sábado, 5 de febrero de 2022

Thäl y el país sin muerte - Cuarta Parte

Ilustración CFC


 

XXVI

Al atardecer el día siguiente Thäl regresó pero algo en su rostro, en la altura de sus hombros y en su forma de caminar, revelaban no sólo nuevas heridas sino un envejecimiento que no condecía con su escaso tiempo de ausencia. Algún día se contará lo que sucedió en esas horas, que para él fueron años, pero no es algo que nos incumba en esta historia.

La tribu de hombres de piel verde había autorizado el paso de la caravana con instrucciones estrictas. Sólo pisarían una franja de su territorio y lo recorrerían de noche. El tramo inicial fue demarcado por Thäl con estacas de madera hasta que llegaron al lugar en que comenzaban las marcas que los propios dueños de esas tierras habían establecido desde hacía mucho tiempo: enormes huesos de animales gigantes ya extintos, plumas más altas que un hombre ya reducidas casi al raquis desnudo, piedras que ningún ser humano normal podría mover, ramas secas de árboles que no estaban cubiertas por corteza sino por piel seca y demás elementos que seguirían siendo extraños aunque no se los encontrara en el medio de un desierto casi sin vida.

Las llamas de las antorchas que iluminaban el camino parecían verse reflejadas a media distancia en ojos totalmente circulares y había una sensación generalizada de acechanza en medio de un silencio absoluto que no era roto más que por el sonido de los pasos de hombres y bestias al avanzar. El hecho de que estaban siendo seguidos de cerca era incuestionable. Apenas un miembro de la caravana, por el estúpido motivo que fuera, ponía un pie fuera del sendero trazado, una flecha hecha de costillas de las grandes serpientes subterráneas de Azkahar le atravesaba el pecho o entraba por uno de sus ojos. Si el cuerpo caía dentro de los límites acordados, se caminaba sobre él hasta reducirlo a pulpa sanguinolenta. Si caía fuera, el viento lo arrastraba o lo cubría de arena en segundos.

Una vez atravesadas las tierras de los hombres de piel verde, Robur vio a lo lejos un brillo violeta que reconoció como el efecto peculiar que la luz producía dentro de su suelo natal, ya que se trataba de un territorio que no obedecía las leyes naturales del resto del orbe. Quiso ir hasta allí de inmediato pero al llamar a Thäl para planear con él la ruta le fue informado que el hombre dormía.

Durmió los siguientes dos días sin recuperar la conciencia ni siquiera para comer. Cuando finalmente despertó se dirigió al esclavista diciendo:

-Muy bien. Terminemos con esto de una buena vez.


XXVII

Thäl y Robur avanzaron juntos aunque el mercenario, tal vez de manera inconsciente, adelantaba siempre por un paso a su benefactor. Detrás de ellos iba el pequeño grupo de guardias, el grupo un poco más numeroso de trabajadores libres y el grueso de la caravana, compuesto por esclavos de los lugares más variopintos del orbe.

Tímidamente, como un anciano que comienza a reprender a los jóvenes a su cargo sin mucha vehemencia, el suelo frente a ellos dejaba surgir partes de esqueletos, cráneos, mandíbulas, armas rotas y oxidadas, grandes manchas rojas que coloreaban la piedra. Pero a medida que se acercaban a lo que Robur identificó como los límites de su lugar de nacimiento, la tierra alzaba el tono de la amenaza que pretendía disuadirlos y la presencia de cadáveres antiguos, ya casi transformados en una sola masa de huesos fundida y petrificada, aumentaban hasta alcanzar el tamaño de pequeños montes.

A medida que se acortaba la distancia con el lugar por el que Robur aseguraba poder entrar, una presión creciente dentro de la cabeza de Thäl le indicaba que tal vez fuera buena idea reconvenir su actual curso de acción. No era exactamente magia lo que había en los límites ni lo que había del otro lado pero todavía no había otra forma de llamarlo y, si la había, muy pocas personas en el orbe la conocían y podían explicar la diferencia.

Los pasos de Thäl lo llevaron hasta un punto en el que el dolor en su cerebro se volvió insoportable, por lo que cerró los ojos como un reflejo de defensa y trastabilló. Mientras caía de rodillas sin ver, sintió que su mano aferraba una roca de perfecta lisura que le daba el punto de apoyo necesario para impedir caer de bruces. El malestar no cejó, pero el hombre se forzó a abrir los ojos y mirar lo que había frente a él, identificar eso que, aún sin cuerpo, sin materialidad, era claramente un peligro. Pero no vio nada. Su mano no se apoyaba en una roca sino en el aire, un aire macizo, resistente e impenetrable.


XXVIII

Thäl apoyó la otra mano en la pared invisible de lo que tal vez fuera un cubo, tal vez un domo, tal vez un cuerpo sin forma definida, no podía saberlo. En contra de cualquier instinto de conservación, acercó su frente a la barrera. Con cada milímetro el dolor crecía pero estaba convencido de que tocando con la cabeza lo que hubiera ahí podría hacer algún tipo de contacto mental y averiguar qué estaba pasando o que había del otro lado. Lo guiaba la identificación natural que hacemos entre la mente y el cerebro, que tal vez sea tan falsa como la identificación natural que hacemos entre el corazón y los sentimientos. Pero no pudo lograrlo. El umbral de dolor de los hombres más curtidos y fuertes es muy alto pero no desaparece en la infinidad del cielo detrás de las nubes como las moradas de los dioses, en algún momento se lo alcanza y no hay forma de sustraerse a sus efectos.

Se alejó del lugar como repelido por la cuerda tensada de un arco gigantesco y, al llegar a una distancia prudencial, se dejó caer sobre una rodilla para recuperarse, en una posición relativamente heroica que no lo dejara en ridículo frente a sus eventuales espectadores.

Cuando se hubo recuperado lo suficiente, se acercó a su caballo y extrajo de las alforjas un trozo de espejo que Frélix, su joven y hechicero amigo, le había obsequiado para poder comunicarse con él en momento desesperados. Éste tal vez aún no lo era pero un claro presentimiento le indicaba que pronto lo sería. Y en casos así, asaltado por semejante claridad, sin ninguna prueba pero sin ninguna duda, era mejor adelantarse a los hechos.

Se alejó caminando lo más dignamente posible, concentrado en no tambalearse ni caer, hasta perder de vista a los hombres más cercanos a la barrera invisible. Cuando se aseguró de ya no ser visto tomó el cristal entre las manos, pronunció las palabras que Frélix le había hecho memorizar y después de unos segundos pudo ver en la superficie pulida la imagen de su amigo, un poco como un reflejo, un poco como un dibujo con movimiento, un poco como un fantasma.

-¡¿Dónde estás?! - fue lo primero que escuchó Thäl decir, gritar, a la imagen -¡¿Qué lugar es ese?!

-Estoy en una fosa a cielo abierto más allá del desierto de Azkahar.

-Por el color del aura de las rocas, por el color del propio aire, puedo ver que es un lugar maligno. Solamente por estar ahí parado debés estar acortando tu lapso de vida en semanas, tal vez meses. Ese lugar come vida. Sal de ahí en este momento.

-Podría, pero…

-No me importa si tienes un contrato, no vas a vivir para cobrarlo. ¿Por qué perseguiste a alguien hasta ese lugar?

-No estoy persiguiendo. Estoy guiando a un comerciante rico y sus sirvientes.

-¿Encontraron una barrera?

-Sí, invisible.

-¿Y este comerciante quiere pasar al otro lado?

-Sí, esa es su intención.

-¿Y a cuántas víctimas llevó para el sacrificio? ¿Cómo hicieron para mover a tantas personas en contra de su voluntad? Necesitarían a un ejército de carceleros, una decena de batallones, como mínimo.

-No trajo a ninguna víctima, solo trajo a sus…

Thäl abrió los ojos y aguzó el oído. En los instantes en que ningún otro sonido interfería podía escuchar el silbido de múltiples filos abriendo tajos perfectos cada uno en una garganta.


XXIX

La rebelión era un secreto tan mal guardado que la persona contra quien los esclavos planeaban rebelarse se enteró al mismo tiempo que ellos. Elkatun, el esclavo tuerto que había perdido un ojo a manos de Thäl, había sido el instigador. Hijo de un mercader enemigo llevado a la ruina por Robur, nunca dejó de odiar a su amo aunque conoció a su padre sólo por las historias que su madre, quien lo acompañó hasta su primera juventud, no se cansaba de contarle, historias acerca de tiempos en los que eran felices y nada les faltaba que sólo podían provocar tristeza o ira en un niño privado del destino trazado por sus padres y de los deleites de una vida libre. Elkatun se había inclinado decididamente por la segunda opción.

Llevaba meses persuadiendo a los demás esclavos de que la superioridad numérica podría contra la fuerza, destreza y ferocidad de los guardias del amo y que, aunque muchos murieran, la misma sangre derramada por ellos terminaría por ahogar a sus asesinos.

Su error fue no prever que, mientras lograba convencer y entusiasmar a la mitad de los compañeros de penurias con los que hablaba, la otra mitad corría directo a la carpa de Robur para delatarlo.

No estaba en el carácter del comerciante deshacerse de algo que pudiera serle de utilidad en el futuro. Se mantuvo al tanto de las confabulaciones esperando que el momento en que los conjurados lo obligaran a matarlos no llegara demasiado pronto porque necesitaría un masivo sacrificio, un río de sangre aún tibia, para pagar el precio de entrada a su tierra natal. Sangre que sus esclavos transportaban dentro de sus cuerpos.

Después de intentar ganar el apoyo de Thäl y habiéndose recuperado de sus heridas, Elkatun estableció como inicio de la rebelión la llegada a las tierras originarias del amo. Si tanto deseaba regresar allí, ese lugar debía ser un paraíso y una vez libres ellos podrían reclamar el paraíso para sí. Lo merecían y si algo o alguien en el mundo contabilizaba las penas y la felicidad y hacía lo posible por equilibrarlas, ese algo o alguien lo sabía.

Por supuesto, no era así.

La revolución no pudo siquiera comenzar a arder, su llama fue extinguida apenas dejó de ser una chispa. Pero sirvió al amo. Los esclavos que no habían participado, tampoco se interpusieron en el camino de los cuchillos. Algo habían hecho los complotados para merecerlo y observaron inmóviles un castigo que consideraban justo o al menos razonable.

Como corresponde a un artista del sadismo, Robur pretendía conservar a Elkatun ileso hasta que viera morir a todos sus secuaces. Pero sus planes cambiaron cuando Thäl regresó corriendo, ya consciente de lo que estaba sucediendo. La mirada de Thäl se detuvo en el único ojo que quedaba en el joven rostro del esclavo. Después bajó hasta su cuello, que acababa de ser abierto en canal.

No hubo ningún cambio visible pero un olor fétido y penetrante inundó el aire. Muchos vomitaron en el acto. Algunas mujeres se desmayaron. Los caballos que no estaban atados o eran sujetados con fuerza escaparon al galope.

-Se está abriendo la barrera. ¡No se detengan! ¡Hace falta toda la sangre posible! – dijo Robur a los verdugos. Luego, mirando a Thäl, inquirió: - ¿Entramos?


XXX

Caminar hacia el territorio que se extendía detrás de la barrera era como acercarse a los lindes de un matadero, al lugar donde la poca carne que quedaba en los huesos se pudría lentamente al sol. No había olor a muerte, a sangre fresca, sino a lo que venía después, mucho después.

-¡Bienvenido al País sin muerte! Las leyendas cuentan que aquí la vida nunca acaba, ni naturalmente ni de forma violenta. Todo lo que habita este lugar vive por siempre.

Thäl gruñó con los labios apretados. No tenía nada bueno que decir y no era buen momento para decir algo malo.

-Adentrémonos un poco en el terreno. Más allá de los primeros cerros tiene que estar lo que queda de mi familia.

-¿Hace cuánto tiempo dejaste este lugar? ¿Serás capaz de reconocerlos? ¿Y ellos a ti?

-En realidad nunca los vi.

-¿Pero éste no era tu lugar de nacimiento?

-De alguna forma… sí. En realidad es el lugar de donde salieron mis ancestros, generaciones atrás. Y, sabiendo que algún día uno de sus descendientes desearía y sería capaz de volver, legaron detalladas indicaciones, de padre a hijo, hasta llegar a mí.

Otro gruñido de Thäl.

-Ya mi abuelo quería regresar pero no tenía los medios para hacerlo. Mi padre se acercó, pero poseía apenas el material necesario para lograr la apertura de la brecha, nada más. ¿Y si las historias no eran ciertas? ¿Y si se había perdido algún detalle y el sacrificio no funcionaba? Entonces, después de desperdiciar todo su capital, se habría quedado sin nada y hubiera debido comenzar de nuevo desde cero. No es un curso de acción inteligente. Somos mercaderes, no tahúres. Sólo se invierte lo que se puede perder sin caer de rodillas.

-O sea que, durante todo este tiempo la riqueza, el oro, nunca fue su verdadera finalidad.

-No. Eso queda para las líneas de sangre sin visión de futuro. El oro es sólo un medio para un fin. La cantidad de personas que puedas sacrificar para conseguir tus objetivos, ese es el verdadero poder, la verdadera riqueza.

Thäl caminaba mirando las piedras del suelo que se derruían a cada paso, terrosas y débiles, su rostro cada vez más rígido por la ira creciente y el mal olor. Hasta que llegaron a la cima del pequeño cerro y debió tapar su nariz. El olor era enfermizo, demoníaco.

Debajo, en el valle, seres vagamente humanos se paseaban con lentitud, algunos sobre dos piernas flacas y descarnadas, otros sobre diferente número de extremidades, y otros flotando en el aire con vísceras secas, oscuras, correosas, balanceándose sobre su propia sombra.

-Ellos deben ser mi familia – dijo Robur, complacido.


XXXI

A lo largo de sus años Thäl había presenciado cosas que podían volver loca a una persona poco acostumbrada a ver un cuerpo humano roto, quebrado, descarnado o que hubiera sufrido cualquier tipo de violencia o transformación forzosa e involuntaria. Muchas de esas cosas las había presenciado después de realizarlas él mismo. Aún así, lo que ocurría en el valle del País sin muerte lo dejó horrorizado y sin palabras.

Entendía la violencia, conocía las secuelas de batalla, los resultados de la crueldad, pero en ese lugar no había rastros de violencia. Lo único que había pasado por allí, dejando monstruos y seres simultáneamente menos y más que humanos, era el tiempo.

El País sin muerte no era un país sin envejecimiento, tampoco sin heridas, sin pérdida de órganos o sin decadencia corporal. Lo único que no podía sucederle allí a un ser vivo era lo que su nombre indicaba sin ambigüedades: morir. Todas las demás consecuencias negativas del paso del tiempo sobre el cuerpo, la mente y, de tenerla esos seres grotescos, el alma de una persona, seguían ejerciendo su imperio. Pero también podían ser subsanadas de manera artificial sin que ello llevara a la muerte. Sí a una agonía sin fin. Pero, como todo lo demás en la existencia, la costumbre puede transformar un dolor inicialmente insoportable en una sensación normal que acompaña cada segundo vivido, como transforma cualquier ruido insoportable en un murmullo de fondo apenas perceptible.

Ninguno de los cuerpos exhibía el aspecto esperable en un cuerpo vivo. Sus colores eran tan variados como fuera de la muralla invisible pero no iguales. Algunos, más oscuros, revelaban que bajo su piel la sangre permanecía en forma de amplios moretones coagulados y endurecidos. Otros eran pálidos y blancuzcos, como la piel de las víctimas de monstruos bebedores de sangre.

Avanzaban balanceándose con torpeza porque una de sus extremidades era más corta que la otra, porque tenían múltiples piernas o porque la mitad superior de su cuerpo no guardaba simetría y debía ser equilibrado a cada paso para no caer. También influía el peso: muchos habían reemplazado partes de sus cuerpos con piedras, rocas o metales, lo que provocaba que, a pensar de verse relativamente iguales, una mitad de su torso o cabeza pesara más que la otra.

La comida se había acabados siglos atrás, pero al no poder morir de hambre sólo la sentían a cada segundo. Aquellos que no comían tierra o piedras, lo que de todos modos no los alimentaba en lo más mínimo, dejaban languidecer y adelgazar su cuerpo desnutrido sin llegar nunca a consumirse de forma absoluta porque eso significaría la muerte. Podían perder masa eternamente sin llegar a perderla del todo, sin desaparecer por completo.

Los más pesadillescos eran aquellos que habían perdido toda la humanidad del rostro, reemplazándolo por un trozo de piel, arrancado vaya uno a saber de dónde, cosido a la cara o asegurado con púas de metal o espinas resistentes. A otros sólo les quedaba como vestigio de sus facciones una boca llena de colmillos limados porque los ojos y nariz se habían reventado o esmerilado con los siglos.

-No hay nada honorable en esa vida – pensó Thäl en voz alta.

-Tampoco hay nada honorable en morir – respondió el mercader.



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