los pasa de largo después de captarlos, recorre desiertos enteros, atraviesa mi nuca y sale por mis ojos otra vez, y otra y otra y así infinitas veces. Pero al menos hay un atrás y un adelante.

“La música ha bajado un poco el volumen y se reduce a zumbidos, murmullos de una boca cerrada pronunciando una eme continua y ondulante.

“Frente a mí, pequeñas bolas de un brillo apagado me observan sin ojos. Parecen hechas del agua tranquila de un lago que refleja todo el paisaje que la rodea. Me veo en ellas deformado pero, de alguna forma, exactamente tal cual soy. No pueden estar reflejando mi apariencia pero aún así lo hacen. Porque todo es apariencia. Incluso aquello que no tiene que ver con las facciones o el cabello o la forma de pararse y moverse. Todo es una versión moldeada de lo que debería ser, modificada para los ojos o las emociones o el recuerdo de los demás. Apariencia.

“Los pequeños seres me preguntan qué pueden hacer por mí. La infinita cantidad de cosas que me ofrecen llegan todas juntas a mi mente y casi la hacen explotar. ¿Cómo podría elegir si ya no lo hubiera elegido antes de llegar? Las opciones son tantas que ni siquiera puedo sopesarlas, pensar en los pros y los contras, en la conveniencia. Lo quiero todo. Quiero saber todo y verlo todo. Pero llegué aquí con un ancla. Con una misión. Y con preguntas.

“Una misión impuesta por otros y preguntas personales, familiares, íntimas, que me persiguen desde el inicio de mi vida.

“Ellos saben qué es lo que voy a elegir. Yo todavía no”.


XXI

Los seres con apariencia de espejos vivos indagaron en la mente de Thäl y vieron la contradicción en la que se debatía. Deseaba saber sobre sus orígenes, cómo llegar a la ciudad natal que lo atraía desde el recuerdo. Por un lado, sabía que nada bueno sucedería si pudiera regresar y, por otro, sabía que su futuro estaba relacionado con el legado de la Cúpula de metal. Pero lo que debía rescatar se encontraba en el lugar que él menos recordaba y en el que menos quería pensar. Había aprendido a bloquear todo lo relacionado con su época como esclavo, desde el final de su infancia hasta su liberación, en tierras desconocidas junto a sus pocos compatriotas sobrevivientes.

Pero también tenía una misión que cumplir, importante, vital.

Ante la indefinición del humano, los seres tomaron la decisión por él y prestaron atención a la urgencia que ocupaba su mente en segundo plano: ponerlo en contacto con el Gran Verde.

Dejaron salir de sus cuerpos cromados gotas vivas que flotaron con lentitud hacia Thäl y lo envolvieron, cubriéndolo con una fina coraza de mercurio plateado que al mismo tiempo lo protegía y le permitía viajar adónde necesitara ir. Una burbuja que lo mantendría a salvo del peligro en otras realidades pero, por sobre todo, del peligro en los espacios entre realidades, que es donde el verdadero mal reside.

En lo que parecieron semanas, fue avanzando por dimensiones y mundos comprimidos, tan compactos como la pared de un castillo, conociéndolos a la perfección después de haber experimentado sus atmósferas, sus rangos emocionales, los lenguajes y gestos de sus formas de vida. Nada de eso recordaría al salir de su trance, pero una parte de su mente nunca lo olvidaría y permanecería abierta a considerar la existencia de otras realidades allí donde los demás sólo veían la cotidiana normalidad que se repetía a sí misma.

Llegó al Gran Verde con la mente ofuscada, saturada de conocimiento. El Gran Verde era tanto un mundo como un plano de realidad como un ser vivo como una consciencia plural. Y no le gustaban los seres humanos. Thäl no entendía por qué, no le parecía justificada la animadversión del dios vegetal contra los seres de carne, pero sabía que en el futuro lo estaría, con creces.


XXII

El Gran Verde se mostró reticente siquiera a prestarle atención a esa consciencia humana que lo buscaba. No tenía que esforzarse demasiado: era el mar queriendo ignorar a un grano de arena.

Thäl necesitaba encontrar una manera de hacer que el Gran Verde lo notara. Debía gritar pero no tenía boca. Tampoco brazos para agitarlos en el aire. ¿Qué podía hacer?

Tuvo años para pensar, lo que, sin perder tiempo en dormir ni comer porque no tenía un cuerpo material que alimentar ni que reclamase descanso, es mucho más tiempo del que cualquiera pueda dimensionar.

Por fin recordó que en su juventud, en las tierras del norte, entre los salvajes domadores de dragones, vio un rito realizado por el hechicero de la aldea. En medio de la noche la cabeza desnuda del anciano brillaba como el fuego de una vela. Al día siguiente le explicaron que pensar o concentrarse con la intensidad con la que podía hacer lo un hombre santo generaba luz, que las ideas eran luces encendidas y que, vista desde el cielo, la tierra debía ser una constelación de inteligencias que brillaban separadas pero formaban dibujos al unirse con líneas rectas.

Entonces Thäl pensó. Pensó como nunca antes en su vida. Toda su fuerza se reunió en el lugar incorpóreo de donde surgen las ideas. Se concentró en el bosque; en la historia del maestro Xeres y los demonios interdimensionales que lo habían parasitado; en Frélix, que debía estar en el mundo material, luchando solo; en su visión de un mundo donde todo estaba cubierto por hierba fétida asesina. Pensó tanto que sus ideas brillaron en una llamarada fugaz pero poderosa.

Entonces el Gran Verde lo miró sin ojos y le habló sin boca.


XXIII

Thäl conectó con el Gran Verde y pudo comunicarle el motivo que lo llevaba ante su presencia. No había explicación más directa que la transmisión sinestésica de ideas. Incluso contando algo que no había visto con sus propios ojos sino que había escuchado de labios de Frélix, el Gran Verde pudo entenderlo sin ambigüedades. Recorrió su propio reino y su propio ser en un instante e identificó el lugar de la incursión maligna que el maestro Xeres había propiciado, permitido, tal vez provocado adrede. No lo sabía. No tenía la menor importancia. Las plantas no buscan culpables, sólo reaccionan a lo que el medio les ofrece, a las amenazas inminentes. Pero, a diferencia de los vegetales en nuestro mundo, el Gran Verde podía apresurarse a reaccionar.

El ser/lugar/plano vio en la mente del bárbaro su voluntad de luchar contra aquello que lo amenazaba y entendió que la única forma de luchar que Thäl conocía era física. Por lo que debía brindarle un cuerpo.

Alrededor de la consciencia de Thäl comenzó a formarse un esqueleto de cedro y músculos hechos con hebras trenzadas de hierbas resistentes. Apenas tuvo ojos para mirar, vio tallos de finas enredaderas entrelazarse, formar la yema de sus dedos, girar y volver hacia el brazo del que provenían. En sus manos crecieron dos espadas gemelas de ébano, de hoja ancha y roma, con una extraña hoja curvada debajo de la empuñadura. En el futuro, en sueños, las reconocería, pero las olvidaría de nuevo al despertar.

Una vez tuvo un cuerpo y armas adecuadas, el Gran Verde abrió un túnel frente a Thäl. Experimentó la misma sensación que al bajar hacia las catacumbas en Escatonia tiempo atrás: la de estar entrando en un lugar que existían entre dos mundos, sin pertenecer completamente a ninguno pero con características de ambos. Esa frontera era su campo de batalla. Y estaba llena de seres reptantes, gusanos gordos de piel escamosa, con brazos o piernas que aparecían y se desvanecían al avanzar.

Cruzó el túnel a paso firme, apretando el mango de sus espadas. Sonó como una soga nueva ajustándose alrededor de un mástil de madera seca.


XXIV

En el plano físico, Frélix estudiaba sus posibilidades.

El bosque dejaba de crecer cuando no tenía de qué alimentarse, por lo que tenía dos alternativas: o lo dejaba agotar toda la energía vital del mundo, matando al planeta y muriendo después de hambre; o alejaba de él toda fuente de alimento, como lo venía haciendo desde el día anterior, con una vigilancia estricta. Pero esa vigilancia no podía durar indefinidamente. Y un solo segundo de distracción podía permitir que cualquier persona o animal penetrara en los dominios de la masa vegetal. La primera idea tampoco era del todo buena, incluso dejando de lado el detalle de la completa erradicación de la vida en todo el mundo conocido, porque nada le aseguraba que el ser no pudiera entrar en un estado de hibernación o espora, reduciendo su consumo de energía al mínimo, hasta encontrar una nueva fuente de alimento. Tal vez en otro orbe planetario o en otro plano de existencia. Y luego en otro. Y en otro. Y en otro.

Decidió generar una esfera protectora alrededor del bosque. Se alejó un trecho considerable, sin perder de vista los límites de la arboleda, y comenzó a salmodiar las sílabas de un encantamiento. Una esfera perfecta comenzó a colorear el aire, emitiendo brillos de todos los matices conocidos y algunos desconocidos para el ser humano común, sin inclinaciones ni contactos mágicos. La esfera debía contener todo lo que sobresalía de la tierra y también las raíces más profundamente enterradas.

A medida que el campo contenedor mágico se hacía más fuerte, comenzaron a escucharse movimientos de tierra, derrumbes y avalanchas rocosas. No había contado con que la esfera mágica no iba a atravesar la tierra como un espectro, sino que iba a separarla como el filo de una espada curvada que, en lugar de hundirse, apareciera allí por arte de magia.

El acantilado cedió y el bosque encerrado en su bola mágica cayó sobre el río que pasaba debajo, dando vida al valle.

Inmediatamente las raíces de los árboles se aferraron al lecho mientas las ramas de la periferia atrapaban peces uno a uno y los liberaban segundo después, inmóviles y carentes de vida.


XXV

Desde el nuevo borde al acantilado, Frélix observaba todo el paisaje. No podía retroceder, aunque la tierra se sentía aún inestable bajo sus pies, para no perder contacto visual con lo que pretendía hechizar.

Lo primero que hizo fue desviar el río para privar al bosque maldito de alimento. Ordeno a las agua cambiar su trayecto y forzó a algunas rocas a caer sobre el viejo cauce para obturarlo. La parte del valle en que la esfera de tierra y plantas había caído ya no era el terreno más bajo de la zona, lo que hizo sencillo guiar al agua para que lo rodeara. Pero le insumió demasiada energía y cuando terminó de hacerlo sintió, o más bien supo, que si no ocurría un milagro no tendría la fuerza necesaria para contener de nuevo la masa vegetal dentro de un orbe de aislamiento.

Pensó en fuego. Pero la vegetación era demasiado verde como para arder de manera eficiente.

Pensó en agua. Pero el río no era lo suficientemente profundo como para taparlo.

Pensó en tierra. Pero si los sepultaba, los árboles sólo deberían crecer aceleradamente hasta salir de nuevo a la superficie.

Pensó en aire. A lo mejor allí había una posibilidad. Privadas de aire las plantas debían morir, si es que su funcionamiento biológico seguía replicando el de los vegetales del mundo material.

Invocó otra esfera, no una esfera de aislamiento que separara físicamente lo que tenía dentro y fuera de sí, sino un campo de expulsión. Tomaba el aire de su interior y lo obligaba a salir al mismo tiempo que no permitía al aire del exterior entrar.

El bosque de a poco se fue volviendo opaco, gris. Enredaderas caían al piso, perdida su fuerza y su agarre, y hojas de ramas altas se doblaban en señal de debilidad. A medida que el aire se agotaba comenzó a destacarse un punto en medio de la espesura que aún seguía verde. Ese punto se fue haciendo cada vez más pequeño hasta que ocupó las dimensiones de un cuerpo humano. Un cuerpo humano que brillaba con luces ondulantes que herían los ojos y estaba rodeado por auras espectrales de mayor tamaño, que se debatían en lo que parecía ser una lucha. Una lucha contra otro espectro con dos espadas negras en ambas manos.


XXVI

Al atravesar el portal abierto por el Gran Verde Thäl se abalanzó sobre sus enemigos, corriendo a una velocidad inaudita con su cuerpo recién creado pero negándose el desahogo y la celebración de un grito de batalla.

Todo alrededor era un espectro fluctuante de ramas y hojas. Atravesaban el espacio dejando tras de sí ecos visuales que se desvanecían lentamente y en secuencia. Lo único que parecía tener una cualidad física palpable era el grupo de gusanos segmentados, rugosos y con enormes colmillos en sus cabezas ciegas, del tamaño de varios toros ubicados uno detrás del otro, que rodeaban una luz. El destello exhibía visiblemente forma humana aunque no física: se trataba del maestro Xeres, y los gusanos eran sus invitados de dimensiones no terrestres.

Thäl supo de inmediato que el hombre habitaba un plano de existencia que no podía alcanzar y se centró en los monstruos. El último paso en su carrera dio impulso a un salto que lo catapultó contra las criaturas. Utilizando la inercia de la caída, enterró ambas espadas de ébano en el cuerpo del gusano sobre el que aterrizó. Lo cortó de arriba a abajo con salvaje deleite, en dos líneas paralelas profundas. Pero no tenía órganos, ni siquiera líquidos vitales que escaparan de la herida. Los monstruos estaban hechos de ectoplasma gelatinoso que volvía a reintegrarse poco tiempo después de ser lastimado. Eso no desanimó a Thäl, cuyo cuerpo vegetal tenía similares características: las mandíbulas de las criaturas le arrancaban músculos o miembros enteros, que volvían a crecer en segundos, cuando las plantas seccionadas que lo formaban emitían nuevas raíces o nuevas ramas, se injertaban en sí mismas para recuperar las formas de ese cuerpo con funcionalidad humana.

Toda la superficie de los gusanos bullía con nuevas formas. A veces tenían patas, a veces no. Podían emitir púas o tentáculos que intentaban atrapar a Thäl y luego desaparecían. Lo único que permanecía inmutable era la cabeza, con sus colmillos y algún tipo de sentido de la orientación que Thäl no tenía tiempo de descifrar en medio de la lucha. Pero decidió seguir esa pista: tal vez lo único invariable era lo único que podía conservar una herida. Era claro: debía apuntar a la cabeza.


XXVII

Haber expulsado todo el aire del orbe mágico que había invocado, le sirvió a Frélix para debilitar la cubierta vegetal que rodeaba a su verdadero enemigo. También para ver, como a un espectro en las volutas de humo, que su aliado estaba enzarzado en su parte de la batalla en otro plano de la realidad. Al joven aprendiz de hechicero le restaba encontrar una estrategia final, un golpe definitivo.

Incluso debilitado, el componente vegetal que los demonios transdimensionales habían utilizado como vehículo de su conquista seguía luchando. Por sobre el agua, estancada dentro de la esfera que expulsaba el aire, plantas acuáticas se multiplicaban en forma de hojas circulares, primero amontonadas y luego apiladas unas sobre otras. Hundían sus raíces en el cauce para obtener así el oxígeno necesario para vivir. Pero el agua residual era muy poca y ya casi toda se había convertido en barro, proceso apresurado por la voracidad de las nuevas plantas flotantes.

Antes de morir, flores produjeron con celeridad miles de semillas voladoras, que intentaron flotar pero, ante la ausencia de brisa, cubrían ahora el suelo negruzco y puterfacto.

Frélix observó a la amenaza que debía derrotar. Era extraño pensar en Xeres de esa forma, dado que hasta la mañana anterior había sido su mentor y figura paterna. Mucho puede cambiar en un día. Thäl había pasado, también en un día, de un desconocido digno de todo el temor posible a la única otra persona en la que podía confiar.

Thäl, en otro plano de existencia, apuntaba a la cabeza de los gusanos interdimensionales el filo de sus espadas de madera negra como la oscuridad de una cueva profunda. Darse cuenta de que efectivamente lograba herirlos redoblaba su vitalidad y sus esfuerzos. Su cuerpo crecía en solidez también. Las ramas verdes se convertían en sargazos resistentes, sus huesos ganaban círculos de crecimiento y dureza, y golpeaba con la fuerza de un árbol centenario nunca vencido por los elementos.

Los monstruos no dejaban de arrancar partes de su cubierta vegetal con forma humana, con lo que le hacían en realidad un favor, ya que el Gran Verde sentía esas heridas y le enviaba al cuerpo características de plantas cada vez más duras, resistentes, incluso venenosas.

Con la violencia de varios golpes específicamente dirigidos Thäl pudo arrancar uno de los colmillos largos, curvados y filosos de uno de los cuatro gusanos. El ser gritó en una frecuencia de onda que hizo surgir olas de negrura rojiza que se esparcieron desde su boca hacia el resto del plano de realidad en el que se encontraban. El bárbaro tomó con sus manos de enredadera y sus yemas de brotes verdes el colmillo caído, casi del tamaño de sus espadas ahora envainadas en el arnés de su espalda, y lo enterró en la cabeza del monstruo.

Thäl nunca supo si la herida fue mortal, pero bastó para que los gusanos rompieran momentáneamente su control sobre el maestro Xeres. Frélix lo notó: durante un segundo el anciano volvió a ser una persona. Pero no volvió a ser el mismo. Notó al instante que su ser estaba manchado por el contacto que se acababa de romper, que nunca volvería ser el mismo.


XXVIII

Cuando el gusano demoníaco fue herido y su contacto con el maestro Xeres se interrumpió, el Gran Verde se hizo fuerte en nuestra dimensión y recuperó el dominio sobre las plantas que conformaban el bosque maldito, las alejó de la influencia de los seres y plantó en medio del lugar un vástago de sí mismo que vigilaría que las incursiones no se repitiera.

Frélix también vio su oportunidad en ese instante y, tras constatar que el espíritu de su maestro era irrecuperable, unió fuerzas con el Gran Verde para un conjuro final. Entre ambos transformaron los restos huesudos del anciano hechicero en un árbol monumental, cuya corteza era de un negro opaco que no reflejaba el sol y, al ser observado desde la altura y el ángulo indicado, exhibía en su tronco la expresión de un rostro humano petrificado en un grito.

El espíritu de Xeres quedaría ahí para siempre, como un faro que llamaba a los poderes oscuros. No era posible evitar ni deshacer el mal, por lo que Frélix decidió aprovecharlo. Ya que su atracción no podía ser negada, la exacerbó, convirtió al espíritu de su antiguo maestro en un imán que atraía la maldad y la magia maligna hacia el bosque, que desde entonces fue conocido como el Bosque de la Condena. Monstruos y seres inhumanos encontraron allí su morada, custodiados por el Gran Verde que, una vez dentro de los límites, no les permitía volver al exterior. En contraposición, las tierras cercanas al bosque fueron siempre las más pacíficas y desprovistas de incidentes sobrenaturales.

Desgraciadamente, la victoria en el plano material, daba por concluida la actuación del Gran Verde en lo que para él era una pequeña escaramuza que había ocupado tangencialmente una porción ínfima de su atención. Casi por instinto realizó su última acción: abducir la parte física de Thäl para impedir que su mente volviera a ella por sí misma, con el peligro de perderse entre realidades o demorarse tanto en el regreso que, al llegar a su cuerpo, este ya hubiera muerto de vejez.

Las hierbas que Thäl sostenía en sus manos al comenzar a actuar en su organismo el hongo de las moscas, subieron por sus brazos, envolvieron sus piernas, su torso, formando un capullo en el cual líquidos corrosivos vegetales deshicieron su materia como si hubiese caído dentro de una planta carnívora gigante.

Esa materia orgánica fue absorbida por el Gran Verde. La recombinó en un nuevo cuerpo, tomando como modelo aquella réplica vegetal ocupada por la consciencia de Thäl. Lo hizo idéntico, parte por parte.

El problema fue que ese cuerpo vegetal había sido atacado salvajemente por los demonios-gusanos hasta el último segundo de su lucha y estaba cruzado por las heridas y los cortes que sus adversarios le habían infligido. A pesar de su velocidad de regenración aumentada, aún no terminaban de curarse en su totalidad, por lo que el cuerpo humano de Thäl se reconfiguró herido y sangrante y así fue expulsado del Gran Verde. No regresó al lugar del que había partido, sino que fue enviado al lugar en el que pensaba cuando fue recibido por el Gran Verde: el desierto al pie de las montañas donde, hacía ya muchos años, había desaparecido la Cúpula de metal.

Thäl, en cuerpo y mente, apareció en medio de un pequeño oasis. La sangre escapaba por sus heridas y el dolor no le permitía moverse. Se desmayó mirando los picos montañosos que recordaba de su niñez, y hubiera muerto de no haber sido rescatado para comenzar una nueva etapa en su vida.

Pero esa es otra historia.


***