domingo, 30 de enero de 2022

Thäl en el país sin muerte - Tercera parte


 Ilustración de CFC

 

XXI

Con un rápido movimiento Thäl elevó el fragmento de hoja que aún quedaba unido a la empuñadura e intentó descargar golpes contra su enorme y macizo contrincante, pero había perdido mucho alcance y sus estocadas cortas pasaban lejos del cuerpo que buscaba herir. El Gran Rojo reía con toda la boca escupiendo saliva con cada carcajada y casi no utilizaba el hacha, sino que evadía las fintas de la espada rota como se retira el cuerpo, en el último momento, del camino de la mano que pretende tocarlo en un juego infantil.

Thäl no era desde ningún punto de vista un guerrero incompetente, pero tampoco era el mejor guerrero del mundo por mucha diferencia. En ciertas regiones, sí, su nombre resonaba con fuerza y podía inspirar confianza o miedo, dependiendo de la perspectiva del observador: si estaba del lado que pagaba por sus servicios o del lado opuesto. Pero al recorrer los distintos territorios otros nombres competían con su fama. A muchos de ellos los conocía en persona y a otros sólo por referencias. Aunque no faltaba mucho tiempo para que siete de ellos se reunieran, en el largo asedio al castillo de Helgendor, para combatir durante tres interminables noches a los monstruos bebedores de sangre. Pero esa es otra historia.

En esos momentos Thäl, a pesar de su fuerza, agilidad y astucia, era poco más que un molesto mosquito empecinado en aguijonear la pared impenetrable que parecía ser el cuerpo de Svendt el Gran Rojo.

Consciente de la inefectividad de sus ataques anteriores dejó de lado los golpes al cuerpo para intentar herir las piernas del hombretón y así al menos ganar cierta ventaja. Svendt retrocedió unos pasos y enredó su talón en las raíces de un añoso árbol, perdiendo por un segundo el equilibrio. Thäl, entonces, en dos veloces saltos, ascendió a una rama baja y se dejó caer sobre los hombros del Gran Rojo, con una pierna a cada lado del cuello y ambas manos sosteniendo la espada rota, listo para golpear con todas sus fuerzas.



XXII

Svendt elevó su hacha y los filos chocaron justo al lado de su oreja. Un estallido metálico lo dejó sordo unos segundos. El chispazo de fricción podría haber servido para encender un buen fuego si los árboles a su alrededor no hubiesen estado tan verdes y vivos. Se sacó de encima a Thäl realizando los movimientos de un toro al desembarazarse del necio que pretende montarlo. El mercenario cayó al piso, rodó y rebotó en los tallos centenarios para tomar impulso y atacar. También tomaba a los árboles como refugio, cubriéndose tras ellos durante un segundo para luego aparecer desde otro ángulo, intentando sorprender a su enemigo.

En una de esas salidas, saltó con todas sus energías y logró acercarse al Gran Rojo para dibujar una línea de sangre en su frente, justo sobre los ojos. Svendt enfureció y descargó su segundo golpe franco, hendiendo el cuerpo vegetal del último árbol que Thäl había usado como distracción. Él debía cuidar el bosque de cualquier daño y ese corte profundo y aromático, que arrojó al aire el olor de la savia que nunca antes había tenido contacto con el aire, lo entristeció al tiempo que aumentó su furia.

Dándose cuenta de lo que había provocado, Thäl quiso aprovechar la ausencia temporal de raciocinio y atención que conlleva la furia y arrojó su espada rota contra Svendt. El arma giró varias veces hasta acabar incrustada bajo su clavícula. El Gran Rojo blandió la enorme hacha que sostenía en el brazo indemne y golpeó el tallo herido con el contrafilo de la culata. El ruido del árbol partiéndose resonó como una tormenta o el grito de un monstruo doliente. Thäl fue derribado por el peso de un cúmulo de gruesas ramas que lo aprisionaron como una jaula.

Decidido a acabar con la lucha, Svendt descargó un golpe directo a la cabeza de Thäl, quien pudo apenas moverse para evitar el impacto. No cerró los ojos. No se cierra los ojos ante la muerte. Pero desvió la mirada y se sorprendió al escuchar apenas un ruido débil y desconocido. Era metal chocando contra metal, pero de forma suave, orgánica, musical.

Al mirar hacia arriba vio al Gran Rojo de pie sobre él con el cuerpo doblado, congelado en el movimiento final del hachazo. Su rostro expresaba sorpresa.

Thäl comenzó un nuevo movimiento, después de calcular el mejor curso de acción para liberarse. Entonces sintió un tirón en la oreja. Con el rabillo del ojo pudo presentir más que ver, que su pendiente rectangular de metal negro se había pegado al hacha de Svendt, unidos por una fuerza invisible.


XXIII

Dos días tardaron en atravesar el bosque, sin detenerse ni descansar, después de que Svendt el Gran Rojo se los hubiera permitido con una mirada y un movimiento de cabeza. No desperdició un solo momento explicando sus acciones, ni a Thäl ni a los amos de la caravana, y desapareció del campo visual de los viajeros. Robur el esclavista y algunos de sus guardias no pudieron evitar permanecer alertas y creían ver a cada paso señales de que los protectores del colosal espacio verde los seguían y los vigilaban. Thäl sabía que ese no era el caso. Porque, aunque sin dar explicaciones, Svendt sí había dicho algo antes de irse con sus hombres:

-Tienen mi permiso para atravesar el bosque. El bosque mismo, sin embargo, puede tener otras ideas.

En las noches, el mercenario recordaba a Frélix, su amigo hechicero, y la aventura compartida contra otro bosque en un tiempo y lugar distintos, pensaba en las fuerzas que podían tomar posesión del verde para sus propios fines y no quería pasar allí más tiempo del necesario. Recordaba también las historias que el joven practicante de magia le había contado acerca de uno de sus muchos maestros y el ritual que debía preparar cada noche antes de caer dormido porque sabía lo que esperaba más allá de la barrera del sueño y tampoco quería cerrar los ojos hasta no salir del lugar.

Hay una vida vegetal que no entendemos, una consciencia cruel e implacable que no necesitan explicitar sus intenciones, desplegar amenazas ni emitir sonidos de furia para amedrentar. Lleva a cabo sus lentos movimientos de conquista con una paciencia que sólo está al alcance de quienes no tienen expectativas ni hambre de gloria que se interpongan en su propio camino, como suele pasar con las personas.

Thäl avanzó por la espesura tocando de a ratos su pendiente hecho del metal más oscuro posible, preguntándose cuál era el secreto que escondía y su relación con el hacha del Gran Rojo. Había escuchado que las piedras y los cristales de rincones muy alejados del orbe podían hablar entre sí en un idioma que sólo algunos hechiceros y brujas entendían y pensó que a lo mejor entre los recién descubiertos metales podía haber una relación similar. Pero debería esperar para averiguarlo, por lo menos hasta terminar con la misión que lo ocupaba en esos momentos.


XXIV

En el interior del bosque, lleno de ruidos acechantes, la vista se clausuraba a unos pasos de distancia porque los árboles habían crecido sin ser plantados a consciencia y no seguían ningún orden, ninguna línea de planificada, sino que sus tallos se desplegaban en todas direcciones y se superponían hasta tapar el horizonte. Multiplicado por los miles de árboles que poblaban el territorio, la profusión de vida provocaba que dentro del bosque se hiciera una noche no artificial, porque era conformada por la propia naturaleza, pero sí de alguna forma anormal y por ello incómoda.

La caravana había supuesto que al llegar al final de la espesura las cosas mejorarían. También pensaban que la transición entre la tierra totalmente ocupada por vegetales y el desierto al otro lado sería lenta y ocuparía un largo espacio donde el verde fuera perdiendo de a poco su preeminencia hasta desvancerse en la forma de pequeñas hierbas, grama, musgo o algo similar. Pero no. El límite parecía cortado a cuchillo y en el momento en que acababan los grandes tallos, más altos que dragones parados en sus patas traseras, la luz del sol caía sobre los cuerpos como calderos de aceite hirviendo que defienden el asedio a un castillo.

Los ojos quedaron ciegos por la luz durante unos segundos, y cada hombre y mujer de la caravana fue recibido por un viento caliente que corría paralelo a la última hilera de árboles, golpeando los rostros con puñados de arena recia, agresiva.

Al entrar en la nueva etapa de su viaje, ahora sí, Thäl sintió que muchos ojos lo veían abandonar el bosque. Miradas humanas lo siguieron hasta perderse tras las ráfagas de arena, que lo iban ocultando como sucesivas cortinas de hilos entrelazados.

Otras miradas también.


XXV

Atravesar el desierto de Azkahar fue miserable. El único detalle positivo era que cada persona debía encargarse de su propia supervivencia y lo sabían, por lo que Thäl no perdía tiempo ni concentración esforzándose en cuidar de los demás. Nadie iba a culparlo por ninguna muerte, desaparición o accidente. Y hubo muchas. Los lugares tan inhóspitos son el clasificador definitivo, separan a los aptos de los indignos y ubica a cada uno en el bando al que pertenece. No hay prejuicios ni favoritismos: todos son juzgados por la misma arena, el mismo sol, el mismo viento.

Otro beneficio para Thäl era que, debido a las ráfagas que cortaban la respiración, la arena que se metía dentro de la boca y la saliva que se perdía al hablar, todos avanzaban en silencio. La charla circunstancial no valía la incomodidad ni la perdida de líquido corporal. Al principio de la travesía los esclavos solían acercarse al mercenario para consultar por el rumbo a tomar o darle consejos no solicitados sobre sus estrategias de defensa, por lo que el silencio era un cambio bienvenido.

Contar con detalle el recorrido de la caravana sería repetitivo y aburrido por lo que sólo diremos que, si dividiéramos el contingente que inició el viaje en cinco partes iguales, sólo cuatro de ellas llegaron al otro extremo del candente mar amarillo.

No se armaban carpas para dormir, cada persona descansaba como podía, de pie, para conservar una altura que no pudiera ser cubierta en segundos por las permanentes tormentas de arena y evitar así morir sofocados en medio del sueño. Los animales y carros, también las personas, unían sus aperos, armazones y ropas con gruesas sogas y se comunicaban con relinchos, crujidos y silbidos, ante la falta de algún otro elemento sonoro para delatar su posición.

Casi ciegos; casi mudos; casi sordos a causa del sonido omnipresente de las diminutas rocas filosas que volaban en el viento; casi sin tacto al haber cubierto toda la superficie de piel posible para evitar quemaduras y heridas; así cruzaron el desierto de Azkahar.

En su límite final encontrarían al pueblo de piel verde. La naturaleza de su recibimiento era un misterio. Thäl se adelantó a la caravana y prometió volver en menos de un día. Si no lo hacía, tenían orden de regresar por donde había llegado. Sabía que las probabilidades de que lo obedecieran eran muy bajas pero si las cosas salían mal él ya estaría muerto y no podría importarle menos si le hacían caso o no.


lunes, 17 de enero de 2022

Thäl en el país sin muerte - Segunda parte

Ilustración de Javier Mattano

 

XI

El campamento comenzó a mostrar movimiento, preparando la inminente marcha por el círculo central del desierto de Arcorn. Desde la elevación más próxima, a un par de kilómetros, Thäl vigilaba tanto el trajinar de los esclavos como el horizonte opuesto, previniendo posibles ataques de tribus saqueadoras o grupos de ladrones errantes.

No estaba del todo mal el lugar donde Robur había ordenado levantar las carpas. Permitía un rango de visión extenso en un terreno llano y abierto, revelando desde lejos a cualquier fuerza de ataque mediana o grande. Pero también había, desperdigadas por varios metros a la redonda, rocas de tamaño considerable detrás de las cuales un grupo de pocos atacantes podía cubrir su avance y llegar sin ser vistos. Evidentemente en el grupo del mercader había un estratega, pero no uno digno de admiración.

Ahora Thal debía guiar a hombres desconocidos por y entre ciudades pobladas, llenas de ladrones con ansias de riquezas, madres e hijos con hambre y padres desesperados sin nada que perder, en las que una caravana repleta de mercancías y oro era la respuesta a todos sus pedidos mudos o proferidos a gritos hacia cualquier deidad que hubieran podido inventar o descubrir. Siempre habrá peligro en transitar por lugares donde la muerte no parece una peor opción que la vida diaria.

Thäl había solicitado ser el único en conocer el camino a tomar y trazó una ruta que lo llevaba lo más lejos posible de ciertas ciudades de ganada mala fama y que le permitía repostar comida y agua en lugares poco frecuentados por criminales. Eso los llevaría en un tiempo relativamente corto al desierto de Azkahar, donde la tribu de los hombres con piel verde lo recibirían con los brazos abiertos.

Había dos problemas con ese recorrido.

Primero, en las ciudades peligrosas tenía amigos, colegas y taberneros agradecidos a los que había hecho ricos una buena recompensa gastada en bebidas y mujeres, mientras que en las ciudades pacíficas su cabeza tenía precio.

En segundo lugar, los hombres del piel verde lo recibirían con celebraciones, como a un hermano que regresa de una muerte ya largamente llorada.

Pero sólo a él, no al resto de la caravana.


XII

Atravesar el desierto nunca será una experiencia agradable, en ninguna versión del mundo, no importa las veces que el universo termine y vuelva a reiniciarse.

En el primer lugar dentro de la escala de molestias insoportables está, por supuesto, el calor. Para llegar al punto en el que puede desarrollar fisiológicamente consciencia, inteligencia e imaginación, el cuerpo humano debe redireccionar todos los recursos evolutivos hacia el crecimiento y la protección del cerebro, dejando de lado cualquier otro tipo de adaptación al medioambiente. Las adaptaciones, de hecho, retroceden hasta despeñar al infante humano hasta el puesto más bajo en la escala animal, en cuanto a su posibilidad de sobrevivir sin cuidados ni asistencia de un adulto o una comunidad que se ocupe de su bienestar. El cuerpo humano es demasiado débil para el calor abrasador y el frío quemante de los días y las noches desérticas. Lo sabe, lo entiende y lo analiza, pero no hay nada que pueda hacer para solucionarlo.

En segundo lugar está la sed. El cuerpo necesita agua para sobrevivir. No hay mucho más que explicar acerca de eso. Aún antes de que la falta de alimento, la deshidratación destruye cualquier equilibrio vital orgánico.

En tercer lugar, el espacio totalmente abierto y sin puntos de referencia. Como el dentro del mar abierto, como una vasta planicie nevada, el desierto borra los límites y las percepciones de profundidad y distancia. Estar en medio del desierto fuerza tanto la mente de las personas como estar en medio de la nada del espacio. La nada invita a la locura, sólo debería ser pensada, no experimentada.

En cuarto lugar, los demás. Todas las molestias mencionadas se suman generando un estado de irritación crispada, lista para explotar ante el menor detalle, la palabra más inofensiva, el movimiento menos brusco, la amenaza más insignificante.

En quinto lugar, la responsabilidad, como la que tenía Thäl en esos momentos, de garantizar la superviviencia de otros. Responsabilidad que, de aplicarse a seres queridos, familia, colegas o amigos, podía derrumbar a cualquiera. Por suerte, no era el caso.


XIII

En el tercer día de la travesía, Thäl comenzó a notar indicios de que la caravana era perseguida a la distancia, probablemente por salteadores. Era la posibilidad más lógica en su situación. Desde ese momento prestó más atención a su mirada periférica, entrenada desde pequeño para captar lo que aún no estaba en primer plano, las amenazas futuras y distantes, y obtuvo trozos de información decisiva.

Los movimientos, el lenguaje corporal y lo poco que podía ver de la vestimenta, revelaron que eran seguidos por más de una persona. Calculó que distintos exploradores a la vanguardia de un grupo más grande se turnaban en las tareas de acecho y vigilancia. De nuevo era lógico.

Había pocas posibilidades de que un solo individuo persiguiera e intentara atacar a una caravana de tal envergadura, rodeada por guardias y custodios. Sólo otro mercenario que lo equiparara en destreza e infamia podría emprender seriamente una tarea de ese estilo sin que lo guiase un deseo suicida. Si tal fuera el caso, Thäl podría utilizar el prestigio del atacante para aumentar el precio a cobrar por sus servicios. No era lo mismo defender a su empleador de atacantes ordinarios que enfrentar a un miembro de la élite mercenaria. Al principio esa salvedad solía ser aclarada en los contratos, pero en los tiempos que corrían la diferencia se daba por obvia y también los costos asociados.

Pocos mercenarios estaban a misma altura que Thäl a lo largo y ancho de las tierras que él había recorrido o conocía de oídas. Tomándose en cuenta a sí mismo, contaba sólo a siete. Los había encontrado en tabernas, en bandos aliados de alguna guerra territorial, en juegos organizados por reyes que querían evidenciar sus recién adquiridos poder y riqueza premiando con holgura la fuerza y destreza de quienes concursaban. Un mercenario nunca utiliza sus habilidades si no hay una ganancia de por medio. Parte del oficio es saber que, si eres bueno en algo, nunca debes hacerlo gratis.

Thäl no se había cruzado con ningún otro miembro de la élite mortal en bandos enfrentados ni con contratos contrapuestos en vigencia, porque de haber sido así, sin importar quién hubiese ganado, sólo quedarían seis.

XIV

El límite occidental del desierto estaba marcado por un cordón de elevaciones rocosas gemelas y opuestas, que comenzaban separándose tímidamente del suelo y crecían en forma de anillo incompleto hasta cerrar el paso a ambos lados, como los arcos de acceso a ciertos reinos con un sentido avanzado de la arquitectura.

Detrás de esos arcos de piedra estaba la primera ciudad que debían evitar, Kalampur, poblada por bandas de mercenarios amorales mantenidas a raya por Shikt, maestro en el manejo de la espada curva, quien trabajaba a tiempo completo asegurándose de que los demás criminales, asaltantes, ladrones de ganado y asesinos trabajaran sólo fuera de la ciudad.

Si alguien planeaba atacar la caravana, ese era el lugar más adecuado: un túnel angosto rodeado por rocas filosas, resbaladizas y en declive, imposibles de escalar o recorrer a caballo.

Pocos kilómetros antes de llegar al paso Thäl ordenó a Robur que la caravana descansara dentro de las carretas, sin levantar las carpas voluminosas y ricas, entre ellas la carpa principal. Tal proceder le pareció una indignidad al mercader y derivó en una discusión más prolongada de lo necesario. Thäl explicó que, de no funcionar su plan, el grupo debería escapar a gran velocidad y a ciegas, sólo llevando lo que permaneciera enganchado a los caballos, por lo que no convenía descargar más que lo necesario a fin de no arriesgarse a perderlo.

-Sólo baja lo que estés dispuesto a dejar atrás cuando salgas huyendo – le dijo.

Mientras las fogatas elevaban sus oscuras humaredas al cielo y, ya en la oscuridad, dispersaban el olor de la carne asada, Thäl tomó a un escuadrón de hombres y se escabulló del campamento, caminando a pie en medio de una total oscuridad. Recorrieron la base del monte siguiendo la circunferencia del anillo de roca hacia el paso angosto.

Volvió con la mitad de los hombres, con un herida abierta debajo del pecho y dos sacos de tela basta repletos de cabezas. Al día siguiente cruzaron los arcos sin novedad.


XV

Pasaron tan lejos de Kalampur como pudieron pero no tan lejos como Thäl hubiera deseado. Las elevaciones en el terreno no permitían tomar otro camino ya que iban convirtiéndose progresivamente en un cauce entre montañas que no podían ser rodeadas ni escaladas. Los primeros tramos afilados y lisos se libraban de la roca y el polvo a medida que aumentaba su tamaño y se notaba cada vez más que esas moles surgidas de la tierra estaban compuestas por cristales. Eran en realidad montañas de púas brillantes que se proyectaban desde el costado de otras más gruesas, en una suerte de intrincado sistema de agujas de cristal del tamaño de ciudades que iban cruzándose y tramando una red cada vez más compacta mientras ascendían hacia el cielo.

Se decía que esos cristales guardaban voces, imágenes, escenas, música. Uno de los ritos de pasaje decisivos de los hechiceros a punto de ser ungidos como maestros era obtener, por cualquier medio posible, un fragmento de esos cristales para engarzarlo en la base de sus varitas o la parte superior de sus cayados. Otros cristales, esmerilados, trabajados, transformados en esferas, óvalos, cráneos, estaba desperdigados por el mundo sin que sus dueños conocieran siempre su origen y mucho menos su importancia y poder. Algunos trozos pequeños, reducidos a perlas o lágrimas, adornaban coronas, trajes, orejas y dedos de reyes, tapas de grimorios, cálices donde se recibían líquidos vitales en las nacientes ceremonias de ritos arcanos.

Esa noche no descansaron. Incluso después de alejarse de Kalampur y de haberse asegurado de no ser perseguidos ni acechados con sigilo, Thäl ordenó que siguieran avanzando en medio de la oscuridad.

No quería dormir cerca de las montañas porque, aunque imperceptiblemente, sabía que los cristales le murmuraban palabras incomprensibles, que no llegaban a sus oídos sino directamente a un rincón ignoto de su consciencia. Tal vez todos sus contactos previos con demonios, seres elementales y aspirantes a dioses habían abierto una pequeña grieta en su mente que, si no tenía cuidado, podía agrandarse hasta dejar pasar por ella cosas que lo destruirían desde dentro, cosas que no debían estar ahí.


XVI

Los hombres que habían participado de la incursión preventiva lograron cerrar los ojos casi llegado el amanecer. Cuando Thäl despertó, Elkatun estaba cerca del espacio que le habían destinado para dormir terminando de asar alguna alimaña. Mientras el esclavo se quemaba los dedos sacando el flaco cuerpo cocinado de la rama en la que lo había empalado, un guardia llegó para entregarle una pierna de carnero a Thäl.

Comieron uno delante del otro sin decir nada, casi sin mirarse.

-No entiendo por qué te mandó a vigilarme? - sentenció Thäl: - Nunca he dejado de hacer aquello por lo que me pagan. Ni siquiera cuando sé que me mintieron respecto al pago. No es mi estilo. Prefiero cumplir con mi palabra y después cortarle la cabeza a quien o cumplió con la suya. Es más satisfactorio y no lastima mi reputación.

-Me mandó porque cree que te odio.

-¿Por tu ojo? No deberías odiarme. No a mí. Estaba en sus manos parar la pelea cuando quisiera. Era una prueba, e incluso aunque no hubiera estado en peligro mi vida, yo no fallo en una prueba.

-Sí, lo sé. De todas formas, no te odio, no podría.

Thäl dejó hacerse el silencio, sin responder.

-Ninguno de nosotros podría odiar a Thäl, el niño esclavo que llegó a ser uno de los mercenarios más famosos del orbe. Casi no conocemos nada del mundo fuera de la caravana, los viajeros no nos hablan, sólo quieren negociar con el amo. Los cantantes de noticias pasan de largo o son muertos al llegar. No se nos permite entrar en las ciudades cuando pasamos cerca de una. Pero, así y todo, incluso nosotros sabemos tu nombre. Todos los esclavos lo conocen.

Elkatun tenía las señas de ser un joven astuto que buscaba su propia conveniencia y, evidentemente, sus palabras apuntaban a hacer de Thäl un aliado en cualquiera que fuesen sus planes. Tal vez Robur le había dejado perder un ojo como castigo, o para disminuir su peligrosidad, ya fuera conspirando contra él o intentando hacerle un daño efectivo.

Eso era un error, pensaba Thäl. No se lastima a un hombre que recordará la herida y la sumará a otros motivos para confabular traiciones. Así sólo se le da una causa legítima. Eso puede convertir a un traidor en héroe justiciero. Siempre conviene tener enfrente a un maquinador interesado en su propia ganancia y no a un ángel vengador, porque las personas apoyan la venganza por el mismo motivo por el que se alegran cuando el destino hace justicia contra una persona vil: porque ver al propio universo equilibrándose a sí mismo causa una sensación profundamente placentera.




XVII

Sostener que la geografía del orbe era caprichosa sólo sería resaltar lo obvio. La travesía de la caravana que Thäl debía custodiar lo llevaba de un desierto a otro, pasando por una cadena montañosa hecha de cristales de cuarzo, una ciénaga pantanosa que en ciertos puntos alcanzaba profundidades insondables, y también por el bioma que tenía frente a sus ojos: un bosque tan tupido y espeso que la luz del sol sólo tocaba el suelo aquí y allá en espacios del tamaño de una uña. El Bosque Susurrante, lo llamaban.

En el extremo septentrional del bosque comenzaban las afueras de Smarkanda, cuidad relativamente segura donde podrían detenerse para repostar agua y alimentos. La tierra era fértil, como el bosque lo demostraba con su propia existencia, pero además los pobladores llevaban generaciones perfeccionando sus habilidades para la labranza.

Se decía que recorriendo a consciencia el terreno cubierto por el Bosque Susurrante y las tierras sembradas de Smarkanda se podían conocer todas las plantas que crecían en el orbe. Era una exageración, claro, pero con la suficiente apariencia de verdad como para que la zona fuera también, al igual que las montanas de cristal, un destino obligado para los practicantes de la magia. En este caso, para los aprendices abocados al reconocimiento y utilización de plantas, hongos, flores y raíces.

Los conocimientos botánicos que poseyera Frélix, el hechicero amigo de Thäl, seguramente habían sido conquistado en cercanías del lugar en el que estaba a punto de penetrar. Nunca se lo había preguntado, pero dado que se habían conocido enfrentando una posesión dimensional que afectaba sólo a vegetales y vivían para contar la historia, algo debía saber sobre plantas.

Svendt el Gran Rojo, el amo del hacha, protegía el territorio ocupado por el bosque. No era exactamente un mercenario sino más bien un custodio violento, irascible y de un humor cambiante, bordeando la esquizofrenia. Hablar con él era como caminar por un puente colgante compuesto por algunos maderos firmes y otros podridos, sin saber cuál se pisaría a continuación. No convenía cruzárselo sin tener muy en claro qué se le diría y cómo. Y en esos precisos momentos, sorpresivamente, se encontraba de pie, hacha en hombro y rodeado de soldados, cortando el paso al avance de la caravana.


XVIII

-¿Qué los trae a mis territorios? - preguntó Svendt.

Thäl estuvo tentado de contestar “nuestros pies”, pero cada palabra debía estar medida al milímetro con este interlocutor.

Svendt era un hombre descomunalmente alto, de cabellos y barba rojiza, que parecía estar siempre alimentándose. Todo lo que no iba a parar a su legendaria barriga daba energía a los músculos que le permitían golpear con su enorme hacha capaz de cortar a un hombre al medio de un solo golpe.

-Viajamos por motivos personales, sólo deteniéndonos a comerciar cuando es necesario para la supervivencia de la caravana – declaró al final: - El mercader a cargo de estos hombres necesita regresar a su hogar. Los hombres deben seguirlo porque son sus esclavos y por lo tanto su voluntad les pertenece. Y yo los guió e intento que arriben con bien.

-¿Y cuál es el motivo personal, si se puede saber?

-Si se puede saber o no es algo que desconozco, como desconozco el motivo en sí. Al dueño de tal secreto no le ha parecido necesario revelármelo y a mí no me ha parecido necesario preguntar.

-Es peligroso embarcarse en empresas cuyo fin último se desconoce.

-Para algunos de nosotros es peligroso levantarse cada día de la cama, respirar, incluso dar un paso fuera de nuestras moradas. No es algo que me preocupe desde hace mucho tiempo. Supongo que entenderás lo que digo, Oh, Svendt el Gran Rojo.

-Para mí el único peligro en este momento es no saber a quién tengo delante, mientras esa persona sí me conoce. ¿Cuál es tu nombre?

-Me laman Thäl.

-Muy bien. Así es como te llaman. ¿Y cómo te llamas realmente?

Nunca lo había pensado. Creció escuchando ese nombre. Los pocos coterráneos que compartieron algunos años de su niñez lo llamaban así y siempre creyó que ese era el nombre que le habían dado sus padres al nacer, su nombre legítimo. Pero bien podía no serlo.

-Es una buena pregunta – respondió.


XIX

-No pueden pasar, no aceptamos mercaderes en nuestros territorios. Es malo para las finanzas de estas pobres tierras dejar entrar mercancías foráneas.

-Entiendo… - respondió Thäl. Aunque pensaba que las tierras más fértiles del planeta difícilmente podían calificarse como pobres. Pero en lugar de eso, dijo: - Te aseguro que no pretendemos vender nada sino todo lo contrario: lo que necesitamos es adquirir alimentos que nos ayuden a seguir camino. Ni siquiera vamos a abrir los cofres con materias para vender, sólo los cofres con dinero para pagar.

-No me convencen, lo lamento. Pueden atravesar el bosque pero no acercarse a las ciudades.

-No hay otro camino para avanzar así que debemos atravesar el bosque forzosamente.

-Sí. Pero porque yo se los permito.

El hombre no tenía la menor intensión, o tal vez no tenía la menor posibilidad, de ser razonable. Thäl empezaba a darse cuenta de ello. Las fuerzas podían estar equilibradas en cuanto a número de combatientes pero pocos hombres de Robur eran guerreros y no convenía enfrentar a esclavos contra una tropa soldadesca. Primero porque sólo encontrarían la muerte. Segundo, porque a sabiendas de la posibilidad de morir muchos huirían. Y tercero, porque otros verían en los enemigos de su amo la oportunidad de ser libres y desertarían para unirse a ellos en lugar de enfrentarlos. Por lo tanto debía seguir forzando una paciencia que no había tenido mucho tiempo de forjar a lo largo de los años. El mercenario sin familia y sin hogar lo es por una razón: porque suele matar aquello que le molesta en lugar de soportarlo. Eso no permite que las parejas duren mucho tiempo ni que los vecinos vivan demasiado.


XX

-Como solución intermedia podrías permitir que un pequeño grupo se adentre en la cuidad con una par de carretas para poder cargar los víveres mientras los demás nos quedamos aquí. Pueden escoltarlos, si les parece necesario.

-No somos sus empleados para escoltarlos. Además dije que sigan su camino y por lo tanto van a seguir su camino.

-Bueno. No quería llegar a ésto, pero… - no terminó la frase porque el movimiento de su brazo buscando la espada lo decía todo.

-Hagamos esto según las reglas – terció Svendt inventándolas en ese mismo momento: el mundo era demasiado nuevo y no existían reglas de la guerra aceptadas por todos: -¿Es una pelea hombre a hombre o estás representando a toda tu caravana?

-¿Cuál sería la diferencia?

-Que de una forma solamente te mataré a ti y de la otra mataremos después a todos los que te acompañan?

-Como elijas. Si realmente voy a estar muerto ¿por qué debería importarme?

Thäl desenvainó su espada y atacó a Svendt, quién apenas levantó el hacha. El filo golpeó la madera, que debía ser extremadamente dura porque su superficie apenas se marcó mientras la espada quedó temblando, absorbiendo la fuerza de la descarga.

Observada desde lejos la pelea se veía extraña. El Gran Rojo apenas si cambiaba de posición, concentrando la fuerza de sus vastos músculos en movimientos casi imperceptibles pero sumamente efectivos, mientras Thäl ponía todo su esfuerzo en cada estocada y golpeaba rápido y con amplios movimientos, intentado aprovechar la aceleración ganada en el largo espacio que recorría la hoja.

Al fin, Svendt decidió dejar de defenderse y con una mano hendió el aire en un descenso oblicuo que finalizó con el hacha clavándose en el suelo, pasando por la espada de Thäl como si no estuviera ahí. El ruido de las piedras al ser penetrada la tierra del bosque ahogó el sonido del metal partiéndose en dos.




 

sábado, 11 de diciembre de 2021

Thäl en el país sin muerte - Primera Parte


 Ilustración de CFC


THÄL EN EL PAÍS SIN MUERTE (1era parte)


I

No se conocía la cantidad de veces que el universo había transitado el recorrido desde su creación hasta su momento final. Se intuía, sí, que habían sido muchas. Cientos, miles, tal vez millones de veces la rueda de la existencia debió repetirse a sí misma sin cambio alguno, cada nuevo ciclo igual al anterior, inalterable, perfecto en su imitación.

Pero en algún momento de la eternidad un ser consciente se percató de la circularidad del proceso. Debieron pasar muchas vueltas más hasta que esa certeza se volvió una teoría. Muchas más hasta que esa teoría devino en un plan. Y muchísimas más hasta que un pequeño cambio pudo producirse en la historia universal, provocando que un universo fuera distinto a su predecesor. Ese fue el inicio de la singularidad.

La singularidad se fue perpetuando de una iteración a otra sin que los cambios en el universo pasado pudiese afectar al siguiente, porque no había forma en que ambos pudieran comunicarse. Hasta que la verdad llegó, en la mente del último ser vivo, al instante final de la existencia. Esa idea se hizo pensamiento, ese pensamiento se transformó en luz, en energía pura, y así pasó al próximo ciclo, cortando la negrura absoluta de la nada en el segundo cero.

Desde entonces no sólo pensamientos y energía sino también poderes elementales, espíritus, hechiceros, incluso seres artificiales, han encontrado cómo atravesar la barrera que divide el final de todo de un nuevo inicio.

Este es el universo en el que vive Thäl, último hijo de la Cúpula de Metal.


II

El oro se gasta rápido siempre que la esperanza de vida es demasiado baja. Por ello, cuando Thäl encontró nuevamente sus alforjas vacías, se dirigió al reino más cercano en busca de una misión.

El trabajo de un mercenario tenía por definición límites muy amplios: hacer cualquier cosa por la que le pagaran. Por el mismo motivo, las habilidades de un mercenario debían ser igual de amplias, porque nunca se estaba del todo seguro qué solicitaría la persona con oro en su bolsa a cambio del pago. Rastrear, convencer mediante el uso de la fuerza, matar, mutilar, oficiar como guardaespaldas, liderar escuadrones en la guerra, custodiar prisioneros. Muy de vez en cuando deshacerse de monstruos carniceros o espíritus molestos.

Thäl solía hacer apuestas mentales en el segundo mismo de cruzar miradas con su empleador. Escrutaba su rostro, sus arrugas, detectaba si la piel había sido marcada por sucesivas risas o accesos de ira, si sus ojos eran crueles o bondadosos, y sobre esos indicios jugaba a adivinar cuál sería el trabajo que le daría de comer durante los días o, con muchísima suerte, semanas siguientes.

El hombre que tenía enfrente no era un soberano sino un mercader. Poco había que adivinar en esos casos. Más allá de las vicisitudes específicas de cada encargo, la misión solía ser siempre la misma: recuperar mercancía robada y convencer a los ladrones de no volver a hacerlo. Por lo general la herramienta de convencimiento era una parte separada del cuerpo y mostrada a su antiguo dueño a muy corta distancia, desde donde pudiera incluso saborearse el olor de la sangre coagulándose.

-Necesito que recuperes algo para mí – dijo el gordo mercader mientras Thäl pensaba que le vendría bien tener algo de dinero para pagarse a sí mismo la apuesta.


III

La tienda del comerciante superaba en cantidad de tesoros a la mayoría de los castillos que Thäl hubiera visto. Tal vez eso se debía a que el castillo era en parte el tesoro. La construcción de semejantes moles de piedra era todavía lo suficientemente novedosa como para seguir asombrando a quien las veía por primera vez, lo que sumado a la relativa comodidad, la protección frente a elementos naturales y animales salvajes, la comunidad que podría formarse dentro de sus límites y en los alrededores, constituía una serie de mejoras que valía la pena resguardar como a un cofre lleno del oro más puro.

La valuación de los metales y las piedras preciosas también era nueva, pero a diferencia de lo que sucedía con los castillos, Thäl no veía ningún sentido en estimar tanto ciertos trozos brillantes arrancados de la tierra que podían incluso encontrarse tirados al caminar por ciertos lugares. Algunas piedras preciosas podían ser buenas puntas de flecha debido a su resistencia a prueba de cualquier golpe y su filo perfecto, pero mientras más brillante y valioso resultaba ser un metal, más blando y maleable era, por lo que una espada o un escudo de oro resultaba una idea estúpida. Y él no podía valorar nada que no sirviera como arma o elemento de defensa.

En tanto dinero el panorama cambiaba por completo, claro, y el oro se transformaba en el mejor amigo de un mercenario.

La túnica y el turbante de Robur, el mercader, estaban cubiertos de joyas mientras que el hombre gordo de nariz roja y salpicada por manchas negras, portaba alhajas en cada dedo y lóbulo de las orejas. Thäl intentaba no reírse ya que el contratante solía utilizar cualquier excusa para mostrarse ofendido y bajar el precio de los servicios a pagar. La falsa ofensa, ya se sabe, siempre ha sido una herramienta de negociación ampliamente utilizada.

-Por supuesto que sí, noble señor. Mi espada está a sus órdenes. ¿Qué tesoro debo recuperar?

-Mi vida eterna.


IV

-Mis ancestros provienen de un lugar muy lejano tras las montañas, más allá del desierto de Azkahar, el único lugar del mundo donde aún perviven seres humanos de piel verde.

-Conozco el desierto.

-Esos malditos verdosos han asesinado a todos los expedicionarios que he enviado, y les han impedido a regresar con noticias.

-Le pediría que no se refiera a ellos con esas palabras. Son mis amigos y me han salvado la vida más de una vez – dijo Thäl, calculando cuánto oro le valdría ese respetuoso pedido -. Además, ellos no suelen matar si no es para alimentarse o defenderse, y nunca he sabido que se alimentasen de otros humanos.

-Por el motivo que sea, mis hombres nunca han regresado.

-Tendremos que buscar ese motivo entonces. Deme a algunos de los hombres que le quedan y…

-No. Me queda poco tiempo. Yo mismo debo emprender el viaje hacia mi hogar. Ya no puedo esperar más.

-Bien. ¿Cuándo partimos?

-Primero tengo que estar seguro de que eres capaz de realizar la tarea. No es fácil cruzar el desierto, menos todavía entrar en el territorio al que nos dirigimos.

-Nunca escuché de ningún lugar habitado más allá del desierto.

-Eso es porque, por difícil que sea entrar, sigue siendo mucho más sencillo que salir.

-¿Y cómo probaría mi capacidad?

En respuesta a la duda de Thäl, Robur aplaudió ruidosamente. Acompañó al sonido de las palmas un ruido metálico, producto de los anillos en cada uno de sus dedos y de toda la joyería de su ropa al agitarse. De las cuatro esquinas de la carpa aparecieron enormes esclavos armados con espadas, lanzas, mazas y garrotes cubiertos de púas herrumbradas.

-Prueba sorpresa – dijo el mercader con una media sonrisa en el rostro.

Si el mercenario no valía la pena al menos se divertiría un rato.


V

Los monumentales esclavos se acercaban a Thäl desde direcciones oblicuas intentando aprovechar sus puntos ciegos. Él no desenfundaría sus espadas hasta no tener una idea de la velocidad y la pericia con que sus atacantes podían manejar las armas que sostenían en sus manazas. Necesitaba esos datos para planear la estrategia de defensa más efectiva. Al blandir cada uno un arma diferente, era lógico suponer que habían elegido la que mejor dominaban. O al menos la que creían dominar mejor. Sin un instructor que lo evalúe y lo guíe, es usual que un guerrero solitario mida erróneamente sus capacidades y utilice un arma que no las aprovecha al máximo. Por eso la lucha no es una ciencia sino un arte. Y por eso Thäl no se decía maestro en ninguna forma de combate sino que intentaba dominarlas todas, en la medida de sus posibilidades.

El primero en atacar fue el hombre de la maza. Eso ya los clasificaba como unos principiantes con el conocimiento táctico de una babosa. Para Thäl fue muy sencillo moverse hacia un costado, dejando que el golpe en el suelo de tierra levantara una espesa nube de polvo que quedó atrapada en el interior de la carpa al no tener cómo escapar de ella. El hombre había reducido su propia visibilidad y la de sus compañeros. Pero no tuvo tiempo de arrepentirse de su estúpido ataque porque dos cuchillos de pedernal entraron por ambos lados de su cuello, dejando salir sendos chorros de sangre al retirarse.


VI

Thäl pudo haber tomado la maza que yacía en el piso pero no era conveniente ya que no se había entrenado a sí mismo para usarla. Hubiera sido un error táctico que traicionaría todas sus elecciones como guerrero. Además, de aprender a utilizar ese tipo de arma, elegiría una mucho menos pesada. Entre fuerza bruta y agilidad, entre masa muscular y movimientos veloces, había elegido cultivar lo segundo. Su cuerpo era esbelto no sólo a causa de su niñez de hambre y esclavitud, sino porque así le era más fácil escabullirse en lugares estrechos y esconderse dentro de sombras mínimas.

Y, por supuesto, estaba el factor sorpresa. A cualquier guerrero sagaz le convenía ser subestimado, que el enemigo sólo lo tomara en serio y enfocara toda su energía en la pelea tras encontrarse herido de muerte. Si podía hacerlo. Peor no pocas veces la muerte solía encontrarlos con una mofa incompleta anegada de sangre en la garganta.

Evitando las fintas de espada y las acometidas de lanza de dos de los esclavos, Thäl se dirigió frontalmente hacia el hombre armado con el garrote de puntas herrumbradas.

El espacio reducido y la cercanía no le permitían disparar flechas, por lo que tomó del carcaj dos en sus manos y las aferró mientras derrapaba con todo el cuerpo por el piso de tierra hasta llegar detrás de su enemigo. Una vez allí clavó ambas flechas en las pantorrillas del hombre, que en un grito cayó sobre su propia arma. Las púas del enorme trozo de madera se enterraron en su rostro y pecho. La desesperación de su alarido se acrecentó hasta que fue cortado finalmente por un golpe que Thäl le propinó en la nuca, matándolo al instante.

Le causó un poco de pena la muerte del que parecía ser el más simpático de sus atacantes. Su rostro proyectaba al mismo tiempo pena y bondad y claramente luchaba por obediencia y no por placer. Pero cuando la vida está en riesgo la ventaja táctica lo es todo y Thäl no podía preocuparse por un arma contundente mientras se encargaba de las armas más veloces, más livianas y peligrosas. Además estaba casi seguro de que Robur detendría la pelea en algún momento para evitar perder más hombres y, en ese caso, se libraría de un peligro innecesario dejando lanzas y espadas para el final.

Pudo haber apostado a que esa orden del mercader acabando con la prueba llegaría pronto, dejar al hombre para el final y salvarle la vida, pero no podía arriesgarse a estar equivocado.

Un guerrero siempre se previene contra su propia estupidez y falla de cálculo.


VII

Los hombres que sostenían la lanza y las espadas eran buenos. También influía el hecho de que las armas eran más veloces y requerían menos fortaleza física.

La lanza tenía una punta de pedernal resistente y afilado y era un poco más alta que el hombre que la utilizaba, quien ya de por sí era muy alto y aventajaba a Thäl por casi una cabeza: aplicando la fuerza indicada y penetrando por un lugar del cuerpo en el que ningún hueso ofreciera resistencia, podría atravesar a una persona con facilidad, tal vez a dos.

El espadachín blandía una hoja en cada mano: en la derecha una espada de metal anaranjado y en la izquierda un puñal largo de color un poco más grisáceo. No alardeaba, sólo hacía los movimientos necesarios y buscaba infligir el mayor daño posible con cada estocada. Sería un buen ladero, pensó Thäl, si algún día necesitaba a uno dispensable que utilizar como carnada o distracción, con pocas posibilidades de supervivencia, porque la expresión ladina y traicionera en su rostro lo descalificaba para cualquier otro tipo de relación laboral.

Se formó un círculo con Thäl como centro y cada uno de los esclavos desplazándose a su alrededor. La escena parecía un baile tenso. Robur se impacientó después de unas vueltas y gritó:

-¡Hagan algo de una vez!

La orden distrajo al lancero quien, condicionado por la costumbre y el aprendizaje de los azotes, giró para mirar los ojos de Robur buscando en la mirada los detalles que siempre faltan en las palabras de quien está acostumbrado a ser complacido incluso en sus caprichos no expresados. Ese segundo de falta de atención fue mortal. Su cabeza golpeó la tierra con los ojos aún atentos en captar la próxima orden de su amo.


VIII

El esclavo restante no le dio tiempo a Thäl siquiera para limpiar la sangre de su espada y lo atacó blandiendo sus dos armas como aspas de molino. Logró marcar un par de cortes en los brazos del mercenario, debido a la rapidez del ataque y a la sorpresa, pero ninguno de gravedad. Thäl sabía que no era sencillo defenderse con una sola arma de alguien que ataca con dos y sabe usarlas. Podía tomar uno de sus cuchillos de piedra pero sólo lograría partirlo contra el metal de las hojas semiafiladas. Optó por agregar una nueva variable a la pelea. Dio una vuelta en el suelo, tomó la lanza del guerrero muerto y con ella logró controlar algo que un segundo atrás no tenía a su favor: la distancia.

Ahora dudaba si Robur daría por finalizada la prueba, parecía muy interesado en el resultado del último enfrentamiento.

Con ambos cabos de la lanza Thäl alcanzaba a su contrincante, a veces sólo golpeándolo y a veces cortando sus piernas y rostro con el extremo afilado. Era el juego de un animal al acecho con su presa pero también una advertencia para que el contrincante dejara las armas antes de que le sobreviniera un daño irrevocable.

La lucha se volvió cada vez más violenta, ruidosa. Hicieron su aparición los gritos de furia o de ánimo que los guerreros suelen dedicarse a sí mismos para aumentar su confianza y desmoralizar al enemigo. Pero esas tretas no funcionaban con Thäl. Inmerso en sus cálculos mentales de probabilidad y evaluación de daños, no prestaba atención a las palabras y sólo escuchaba el ruido de pasos sobre la tierra, la respiración agitada un segundo antes de la estocada, el silbido de las hojas cortando el aire.

Al decidir que no valía la pena seguir posponiendo el golpe final dio un paso atrás, arrojó la lanza y saltó tras ella, sosteniendo la espada con ambas manos, listo para dividir en dos un cuerpo ya herido y con la guardia baja.

-¡Alto! - gritó el mercader en ese momento. Thäl giró entonces el cuerpo en el aire para caer a milímetros del esclavo. Pero para el hombre ya era tarde. La lanza se había llevado su ojo izquierdo.


IX

Horas después Thäl comía carne asada en soledad. Había sido invitado a la mesa de la guardia personal de Robur pero no estaba de humor para compartir. La muerte inútil no le gustaba. Menos aún la de esclavos. Por motivos personales.

Después de tomar un trozo del animal humeante se había apartado caminando con tranquilidad hasta sobrepasar los límites del campamento. El sol del mediodía golpeaba como un martillo la frente de esclavos y soldados. El mercenario extrajo su capa de las alforjas que cargaba su caballo y se cubrió con ella como una carpa improvisada. Era la misma capa abrigada que lo había mantenido con vida en su extraño periplo por las tierras heladas del norte antes de descender a un mundo poblado por animales e insectoides inteligentes del que apenas pudo escapar. Pero esa es otra historia.

Después de su prueba, esa lucha innecesaria en la que se habían perdido estúpidamente tres vidas, Thäl debió curar el rostro del esclavo Elkatun, quien se veía ahora privado de uno de sus ojos. La caravana mercante no contaba con curanderos, hechiceros diestros en pociones curativas, ni tan siquiera un médico-brujo prisionero, arrebatado de su tribu, al que regresar momentáneamente a sus antiguas labores. Si alguien enfermaba en el trayecto entre una urbe y otra podía soportar el malestar, la fiebre y las punzadas de dolor el tiempo necesario o morir. Para el amo de la caravana no suponía ninguna diferencia. Por lo que Thäl era la mejor oportunidad del hombre para sobrevivir en medio de la nada, en un desierto que sería el punto de partida hacia otro, hacia las tierras de los hombres de piel verde.

Thäl cosió la cuenca destrozada, ató como pudo el nervio que sobresalía desde el vacío del rostro para que dejara de manar líquido blanquecino, curó la herida con hierbas que llevaba consigo para usarlas en caso de necesidad, y le dio a beber un brebaje que la bruja Ía le había entregado para ayudar a su cuerpo a combatir los dolores, la fiebre y la inflamación de sus heridas, y que también debía ayudarlas a cicatrizar con rapidez.

Después de hacer lo que pudo el olor a carne asada lo llevó fuera de la carpa de los esclavos. Necesitaba alimentarse. Su hambre no beneficiaba a nadie. Su culpa tampoco.


X

Al terminar su comida Thäl caminó hacia la carpa principal y solicitó audiencia con Robur. Mientras los guardias le cerraban el paso para consultar con su amo si dejarlo entrar o no, detectó siete formas de escabullirse sin ser visto para asesinarlo. Cinco de ellas podían ser efectivas a plena luz del día.

-Lo de hoy temprano fue innecesario – dijo al afirmar ambos pies sobre la tierra alfombrada, a metros del mercader: - No encuentro ningún placer en matar cuando no es necesario.

-Creí que matabas cuando te pagaban por hacerlo, no sabía que la necesidad tenía algo que ver.

Durante un segundo Thäl estuvo a punto de contar algún detalle de su niñez o al menos dar a entender que la esclavitud era algo que debía hacer mucho esfuerzo por soportar. Pero, por un lado, podía leer en el rostro de Robur que había dos respuesta posibles para esa declaración: o no le importaría en lo más mínimo o lo tomaría como un insulto.

Por otro lado, no es inteligente entregarle a nadie datos de tu pasado, mucho menos detalles penosos que abrieron heridas aún no cerradas.

En lo que respectaba a cualquier desconocido, Thäl había nacido en el momento de cruzar miradas o estrechar manos. Era un hombre sin pasado, una sombra que sostenía una espada, y lo único que debían conocer acerca de él era su habilidad al blandirla.



 

martes, 14 de septiembre de 2021

Thäl y la bruja de la choza envanescente (2 de 2)

Ilustración de Javier Mattano

 

XV

Thäl continuó su avance, que lo hundía cada vez más bajo tierra cruzando los diferentes niveles de calabozos. La luz se iba apagando con cada paso y al llegar a la que durante muchos años fue su morada la oscuridad era casi total. Como dentro de una cueva natural, la vida percibía su entorno a través del oído y el olfato, y casi nunca percibían algo agradable.

A lo largo de su cautiverio, recordó Thäl, todos los compatriotas que habían sido apresados junto a él fueron muriendo. La lógica de los torturadores indicaba que las personas en el pico de su vitalidad y resistencia soportarían mayor cantidad de castigo, pero cruzaron todos los límites y uno a uno fallecieron en el potro de tortura. Al final sólo quedó un anciano junto al niño. No los unía ningún lazo familiar pero fue la última imagen de adulto que Thäl tuvo al crecer.

El hombre de voz pagada y tranquila llenaba la oscuridad con cuentos, le daba consejos y vaticinios, iba formando el futuro del niño como los adultos lo han hecho siempre desde que el mundo existe: con palabras, con historias.

Una de las historias que más repetía hablaba de los tesoros que la caravana había sacado de la Cúpula de Metal, tal vez para robarlos, tal vez para resguardarlos. Entre ellos, una caja labrada que llegaba a la cintura de un hombre adulto, imposible de abrir para cualquiera que no supiera cómo. Le decía al niño que, si tenía la fortuna de crecer, volverse fuerte, aprender a defenderse y a atacar, lo que estaba escondido dentro de la caja le daría la clave del triunfo contra cualquier enemigo. No sólo los nemirios sino cualquier otro que se cruzara en su camino en el futuro.

Si es que tenía un futuro, claro.


XVI

El anciano le contaba a Thäl, a veces cambiando, a veces conservando los detalles, que la caja inexpugnable había viajado con ellos en la caravana y que ahora la tenían los nemirios. A veces decía que la conservaban en el salón del trono, otras en una bóveda junto al resto de los tesoros rapiñados, otras escondida bajo tierra en un lugar cuya ubicación ni siquiera el rey conocía. Pero todas las distintas variantes de la historia coincidían en algo: para abrir la caja se necesitaba algo que no existía en ningún lugar del mundo salvo en su hogar de nacimiento, donde se lo había inventado: una pieza tallada de un metal con propiedades especiales que encastraba a la perfección con un espacio faltante en la caja y que, al unirse a ella y completarla, permitía tener acceso a sus contenido secreto.

Pocas veces le dijo también que él era el guardián de esa pieza, que la había resguardado desde que su cautiverio había comenzado y que, finalmente, la había escondido en algún lugar de la celda que compartían.

Thäl terminó de recordar los hechos y las palabras mientras llegaba al último anillo de celdas, donde estaba ubicada aquella en la que había pasado su niñez. Los barrotes seguían siendo de madera resistente pero eran otros. Pasarían años antes de que la cantidad de hierro descubierta en esa parte del mundo permitiera la forja de puertas de metal para las cárceles, por ahora ese material altamente codiciado se utilizaba sólo en armas y elementos sagrados de las incipientes religiones. Eso significaba que aún había necesidad de guardias.

Vio a tres de ellos, a pasos de distancia uno del otro. Preparó su arco con dos flechas y en el mismo momento en que la cuerda llegó a su máximo punto de tensión dejó volar ambas saetas, no sin apuntar sino habiendo ya calculado la trayectoria en su mente y haciéndola realidad mediante la perfecta memoria muscular de sus brazos, habituados a ese exacto movimiento. Mientras disparaba en solitario al último guardia pensó que no sería mala idea retomar las prácticas del lanzamiento triple.


XVII

Volvió a los primeros círculos de celdas, buscó una antorcha, la encendió y entró con ella en el calabozo. Con el oído atento a la llegada de otros guardias, inspeccionó palmo a palmo el cubículo de piedra, frío y hediondo. El piso estaba cubierto de paja y desechos humanos pero el lugar se encontraba vacío. Había siluetas inmóviles en las demás celdas, personas que no se animaban a mover ni siquiera un músculo para no atraer atención no deseada.

La revisión se fue haciendo cada vez más lenta y cercana hasta que Thäl acabó inspeccionando las junturas entre piedra y piedra con la nariz casi pegada al relieve bruscamente ondulado del muro. Estaba a punto de resignarse a salir de allí sin encontrar nada pero en el último recorrido creyó ver un destello en una de las uniones, sobre el nivel de su cabeza, a una altura que un hombre muy alto podría alcanzar en puntas de pie.

Haciendo una pila con los tres soldados muertos pudo elevarse lo suficiente como para echar un vistazo en el lugar. En efecto, algo brillaba. Algo pequeño, escondido, y definitivamente metálico.



XVIII

Recorrió con los dedos la superficie de las piedras y de la amalgama que las unía. El pequeño objeto angosto, romo, sin filo alguno, destacaba al tacto de forma clara pero indefinible. El intento de sacarlo con una mano fue infructuoso porque el espacio en el que estaba introducido era muy angosto y la nimia diferencia de relieve que pudo existir en algún momento se había rellenado a lo largo de los años con polvo y suciedad.

Intentó con los filos de piedra de las armas de las que había despojado a los guardias muertos que le servían de montículo sobre el que elevarse, pero no tenían la delgadez necesaria.

Las puntas de algunas de sus flechas sorpresivamente eran de metal. Probó con ellas y, si bien tampoco cumplieron su cometido, le sirvieron para comprobar que el objeto metálico enterrado en la pared parecía ejercer algún tipo de efecto sobre las puntas metálicas, una atracción no invencible pero si notable.


XIX

Acercó a la pared la hoja de la espada que había robado pensando que el mayor tamaño del arma aumentaría la atracción. Pero nada sucedió. Thäl dedujo que se debía a que la espada no estaba hecha del mismo tipo de metal que la punta de las flechas: era mucho menos duro y de un color rojizo opaco. Entonces utilizó el filo de las flechas para horadar el espacio entre las piedras. Con movimientos contenidos y veloces logró abrir un canal alrededor del trozo de metal escondido hasta que finalmente pudo sacarla con los dedos, no sin dificultad.

Una vez en sus manos vio que se trataba de una pieza compleja: chata, casi sin volumen, pero con varias protuberancias que se extendían hacia los lados sin un orden discerible. Terminaba de esconderla en su ropa cuando un grito lo sorprendió:

-¡Qué está pasando acá! - gritó el líder del grupo de carceleros que había llegado para el cambio de guardia.

No había razón alguna para inventar una historia. Desde su posición elevada sobre los soldados muertos se abalanzó sobre la patrulla con una flecha apretada dentro de cada puño. Fue por los cuellos y los ojos, como se debe hacer con armas afiladas pero de corto alcance. Tales heridas tienen el beneficio adicional de que la víctima lleva sus manos al órgano sangrante descubriendo el resto del cuerpo. Thäl intentó atravesarlos con su espada pero el metal blando se dobló al chocar con las costilla de un guardia. Entonces lo tomó con ambas manos y lo arrojó contra los barrotes, rompiéndolos con la fuerza del golpe. El cuerpo quedó empalado en las varias puntas de madera.

Los otros soldados murieron con sus cabezas destrozadas contra las piedras del muro, desnucados o asfixiados por un par de manos desnudas. Thäl tomó todas las flechas que pudo, la espada que notó más resistente, y salió al exterior con rumbo al ala que daba acceso a los aposentos reales. Tenía que averiguar si eran ciertas las historias que indicaban que el rey guardaba la caja de metal entre sus tesoros.


XX

Las estrellas brillaban en el cielo negro como el fango mortal de la Selva Impenetrable. A lo lejos, chillidos aislados de animales gigantescos se sobreimponían durante segundos aislados sobre el trajín de personas que corrían con los últimos baldes de agua para acabar con el fuego ya casi aplacado por completo. El suelo temblaba de manera casi imperceptible al caminar cuando gusanos de tierra del tamaño de caravanas enteras avanzaban bajo tierra en los campos cercanos. Thäl reconocía todas las señales, podía leer el aire y la tierra, la ausencia de luz y el movimiento. Pero no podía leerse a sí mismo con la misma fidelidad.

Pasaba de buscar un plan urdido a la perfección a tomar decisiones apresuradas. De calcular cada consecuencia de sus actos a saltar sin mirar.

Una de las nacientes religiones decía que el ser humano estaba habitado por decenas, a veces cientos, de seres espirituales que vivían en guerra en su interior y que la labor que debía cumplir la conciencia del hombre era mantener en equilibrio esa lucha interna. No era una explicación mucho más loca que otras que hubiera escuchado y tenía la ventaja de relevar a la persona de toda responsabilidad sobre sus actos: su única culpa por un acto reprochable o insensato podía ser, tal vez, haber relajado la vigilancia y dejar actuar sin frenos a uno de sus aspectos más beligerantes.

Thäl no creía en esas teorías pero podían ser un buen justificativo para lo que estaba haciendo.


XXI

Recordaba bien la ubicación de la cámara del rey. La había conocido en sus años de cautiverio: a veces el soberano salía a la ventana de sus aposentos para verificar los avances en la construcción del castillo y el muro. También sabía que entrar blandiendo la espada tenía muy pocas posibilidades de éxito. Podía matar a varios guardias solitarios pero a medida que se adentrara en los pasillos habría cada vez más soldados, y más llegarían atraídos por los gritos y el ruido de la lucha, hasta apiñarse en un grupo compacto frente a la puerta del monarca. Le impedirían la entrada incluso si los matara a todos y los convirtiera en una pila de cuerpos amontonados. Debía ser sutil, solapado, actuar más como un ladrón que como un guerrero.

Tiempo atrás había vivido aventuras acompañado por ladrones profesionales. No le gustaba hacerlo porque esas misiones por lo general implicaban que alguien lo emparejase con un desconocido. Thäl tardaba meses en escrutar a una persona y descifrarla hasta adelantarse a sus reacciones, ser consciente del grado de confianza que merecían, saber si podía cargarlos con un secreto o una responsabilidad. Compartir una aventura desconfiando todo el tiempo de sus acompañantes era una molestia soportable pero innecesaria. Y Thäl, creciendo como esclavo, había aprendido pronto que nada se desperdicia, ni siquiera un poco de tranquilidad mental, que nada negativo se lleva encima sin necesidad, ni siquiera un poco de desconfianza, y que nunca se renuncia ni a una pizca de comodidad.

De todos modos, observando a ladrones de profesión y con años de experiencia, había aprendido una o dos cosas.


XXII

Lo primero que podía hacer esa recorrer el camino de menor resistencia, es decir, no hacer nada. Nada más que fluir hasta que una piedra en el camino lo detuviera. Pasó la primera fila de guardias saludándolos con la señal del ejército nemirio, golpeando dos veces su pecho con el puño. Más que un santo y seña era una costumbre tribal, una antigua muestra de pertenencia a su pueblo y, por lo tanto, la posibilidad de que hubieran dejado de utilizarla era prácticamente nula.

La seña, más el uniforme y las armas que habían pertenecido a la guardia, le sirvieron también para burlar la segunda línea de defensa. La oscuridad ayudaba. Los pasillos del palacio eran fríos y oscuros, sin adornos en las paredes: no había allí tapices, banderas con el escudo de armas del reino ni espadas de guerreros del pasado exhibidas a la altura de los ojos. Austeridad total que se aplicaba a todos los habitantes salvo a la familia real, en quien ya comenzaba, como en todas las que Thäl había conocido, un proceso de ablandamiento y degeneración.

Todos los reyes llegaban a ese lugar en la jerarquía de un pueblo mediante la violencia: quienes la ejercían contra su pueblo como tiranos y quienes la ejercían contra otros como héroes. La valentía era una cualidad que los separaba de los demás, junto con la capacidad de realizar cualquier sacrificio en pos de ganar una batalla. Los primeros reyes, entonces, solían ser hombres frugales, disciplinados, austeros, de pocas palabras y pocos golpes de espada escandalosamente efectivos. Sin importar que las utilizasen en su propio beneficio, esas cualidades eran en ellos innegables.

Hasta llegar al poder.

El primer rey podía mantenerse fiel a su carácter hasta la vejez, llevado por el pudor frente a la propia molicie, negándose a traicionar su mayor tesoro, el único que nadie podía quitarle: el recuerdo de sí mismo cuando joven.

Pero desde la primera sucesión en adelante los reyes solían ser cobardes, locos, imbéciles o una mezcla de los tres.


XXIII

En la tercera línea de guardia, los soldados detuvieron a Thäl. Eran tres hombres jóvenes, con cara de dormidos y sin demasiado aspecto de guerreros. Después de devolverle el saludo le preguntaron qué hacía allí a esa hora.

-Llevo un mensaje urgente del capitán para los vigías en las almenas.

-Danos el mensaje y nosotros lo transmitiremos.

-Tengo órdenes de transmitirlo en persona.

El grupo intercambió miradas de incredulidad.

-Esto nunca había pasado, es muy extraño.

-Pues dale gracias al dios en el que creas de no haya pasado antes. Necesito poner en aviso a los vigías acerca de un peligro tan grande que, si el rumor se esparce, podría provocar caos en en el pueblo, podría enloquecer a quien lo escuchara. Si quieres contaminar tus oídos con la noticia no tengo problema en decírtelo, pero preferiría llevar la carga yo solo y que al menos así el hecho de no volver a dormir en paz sirva para algo.

-¿Qué puede ser peor que los dragones y los gusanos gigantes?

-Miles de cosas. Pero con una sola nos alcanza para estar todos condenados.

Los jóvenes lo dejaron pasar y pudo subir al piso superior. Otro piso, otro destacamento de guardias, lo separaba de la torre de vigilancia ubicada exactamente sobre las habitaciones del rey.


XXIV

El primer grupo de soldados que Thäl encontró en el último piso, estaba ubicado en el extremo opuesto a su destino final. Frente a ellos, alejado por una distancia de unos diez pasos, realizó el saludo correspondiente y dio media vuelta sin que lo detuvieran o interrogaran.

El segundo grupo custodiaba la escalera que daba acceso al techo y a la torre de vigías. Tenía que pasar por allí, con astucia o con violencia, si quería llegar a la parte superior del castillo. Entonces debería ingeniárselas para descender dos pisos e ingresar por fuera a la cámara del rey, sin alertar a la guardia y sin darle tiempo al monarca para dar la alarma.

Comenzó a repetir la misma historia que le había permitido avanzar hasta donde había llegado:

-Llevo un mensaje urgente del capitán para los…

La mentira del bárbaro fue cortada por un golpe en el rostro con la parte inferior de una lanza.

-¿De dónde sacaste esa espada? -preguntó el guardia que lo había golpeado, apuntando el filo de su lanza al pecho de Thäl mientras los otros dos se movían lentamente, flanqueándolo.

Miró la espada colgada de su cinturón y supo que no tenía opción. Él la había recogido de entre los guardias muertos en las mazmorras subterráneas por ser la de color más uniforme y apariencia más resistente, la mejor forjada a simple vista. Pero concentrado en el filo, la única parte de la espada que le importa a un verdadero guerrero, pasó por alto la empuñadura labrada y el pomo con símbolos en relieve. El arma debía ser muy reconocible para quién la hubiera visto antes. Mucho más para un amigo, un hermano u otro pariente cercano, lo que posiblemente era el soldado que lo mantenía amenazado a punta de lanza.

Antes de dejar que los otros dos guardias se ubicaran a sus espaldas formando un triángulo que siempre dejara a uno de ellos atacarlo desde un punto ciego, Thäl dio un paso decidido hacia atrás y sacó de su funda al arma delatora. Era momento de saber si su elección había sido correcta y estaba tan bien forjada como lo creyó al elegirla por sobre las demás.




XXV

Lo primero era impedir los gritos y el ruido de filos de metal chocando entre sí. La espada salió cortando, tomada con la mano derecha desde su costado izquierdo, cercenando las cuerdas vocales del soldado que flanqueaba a Thäl desde ese lado de su cuerpo. Con un movimiento hacia arriba y en diagonal, golpeó al soldado de la derecha con el pomo de la espada en la mandíbula, partiéndosela y haciendo saltar varios de sus dientes. Con suerte, la sangre llenaría su garganta impidiéndole proferir sonido alguno.

El guardia restante se abalanzó sobre él con la lanza en ristre y lo hirió en el hombro. La punta penetró entre el hueso y la axila y pasó al otro lado derramando abundante sangre. El golpe llevaba tanto impulso que el arma terminó clavándose en la pared detrás de Thäl, en el espacio de argamasa entre dos piedras. Sabiendo que estaba atrapado y que no podía retroceder, el bárbaro hizo todo lo contrario: empujó el torso hacia adelante ahogando un grito de dolor hasta tener a su atacante al alcance de sus brazos extendidos. Haciendo un esfuerzo atroz lo tomó de la garganta con ambas manos y apretó hasta que el rostro del joven se volvió violeta y sus ojos se colorearon de rojo, surcados por el carmesí de pequeñas venas rotas.

Empujó su cuerpo un poco más hasta sacar la lanza de su hombro por el extremo opuesto y apoyó el cadáver que sostenía delicadamente sobre las rocas del piso.

Después se encargó de dar el golpe final a los dos guardias caídos, en silencio, con gentileza, como se sacrifica a un animal cuando no se desea que la tensión de la agonía se transmita a la carne.

Cortó parte de la ropa de uno de los muertos y con el jirón de tela envolvió la herida de su hombro, esperando que la sangre se detuviera en algún momento. Entonces abrió la puerta que daba al techo y apoyó el pie sobre el primer escalón, comenzando el ascenso.



XXVI

El rey Regulus Cuarto de Nemiria dormía en sus aposentos, abrigado por pieles de lobo y otros animales menos feroces y simbólicos, sobre su cama de madera labrada en la que podían descansar cómodamente diez personas. No tenía reina ni concubinas pero sí varios hijos, cuyas madres habían sido desaparecidas apenas los niños fueron capaces de caminar y moverse de un lado al otro sin asistencia. Los reyes nemirios no deseaban contradicciones en la crianza de sus hijos. Tampoco luchas de poder ni envidias por lo que, una vez elegido el sucesor de Regulus, los demás niños, sin importar cuántos existieran en ese momento, también desaparecerían y serían borrados de los escasos registros. Los nemirios no se preocupaban por transmitir sabiduría sino por ejercer el poder. No tenían más que un escriba a la vez y cuando éste moría tardaba meses en ser reemplazado, generalmente a pedido de otros reinos que solicitaban documentos escritos para cerrar pactos y alianzas. Así, a regañadientes, se buscaba a un letrado en las tierras lejanas o se le enseñaba a algún joven los rudimentos más básicos que les permitieran dejar marcas duraderas en barro, papiro o pergaminos.

Regulus había sido elegido como sucesor de su padre cuando se ponían las primeras piedras del castillo desde el cual reinaba las tierras aledañas. Los dominios en realidad estaban lejos de tener fronteras fijas ni más límite a respetar que las murallas que rodeaban sus centros de poder: a veces una sola construcción fortificada, a veces un conjunto de puestos y ferias donde comerciaban los habitantes de las afueras, a veces un pequeño poblado interior. El campo que separaba una fortificación de otra estaba en una disputa sorda y permanente, pero sólo se movilizaban tropas para resguardarlos en caso de haber un justificativo poderoso, como el hallazgo de nuevas riquezas o el capricho del monarca.

Con la puerta trancada desde dentro por un madero resistente que subía y bajaba mediante un ingenioso aunque simple movimiento de palanca, Regulus no temía nada dentro de su recámara. Afuera, varios destacamentos de guardias velaban garantizando su sueño. Y ante cualquier eventualidad o peligro había tres diferentes formas de salir de allí mediante pasadizos escondidos que su padre había mandado a construir y cuya ubicación le había revelado antes de morir. Pasadizos que sólo permitían el tránsito hacia afuera y por el cual nadie podía ingresar.

Pesadas cortinas de tela en varias capas superpuestas impedían que el frío de la noche ingresara al recinto, pero no había batientes en las ventanas porque se le había asegurado al rey que nadie podría ascender por la pared del castillo y escabullirse dentro de su recámara. Por un lado, se necesitaría una escalera colosal y, por otro, los guardias apostados bajo su ventana vigilaban cada minuto del día, impidiendo cualquier ascenso.

Por eso Regulus, aunque sobresaltado, pensó que seguía soñando cuando el filo de una espada cortó las cortinas y, primero unos brazos ensangrentados y luego el resto del cuerpo de un hombre, pasaron por la abertura como naciendo a sus pesadillas.


XXVII

El bárbaro entró en la habitación cubierto de sangre como si se tratara del momento de su nacimiento.

Una vez en el techo había bloqueado la trampilla de acceso con todos los objetos voluminosos que halló. Apoyadas en la pared había bolsas tejidas con grandes sogas anudadas llenos de escudos, repisas con armas de todo tipo, uniformes y botas de cuero apiladas. Esa azotea y la torre de vigilancia eran las primeras líneas de defensa ante un ataque y los elementos necesarios debían estar al alcance de los soldados ante cualquier eventualidad. Tomó los objetos que pudo alcanzar antes de que uno de los vigías diera la voz de alto y Thäl se arrojara contra los soldados destacados en el lugar.

Una cierta sed de sangre aplazada en favor del sigilo lo llevó a elegir el combate cuerpo a cuerpo y la sangre de sus enemigos cubrió gran parte de su ropa. Luego buscó entre los materiales acopiados y encontró sogas resistentes, pensadas para escalar o descolgarse por los muros del castillo. Con una de ellas, actuando con rapidez para no ser visto por los guardias a nivel del suelo, bajó dando saltos hasta la ventana del rey y entró por ella espada en mano.

Thäl conocía la habitación. Había ayudado a construirla, participando sobre todo en la inspección de los pasadizos escondidos junto con otros niños esclavos. Algunos de ellos habían muerto aplastados por un mal funcionamiento de las trampillas que sólo se abrían hacia el exterior, impidiendo que alguien entrara. Otros, atrapados en sectores demasiado angostos de los túneles donde el cadáver permanecía hasta que era posible ensanchar el recorrido a fuerza de cincel y martillo a su alrededor y sacarlo de allí.

Regulus corrió instintivamente hacia el pasaje más cercano, oculto tras una enorme bandera con una escena de guerra bordada en colores apagados. Habiendo calculado su reacción, Thäl arrojó dos flechas en el mismo disparo, clavando la tela a los lados de la puerta giratoria e impidiendo que pudiera abrirse. El rey lo intentó de todas formas y eso le dio tiempo al intruso para acercarse en cuatro zancadas y poner el filo de la espada en su garganta.

-Tenemos que hablar, si es tan amable, su majestad -dijo Thäl.

-No tengo el placer de conocerlo -respondió Regulus, con una valentía que el bárbaro no esperaba.

-Oh, ya me conocerá. Y dudo que le sea placentero.


XXVIII

-Bueno, su majestad, aunque no lo recuerde, ya nos habíamos visto. De hecho, yo habité en este lugar antes que usted. Los nemirios vivieron varios meses en un campamento no muy lejano, desde donde su padre venía casi todos los días a vigilar el avance en la construcción de su castillo. Los esclavos fuimos las primeras personas que pasaron sus noches en este lugar, dentro de jaulas de madera en las que apenas cabíamos de pie.

-Si te hicieron prisionero durante el reinado de mi padre, no es mi responsabilidad.

-No, es cierto. Pero acabo de pasar por las mazmorras y no vi que las costumbres nemirias hayan cambiado desde que me fui.

-Ninguna esclavo ha escapado nunca.

-O ningún guardia ha informado nunca que ocurrió una fuga. Castigar los errores con la muerte suele impedir que la gente informe los que comete.

-¿Qué es esto entonces? ¿Venganza? El mundo es como es, no hay nada de lo que tenga que avergonzarme o por lo que pedir perdón.

-No. Claro que no. El mundo es cruel, tiene toda la razón. Y lo que busco no es venganza. Busco algo que me pertenece como el último sobreviviente de mi pueblo, al menos de los compatriotas que conocí.

-¿Y qué es eso?

-Para serle franco, no lo tengo muy claro. Me han hablado de una caja de metal imposible de abrir, forjada de tal forma que el mejor herrero del mundo no podría reproducirla ni el mejor alquimista podría crear un metal tan noble. Podemos ir a la sala del tesoro a buscarla, y después prometo irme sin hacerle daño.

Regulus abrió los ojos en un gesto inconsciente de reconocimiento. Recordaba la caja. Era uno de los tesoros de su padre.

-Ese objeto ya no está con nosotros. Desapareció años atrás. Más o menos al mismo tiempo un estafador que se hacía pasar por mago vino al reino. Creemos que él lo robó pero no hemos podido confirmarlo.

-No es que no crea en su palabra pero preferiría ver la sala del tesoro con mis propios ojos.

-Por supuesto.

-Creo que el pasadizo que se abre en el suelo, cerca de la puerta de entrada, es el que lleva allí de manera más directa.

-Sabe mucho de este castillo.

-Ya le dije, ayudé a construirlo. Y tengo buena memoria.

-Bien. Vamos entonces. Puede que su caja ya no esté allí pero hay otras cosas que pertenecían a su pueblo.

El rey miró a ambos lados del rostro de Thäl y dijo:

-Mmmmmm… no le veo marcas. Bueno, supongo que era demasiado pequeño.

Luego bajaron por el túnel secreto.


XXIX

Dentro del pasadizo se podía avanzar con la cabeza inclinada, ya que la altura del túnel no llegaba a la de una persona promedio. Interrumpían el paso puertas de piedra angosta que al ser empujadas por el peso de un cuerpo se convertían en el primer tramo de una rampa por la que se debía caer con el cuerpo totalmente plano contra el piso. A mitad de camino se abría una bifurcación triple. Tomando la primera desviación a la derecha llegaron a la sala del tesoro.

No parecía haber ninguna lógica detrás de la elección de los objetos que se consideraban valiosos. Podía encontrarse enormes jarrones que contenían los huesos de guerreros del pasado, partes de animales que se creía otorgaban poderes mágicos, perlas y conchas de mar, piedras caídas del cielo, grandes pepitas y algunas piezas de oro de fundido en lingotes y monedas, arte muy poco conocido todavía. También armas de metal de factura perfecta que sólo podían provenir de la Cúpula de metal o haber sido forjadas por alguien que conociera sus secretos. Pero ninguna de esas cosas era lo que Regulus quería mostrar a Thäl.

El rey abrió un diminuto cofre de madera de color claro que entraba en una mano y después de mirar su contenido durante unos segundos lo giró para dejarlo al alcance de los ojos de Thäl. El interior estaba ocupado por varias láminas muy finas, rectangulares, de un metal negro azabache, tan pulido que más que reflejar la luz parecía absorberla.

Thäl recordó entonces el rostro de sus padres y a un lado de sus rostros una sombra pura brillando como un destello de oscuridad en medio del día. Recordó también que tanto el anciano que sobrevivió hasta el final como otros compatriotas esclavos, tenían rasgado el lóbulo de una de sus orejas, como si algo le hubiera sido arrancado con violencia. Al tomar uno de los rectángulos negros notó un hilo de finísimo metal que sobresalía de su extremo más angosto.

Ese pendiente era parte importante de la cultura de la Cúpula de metal. No tenía pruebas pero tampoco dudas.

-¿Y por qué consideran esto un tesoro?

-Nunca volvimos a ver nada parecido. Los objetos escasos son valiosos. Es casi la única ley del valor.

-¿Saben cuál era el significado de esto? ¿Por qué lo usaban?

-No. No hay registros de esa época. Supongo que simplemente como adorno, como algunos pueblos los utilizan ahora también. Son todos iguales así que no parecen marcar ninguna jerarquía o puesto especial dentro de su grupo, o tribu, o cómo sea que se organice tu gente.

-Bien. Me los llevo.

-Claro, son tuyos. Ya bajamos a la sala del tesoro y te vas de aquí con algo que te pertenece. Supongo que, si conservas tu palabra, mi vida está a salvo.

Thäl caminó unos pasos hacia otro pasaje, que lo llevaría a unos metros fuera de la muralla del castillo. Luego dio media vuelta e interpeló a Regulus.

-¿Estos son tiempo de paz o de guerra en el reino?

-No sé lo que es un tiempo de paz.

-¿Pero hay guerra franca o solamente escaramuzas y bravatas?

-Hay una guerra declarada, con el reino de Ataraxia, al oeste.

-¿Quién es el rey de Ataraxia?

-Fenris el Primero.

-Bien. Voy a ir a Ataraxia, a proponerle al rey Fenris que me contrate para volver a matarte.

De nuevo, Thäl dio media vuelta y avanzó. Después de algunos metros volvió sobre sus pasos otra vez. Miró a Regulus, quien no demostraba un ápice de miedo. Parecía una persona pragmática y preparada para todo, incluso para morir. Su mirada era atenta y había demostrado tener inteligencia y conocimientos. De todos modos, estaba decidido a matarlo. Tomó la empuñadura de la espada y estuvo a punto de hundirla en su pecho y justificarse diciendo que la encomienda de un rey enemigo en guerra se daba por descontada y que simplemente se estaba adelantando a un pago seguro. Pero entonces entonces pensó que, si regresaba adecuadamente preparado tendría la posibilidad de liberar a los actuales esclavos y lo prefirió así.

No reveló sus planes para impedir que Regulus matara a los prisioneros como desafío o castigo anticipado. La primera reacción del poder frente a una amenaza suele ser la crueldad.

Finalmente atravesó el pasadizo y salió al exterior. El incendio que había provocado ya había sido extinguido y un fino hilo de humo aún espeso subía hacia el cielo a sus espaldas. Esperó que lo persiguieran pero los guardias estaban ocupados investigando los sonidos de golpes que provenía del interior de la sala del tesoro, que estaba cerrada por fuera y debía estar desierta a esas horas de la noche.

Thäl comenzó a caminar hacia el oeste.

Al pasar entre unos arbustos espinosos como los que encontró cuando la bruja Ía lo dejó en las afueras del castillo real de Neminia, arrancó una espina delgada y con ella perforó su oreja izquierda para colocar el rectángulo de metal negro que lo acompañaría durante muchos años.

Conservó los otros pendientes en su caja hasta finalmente entregarlos a su gente cuando pudo regresar a la Cúpula de metal para ver cómo era destruida. Y, ya siendo un hombre adulto, entregó el suyo como sello de amistad al único verdadero héroe que conoció, al único hombre que consideró su hermano, antes de que fuera traicionado por los suyos y asesinado para mantener una alianza maldita. Pero esa es otra historia.




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