Ilustración de CFC
XXI
Con un rápido movimiento Thäl elevó el fragmento de hoja que aún quedaba unido a la empuñadura e intentó descargar golpes contra su enorme y macizo contrincante, pero había perdido mucho alcance y sus estocadas cortas pasaban lejos del cuerpo que buscaba herir. El Gran Rojo reía con toda la boca escupiendo saliva con cada carcajada y casi no utilizaba el hacha, sino que evadía las fintas de la espada rota como se retira el cuerpo, en el último momento, del camino de la mano que pretende tocarlo en un juego infantil.
Thäl no era desde ningún punto de vista un guerrero incompetente, pero tampoco era el mejor guerrero del mundo por mucha diferencia. En ciertas regiones, sí, su nombre resonaba con fuerza y podía inspirar confianza o miedo, dependiendo de la perspectiva del observador: si estaba del lado que pagaba por sus servicios o del lado opuesto. Pero al recorrer los distintos territorios otros nombres competían con su fama. A muchos de ellos los conocía en persona y a otros sólo por referencias. Aunque no faltaba mucho tiempo para que siete de ellos se reunieran, en el largo asedio al castillo de Helgendor, para combatir durante tres interminables noches a los monstruos bebedores de sangre. Pero esa es otra historia.
En esos momentos Thäl, a pesar de su fuerza, agilidad y astucia, era poco más que un molesto mosquito empecinado en aguijonear la pared impenetrable que parecía ser el cuerpo de Svendt el Gran Rojo.
Consciente de la inefectividad de sus ataques anteriores dejó de lado los golpes al cuerpo para intentar herir las piernas del hombretón y así al menos ganar cierta ventaja. Svendt retrocedió unos pasos y enredó su talón en las raíces de un añoso árbol, perdiendo por un segundo el equilibrio. Thäl, entonces, en dos veloces saltos, ascendió a una rama baja y se dejó caer sobre los hombros del Gran Rojo, con una pierna a cada lado del cuello y ambas manos sosteniendo la espada rota, listo para golpear con todas sus fuerzas.
XXII
Svendt elevó su hacha y los filos chocaron justo al lado de su oreja. Un estallido metálico lo dejó sordo unos segundos. El chispazo de fricción podría haber servido para encender un buen fuego si los árboles a su alrededor no hubiesen estado tan verdes y vivos. Se sacó de encima a Thäl realizando los movimientos de un toro al desembarazarse del necio que pretende montarlo. El mercenario cayó al piso, rodó y rebotó en los tallos centenarios para tomar impulso y atacar. También tomaba a los árboles como refugio, cubriéndose tras ellos durante un segundo para luego aparecer desde otro ángulo, intentando sorprender a su enemigo.
En una de esas salidas, saltó con todas sus energías y logró acercarse al Gran Rojo para dibujar una línea de sangre en su frente, justo sobre los ojos. Svendt enfureció y descargó su segundo golpe franco, hendiendo el cuerpo vegetal del último árbol que Thäl había usado como distracción. Él debía cuidar el bosque de cualquier daño y ese corte profundo y aromático, que arrojó al aire el olor de la savia que nunca antes había tenido contacto con el aire, lo entristeció al tiempo que aumentó su furia.
Dándose cuenta de lo que había provocado, Thäl quiso aprovechar la ausencia temporal de raciocinio y atención que conlleva la furia y arrojó su espada rota contra Svendt. El arma giró varias veces hasta acabar incrustada bajo su clavícula. El Gran Rojo blandió la enorme hacha que sostenía en el brazo indemne y golpeó el tallo herido con el contrafilo de la culata. El ruido del árbol partiéndose resonó como una tormenta o el grito de un monstruo doliente. Thäl fue derribado por el peso de un cúmulo de gruesas ramas que lo aprisionaron como una jaula.
Decidido a acabar con la lucha, Svendt descargó un golpe directo a la cabeza de Thäl, quien pudo apenas moverse para evitar el impacto. No cerró los ojos. No se cierra los ojos ante la muerte. Pero desvió la mirada y se sorprendió al escuchar apenas un ruido débil y desconocido. Era metal chocando contra metal, pero de forma suave, orgánica, musical.
Al mirar hacia arriba vio al Gran Rojo de pie sobre él con el cuerpo doblado, congelado en el movimiento final del hachazo. Su rostro expresaba sorpresa.
Thäl comenzó un nuevo movimiento, después de calcular el mejor curso de acción para liberarse. Entonces sintió un tirón en la oreja. Con el rabillo del ojo pudo presentir más que ver, que su pendiente rectangular de metal negro se había pegado al hacha de Svendt, unidos por una fuerza invisible.
XXIII
Dos días tardaron en atravesar el bosque, sin detenerse ni descansar, después de que Svendt el Gran Rojo se los hubiera permitido con una mirada y un movimiento de cabeza. No desperdició un solo momento explicando sus acciones, ni a Thäl ni a los amos de la caravana, y desapareció del campo visual de los viajeros. Robur el esclavista y algunos de sus guardias no pudieron evitar permanecer alertas y creían ver a cada paso señales de que los protectores del colosal espacio verde los seguían y los vigilaban. Thäl sabía que ese no era el caso. Porque, aunque sin dar explicaciones, Svendt sí había dicho algo antes de irse con sus hombres:
-Tienen mi permiso para atravesar el bosque. El bosque mismo, sin embargo, puede tener otras ideas.
En las noches, el mercenario recordaba a Frélix, su amigo hechicero, y la aventura compartida contra otro bosque en un tiempo y lugar distintos, pensaba en las fuerzas que podían tomar posesión del verde para sus propios fines y no quería pasar allí más tiempo del necesario. Recordaba también las historias que el joven practicante de magia le había contado acerca de uno de sus muchos maestros y el ritual que debía preparar cada noche antes de caer dormido porque sabía lo que esperaba más allá de la barrera del sueño y tampoco quería cerrar los ojos hasta no salir del lugar.
Hay una vida vegetal que no entendemos, una consciencia cruel e implacable que no necesitan explicitar sus intenciones, desplegar amenazas ni emitir sonidos de furia para amedrentar. Lleva a cabo sus lentos movimientos de conquista con una paciencia que sólo está al alcance de quienes no tienen expectativas ni hambre de gloria que se interpongan en su propio camino, como suele pasar con las personas.
Thäl avanzó por la espesura tocando de a ratos su pendiente hecho del metal más oscuro posible, preguntándose cuál era el secreto que escondía y su relación con el hacha del Gran Rojo. Había escuchado que las piedras y los cristales de rincones muy alejados del orbe podían hablar entre sí en un idioma que sólo algunos hechiceros y brujas entendían y pensó que a lo mejor entre los recién descubiertos metales podía haber una relación similar. Pero debería esperar para averiguarlo, por lo menos hasta terminar con la misión que lo ocupaba en esos momentos.
XXIV
En el interior del bosque, lleno de ruidos acechantes, la vista se clausuraba a unos pasos de distancia porque los árboles habían crecido sin ser plantados a consciencia y no seguían ningún orden, ninguna línea de planificada, sino que sus tallos se desplegaban en todas direcciones y se superponían hasta tapar el horizonte. Multiplicado por los miles de árboles que poblaban el territorio, la profusión de vida provocaba que dentro del bosque se hiciera una noche no artificial, porque era conformada por la propia naturaleza, pero sí de alguna forma anormal y por ello incómoda.
La caravana había supuesto que al llegar al final de la espesura las cosas mejorarían. También pensaban que la transición entre la tierra totalmente ocupada por vegetales y el desierto al otro lado sería lenta y ocuparía un largo espacio donde el verde fuera perdiendo de a poco su preeminencia hasta desvancerse en la forma de pequeñas hierbas, grama, musgo o algo similar. Pero no. El límite parecía cortado a cuchillo y en el momento en que acababan los grandes tallos, más altos que dragones parados en sus patas traseras, la luz del sol caía sobre los cuerpos como calderos de aceite hirviendo que defienden el asedio a un castillo.
Los ojos quedaron ciegos por la luz durante unos segundos, y cada hombre y mujer de la caravana fue recibido por un viento caliente que corría paralelo a la última hilera de árboles, golpeando los rostros con puñados de arena recia, agresiva.
Al entrar en la nueva etapa de su viaje, ahora sí, Thäl sintió que muchos ojos lo veían abandonar el bosque. Miradas humanas lo siguieron hasta perderse tras las ráfagas de arena, que lo iban ocultando como sucesivas cortinas de hilos entrelazados.
Otras miradas también.
XXV
Atravesar el desierto de Azkahar fue miserable. El único detalle positivo era que cada persona debía encargarse de su propia supervivencia y lo sabían, por lo que Thäl no perdía tiempo ni concentración esforzándose en cuidar de los demás. Nadie iba a culparlo por ninguna muerte, desaparición o accidente. Y hubo muchas. Los lugares tan inhóspitos son el clasificador definitivo, separan a los aptos de los indignos y ubica a cada uno en el bando al que pertenece. No hay prejuicios ni favoritismos: todos son juzgados por la misma arena, el mismo sol, el mismo viento.
Otro beneficio para Thäl era que, debido a las ráfagas que cortaban la respiración, la arena que se metía dentro de la boca y la saliva que se perdía al hablar, todos avanzaban en silencio. La charla circunstancial no valía la incomodidad ni la perdida de líquido corporal. Al principio de la travesía los esclavos solían acercarse al mercenario para consultar por el rumbo a tomar o darle consejos no solicitados sobre sus estrategias de defensa, por lo que el silencio era un cambio bienvenido.
Contar con detalle el recorrido de la caravana sería repetitivo y aburrido por lo que sólo diremos que, si dividiéramos el contingente que inició el viaje en cinco partes iguales, sólo cuatro de ellas llegaron al otro extremo del candente mar amarillo.
No se armaban carpas para dormir, cada persona descansaba como podía, de pie, para conservar una altura que no pudiera ser cubierta en segundos por las permanentes tormentas de arena y evitar así morir sofocados en medio del sueño. Los animales y carros, también las personas, unían sus aperos, armazones y ropas con gruesas sogas y se comunicaban con relinchos, crujidos y silbidos, ante la falta de algún otro elemento sonoro para delatar su posición.
Casi ciegos; casi mudos; casi sordos a causa del sonido omnipresente de las diminutas rocas filosas que volaban en el viento; casi sin tacto al haber cubierto toda la superficie de piel posible para evitar quemaduras y heridas; así cruzaron el desierto de Azkahar.
En su límite final encontrarían al pueblo de piel verde. La naturaleza de su recibimiento era un misterio. Thäl se adelantó a la caravana y prometió volver en menos de un día. Si no lo hacía, tenían orden de regresar por donde había llegado. Sabía que las probabilidades de que lo obedecieran eran muy bajas pero si las cosas salían mal él ya estaría muerto y no podría importarle menos si le hacían caso o no.
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