Ilustración CFC
XXXII
Caminaron por la ladera del cerro sin acercarse al valle, sino que iban cambiando el ángulo desde el cual lo observaban. El espectáculo era desagradable pero al mismo tiempo hipnótico. El mundo estaba lleno de monstruos y animales humanoides pero en todos los casos eran armónicos, se veían tal como habían sido creados, con toda la belleza y la elegancia que tiene cualquier animal o planta cuyo exterior sigue las reglas de la naturaleza. Estos entes, que en algún momento supieron ser personas eran ahora otra cosa. Las intervenciones sobre sus cuerpos despreciaban cualquier idea de simetría orgánica.
Era obvio que habían utilizado la magia o conocimientos avanzados del funcionamiento del cuerpo y de las fuerzas físicas del cosmos, porque muchas de las modificaciones que presentaban involucraban materiales inertes, incompatibles con la vida.
En medio del valle, vieron a un ser sin piernas volando con alas injertadas en su espalda. Las grandes extremidades de ave conservaban algunas de sus plumas originales reemplazadas en algunos tramos por hojas de árboles y pequeños huesos. Un poco más cerca, en medio de un grupo compacto, brillaba la cabeza de un ser que, dentro de una corona de piedra cerrada como una lágrima gris tenía una bola de fuego que ardía eternamente y que de vez en cuando alimentaba con ramas o pedazos arrancados de sus propias uñas. Sobre esa luz flotaba un cuerpo femenino cortado a la altura de la cintura, con intestinos anudados colgando sobre un óvalo bruñido que despedía relámpagos con cada movimiento. Más allá un cuerpo flaco y rojo sin rostro movía su voluminosa cabeza, atravesada en diagonal, de arriba a abajo, por dos barras de metal en forma de una cruz acostada. La más alta de la figuras era de color negro, tenía una calavera de animal sobre el rostro y estaba cubierta por una túnica leve que parecía hecha de cabellos oscuros; una de sus manos, anormalmente larga, terminaba en una hoz de hueso.
-Bien. Te dejo con tus familiares. Espero que se entiendan bien.
-Seguramente. Y si no es así, tenemos la eternidad para llegar a conocernos.
-¿Por qué me hiciste entrar? ¿Para que no pudiera matarte por no darme mi pago?
-No exactamente. Verás: lo único que no puede morir en este lugar es mi gente. La inmortalidad es mi derecho de nacimiento, como ya te lo dije. Pero no el tuyo. Y la barrera es también a su manera un comerciante que se comporta diferente dependiendo de qué lado estás. Por fuera, para abrir un acceso, es como esa gente que sólo quiere cantidad, obtener muchas chucherías a bajo precio. Pero aquí dentro, para cerrarla de nuevo, es un potentado con gusto por las exquisiteces. No requiere mucha sangre, a granel, sin tener en cuenta su calidad, sino la sangre de un solo hombre notable.
Thäl llevó instintivamente sus manos a los cuchillos de pedernal en su cintura, las únicas armas con las que había penetrado en el País sin muerte, mientras las sombras que lo cubrían por segundos raudamente y los gritos agudos de gargantas con cuerdas vocales atrofiadas por la falta de uso, le revelaron que varios entes sobrevolaban su posición.
XXXIII
Los seres alados que se lazaban por turnos sobre Thäl habían sentido su presencia apenas cruzó el muro que separaba esa zona del resto del orbe. Sabían que algo vivo había llegado. El aura de una existencia mortal impregnaba el aire pero tardaron un tiempo en encontrar su ubicación exacta. Fueron los entes sin vista quienes pudieron localizarlo a través del oído y el olfato, potenciados en alcance e identificación de matices ínfimos con el paso de los años, las décadas, los siglos. En todo ese tiempo habían acabado con cada ser vivo en sus tierras que no fuera parte de su familia ni su raza. Entonces había comenzado el hambre constante, insoslayable, eterna. El gusto de la carne aún caliente y del alma sorprendida de su propia muerte era un recuerdo inasible de tan lejano.
Lo primero que hizo Thäl antes de buscar un lugar apto para la defensa y el ataque fue enterrar un cuchillo en el cuello de mercader y amo de esclavos. La piedra afilada penetró la piel y la arteria con un silbido húmedo y, mientras el mercenario corría buscando una posición elevada pero guarecida, Robur dejaba fluir su sangre como una fuente riendo, sin perder una pizca de su fuerza vital.
-¡Hermanas! ¡Primos! ¡Familia mía! ¡Estoy de regreso! - gritaba a los cuatro vientos.
Las arpías medio humanas blandían en su mayoría armas de piedra y madera salvo una, que sostenía una espada herrumbrada en una de sus tres manos. Thäl no podía atacarla directamente porque volaba fuera del alcance de sus saltos y no podía arriesgarse a arrojar un cuchillo a esa distancia. Corrió hacia una roca alta, saltó y se aferró al ala de la criatura más cercana. Escaló por su costado enterrando un cuchillo a la vez y ascendiendo. En pocos movimientos estuvo sobre su espalda, entre las alas que habían pertenecido a otro cuerpo y, mientras se preparaba para asestarle un golpe en la cabeza sin ojos, el híbrido se sacudió con furia intentando librarse de la carga indeseada. A punto de caer, Thäl se acercaba y alejaba del cuerpo del monstruo hasta que en uno de los vaivenes su cabeza golpeó contra el cuello largo y flaco y un grito de dolor agitó la boca del engendro.
La cabeza de la arpía se volteó dando dentelladas, tratando de arrancarse a Thäl de la espalda. Él no entendía qué pasaba, qué podía haberle provocado semejante dolor a un ser al que no le había afectado en lo más mínimo las repetidas heridas infligidas por filos de piedra penetrantes. Mientras el cuello giraba de un lado a otro como el de un perro enloquecido, Thäl vio una pequeña marca negra rectangular de la que emanaba olor a carne quemada y un poco de humo casi imperceptible. La forma y el tamaño coincidían a la perfección con las del pendiente que había encontrado poco tiempo atrás, una de las dos reliquias recuperadas de sus primeros años de vida en la Cúpula de metal.
Con un crujido, la mandíbula de la irritada montura alada se separó del resto del cráneo y se precipitó al vacío.
XXXIV
Manteniéndose aferrado al cuello de la arpía con el otro brazo, Thäl arrancó el pendiente de su oreja y lo apoyó con fuerza sobre la frente lampiña y esférica del monstruo. La cabeza ardió al instante y ambos comenzaron a caer en picada hacia las rocas de la ladera. Thäl no quiso abandonar su posición sobre la aullante masa de fuego para asegurarse de que se estrellaría como debía en lugar de reiniciar el vuelo y huir. Parte de su cuerpo se quemó, sobre todo el brazo que sostenía el trozo rectangular de metal, negro como la sombra de una sombra, sin que dejara salir más que un ahogado ruido gutural de su boca cerrada.
Las rocas recibieron el cuerpo centenario con aspereza, separándolo en varias partes que se diseminaron a varios metros de distancia. Thäl agregó su peso a la caída hasta el mismo segundo de tocar tierra, entonces rodó hacia un costado, sumando moretones y raspaduras sangrantes al ardor de sus quemaduras.
El cuerpo de la arpía, sin embargo, revelaba en sus movimientos que la vida no se había apartado de ellos. Quemada hasta el punto de no ser más que huesos marrones y malolientes, la criatura seguía viva. Pero al menos ahora Thäl sabía como lastimarlas.
XXXV
El resto fue como una tormenta. No podía detenerse ni siquiera para respirar hondo. Utilizaba el segundo posterior inmediato a que un monstruo se incinerara para identificar el siguiente blanco: el más cercano, el más solitario y alejado de otros que pudieran ayudarlo, el más vulnerable, el que presentaba en su cuerpo el lugar más amplio donde atacarlo con el adorno corporal que era para él un recuerdo de su raza y su familia y ahora se había convertido en su única arma.
Tenía a su favor que los monstruos humanoides era lentos y pesados. Quien vive en estado de eternidad no suele conocer la prisa. Pero además sus cuerpos viejos, anémicos, secos y ruidosos, sin lubricación en las articulaciones, ni en los ojos, ni en las gargantas, no los hacían precisamente una máquina de guerra bien aceitada.
Thäl debía acercarse demasiado a los seres para poder apoyar el trozo de metal negro sobre sus pieles y que el contacto desatara las llamas. Casi todos tenían en común que el paso del tiempo había convertido sus uñas en largas piezas filosas de hueso, como garras, agujas o dagas, dependiendo del caso. Después de luchar contra una docena de criaturas, Thäl sangraba profusamente de varias heridas paralelas a lo largo de todo su cuerpo.
Se preguntó si esa cantidad de sangre había cubierto la cuota que Robur buscaba de él, si ya se encontraba irremisiblemente encerrado de ese lado de la barrera invisible sin ninguna posibilidad de salir más que otro holocausto masivo de inocentes o si cerrar la apertura requería que toda su sangre fuera derramada acabando con su vida.
XXXVI
Los seres una vez humanos y ahora transformados en otra cosa no cesaban de venir. Algunos tras haber captado el aroma de la vida, otros guiados por el alboroto de la batalla o el fuego que reducía a pedazos chamuscados a sus primos, tíos y hermanos. El crujido de huesos secos avanzando tenía algo de vegetal, de troncos muertos rodando con fiereza unos sobre otros.
El ser alado con tres brazos que blandía una espada, al que Thäl había visto antes, por fin decidió atacarlo. Se precipitó raudo hacia los resoplidos cansados con los que el hombre intentaba llenar su pulmones y que delataban su posición frente a esa jauría ciega que poblaba los aires. Thäl presintió el ataque y se ubicó entre dos rocas altas, que dejaban entre ellas una abertura por la que podría tal vez pasar un niño escuálido, y exageró cada vez más su respiración ya de por sí sonora y esforzada. Aunque los seres inmortales tenían alas no compartían ninguna otra característica con los murciélagos, no podían utilizar el eco para averiguar qué obstruía su camino, por lo que el ataque acabó con la criatura chocando contra las rocas y su mano armada saliendo por el espacio vacío entre ambas. Thäl quebró el brazo fibroso con un movimiento certero, cansado, rabioso, y tomó la espada herrumbrada de entre los dedos huesudos que aún se resistían con toda sus fuerzas.
La espada era vieja, de un material que no podría identificar bajo el óxido y el sarro, pero por el peso y el sonido al caer supo que indudablemente era de metal.
Como un hombre que ha vivido casi toda su vida al arbitrio de sus corazonadas, unió sus palmas y lo que tenía en ellas para ver qué sucedía. O porque sabía que algo iba a suceder. O ambas cosas a la vez. En una mano sostenía el filo de la espada y en la otra su pendiente de metal negro. Sin aspavientos, sin rayos, brumas, ruidos apocalípticos y demás exageraciones de magos o hechiceros, se obró la transmutación. Los signos de la edad y la corrupción cayeron desde la hoja que ahora se veía nueva, afilada, sólida y del negro más absoluto que pueda conjurar la imaginación.
Así averiguó que tal como las piedras y los cristales, los metales también podían hablar entre ellos en su propio lenguaje, transmitir información, tejer sus alianzas. Y que el metal del que estaba compuesto su pendiente no sólo hablaba con las demás materias similares: podía ordenarles qué hacer sin que ellas tuvieran la posibilidad de desobedecerle. Era el metal definitivo. El metal de los metales.
XXXVII
Lo primero que busca la mayoría de los animales es sobrevivir. No es el caso de los seres humanos. Lo primero que busca un ser humano es entender qué está pasando. Thäl sabía que las respuestas estaba afuera de ese País sin muerte, de ese territorio separado del resto del mundo y posiblemente regido por otras leyes naturales, si es que la naturaleza tenía leyes. También sabía que allí dentro no tenía posibilidad de sobrevivir porque las criaturas no dejarían de venir contra él y, aunque las quemara y destrozara a todas, sólo sería cuestión de tiempo para que se reconstruyeran. No sabía cuánto tiempo pero tampoco importaba. Por lo tanto la búsqueda de respuestas y la necesidad de sobrevivir convivían en él y eso lo hacía imparable, lo focalizaba de manera absoluta.
Volvió sobre sus pasos hacia el lugar por el que había entrado junto al mercader esclavista. No sabía si podría cruzar hacia el otro lado, hacia la caravana diezmada, pero era lo más inteligente que podía intentar en las actuales circunstancias. En su camino se atravesaban monstruos raquíticos con piedras en lugar de ojos o pedazos de hueso amarillo saliendo de su frente como una corona impía. Garras quitinosas del tamaño de un brazo pretendían rebanar, trocear sus miembros, impedirle correr o blandir la espada. Pero nada pudo detenerlo, sin siquiera demorarlo en demasía. Pasaba a través de los obstáculos cortando los cuerpos en dos con su nueva espada. El filo era exquisito y tu temple inigualable. Thäl pensó que con dos espadas de ese tenor no habría ejército que le opusiera resistencia. Ningún ejército cuyos soldados tuviesen la capacidad de morir, claro.
Recorrió la distancia hasta el punto de ingreso en pocos minutos y pronto pudo ver del otro lado la carpas, los caballos, los centinelas de la caravana. Había dos posibilidades: o la barrera seguía abierta y lo dejaba salir sin complicaciones, o debería deducir la manera de escapar en pocos segundos, si es que esa manera existía. En los últimos metros aceleró como un poseso y saltó con todas sus fuerzas cuando creyó alcanzar el lugar preciso por el que habría entrado.
Cayó al suelo, sobre un costado, después de rebotar rudamente contra el muro invisible.
Pero el arma que llevaba en la mano al momento del impacto quedó allí, suspendida. Cualquier persona que no supiese lo que sucedía podía suponer que la espada estaba clavada en medio del aire.
XXXVIII
Tirando con ambas manos y apoyando un pie en el vacío sólido para hacer fuerza, logró librar la espada de su aprisionamiento. Detrás suyo resonaban pasos de una multitud de cuerpos, más lentos que aquellos contra los que había combatido, pero también más voluminosos. El de mayor tamaño avanzaba sin prisa, tal vez disfrutando la anticipación, con su rostro cubierto por una calavera astada y una guadaña de hueso en la mano. Thäl no pudo evitar detenerse un segundo para observarlo porque su manera de caminar llamaba la atención a la distancia. No tenía una sino tres articulaciones en cada pierna y en cada brazo: tres rodillas y tres codos. Por ese motivo era considerablemente más alto que los demás y sus brazos se extendían alcanzando distancias inusitadas para cualquier ser humano. Cada una de sus piernas tenía tres muslos, el que le pertenecía originalmente y otros dos, obtenidos muchísimo tiempo atrás de personas o animales e injertados en su cuerpo por algún medio que Thäl no podía siquiera comenzar a imaginar. Los pasos resultantes de esa triple articulación se parecían a los de una araña, y el cuerpo vacilaba en cada avance hacia atrás y hacia los costados como describiendo un círculo, en un andar alucinado, envolvente y en un tiempo ralentizado, anunciando una caída que nunca se terminaba de producir.
A Thäl se le hacía difícil sostener con firmeza su oscura espada porque tenía las manos, al igual que el resto del cuerpo, cubiertas de sangre. Toda la sangre era suya dado que las venas secas y vacías de las criaturas derramaban gotas coaguladas y hediondas o colonias de pequeños gusanos que apenas sobrevivían en esos restos no del todo vivos y no del todo muertos.
Ahora que todos los monstruos sabían hacia donde dirigirse, Thäl era el centro de un círculo que se iba reduciendo con cada paso. Lo rodeaban acercándose desde cada dirección. Con la punta de su arma proyectada hacia adelante, estaba literalmente entre la espada y la pared invisible.
Reflexionar acerca de la muerte era algo que no solía permitirse. La muerte era una seguridad y no se cuestiona el cómo ni el cuándo ni el por qué de las seguridades. Sólo se las espera, con ansia o con resignación dependiendo de su naturaleza positiva o negativa.
A la escasa distancia que las criaturas más cercanas le dejaban libre, la mejor opción del hombre acorralado era luchar con sus armas cortas, con sus dos puñales de pedernal. ¿Qué hacer con su nueva espada entonces? Simplemente tirarla al piso parecía indigno de su utilidad, del buen servicio que le había prestado en el poco tiempo que la tuvo en sus manos. Decidió despedirse de ella con un golpe final o, en propiedad, con un vuelo final. La arrojó entonces, con ambas manos y toda la fuerza de sus dos brazos, hacia la cabeza oculta de la imponente criatura de largos miembros. El filo partió la calavera que fungía como su máscara y se hundió en el rostro que nadie pudo ver porque al instante estuvo poblado de llamas. Al caer al suelo sacudiéndose en un grito arenoso y estentóreo, el monstruo encendió a varios de sus familiares. Thäl deseaba que el fuego llegara hasta él también. Así es como debía irse un mercenario: en llamas. Arder, no desvanecerse.
Con los pies afirmados con fuerza en el suelo, uno perpendicular al otro, en una pose de poder y resistencia y con cada daga de pedernal dentro de un puño, con el filo hacia abajo, una pegada al rostro y la otra en el extremo del brazo extendido, Thäl esperaba el final.
Entonces una enorme mano en el extremo de un brazo cubierto de vello rojizo, lo tomó del cuello y lo arrastró fuera del País sin muerte.
XXXIX
El hacha de Svednt el Gran Rojo goteaba sangre mientras, con una mano sobre el hombro del guerrero débil y herido que acababa de rescatar, le preguntaba cómo se sentía.
-¿Qué pasó? La barrera estaba cerrada. Lo comprobé. ¿Cómo pudiste sacarme de allí?
-Pagando el precio – respondió el hombretón, señalando el rojo que teñía la hoja de su arma. Luego proyectó su voz hacia la caravana detrás de él gritando: -¡Alto!
Sus hombres detuvieron entonces la masacre que habían llevado a cabo en segundos, sin discriminar entre esclavos y soldados, entre mujeres y hombres, porque no tenían tiempo para hacerlo.
-Pero ahora… la apertura… alguien tiene que entrar para cerrarla.
-No. Nadie va a entrar para quedarse de ese lado. Nadie va a cerrar nada.
-P-p-pero… las criaturas… los monstruos…
-No son tan estúpidos como para salir. Hace milenios que están allí adentro, y lo que sea que les garantice su inmortalidad no funciona aquí afuera en el mundo corriente. Si se les ocurriera salir quedarían reducidos a un montículo de polvo y ceniza en pocos instantes.
-¿Y si alguien pretende entrar?
-No nos preocupamos por los imbéciles. Preocuparte por los imbéciles hará que te maten antes de tiempo.
Thäl miró hacia el País sin muerte, donde el incendio que su espada había causado se iba aplacando con lentitud. Cerca del paso entre una realidad y otra Robur lo observaba con expresión indiscernible. Su piel arrugada y pálida parecía la de un cadáver desecado en sal. Miró a los mercenarios durante unos segundos para luego dar media vuelta e internarse en su hogar recobrado.
-Él podría salir y vivir todavía un tiempo de este lado.
-Ya no le quedan esclavos y vamos a llevarnos todas sus riquezas. Ese tipo de gente no puede vivir después de haberlo perdido todo. No por primera vez. Las personas aprendemos a recuperarnos de cualquier cosa pero de a poco, con pequeñas pérdidas y fracasos que van creciendo y haciéndonos más resistente para enfrentar los que vendrían. No, él no va a salir.
Svendt le dio a Thäl dos palmadas en el brazo y comenzó a alejarse.
-La bruja te manda saludos – dijo, volteando la cabeza -. No pudo estar aquí porque tiene asuntos que atender, pero me encargó salvarte. Dice que te necesitaremos, que es importante preservar tu vida. Por ahora.
Thäl lo miró sin comprender.
-¿Creías que eras el único al que ayudaba la bruja? Muchos hemos estado al borde de la muerte y despertado en su choza viajera. Creo que nos busca por algún motivo. No está formando un ejército porque no somos tantos, pero necesita guerreros. No nos dirá nada mientras no llegue el momento de saberlo porque le gusta ser misteriosa. Como ahora: todo lo que te expliqué acerca del muro invisible y los monstruos del otro lado son sus palabras.
-Entonces… ésto… ¿quedará así?
-Quedará así. Hasta que cambie.
Thäl no supo qué contestar.
-¡Ah! La bruja también dijo que si ya lograste averiguar qué puede hacer tu pieza de metal supremo no te será difícil abrir la caja que recuperaste del rey Regulus de Nemiria. Allí están las herramientas que te faltan para alcanzar todo tu potencial, para ser realmente quien debes ser.
-Gracias, Svendt el Gran Rojo. Espero que nos veamos pronto.
-Seguramente así será, Thäl de la Cúpula de metal.
-Nadie me llamó así nunca antes.
-En algún momento había que comenzar.
Los protectores del Bosque Susurrante regresaron a sus tierras mientras Thäl buscaba su caballo atravesando la tierra enrojecida. Si su supervivencia merecía tal derramamiento de sangre, la labor que le deparaba el futuro previsto por la bruja Ía debía ser de suprema importancia. Montó su corcel, cuyas alforjas los hombres de Svendt habían cargado de oro, y se dirigió hacia el poblado de los hombres de piel verde. Ya no le debían nada, si cuidaban de él hasta que recobrara la fuerza que todas sus heridas le habían drenado, sería sólo por compasión o por conveniencia.
Así fue. Curaron sus heridas y restauraron su vigor con alimentos y pócimas por un precio. Rechazaron el oro que Thäl les ofreció y pidieron otro tipo de pago. El mercenario debería pagar su deuda poniendo en riesgo su salud recién recobrada, y su vida, buscando para ellos un reino subterráneo donde pudieran huir del cambiante mundo de la superficie. Pero esa es otra historia.
FIN
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