jueves, 17 de febrero de 2022

Thäl en el país sin muerte - Quinta y última parte


 Ilustración CFC

 

XXXII

Caminaron por la ladera del cerro sin acercarse al valle, sino que iban cambiando el ángulo desde el cual lo observaban. El espectáculo era desagradable pero al mismo tiempo hipnótico. El mundo estaba lleno de monstruos y animales humanoides pero en todos los casos eran armónicos, se veían tal como habían sido creados, con toda la belleza y la elegancia que tiene cualquier animal o planta cuyo exterior sigue las reglas de la naturaleza. Estos entes, que en algún momento supieron ser personas eran ahora otra cosa. Las intervenciones sobre sus cuerpos despreciaban cualquier idea de simetría orgánica.

Era obvio que habían utilizado la magia o conocimientos avanzados del funcionamiento del cuerpo y de las fuerzas físicas del cosmos, porque muchas de las modificaciones que presentaban involucraban materiales inertes, incompatibles con la vida.

En medio del valle, vieron a un ser sin piernas volando con alas injertadas en su espalda. Las grandes extremidades de ave conservaban algunas de sus plumas originales reemplazadas en algunos tramos por hojas de árboles y pequeños huesos. Un poco más cerca, en medio de un grupo compacto, brillaba la cabeza de un ser que, dentro de una corona de piedra cerrada como una lágrima gris tenía una bola de fuego que ardía eternamente y que de vez en cuando alimentaba con ramas o pedazos arrancados de sus propias uñas. Sobre esa luz flotaba un cuerpo femenino cortado a la altura de la cintura, con intestinos anudados colgando sobre un óvalo bruñido que despedía relámpagos con cada movimiento. Más allá un cuerpo flaco y rojo sin rostro movía su voluminosa cabeza, atravesada en diagonal, de arriba a abajo, por dos barras de metal en forma de una cruz acostada. La más alta de la figuras era de color negro, tenía una calavera de animal sobre el rostro y estaba cubierta por una túnica leve que parecía hecha de cabellos oscuros; una de sus manos, anormalmente larga, terminaba en una hoz de hueso.

-Bien. Te dejo con tus familiares. Espero que se entiendan bien.

-Seguramente. Y si no es así, tenemos la eternidad para llegar a conocernos.

-¿Por qué me hiciste entrar? ¿Para que no pudiera matarte por no darme mi pago?

-No exactamente. Verás: lo único que no puede morir en este lugar es mi gente. La inmortalidad es mi derecho de nacimiento, como ya te lo dije. Pero no el tuyo. Y la barrera es también a su manera un comerciante que se comporta diferente dependiendo de qué lado estás. Por fuera, para abrir un acceso, es como esa gente que sólo quiere cantidad, obtener muchas chucherías a bajo precio. Pero aquí dentro, para cerrarla de nuevo, es un potentado con gusto por las exquisiteces. No requiere mucha sangre, a granel, sin tener en cuenta su calidad, sino la sangre de un solo hombre notable.

Thäl llevó instintivamente sus manos a los cuchillos de pedernal en su cintura, las únicas armas con las que había penetrado en el País sin muerte, mientras las sombras que lo cubrían por segundos raudamente y los gritos agudos de gargantas con cuerdas vocales atrofiadas por la falta de uso, le revelaron que varios entes sobrevolaban su posición.


XXXIII

Los seres alados que se lazaban por turnos sobre Thäl habían sentido su presencia apenas cruzó el muro que separaba esa zona del resto del orbe. Sabían que algo vivo había llegado. El aura de una existencia mortal impregnaba el aire pero tardaron un tiempo en encontrar su ubicación exacta. Fueron los entes sin vista quienes pudieron localizarlo a través del oído y el olfato, potenciados en alcance e identificación de matices ínfimos con el paso de los años, las décadas, los siglos. En todo ese tiempo habían acabado con cada ser vivo en sus tierras que no fuera parte de su familia ni su raza. Entonces había comenzado el hambre constante, insoslayable, eterna. El gusto de la carne aún caliente y del alma sorprendida de su propia muerte era un recuerdo inasible de tan lejano.

Lo primero que hizo Thäl antes de buscar un lugar apto para la defensa y el ataque fue enterrar un cuchillo en el cuello de mercader y amo de esclavos. La piedra afilada penetró la piel y la arteria con un silbido húmedo y, mientras el mercenario corría buscando una posición elevada pero guarecida, Robur dejaba fluir su sangre como una fuente riendo, sin perder una pizca de su fuerza vital.

-¡Hermanas! ¡Primos! ¡Familia mía! ¡Estoy de regreso! - gritaba a los cuatro vientos.

Las arpías medio humanas blandían en su mayoría armas de piedra y madera salvo una, que sostenía una espada herrumbrada en una de sus tres manos. Thäl no podía atacarla directamente porque volaba fuera del alcance de sus saltos y no podía arriesgarse a arrojar un cuchillo a esa distancia. Corrió hacia una roca alta, saltó y se aferró al ala de la criatura más cercana. Escaló por su costado enterrando un cuchillo a la vez y ascendiendo. En pocos movimientos estuvo sobre su espalda, entre las alas que habían pertenecido a otro cuerpo y, mientras se preparaba para asestarle un golpe en la cabeza sin ojos, el híbrido se sacudió con furia intentando librarse de la carga indeseada. A punto de caer, Thäl se acercaba y alejaba del cuerpo del monstruo hasta que en uno de los vaivenes su cabeza golpeó contra el cuello largo y flaco y un grito de dolor agitó la boca del engendro.

La cabeza de la arpía se volteó dando dentelladas, tratando de arrancarse a Thäl de la espalda. Él no entendía qué pasaba, qué podía haberle provocado semejante dolor a un ser al que no le había afectado en lo más mínimo las repetidas heridas infligidas por filos de piedra penetrantes. Mientras el cuello giraba de un lado a otro como el de un perro enloquecido, Thäl vio una pequeña marca negra rectangular de la que emanaba olor a carne quemada y un poco de humo casi imperceptible. La forma y el tamaño coincidían a la perfección con las del pendiente que había encontrado poco tiempo atrás, una de las dos reliquias recuperadas de sus primeros años de vida en la Cúpula de metal.

Con un crujido, la mandíbula de la irritada montura alada se separó del resto del cráneo y se precipitó al vacío.


XXXIV

Manteniéndose aferrado al cuello de la arpía con el otro brazo, Thäl arrancó el pendiente de su oreja y lo apoyó con fuerza sobre la frente lampiña y esférica del monstruo. La cabeza ardió al instante y ambos comenzaron a caer en picada hacia las rocas de la ladera. Thäl no quiso abandonar su posición sobre la aullante masa de fuego para asegurarse de que se estrellaría como debía en lugar de reiniciar el vuelo y huir. Parte de su cuerpo se quemó, sobre todo el brazo que sostenía el trozo rectangular de metal, negro como la sombra de una sombra, sin que dejara salir más que un ahogado ruido gutural de su boca cerrada.

Las rocas recibieron el cuerpo centenario con aspereza, separándolo en varias partes que se diseminaron a varios metros de distancia. Thäl agregó su peso a la caída hasta el mismo segundo de tocar tierra, entonces rodó hacia un costado, sumando moretones y raspaduras sangrantes al ardor de sus quemaduras.

El cuerpo de la arpía, sin embargo, revelaba en sus movimientos que la vida no se había apartado de ellos. Quemada hasta el punto de no ser más que huesos marrones y malolientes, la criatura seguía viva. Pero al menos ahora Thäl sabía como lastimarlas.


XXXV

El resto fue como una tormenta. No podía detenerse ni siquiera para respirar hondo. Utilizaba el segundo posterior inmediato a que un monstruo se incinerara para identificar el siguiente blanco: el más cercano, el más solitario y alejado de otros que pudieran ayudarlo, el más vulnerable, el que presentaba en su cuerpo el lugar más amplio donde atacarlo con el adorno corporal que era para él un recuerdo de su raza y su familia y ahora se había convertido en su única arma.

Tenía a su favor que los monstruos humanoides era lentos y pesados. Quien vive en estado de eternidad no suele conocer la prisa. Pero además sus cuerpos viejos, anémicos, secos y ruidosos, sin lubricación en las articulaciones, ni en los ojos, ni en las gargantas, no los hacían precisamente una máquina de guerra bien aceitada.

Thäl debía acercarse demasiado a los seres para poder apoyar el trozo de metal negro sobre sus pieles y que el contacto desatara las llamas. Casi todos tenían en común que el paso del tiempo había convertido sus uñas en largas piezas filosas de hueso, como garras, agujas o dagas, dependiendo del caso. Después de luchar contra una docena de criaturas, Thäl sangraba profusamente de varias heridas paralelas a lo largo de todo su cuerpo.

Se preguntó si esa cantidad de sangre había cubierto la cuota que Robur buscaba de él, si ya se encontraba irremisiblemente encerrado de ese lado de la barrera invisible sin ninguna posibilidad de salir más que otro holocausto masivo de inocentes o si cerrar la apertura requería que toda su sangre fuera derramada acabando con su vida.


XXXVI

Los seres una vez humanos y ahora transformados en otra cosa no cesaban de venir. Algunos tras haber captado el aroma de la vida, otros guiados por el alboroto de la batalla o el fuego que reducía a pedazos chamuscados a sus primos, tíos y hermanos. El crujido de huesos secos avanzando tenía algo de vegetal, de troncos muertos rodando con fiereza unos sobre otros.

El ser alado con tres brazos que blandía una espada, al que Thäl había visto antes, por fin decidió atacarlo. Se precipitó raudo hacia los resoplidos cansados con los que el hombre intentaba llenar su pulmones y que delataban su posición frente a esa jauría ciega que poblaba los aires. Thäl presintió el ataque y se ubicó entre dos rocas altas, que dejaban entre ellas una abertura por la que podría tal vez pasar un niño escuálido, y exageró cada vez más su respiración ya de por sí sonora y esforzada. Aunque los seres inmortales tenían alas no compartían ninguna otra característica con los murciélagos, no podían utilizar el eco para averiguar qué obstruía su camino, por lo que el ataque acabó con la criatura chocando contra las rocas y su mano armada saliendo por el espacio vacío entre ambas. Thäl quebró el brazo fibroso con un movimiento certero, cansado, rabioso, y tomó la espada herrumbrada de entre los dedos huesudos que aún se resistían con toda sus fuerzas.

La espada era vieja, de un material que no podría identificar bajo el óxido y el sarro, pero por el peso y el sonido al caer supo que indudablemente era de metal.

Como un hombre que ha vivido casi toda su vida al arbitrio de sus corazonadas, unió sus palmas y lo que tenía en ellas para ver qué sucedía. O porque sabía que algo iba a suceder. O ambas cosas a la vez. En una mano sostenía el filo de la espada y en la otra su pendiente de metal negro. Sin aspavientos, sin rayos, brumas, ruidos apocalípticos y demás exageraciones de magos o hechiceros, se obró la transmutación. Los signos de la edad y la corrupción cayeron desde la hoja que ahora se veía nueva, afilada, sólida y del negro más absoluto que pueda conjurar la imaginación.

Así averiguó que tal como las piedras y los cristales, los metales también podían hablar entre ellos en su propio lenguaje, transmitir información, tejer sus alianzas. Y que el metal del que estaba compuesto su pendiente no sólo hablaba con las demás materias similares: podía ordenarles qué hacer sin que ellas tuvieran la posibilidad de desobedecerle. Era el metal definitivo. El metal de los metales.


XXXVII

Lo primero que busca la mayoría de los animales es sobrevivir. No es el caso de los seres humanos. Lo primero que busca un ser humano es entender qué está pasando. Thäl sabía que las respuestas estaba afuera de ese País sin muerte, de ese territorio separado del resto del mundo y posiblemente regido por otras leyes naturales, si es que la naturaleza tenía leyes. También sabía que allí dentro no tenía posibilidad de sobrevivir porque las criaturas no dejarían de venir contra él y, aunque las quemara y destrozara a todas, sólo sería cuestión de tiempo para que se reconstruyeran. No sabía cuánto tiempo pero tampoco importaba. Por lo tanto la búsqueda de respuestas y la necesidad de sobrevivir convivían en él y eso lo hacía imparable, lo focalizaba de manera absoluta.

Volvió sobre sus pasos hacia el lugar por el que había entrado junto al mercader esclavista. No sabía si podría cruzar hacia el otro lado, hacia la caravana diezmada, pero era lo más inteligente que podía intentar en las actuales circunstancias. En su camino se atravesaban monstruos raquíticos con piedras en lugar de ojos o pedazos de hueso amarillo saliendo de su frente como una corona impía. Garras quitinosas del tamaño de un brazo pretendían rebanar, trocear sus miembros, impedirle correr o blandir la espada. Pero nada pudo detenerlo, sin siquiera demorarlo en demasía. Pasaba a través de los obstáculos cortando los cuerpos en dos con su nueva espada. El filo era exquisito y tu temple inigualable. Thäl pensó que con dos espadas de ese tenor no habría ejército que le opusiera resistencia. Ningún ejército cuyos soldados tuviesen la capacidad de morir, claro.

Recorrió la distancia hasta el punto de ingreso en pocos minutos y pronto pudo ver del otro lado la carpas, los caballos, los centinelas de la caravana. Había dos posibilidades: o la barrera seguía abierta y lo dejaba salir sin complicaciones, o debería deducir la manera de escapar en pocos segundos, si es que esa manera existía. En los últimos metros aceleró como un poseso y saltó con todas sus fuerzas cuando creyó alcanzar el lugar preciso por el que habría entrado.

Cayó al suelo, sobre un costado, después de rebotar rudamente contra el muro invisible.

Pero el arma que llevaba en la mano al momento del impacto quedó allí, suspendida. Cualquier persona que no supiese lo que sucedía podía suponer que la espada estaba clavada en medio del aire.


XXXVIII

Tirando con ambas manos y apoyando un pie en el vacío sólido para hacer fuerza, logró librar la espada de su aprisionamiento. Detrás suyo resonaban pasos de una multitud de cuerpos, más lentos que aquellos contra los que había combatido, pero también más voluminosos. El de mayor tamaño avanzaba sin prisa, tal vez disfrutando la anticipación, con su rostro cubierto por una calavera astada y una guadaña de hueso en la mano. Thäl no pudo evitar detenerse un segundo para observarlo porque su manera de caminar llamaba la atención a la distancia. No tenía una sino tres articulaciones en cada pierna y en cada brazo: tres rodillas y tres codos. Por ese motivo era considerablemente más alto que los demás y sus brazos se extendían alcanzando distancias inusitadas para cualquier ser humano. Cada una de sus piernas tenía tres muslos, el que le pertenecía originalmente y otros dos, obtenidos muchísimo tiempo atrás de personas o animales e injertados en su cuerpo por algún medio que Thäl no podía siquiera comenzar a imaginar. Los pasos resultantes de esa triple articulación se parecían a los de una araña, y el cuerpo vacilaba en cada avance hacia atrás y hacia los costados como describiendo un círculo, en un andar alucinado, envolvente y en un tiempo ralentizado, anunciando una caída que nunca se terminaba de producir.

A Thäl se le hacía difícil sostener con firmeza su oscura espada porque tenía las manos, al igual que el resto del cuerpo, cubiertas de sangre. Toda la sangre era suya dado que las venas secas y vacías de las criaturas derramaban gotas coaguladas y hediondas o colonias de pequeños gusanos que apenas sobrevivían en esos restos no del todo vivos y no del todo muertos.

Ahora que todos los monstruos sabían hacia donde dirigirse, Thäl era el centro de un círculo que se iba reduciendo con cada paso. Lo rodeaban acercándose desde cada dirección. Con la punta de su arma proyectada hacia adelante, estaba literalmente entre la espada y la pared invisible.

Reflexionar acerca de la muerte era algo que no solía permitirse. La muerte era una seguridad y no se cuestiona el cómo ni el cuándo ni el por qué de las seguridades. Sólo se las espera, con ansia o con resignación dependiendo de su naturaleza positiva o negativa.

A la escasa distancia que las criaturas más cercanas le dejaban libre, la mejor opción del hombre acorralado era luchar con sus armas cortas, con sus dos puñales de pedernal. ¿Qué hacer con su nueva espada entonces? Simplemente tirarla al piso parecía indigno de su utilidad, del buen servicio que le había prestado en el poco tiempo que la tuvo en sus manos. Decidió despedirse de ella con un golpe final o, en propiedad, con un vuelo final. La arrojó entonces, con ambas manos y toda la fuerza de sus dos brazos, hacia la cabeza oculta de la imponente criatura de largos miembros. El filo partió la calavera que fungía como su máscara y se hundió en el rostro que nadie pudo ver porque al instante estuvo poblado de llamas. Al caer al suelo sacudiéndose en un grito arenoso y estentóreo, el monstruo encendió a varios de sus familiares. Thäl deseaba que el fuego llegara hasta él también. Así es como debía irse un mercenario: en llamas. Arder, no desvanecerse.

Con los pies afirmados con fuerza en el suelo, uno perpendicular al otro, en una pose de poder y resistencia y con cada daga de pedernal dentro de un puño, con el filo hacia abajo, una pegada al rostro y la otra en el extremo del brazo extendido, Thäl esperaba el final.

Entonces una enorme mano en el extremo de un brazo cubierto de vello rojizo, lo tomó del cuello y lo arrastró fuera del País sin muerte.


XXXIX

El hacha de Svednt el Gran Rojo goteaba sangre mientras, con una mano sobre el hombro del guerrero débil y herido que acababa de rescatar, le preguntaba cómo se sentía.

-¿Qué pasó? La barrera estaba cerrada. Lo comprobé. ¿Cómo pudiste sacarme de allí?

-Pagando el precio – respondió el hombretón, señalando el rojo que teñía la hoja de su arma. Luego proyectó su voz hacia la caravana detrás de él gritando: -¡Alto!

Sus hombres detuvieron entonces la masacre que habían llevado a cabo en segundos, sin discriminar entre esclavos y soldados, entre mujeres y hombres, porque no tenían tiempo para hacerlo.

-Pero ahora… la apertura… alguien tiene que entrar para cerrarla.

-No. Nadie va a entrar para quedarse de ese lado. Nadie va a cerrar nada.

-P-p-pero… las criaturas… los monstruos…

-No son tan estúpidos como para salir. Hace milenios que están allí adentro, y lo que sea que les garantice su inmortalidad no funciona aquí afuera en el mundo corriente. Si se les ocurriera salir quedarían reducidos a un montículo de polvo y ceniza en pocos instantes.

-¿Y si alguien pretende entrar?

-No nos preocupamos por los imbéciles. Preocuparte por los imbéciles hará que te maten antes de tiempo.

Thäl miró hacia el País sin muerte, donde el incendio que su espada había causado se iba aplacando con lentitud. Cerca del paso entre una realidad y otra Robur lo observaba con expresión indiscernible. Su piel arrugada y pálida parecía la de un cadáver desecado en sal. Miró a los mercenarios durante unos segundos para luego dar media vuelta e internarse en su hogar recobrado.

-Él podría salir y vivir todavía un tiempo de este lado.

-Ya no le quedan esclavos y vamos a llevarnos todas sus riquezas. Ese tipo de gente no puede vivir después de haberlo perdido todo. No por primera vez. Las personas aprendemos a recuperarnos de cualquier cosa pero de a poco, con pequeñas pérdidas y fracasos que van creciendo y haciéndonos más resistente para enfrentar los que vendrían. No, él no va a salir.

Svendt le dio a Thäl dos palmadas en el brazo y comenzó a alejarse.

-La bruja te manda saludos – dijo, volteando la cabeza -. No pudo estar aquí porque tiene asuntos que atender, pero me encargó salvarte. Dice que te necesitaremos, que es importante preservar tu vida. Por ahora.

Thäl lo miró sin comprender.

-¿Creías que eras el único al que ayudaba la bruja? Muchos hemos estado al borde de la muerte y despertado en su choza viajera. Creo que nos busca por algún motivo. No está formando un ejército porque no somos tantos, pero necesita guerreros. No nos dirá nada mientras no llegue el momento de saberlo porque le gusta ser misteriosa. Como ahora: todo lo que te expliqué acerca del muro invisible y los monstruos del otro lado son sus palabras.

-Entonces… ésto… ¿quedará así?

-Quedará así. Hasta que cambie.

Thäl no supo qué contestar.

-¡Ah! La bruja también dijo que si ya lograste averiguar qué puede hacer tu pieza de metal supremo no te será difícil abrir la caja que recuperaste del rey Regulus de Nemiria. Allí están las herramientas que te faltan para alcanzar todo tu potencial, para ser realmente quien debes ser.

-Gracias, Svendt el Gran Rojo. Espero que nos veamos pronto.

-Seguramente así será, Thäl de la Cúpula de metal.

-Nadie me llamó así nunca antes.

-En algún momento había que comenzar.

Los protectores del Bosque Susurrante regresaron a sus tierras mientras Thäl buscaba su caballo atravesando la tierra enrojecida. Si su supervivencia merecía tal derramamiento de sangre, la labor que le deparaba el futuro previsto por la bruja Ía debía ser de suprema importancia. Montó su corcel, cuyas alforjas los hombres de Svendt habían cargado de oro, y se dirigió hacia el poblado de los hombres de piel verde. Ya no le debían nada, si cuidaban de él hasta que recobrara la fuerza que todas sus heridas le habían drenado, sería sólo por compasión o por conveniencia.

Así fue. Curaron sus heridas y restauraron su vigor con alimentos y pócimas por un precio. Rechazaron el oro que Thäl les ofreció y pidieron otro tipo de pago. El mercenario debería pagar su deuda poniendo en riesgo su salud recién recobrada, y su vida, buscando para ellos un reino subterráneo donde pudieran huir del cambiante mundo de la superficie. Pero esa es otra historia.



FIN


sábado, 5 de febrero de 2022

Thäl y el país sin muerte - Cuarta Parte

Ilustración CFC


 

XXVI

Al atardecer el día siguiente Thäl regresó pero algo en su rostro, en la altura de sus hombros y en su forma de caminar, revelaban no sólo nuevas heridas sino un envejecimiento que no condecía con su escaso tiempo de ausencia. Algún día se contará lo que sucedió en esas horas, que para él fueron años, pero no es algo que nos incumba en esta historia.

La tribu de hombres de piel verde había autorizado el paso de la caravana con instrucciones estrictas. Sólo pisarían una franja de su territorio y lo recorrerían de noche. El tramo inicial fue demarcado por Thäl con estacas de madera hasta que llegaron al lugar en que comenzaban las marcas que los propios dueños de esas tierras habían establecido desde hacía mucho tiempo: enormes huesos de animales gigantes ya extintos, plumas más altas que un hombre ya reducidas casi al raquis desnudo, piedras que ningún ser humano normal podría mover, ramas secas de árboles que no estaban cubiertas por corteza sino por piel seca y demás elementos que seguirían siendo extraños aunque no se los encontrara en el medio de un desierto casi sin vida.

Las llamas de las antorchas que iluminaban el camino parecían verse reflejadas a media distancia en ojos totalmente circulares y había una sensación generalizada de acechanza en medio de un silencio absoluto que no era roto más que por el sonido de los pasos de hombres y bestias al avanzar. El hecho de que estaban siendo seguidos de cerca era incuestionable. Apenas un miembro de la caravana, por el estúpido motivo que fuera, ponía un pie fuera del sendero trazado, una flecha hecha de costillas de las grandes serpientes subterráneas de Azkahar le atravesaba el pecho o entraba por uno de sus ojos. Si el cuerpo caía dentro de los límites acordados, se caminaba sobre él hasta reducirlo a pulpa sanguinolenta. Si caía fuera, el viento lo arrastraba o lo cubría de arena en segundos.

Una vez atravesadas las tierras de los hombres de piel verde, Robur vio a lo lejos un brillo violeta que reconoció como el efecto peculiar que la luz producía dentro de su suelo natal, ya que se trataba de un territorio que no obedecía las leyes naturales del resto del orbe. Quiso ir hasta allí de inmediato pero al llamar a Thäl para planear con él la ruta le fue informado que el hombre dormía.

Durmió los siguientes dos días sin recuperar la conciencia ni siquiera para comer. Cuando finalmente despertó se dirigió al esclavista diciendo:

-Muy bien. Terminemos con esto de una buena vez.


XXVII

Thäl y Robur avanzaron juntos aunque el mercenario, tal vez de manera inconsciente, adelantaba siempre por un paso a su benefactor. Detrás de ellos iba el pequeño grupo de guardias, el grupo un poco más numeroso de trabajadores libres y el grueso de la caravana, compuesto por esclavos de los lugares más variopintos del orbe.

Tímidamente, como un anciano que comienza a reprender a los jóvenes a su cargo sin mucha vehemencia, el suelo frente a ellos dejaba surgir partes de esqueletos, cráneos, mandíbulas, armas rotas y oxidadas, grandes manchas rojas que coloreaban la piedra. Pero a medida que se acercaban a lo que Robur identificó como los límites de su lugar de nacimiento, la tierra alzaba el tono de la amenaza que pretendía disuadirlos y la presencia de cadáveres antiguos, ya casi transformados en una sola masa de huesos fundida y petrificada, aumentaban hasta alcanzar el tamaño de pequeños montes.

A medida que se acortaba la distancia con el lugar por el que Robur aseguraba poder entrar, una presión creciente dentro de la cabeza de Thäl le indicaba que tal vez fuera buena idea reconvenir su actual curso de acción. No era exactamente magia lo que había en los límites ni lo que había del otro lado pero todavía no había otra forma de llamarlo y, si la había, muy pocas personas en el orbe la conocían y podían explicar la diferencia.

Los pasos de Thäl lo llevaron hasta un punto en el que el dolor en su cerebro se volvió insoportable, por lo que cerró los ojos como un reflejo de defensa y trastabilló. Mientras caía de rodillas sin ver, sintió que su mano aferraba una roca de perfecta lisura que le daba el punto de apoyo necesario para impedir caer de bruces. El malestar no cejó, pero el hombre se forzó a abrir los ojos y mirar lo que había frente a él, identificar eso que, aún sin cuerpo, sin materialidad, era claramente un peligro. Pero no vio nada. Su mano no se apoyaba en una roca sino en el aire, un aire macizo, resistente e impenetrable.


XXVIII

Thäl apoyó la otra mano en la pared invisible de lo que tal vez fuera un cubo, tal vez un domo, tal vez un cuerpo sin forma definida, no podía saberlo. En contra de cualquier instinto de conservación, acercó su frente a la barrera. Con cada milímetro el dolor crecía pero estaba convencido de que tocando con la cabeza lo que hubiera ahí podría hacer algún tipo de contacto mental y averiguar qué estaba pasando o que había del otro lado. Lo guiaba la identificación natural que hacemos entre la mente y el cerebro, que tal vez sea tan falsa como la identificación natural que hacemos entre el corazón y los sentimientos. Pero no pudo lograrlo. El umbral de dolor de los hombres más curtidos y fuertes es muy alto pero no desaparece en la infinidad del cielo detrás de las nubes como las moradas de los dioses, en algún momento se lo alcanza y no hay forma de sustraerse a sus efectos.

Se alejó del lugar como repelido por la cuerda tensada de un arco gigantesco y, al llegar a una distancia prudencial, se dejó caer sobre una rodilla para recuperarse, en una posición relativamente heroica que no lo dejara en ridículo frente a sus eventuales espectadores.

Cuando se hubo recuperado lo suficiente, se acercó a su caballo y extrajo de las alforjas un trozo de espejo que Frélix, su joven y hechicero amigo, le había obsequiado para poder comunicarse con él en momento desesperados. Éste tal vez aún no lo era pero un claro presentimiento le indicaba que pronto lo sería. Y en casos así, asaltado por semejante claridad, sin ninguna prueba pero sin ninguna duda, era mejor adelantarse a los hechos.

Se alejó caminando lo más dignamente posible, concentrado en no tambalearse ni caer, hasta perder de vista a los hombres más cercanos a la barrera invisible. Cuando se aseguró de ya no ser visto tomó el cristal entre las manos, pronunció las palabras que Frélix le había hecho memorizar y después de unos segundos pudo ver en la superficie pulida la imagen de su amigo, un poco como un reflejo, un poco como un dibujo con movimiento, un poco como un fantasma.

-¡¿Dónde estás?! - fue lo primero que escuchó Thäl decir, gritar, a la imagen -¡¿Qué lugar es ese?!

-Estoy en una fosa a cielo abierto más allá del desierto de Azkahar.

-Por el color del aura de las rocas, por el color del propio aire, puedo ver que es un lugar maligno. Solamente por estar ahí parado debés estar acortando tu lapso de vida en semanas, tal vez meses. Ese lugar come vida. Sal de ahí en este momento.

-Podría, pero…

-No me importa si tienes un contrato, no vas a vivir para cobrarlo. ¿Por qué perseguiste a alguien hasta ese lugar?

-No estoy persiguiendo. Estoy guiando a un comerciante rico y sus sirvientes.

-¿Encontraron una barrera?

-Sí, invisible.

-¿Y este comerciante quiere pasar al otro lado?

-Sí, esa es su intención.

-¿Y a cuántas víctimas llevó para el sacrificio? ¿Cómo hicieron para mover a tantas personas en contra de su voluntad? Necesitarían a un ejército de carceleros, una decena de batallones, como mínimo.

-No trajo a ninguna víctima, solo trajo a sus…

Thäl abrió los ojos y aguzó el oído. En los instantes en que ningún otro sonido interfería podía escuchar el silbido de múltiples filos abriendo tajos perfectos cada uno en una garganta.


XXIX

La rebelión era un secreto tan mal guardado que la persona contra quien los esclavos planeaban rebelarse se enteró al mismo tiempo que ellos. Elkatun, el esclavo tuerto que había perdido un ojo a manos de Thäl, había sido el instigador. Hijo de un mercader enemigo llevado a la ruina por Robur, nunca dejó de odiar a su amo aunque conoció a su padre sólo por las historias que su madre, quien lo acompañó hasta su primera juventud, no se cansaba de contarle, historias acerca de tiempos en los que eran felices y nada les faltaba que sólo podían provocar tristeza o ira en un niño privado del destino trazado por sus padres y de los deleites de una vida libre. Elkatun se había inclinado decididamente por la segunda opción.

Llevaba meses persuadiendo a los demás esclavos de que la superioridad numérica podría contra la fuerza, destreza y ferocidad de los guardias del amo y que, aunque muchos murieran, la misma sangre derramada por ellos terminaría por ahogar a sus asesinos.

Su error fue no prever que, mientras lograba convencer y entusiasmar a la mitad de los compañeros de penurias con los que hablaba, la otra mitad corría directo a la carpa de Robur para delatarlo.

No estaba en el carácter del comerciante deshacerse de algo que pudiera serle de utilidad en el futuro. Se mantuvo al tanto de las confabulaciones esperando que el momento en que los conjurados lo obligaran a matarlos no llegara demasiado pronto porque necesitaría un masivo sacrificio, un río de sangre aún tibia, para pagar el precio de entrada a su tierra natal. Sangre que sus esclavos transportaban dentro de sus cuerpos.

Después de intentar ganar el apoyo de Thäl y habiéndose recuperado de sus heridas, Elkatun estableció como inicio de la rebelión la llegada a las tierras originarias del amo. Si tanto deseaba regresar allí, ese lugar debía ser un paraíso y una vez libres ellos podrían reclamar el paraíso para sí. Lo merecían y si algo o alguien en el mundo contabilizaba las penas y la felicidad y hacía lo posible por equilibrarlas, ese algo o alguien lo sabía.

Por supuesto, no era así.

La revolución no pudo siquiera comenzar a arder, su llama fue extinguida apenas dejó de ser una chispa. Pero sirvió al amo. Los esclavos que no habían participado, tampoco se interpusieron en el camino de los cuchillos. Algo habían hecho los complotados para merecerlo y observaron inmóviles un castigo que consideraban justo o al menos razonable.

Como corresponde a un artista del sadismo, Robur pretendía conservar a Elkatun ileso hasta que viera morir a todos sus secuaces. Pero sus planes cambiaron cuando Thäl regresó corriendo, ya consciente de lo que estaba sucediendo. La mirada de Thäl se detuvo en el único ojo que quedaba en el joven rostro del esclavo. Después bajó hasta su cuello, que acababa de ser abierto en canal.

No hubo ningún cambio visible pero un olor fétido y penetrante inundó el aire. Muchos vomitaron en el acto. Algunas mujeres se desmayaron. Los caballos que no estaban atados o eran sujetados con fuerza escaparon al galope.

-Se está abriendo la barrera. ¡No se detengan! ¡Hace falta toda la sangre posible! – dijo Robur a los verdugos. Luego, mirando a Thäl, inquirió: - ¿Entramos?


XXX

Caminar hacia el territorio que se extendía detrás de la barrera era como acercarse a los lindes de un matadero, al lugar donde la poca carne que quedaba en los huesos se pudría lentamente al sol. No había olor a muerte, a sangre fresca, sino a lo que venía después, mucho después.

-¡Bienvenido al País sin muerte! Las leyendas cuentan que aquí la vida nunca acaba, ni naturalmente ni de forma violenta. Todo lo que habita este lugar vive por siempre.

Thäl gruñó con los labios apretados. No tenía nada bueno que decir y no era buen momento para decir algo malo.

-Adentrémonos un poco en el terreno. Más allá de los primeros cerros tiene que estar lo que queda de mi familia.

-¿Hace cuánto tiempo dejaste este lugar? ¿Serás capaz de reconocerlos? ¿Y ellos a ti?

-En realidad nunca los vi.

-¿Pero éste no era tu lugar de nacimiento?

-De alguna forma… sí. En realidad es el lugar de donde salieron mis ancestros, generaciones atrás. Y, sabiendo que algún día uno de sus descendientes desearía y sería capaz de volver, legaron detalladas indicaciones, de padre a hijo, hasta llegar a mí.

Otro gruñido de Thäl.

-Ya mi abuelo quería regresar pero no tenía los medios para hacerlo. Mi padre se acercó, pero poseía apenas el material necesario para lograr la apertura de la brecha, nada más. ¿Y si las historias no eran ciertas? ¿Y si se había perdido algún detalle y el sacrificio no funcionaba? Entonces, después de desperdiciar todo su capital, se habría quedado sin nada y hubiera debido comenzar de nuevo desde cero. No es un curso de acción inteligente. Somos mercaderes, no tahúres. Sólo se invierte lo que se puede perder sin caer de rodillas.

-O sea que, durante todo este tiempo la riqueza, el oro, nunca fue su verdadera finalidad.

-No. Eso queda para las líneas de sangre sin visión de futuro. El oro es sólo un medio para un fin. La cantidad de personas que puedas sacrificar para conseguir tus objetivos, ese es el verdadero poder, la verdadera riqueza.

Thäl caminaba mirando las piedras del suelo que se derruían a cada paso, terrosas y débiles, su rostro cada vez más rígido por la ira creciente y el mal olor. Hasta que llegaron a la cima del pequeño cerro y debió tapar su nariz. El olor era enfermizo, demoníaco.

Debajo, en el valle, seres vagamente humanos se paseaban con lentitud, algunos sobre dos piernas flacas y descarnadas, otros sobre diferente número de extremidades, y otros flotando en el aire con vísceras secas, oscuras, correosas, balanceándose sobre su propia sombra.

-Ellos deben ser mi familia – dijo Robur, complacido.


XXXI

A lo largo de sus años Thäl había presenciado cosas que podían volver loca a una persona poco acostumbrada a ver un cuerpo humano roto, quebrado, descarnado o que hubiera sufrido cualquier tipo de violencia o transformación forzosa e involuntaria. Muchas de esas cosas las había presenciado después de realizarlas él mismo. Aún así, lo que ocurría en el valle del País sin muerte lo dejó horrorizado y sin palabras.

Entendía la violencia, conocía las secuelas de batalla, los resultados de la crueldad, pero en ese lugar no había rastros de violencia. Lo único que había pasado por allí, dejando monstruos y seres simultáneamente menos y más que humanos, era el tiempo.

El País sin muerte no era un país sin envejecimiento, tampoco sin heridas, sin pérdida de órganos o sin decadencia corporal. Lo único que no podía sucederle allí a un ser vivo era lo que su nombre indicaba sin ambigüedades: morir. Todas las demás consecuencias negativas del paso del tiempo sobre el cuerpo, la mente y, de tenerla esos seres grotescos, el alma de una persona, seguían ejerciendo su imperio. Pero también podían ser subsanadas de manera artificial sin que ello llevara a la muerte. Sí a una agonía sin fin. Pero, como todo lo demás en la existencia, la costumbre puede transformar un dolor inicialmente insoportable en una sensación normal que acompaña cada segundo vivido, como transforma cualquier ruido insoportable en un murmullo de fondo apenas perceptible.

Ninguno de los cuerpos exhibía el aspecto esperable en un cuerpo vivo. Sus colores eran tan variados como fuera de la muralla invisible pero no iguales. Algunos, más oscuros, revelaban que bajo su piel la sangre permanecía en forma de amplios moretones coagulados y endurecidos. Otros eran pálidos y blancuzcos, como la piel de las víctimas de monstruos bebedores de sangre.

Avanzaban balanceándose con torpeza porque una de sus extremidades era más corta que la otra, porque tenían múltiples piernas o porque la mitad superior de su cuerpo no guardaba simetría y debía ser equilibrado a cada paso para no caer. También influía el peso: muchos habían reemplazado partes de sus cuerpos con piedras, rocas o metales, lo que provocaba que, a pensar de verse relativamente iguales, una mitad de su torso o cabeza pesara más que la otra.

La comida se había acabados siglos atrás, pero al no poder morir de hambre sólo la sentían a cada segundo. Aquellos que no comían tierra o piedras, lo que de todos modos no los alimentaba en lo más mínimo, dejaban languidecer y adelgazar su cuerpo desnutrido sin llegar nunca a consumirse de forma absoluta porque eso significaría la muerte. Podían perder masa eternamente sin llegar a perderla del todo, sin desaparecer por completo.

Los más pesadillescos eran aquellos que habían perdido toda la humanidad del rostro, reemplazándolo por un trozo de piel, arrancado vaya uno a saber de dónde, cosido a la cara o asegurado con púas de metal o espinas resistentes. A otros sólo les quedaba como vestigio de sus facciones una boca llena de colmillos limados porque los ojos y nariz se habían reventado o esmerilado con los siglos.

-No hay nada honorable en esa vida – pensó Thäl en voz alta.

-Tampoco hay nada honorable en morir – respondió el mercader.