lunes, 17 de enero de 2022

Thäl en el país sin muerte - Segunda parte

Ilustración de Javier Mattano

 

XI

El campamento comenzó a mostrar movimiento, preparando la inminente marcha por el círculo central del desierto de Arcorn. Desde la elevación más próxima, a un par de kilómetros, Thäl vigilaba tanto el trajinar de los esclavos como el horizonte opuesto, previniendo posibles ataques de tribus saqueadoras o grupos de ladrones errantes.

No estaba del todo mal el lugar donde Robur había ordenado levantar las carpas. Permitía un rango de visión extenso en un terreno llano y abierto, revelando desde lejos a cualquier fuerza de ataque mediana o grande. Pero también había, desperdigadas por varios metros a la redonda, rocas de tamaño considerable detrás de las cuales un grupo de pocos atacantes podía cubrir su avance y llegar sin ser vistos. Evidentemente en el grupo del mercader había un estratega, pero no uno digno de admiración.

Ahora Thal debía guiar a hombres desconocidos por y entre ciudades pobladas, llenas de ladrones con ansias de riquezas, madres e hijos con hambre y padres desesperados sin nada que perder, en las que una caravana repleta de mercancías y oro era la respuesta a todos sus pedidos mudos o proferidos a gritos hacia cualquier deidad que hubieran podido inventar o descubrir. Siempre habrá peligro en transitar por lugares donde la muerte no parece una peor opción que la vida diaria.

Thäl había solicitado ser el único en conocer el camino a tomar y trazó una ruta que lo llevaba lo más lejos posible de ciertas ciudades de ganada mala fama y que le permitía repostar comida y agua en lugares poco frecuentados por criminales. Eso los llevaría en un tiempo relativamente corto al desierto de Azkahar, donde la tribu de los hombres con piel verde lo recibirían con los brazos abiertos.

Había dos problemas con ese recorrido.

Primero, en las ciudades peligrosas tenía amigos, colegas y taberneros agradecidos a los que había hecho ricos una buena recompensa gastada en bebidas y mujeres, mientras que en las ciudades pacíficas su cabeza tenía precio.

En segundo lugar, los hombres del piel verde lo recibirían con celebraciones, como a un hermano que regresa de una muerte ya largamente llorada.

Pero sólo a él, no al resto de la caravana.


XII

Atravesar el desierto nunca será una experiencia agradable, en ninguna versión del mundo, no importa las veces que el universo termine y vuelva a reiniciarse.

En el primer lugar dentro de la escala de molestias insoportables está, por supuesto, el calor. Para llegar al punto en el que puede desarrollar fisiológicamente consciencia, inteligencia e imaginación, el cuerpo humano debe redireccionar todos los recursos evolutivos hacia el crecimiento y la protección del cerebro, dejando de lado cualquier otro tipo de adaptación al medioambiente. Las adaptaciones, de hecho, retroceden hasta despeñar al infante humano hasta el puesto más bajo en la escala animal, en cuanto a su posibilidad de sobrevivir sin cuidados ni asistencia de un adulto o una comunidad que se ocupe de su bienestar. El cuerpo humano es demasiado débil para el calor abrasador y el frío quemante de los días y las noches desérticas. Lo sabe, lo entiende y lo analiza, pero no hay nada que pueda hacer para solucionarlo.

En segundo lugar está la sed. El cuerpo necesita agua para sobrevivir. No hay mucho más que explicar acerca de eso. Aún antes de que la falta de alimento, la deshidratación destruye cualquier equilibrio vital orgánico.

En tercer lugar, el espacio totalmente abierto y sin puntos de referencia. Como el dentro del mar abierto, como una vasta planicie nevada, el desierto borra los límites y las percepciones de profundidad y distancia. Estar en medio del desierto fuerza tanto la mente de las personas como estar en medio de la nada del espacio. La nada invita a la locura, sólo debería ser pensada, no experimentada.

En cuarto lugar, los demás. Todas las molestias mencionadas se suman generando un estado de irritación crispada, lista para explotar ante el menor detalle, la palabra más inofensiva, el movimiento menos brusco, la amenaza más insignificante.

En quinto lugar, la responsabilidad, como la que tenía Thäl en esos momentos, de garantizar la superviviencia de otros. Responsabilidad que, de aplicarse a seres queridos, familia, colegas o amigos, podía derrumbar a cualquiera. Por suerte, no era el caso.


XIII

En el tercer día de la travesía, Thäl comenzó a notar indicios de que la caravana era perseguida a la distancia, probablemente por salteadores. Era la posibilidad más lógica en su situación. Desde ese momento prestó más atención a su mirada periférica, entrenada desde pequeño para captar lo que aún no estaba en primer plano, las amenazas futuras y distantes, y obtuvo trozos de información decisiva.

Los movimientos, el lenguaje corporal y lo poco que podía ver de la vestimenta, revelaron que eran seguidos por más de una persona. Calculó que distintos exploradores a la vanguardia de un grupo más grande se turnaban en las tareas de acecho y vigilancia. De nuevo era lógico.

Había pocas posibilidades de que un solo individuo persiguiera e intentara atacar a una caravana de tal envergadura, rodeada por guardias y custodios. Sólo otro mercenario que lo equiparara en destreza e infamia podría emprender seriamente una tarea de ese estilo sin que lo guiase un deseo suicida. Si tal fuera el caso, Thäl podría utilizar el prestigio del atacante para aumentar el precio a cobrar por sus servicios. No era lo mismo defender a su empleador de atacantes ordinarios que enfrentar a un miembro de la élite mercenaria. Al principio esa salvedad solía ser aclarada en los contratos, pero en los tiempos que corrían la diferencia se daba por obvia y también los costos asociados.

Pocos mercenarios estaban a misma altura que Thäl a lo largo y ancho de las tierras que él había recorrido o conocía de oídas. Tomándose en cuenta a sí mismo, contaba sólo a siete. Los había encontrado en tabernas, en bandos aliados de alguna guerra territorial, en juegos organizados por reyes que querían evidenciar sus recién adquiridos poder y riqueza premiando con holgura la fuerza y destreza de quienes concursaban. Un mercenario nunca utiliza sus habilidades si no hay una ganancia de por medio. Parte del oficio es saber que, si eres bueno en algo, nunca debes hacerlo gratis.

Thäl no se había cruzado con ningún otro miembro de la élite mortal en bandos enfrentados ni con contratos contrapuestos en vigencia, porque de haber sido así, sin importar quién hubiese ganado, sólo quedarían seis.

XIV

El límite occidental del desierto estaba marcado por un cordón de elevaciones rocosas gemelas y opuestas, que comenzaban separándose tímidamente del suelo y crecían en forma de anillo incompleto hasta cerrar el paso a ambos lados, como los arcos de acceso a ciertos reinos con un sentido avanzado de la arquitectura.

Detrás de esos arcos de piedra estaba la primera ciudad que debían evitar, Kalampur, poblada por bandas de mercenarios amorales mantenidas a raya por Shikt, maestro en el manejo de la espada curva, quien trabajaba a tiempo completo asegurándose de que los demás criminales, asaltantes, ladrones de ganado y asesinos trabajaran sólo fuera de la ciudad.

Si alguien planeaba atacar la caravana, ese era el lugar más adecuado: un túnel angosto rodeado por rocas filosas, resbaladizas y en declive, imposibles de escalar o recorrer a caballo.

Pocos kilómetros antes de llegar al paso Thäl ordenó a Robur que la caravana descansara dentro de las carretas, sin levantar las carpas voluminosas y ricas, entre ellas la carpa principal. Tal proceder le pareció una indignidad al mercader y derivó en una discusión más prolongada de lo necesario. Thäl explicó que, de no funcionar su plan, el grupo debería escapar a gran velocidad y a ciegas, sólo llevando lo que permaneciera enganchado a los caballos, por lo que no convenía descargar más que lo necesario a fin de no arriesgarse a perderlo.

-Sólo baja lo que estés dispuesto a dejar atrás cuando salgas huyendo – le dijo.

Mientras las fogatas elevaban sus oscuras humaredas al cielo y, ya en la oscuridad, dispersaban el olor de la carne asada, Thäl tomó a un escuadrón de hombres y se escabulló del campamento, caminando a pie en medio de una total oscuridad. Recorrieron la base del monte siguiendo la circunferencia del anillo de roca hacia el paso angosto.

Volvió con la mitad de los hombres, con un herida abierta debajo del pecho y dos sacos de tela basta repletos de cabezas. Al día siguiente cruzaron los arcos sin novedad.


XV

Pasaron tan lejos de Kalampur como pudieron pero no tan lejos como Thäl hubiera deseado. Las elevaciones en el terreno no permitían tomar otro camino ya que iban convirtiéndose progresivamente en un cauce entre montañas que no podían ser rodeadas ni escaladas. Los primeros tramos afilados y lisos se libraban de la roca y el polvo a medida que aumentaba su tamaño y se notaba cada vez más que esas moles surgidas de la tierra estaban compuestas por cristales. Eran en realidad montañas de púas brillantes que se proyectaban desde el costado de otras más gruesas, en una suerte de intrincado sistema de agujas de cristal del tamaño de ciudades que iban cruzándose y tramando una red cada vez más compacta mientras ascendían hacia el cielo.

Se decía que esos cristales guardaban voces, imágenes, escenas, música. Uno de los ritos de pasaje decisivos de los hechiceros a punto de ser ungidos como maestros era obtener, por cualquier medio posible, un fragmento de esos cristales para engarzarlo en la base de sus varitas o la parte superior de sus cayados. Otros cristales, esmerilados, trabajados, transformados en esferas, óvalos, cráneos, estaba desperdigados por el mundo sin que sus dueños conocieran siempre su origen y mucho menos su importancia y poder. Algunos trozos pequeños, reducidos a perlas o lágrimas, adornaban coronas, trajes, orejas y dedos de reyes, tapas de grimorios, cálices donde se recibían líquidos vitales en las nacientes ceremonias de ritos arcanos.

Esa noche no descansaron. Incluso después de alejarse de Kalampur y de haberse asegurado de no ser perseguidos ni acechados con sigilo, Thäl ordenó que siguieran avanzando en medio de la oscuridad.

No quería dormir cerca de las montañas porque, aunque imperceptiblemente, sabía que los cristales le murmuraban palabras incomprensibles, que no llegaban a sus oídos sino directamente a un rincón ignoto de su consciencia. Tal vez todos sus contactos previos con demonios, seres elementales y aspirantes a dioses habían abierto una pequeña grieta en su mente que, si no tenía cuidado, podía agrandarse hasta dejar pasar por ella cosas que lo destruirían desde dentro, cosas que no debían estar ahí.


XVI

Los hombres que habían participado de la incursión preventiva lograron cerrar los ojos casi llegado el amanecer. Cuando Thäl despertó, Elkatun estaba cerca del espacio que le habían destinado para dormir terminando de asar alguna alimaña. Mientras el esclavo se quemaba los dedos sacando el flaco cuerpo cocinado de la rama en la que lo había empalado, un guardia llegó para entregarle una pierna de carnero a Thäl.

Comieron uno delante del otro sin decir nada, casi sin mirarse.

-No entiendo por qué te mandó a vigilarme? - sentenció Thäl: - Nunca he dejado de hacer aquello por lo que me pagan. Ni siquiera cuando sé que me mintieron respecto al pago. No es mi estilo. Prefiero cumplir con mi palabra y después cortarle la cabeza a quien o cumplió con la suya. Es más satisfactorio y no lastima mi reputación.

-Me mandó porque cree que te odio.

-¿Por tu ojo? No deberías odiarme. No a mí. Estaba en sus manos parar la pelea cuando quisiera. Era una prueba, e incluso aunque no hubiera estado en peligro mi vida, yo no fallo en una prueba.

-Sí, lo sé. De todas formas, no te odio, no podría.

Thäl dejó hacerse el silencio, sin responder.

-Ninguno de nosotros podría odiar a Thäl, el niño esclavo que llegó a ser uno de los mercenarios más famosos del orbe. Casi no conocemos nada del mundo fuera de la caravana, los viajeros no nos hablan, sólo quieren negociar con el amo. Los cantantes de noticias pasan de largo o son muertos al llegar. No se nos permite entrar en las ciudades cuando pasamos cerca de una. Pero, así y todo, incluso nosotros sabemos tu nombre. Todos los esclavos lo conocen.

Elkatun tenía las señas de ser un joven astuto que buscaba su propia conveniencia y, evidentemente, sus palabras apuntaban a hacer de Thäl un aliado en cualquiera que fuesen sus planes. Tal vez Robur le había dejado perder un ojo como castigo, o para disminuir su peligrosidad, ya fuera conspirando contra él o intentando hacerle un daño efectivo.

Eso era un error, pensaba Thäl. No se lastima a un hombre que recordará la herida y la sumará a otros motivos para confabular traiciones. Así sólo se le da una causa legítima. Eso puede convertir a un traidor en héroe justiciero. Siempre conviene tener enfrente a un maquinador interesado en su propia ganancia y no a un ángel vengador, porque las personas apoyan la venganza por el mismo motivo por el que se alegran cuando el destino hace justicia contra una persona vil: porque ver al propio universo equilibrándose a sí mismo causa una sensación profundamente placentera.




XVII

Sostener que la geografía del orbe era caprichosa sólo sería resaltar lo obvio. La travesía de la caravana que Thäl debía custodiar lo llevaba de un desierto a otro, pasando por una cadena montañosa hecha de cristales de cuarzo, una ciénaga pantanosa que en ciertos puntos alcanzaba profundidades insondables, y también por el bioma que tenía frente a sus ojos: un bosque tan tupido y espeso que la luz del sol sólo tocaba el suelo aquí y allá en espacios del tamaño de una uña. El Bosque Susurrante, lo llamaban.

En el extremo septentrional del bosque comenzaban las afueras de Smarkanda, cuidad relativamente segura donde podrían detenerse para repostar agua y alimentos. La tierra era fértil, como el bosque lo demostraba con su propia existencia, pero además los pobladores llevaban generaciones perfeccionando sus habilidades para la labranza.

Se decía que recorriendo a consciencia el terreno cubierto por el Bosque Susurrante y las tierras sembradas de Smarkanda se podían conocer todas las plantas que crecían en el orbe. Era una exageración, claro, pero con la suficiente apariencia de verdad como para que la zona fuera también, al igual que las montanas de cristal, un destino obligado para los practicantes de la magia. En este caso, para los aprendices abocados al reconocimiento y utilización de plantas, hongos, flores y raíces.

Los conocimientos botánicos que poseyera Frélix, el hechicero amigo de Thäl, seguramente habían sido conquistado en cercanías del lugar en el que estaba a punto de penetrar. Nunca se lo había preguntado, pero dado que se habían conocido enfrentando una posesión dimensional que afectaba sólo a vegetales y vivían para contar la historia, algo debía saber sobre plantas.

Svendt el Gran Rojo, el amo del hacha, protegía el territorio ocupado por el bosque. No era exactamente un mercenario sino más bien un custodio violento, irascible y de un humor cambiante, bordeando la esquizofrenia. Hablar con él era como caminar por un puente colgante compuesto por algunos maderos firmes y otros podridos, sin saber cuál se pisaría a continuación. No convenía cruzárselo sin tener muy en claro qué se le diría y cómo. Y en esos precisos momentos, sorpresivamente, se encontraba de pie, hacha en hombro y rodeado de soldados, cortando el paso al avance de la caravana.


XVIII

-¿Qué los trae a mis territorios? - preguntó Svendt.

Thäl estuvo tentado de contestar “nuestros pies”, pero cada palabra debía estar medida al milímetro con este interlocutor.

Svendt era un hombre descomunalmente alto, de cabellos y barba rojiza, que parecía estar siempre alimentándose. Todo lo que no iba a parar a su legendaria barriga daba energía a los músculos que le permitían golpear con su enorme hacha capaz de cortar a un hombre al medio de un solo golpe.

-Viajamos por motivos personales, sólo deteniéndonos a comerciar cuando es necesario para la supervivencia de la caravana – declaró al final: - El mercader a cargo de estos hombres necesita regresar a su hogar. Los hombres deben seguirlo porque son sus esclavos y por lo tanto su voluntad les pertenece. Y yo los guió e intento que arriben con bien.

-¿Y cuál es el motivo personal, si se puede saber?

-Si se puede saber o no es algo que desconozco, como desconozco el motivo en sí. Al dueño de tal secreto no le ha parecido necesario revelármelo y a mí no me ha parecido necesario preguntar.

-Es peligroso embarcarse en empresas cuyo fin último se desconoce.

-Para algunos de nosotros es peligroso levantarse cada día de la cama, respirar, incluso dar un paso fuera de nuestras moradas. No es algo que me preocupe desde hace mucho tiempo. Supongo que entenderás lo que digo, Oh, Svendt el Gran Rojo.

-Para mí el único peligro en este momento es no saber a quién tengo delante, mientras esa persona sí me conoce. ¿Cuál es tu nombre?

-Me laman Thäl.

-Muy bien. Así es como te llaman. ¿Y cómo te llamas realmente?

Nunca lo había pensado. Creció escuchando ese nombre. Los pocos coterráneos que compartieron algunos años de su niñez lo llamaban así y siempre creyó que ese era el nombre que le habían dado sus padres al nacer, su nombre legítimo. Pero bien podía no serlo.

-Es una buena pregunta – respondió.


XIX

-No pueden pasar, no aceptamos mercaderes en nuestros territorios. Es malo para las finanzas de estas pobres tierras dejar entrar mercancías foráneas.

-Entiendo… - respondió Thäl. Aunque pensaba que las tierras más fértiles del planeta difícilmente podían calificarse como pobres. Pero en lugar de eso, dijo: - Te aseguro que no pretendemos vender nada sino todo lo contrario: lo que necesitamos es adquirir alimentos que nos ayuden a seguir camino. Ni siquiera vamos a abrir los cofres con materias para vender, sólo los cofres con dinero para pagar.

-No me convencen, lo lamento. Pueden atravesar el bosque pero no acercarse a las ciudades.

-No hay otro camino para avanzar así que debemos atravesar el bosque forzosamente.

-Sí. Pero porque yo se los permito.

El hombre no tenía la menor intensión, o tal vez no tenía la menor posibilidad, de ser razonable. Thäl empezaba a darse cuenta de ello. Las fuerzas podían estar equilibradas en cuanto a número de combatientes pero pocos hombres de Robur eran guerreros y no convenía enfrentar a esclavos contra una tropa soldadesca. Primero porque sólo encontrarían la muerte. Segundo, porque a sabiendas de la posibilidad de morir muchos huirían. Y tercero, porque otros verían en los enemigos de su amo la oportunidad de ser libres y desertarían para unirse a ellos en lugar de enfrentarlos. Por lo tanto debía seguir forzando una paciencia que no había tenido mucho tiempo de forjar a lo largo de los años. El mercenario sin familia y sin hogar lo es por una razón: porque suele matar aquello que le molesta en lugar de soportarlo. Eso no permite que las parejas duren mucho tiempo ni que los vecinos vivan demasiado.


XX

-Como solución intermedia podrías permitir que un pequeño grupo se adentre en la cuidad con una par de carretas para poder cargar los víveres mientras los demás nos quedamos aquí. Pueden escoltarlos, si les parece necesario.

-No somos sus empleados para escoltarlos. Además dije que sigan su camino y por lo tanto van a seguir su camino.

-Bueno. No quería llegar a ésto, pero… - no terminó la frase porque el movimiento de su brazo buscando la espada lo decía todo.

-Hagamos esto según las reglas – terció Svendt inventándolas en ese mismo momento: el mundo era demasiado nuevo y no existían reglas de la guerra aceptadas por todos: -¿Es una pelea hombre a hombre o estás representando a toda tu caravana?

-¿Cuál sería la diferencia?

-Que de una forma solamente te mataré a ti y de la otra mataremos después a todos los que te acompañan?

-Como elijas. Si realmente voy a estar muerto ¿por qué debería importarme?

Thäl desenvainó su espada y atacó a Svendt, quién apenas levantó el hacha. El filo golpeó la madera, que debía ser extremadamente dura porque su superficie apenas se marcó mientras la espada quedó temblando, absorbiendo la fuerza de la descarga.

Observada desde lejos la pelea se veía extraña. El Gran Rojo apenas si cambiaba de posición, concentrando la fuerza de sus vastos músculos en movimientos casi imperceptibles pero sumamente efectivos, mientras Thäl ponía todo su esfuerzo en cada estocada y golpeaba rápido y con amplios movimientos, intentado aprovechar la aceleración ganada en el largo espacio que recorría la hoja.

Al fin, Svendt decidió dejar de defenderse y con una mano hendió el aire en un descenso oblicuo que finalizó con el hacha clavándose en el suelo, pasando por la espada de Thäl como si no estuviera ahí. El ruido de las piedras al ser penetrada la tierra del bosque ahogó el sonido del metal partiéndose en dos.




 

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