XV
Thäl continuó su avance,
que lo hundía cada vez más bajo tierra cruzando los diferentes
niveles de calabozos. La luz se iba apagando con cada paso y al
llegar a la que durante muchos años fue su morada la oscuridad era
casi total. Como dentro de una cueva natural, la vida percibía su
entorno a través del oído y el olfato, y casi nunca percibían algo
agradable.
A lo largo de su cautiverio,
recordó Thäl, todos los compatriotas que habían sido apresados
junto a él fueron muriendo. La lógica de los torturadores indicaba
que las personas en el pico de su vitalidad y resistencia soportarían
mayor cantidad de castigo, pero cruzaron todos los límites y uno a
uno fallecieron en el potro de tortura. Al final sólo quedó un
anciano junto al niño. No los unía ningún lazo familiar pero fue
la última imagen de adulto que Thäl tuvo al crecer.
El hombre de voz pagada y
tranquila llenaba la oscuridad con cuentos, le daba consejos y
vaticinios, iba formando el futuro del niño como los adultos lo han
hecho siempre desde que el mundo existe: con palabras, con historias.
Una de las historias que más
repetía hablaba de los tesoros que la caravana había sacado de la
Cúpula de Metal, tal vez para robarlos, tal vez para resguardarlos.
Entre ellos, una caja labrada que llegaba a la cintura de un hombre
adulto, imposible de abrir para cualquiera que no supiera cómo. Le
decía al niño que, si tenía la fortuna de crecer, volverse fuerte,
aprender a defenderse y a atacar, lo que estaba escondido dentro de
la caja le daría la clave del triunfo contra cualquier enemigo. No
sólo los nemirios sino cualquier otro que se cruzara en su camino en
el futuro.
Si es que tenía un futuro,
claro.
XVI
El anciano le contaba a Thäl,
a veces cambiando, a veces conservando los detalles, que la caja
inexpugnable había viajado con ellos en la caravana y que ahora la
tenían los nemirios. A veces decía que la conservaban en el salón
del trono, otras en una bóveda junto al resto de los tesoros
rapiñados, otras escondida bajo tierra en un lugar cuya ubicación
ni siquiera el rey conocía. Pero todas las distintas variantes de la
historia coincidían en algo: para abrir la caja se necesitaba algo
que no existía en ningún lugar del mundo salvo en su hogar de
nacimiento, donde se lo había inventado: una pieza tallada de un
metal con propiedades especiales que encastraba a la perfección con
un espacio faltante en la caja y que, al unirse a ella y completarla,
permitía tener acceso a sus contenido secreto.
Pocas veces le dijo también
que él era el guardián de esa pieza, que la había resguardado
desde que su cautiverio había comenzado y que, finalmente, la había
escondido en algún lugar de la celda que compartían.
Thäl terminó de recordar
los hechos y las palabras mientras llegaba al último anillo de
celdas, donde estaba ubicada aquella en la que había pasado su
niñez. Los barrotes seguían siendo de madera resistente pero eran
otros. Pasarían años antes de que la cantidad de hierro descubierta
en esa parte del mundo permitiera la forja de puertas de metal para
las cárceles, por ahora ese material altamente codiciado se
utilizaba sólo en armas y elementos sagrados de las incipientes
religiones. Eso significaba que aún había necesidad de guardias.
Vio a tres de ellos, a pasos
de distancia uno del otro. Preparó su arco con dos flechas y en el
mismo momento en que la cuerda llegó a su máximo punto de tensión
dejó volar ambas saetas, no sin apuntar sino habiendo ya calculado
la trayectoria en su mente y haciéndola realidad mediante la
perfecta memoria muscular de sus brazos, habituados a ese exacto
movimiento. Mientras disparaba en solitario al último guardia pensó
que no sería mala idea retomar las prácticas del lanzamiento
triple.
XVII
Volvió a los primeros
círculos de celdas, buscó una antorcha, la encendió y entró con
ella en el calabozo. Con el oído atento a la llegada de otros
guardias, inspeccionó palmo a palmo el cubículo de piedra, frío y
hediondo. El piso estaba cubierto de paja y desechos humanos pero el
lugar se encontraba vacío. Había siluetas inmóviles en las demás
celdas, personas que no se animaban a mover ni siquiera un músculo
para no atraer atención no deseada.
La revisión se fue haciendo
cada vez más lenta y cercana hasta que Thäl acabó inspeccionando
las junturas entre piedra y piedra con la nariz casi pegada al
relieve bruscamente ondulado del muro. Estaba a punto de resignarse a
salir de allí sin encontrar nada pero en el último recorrido creyó
ver un destello en una de las uniones, sobre el nivel de su cabeza, a
una altura que un hombre muy alto podría alcanzar en puntas de pie.
Haciendo una pila con los
tres soldados muertos pudo elevarse lo suficiente como para echar un
vistazo en el lugar. En efecto, algo brillaba. Algo pequeño,
escondido, y definitivamente metálico.
XVIII
Recorrió con los dedos la
superficie de las piedras y de la amalgama que las unía. El pequeño
objeto angosto, romo, sin filo alguno, destacaba al tacto de forma
clara pero indefinible. El intento de sacarlo con una mano fue
infructuoso porque el espacio en el que estaba introducido era muy
angosto y la nimia diferencia de relieve que pudo existir en algún
momento se había rellenado a lo largo de los años con polvo y
suciedad.
Intentó con los filos de
piedra de las armas de las que había despojado a los guardias
muertos que le servían de montículo sobre el que elevarse, pero no
tenían la delgadez necesaria.
Las puntas de algunas de sus
flechas sorpresivamente eran de metal. Probó con ellas y, si bien
tampoco cumplieron su cometido, le sirvieron para comprobar que el
objeto metálico enterrado en la pared parecía ejercer algún tipo
de efecto sobre las puntas metálicas, una atracción no invencible
pero si notable.
XIX
Acercó a la pared la hoja de
la espada que había robado pensando que el mayor tamaño del arma
aumentaría la atracción. Pero nada sucedió. Thäl dedujo que se
debía a que la espada no estaba hecha del mismo tipo de metal que la
punta de las flechas: era mucho menos duro y de un color rojizo
opaco. Entonces utilizó el filo de las flechas para horadar el
espacio entre las piedras. Con movimientos contenidos y veloces logró
abrir un canal alrededor del trozo de metal escondido hasta que
finalmente pudo sacarla con los dedos, no sin dificultad.
Una vez en sus manos vio que
se trataba de una pieza compleja: chata, casi sin volumen, pero con
varias protuberancias que se extendían hacia los lados sin un orden
discerible.
Terminaba de esconderla en su ropa cuando un grito lo sorprendió:
-¡Qué está pasando acá! -
gritó el líder del grupo de carceleros que había llegado para el
cambio de guardia.
No había razón alguna para
inventar una historia. Desde su posición elevada sobre los soldados
muertos se abalanzó sobre la patrulla con una flecha apretada dentro
de cada puño. Fue por los cuellos y los ojos, como se debe hacer con
armas afiladas pero de corto alcance. Tales heridas tienen el
beneficio adicional de que la víctima lleva sus manos al órgano
sangrante descubriendo el resto del cuerpo. Thäl intentó
atravesarlos con su espada pero el metal blando se dobló al chocar
con las costilla de un guardia. Entonces lo tomó con ambas manos y
lo arrojó contra los barrotes, rompiéndolos con la fuerza del
golpe. El cuerpo quedó empalado en las varias puntas de madera.
Los otros soldados murieron
con sus cabezas destrozadas contra las piedras del muro, desnucados o
asfixiados por un par de manos desnudas. Thäl tomó todas las
flechas que pudo, la espada que notó más resistente, y salió al
exterior con rumbo al ala que daba acceso a los aposentos reales.
Tenía que averiguar si eran ciertas las historias que indicaban que
el rey guardaba la caja de metal entre sus tesoros.
XX
Las estrellas brillaban en el
cielo negro como el fango mortal de la Selva Impenetrable. A lo
lejos, chillidos aislados de animales gigantescos se sobreimponían
durante segundos aislados sobre el trajín de personas que corrían
con los últimos baldes de agua para acabar con el fuego ya casi
aplacado por completo. El suelo temblaba de manera casi imperceptible
al caminar cuando gusanos de tierra del tamaño de caravanas enteras
avanzaban bajo tierra en los campos cercanos. Thäl reconocía todas
las señales, podía leer el aire y la tierra, la ausencia de luz y
el movimiento. Pero no podía leerse a sí mismo con la misma
fidelidad.
Pasaba de buscar un plan
urdido a la perfección a tomar decisiones apresuradas. De calcular
cada consecuencia de sus actos a saltar sin mirar.
Una de las nacientes
religiones decía que el ser humano estaba habitado por decenas, a
veces cientos, de seres espirituales que vivían en guerra en su
interior y que la labor que debía cumplir la conciencia del hombre
era mantener en equilibrio esa lucha interna. No era una explicación
mucho más loca que otras que hubiera escuchado y tenía la ventaja
de relevar a la persona de toda responsabilidad sobre sus actos: su
única culpa por un acto reprochable o insensato podía ser, tal vez,
haber relajado la vigilancia y dejar actuar sin frenos a uno de sus
aspectos más beligerantes.
Thäl no creía en esas
teorías pero podían ser un buen justificativo para lo que estaba
haciendo.
XXI
Recordaba bien la ubicación
de la cámara del rey. La había conocido en sus años de cautiverio:
a veces el soberano salía a la ventana de sus aposentos para
verificar los avances en la construcción del castillo y el muro.
También sabía que entrar blandiendo la espada tenía muy pocas
posibilidades de éxito. Podía matar a varios guardias solitarios
pero a medida que se adentrara en los pasillos habría cada vez más
soldados, y más llegarían atraídos por los gritos y el ruido de la
lucha, hasta apiñarse en un grupo compacto frente a la puerta del
monarca. Le impedirían la entrada incluso si los matara a todos y
los convirtiera en una pila de cuerpos amontonados. Debía ser sutil,
solapado, actuar más como un ladrón que como un guerrero.
Tiempo atrás había vivido
aventuras acompañado por ladrones profesionales. No
le gustaba hacerlo porque esas misiones por lo general implicaban que
alguien lo emparejase con un desconocido. Thäl tardaba meses en
escrutar a una persona y descifrarla hasta adelantarse a sus
reacciones, ser consciente del grado de confianza que merecían,
saber si podía cargarlos con un secreto o una responsabilidad.
Compartir una aventura desconfiando todo el tiempo de sus
acompañantes era una molestia soportable pero innecesaria. Y Thäl,
creciendo como esclavo, había aprendido pronto que nada se
desperdicia, ni siquiera un poco de tranquilidad mental, que nada
negativo se lleva encima sin necesidad, ni siquiera un poco de
desconfianza, y que nunca se renuncia ni a una pizca de comodidad.
De todos modos, observando a
ladrones de profesión y con años de experiencia, había aprendido
una o dos cosas.
XXII
Lo primero que podía hacer
esa recorrer el camino de menor resistencia, es decir, no hacer nada.
Nada más que fluir hasta que una piedra en el camino lo detuviera.
Pasó la primera fila de guardias saludándolos con la señal del
ejército nemirio, golpeando dos veces su pecho con el puño. Más
que un santo y seña era una costumbre tribal, una antigua muestra de
pertenencia a su pueblo y, por lo tanto, la posibilidad de que
hubieran dejado de utilizarla era prácticamente nula.
La seña, más el uniforme y
las armas que habían pertenecido a la guardia, le sirvieron también
para burlar la segunda línea de defensa. La oscuridad ayudaba. Los
pasillos del palacio eran fríos y oscuros, sin adornos en las
paredes: no había allí tapices, banderas con el escudo de armas del
reino ni espadas de guerreros del pasado exhibidas a la altura de los
ojos. Austeridad total que se aplicaba a todos los habitantes salvo a
la familia real, en quien ya comenzaba, como en todas las que Thäl
había conocido, un proceso de ablandamiento y degeneración.
Todos los reyes llegaban a
ese lugar en la jerarquía de un pueblo mediante la violencia:
quienes la ejercían contra su pueblo como tiranos y quienes la
ejercían contra otros como héroes. La valentía era una cualidad
que los separaba de los demás, junto con la capacidad de realizar
cualquier sacrificio en pos de ganar una batalla. Los primeros reyes,
entonces, solían ser hombres frugales, disciplinados, austeros, de
pocas palabras y pocos golpes de espada escandalosamente efectivos.
Sin importar que las utilizasen en su propio beneficio, esas
cualidades eran en ellos innegables.
Hasta llegar al poder.
El primer rey podía
mantenerse fiel a su carácter hasta la vejez, llevado por el pudor
frente a la propia molicie, negándose a traicionar su mayor tesoro,
el único que nadie podía quitarle: el recuerdo de sí mismo cuando
joven.
Pero desde la primera
sucesión en adelante los reyes solían ser cobardes, locos,
imbéciles o una mezcla de los tres.
XXIII
En la tercera línea de
guardia, los soldados detuvieron a Thäl. Eran tres hombres jóvenes,
con cara de dormidos y sin demasiado aspecto de guerreros. Después
de devolverle
el saludo le preguntaron qué hacía allí a esa hora.
-Llevo un mensaje urgente del
capitán para los vigías en las almenas.
-Danos el mensaje y nosotros
lo transmitiremos.
-Tengo órdenes de
transmitirlo en persona.
El grupo intercambió miradas
de incredulidad.
-Esto nunca había pasado, es
muy extraño.
-Pues dale gracias al dios en
el que creas de no haya pasado antes. Necesito poner en aviso a los
vigías acerca de un peligro tan grande que, si el rumor se esparce,
podría provocar caos en en el pueblo, podría enloquecer a quien lo
escuchara. Si quieres contaminar tus oídos con la noticia no tengo
problema en decírtelo, pero preferiría llevar la carga yo solo y
que al menos así el hecho de no volver a dormir en paz sirva para
algo.
-¿Qué puede ser peor que
los dragones y los gusanos gigantes?
-Miles de cosas. Pero con una
sola nos alcanza para estar todos condenados.
Los jóvenes lo dejaron pasar
y pudo subir al piso superior. Otro piso, otro destacamento de
guardias, lo separaba de la torre de vigilancia ubicada exactamente
sobre las habitaciones del rey.
XXIV
El primer grupo de soldados
que Thäl encontró en el último piso, estaba ubicado en el extremo
opuesto a su destino final. Frente a ellos, alejado por una distancia
de unos diez pasos, realizó el saludo correspondiente y dio media
vuelta sin que lo detuvieran o interrogaran.
El segundo grupo custodiaba
la escalera que daba acceso al techo y a la torre de vigías. Tenía
que pasar por allí,
con astucia o con violencia, si quería llegar a la parte superior
del castillo. Entonces debería ingeniárselas para descender dos
pisos e ingresar por fuera a la cámara del rey, sin alertar a la
guardia y sin darle tiempo al monarca
para dar la alarma.
Comenzó a repetir la misma
historia que le había permitido avanzar hasta donde había llegado:
-Llevo un mensaje urgente del
capitán para los…
La mentira del bárbaro fue
cortada por un golpe en el rostro con la parte inferior de una lanza.
-¿De dónde sacaste esa
espada? -preguntó el guardia que lo había golpeado, apuntando el
filo de su lanza al pecho de Thäl mientras los otros dos se movían
lentamente, flanqueándolo.
Miró la espada colgada de su
cinturón y supo que no tenía opción. Él la había recogido de
entre los guardias muertos en las mazmorras subterráneas por ser la
de color más uniforme y apariencia más resistente, la mejor forjada
a simple vista. Pero concentrado en el filo, la única parte de la
espada que le importa a un verdadero guerrero, pasó por alto la
empuñadura labrada y el pomo con símbolos en relieve. El arma debía
ser muy reconocible para quién la hubiera visto antes. Mucho más
para un amigo, un hermano u otro pariente cercano, lo que
posiblemente era el soldado que lo mantenía amenazado a punta de
lanza.
Antes de dejar que los otros
dos guardias se ubicaran a sus espaldas formando un triángulo que
siempre dejara a uno de ellos atacarlo desde un punto ciego, Thäl
dio un paso decidido hacia atrás y sacó de su funda al arma
delatora. Era momento de saber si su elección había sido correcta y
estaba tan bien forjada como lo creyó al elegirla por sobre las
demás.
XXV
Lo primero era impedir los
gritos y el ruido de filos de metal chocando entre sí. La espada
salió cortando, tomada con la mano derecha desde su costado
izquierdo, cercenando las cuerdas vocales del soldado que flanqueaba
a Thäl desde ese lado de su cuerpo. Con un movimiento hacia arriba y
en diagonal, golpeó al soldado de la derecha con el pomo de la
espada en la mandíbula, partiéndosela y haciendo saltar varios de
sus dientes. Con suerte, la sangre llenaría su garganta impidiéndole
proferir sonido alguno.
El guardia restante se
abalanzó sobre él con la lanza en ristre y lo hirió en el hombro.
La punta penetró entre el hueso y la axila y pasó al otro lado
derramando abundante sangre. El golpe
llevaba tanto impulso que el arma terminó clavándose en la pared
detrás de Thäl, en el espacio de argamasa entre dos piedras.
Sabiendo que estaba atrapado y que no podía retroceder, el bárbaro
hizo todo lo contrario: empujó el torso hacia adelante ahogando un
grito de dolor hasta tener a su atacante al alcance de sus brazos
extendidos. Haciendo un esfuerzo atroz lo tomó de la garganta con
ambas manos y apretó hasta que el rostro del joven se volvió
violeta y sus ojos se colorearon de rojo, surcados por el carmesí de
pequeñas venas rotas.
Empujó su cuerpo un poco más
hasta sacar la lanza de su hombro por el extremo opuesto y apoyó el
cadáver que sostenía delicadamente sobre las rocas del piso.
Después se encargó de dar
el golpe final a los dos guardias caídos, en silencio, con
gentileza, como se sacrifica a un animal cuando no se desea que la
tensión de la agonía se transmita a la carne.
Cortó parte de la ropa de
uno de los muertos y con el jirón de tela envolvió la herida de su
hombro, esperando que la sangre se detuviera en algún momento.
Entonces abrió la puerta que daba al techo y apoyó el pie sobre el
primer escalón, comenzando el ascenso.
XXVI
El rey Regulus Cuarto de
Nemiria dormía en sus aposentos, abrigado por pieles de lobo y otros
animales menos feroces y simbólicos, sobre su cama de madera labrada
en la que podían descansar cómodamente diez personas. No tenía
reina ni concubinas pero sí varios hijos, cuyas madres habían sido
desaparecidas apenas los niños fueron capaces de caminar y moverse
de un lado al otro sin asistencia. Los reyes nemirios no deseaban
contradicciones en la crianza de sus hijos. Tampoco luchas de poder
ni envidias por lo que, una vez elegido el sucesor de Regulus, los
demás niños, sin importar cuántos existieran en ese momento,
también desaparecerían y serían borrados de los escasos registros.
Los nemirios no se preocupaban por transmitir sabiduría sino por
ejercer el poder. No tenían más que un escriba a la vez y cuando
éste moría tardaba meses en ser reemplazado, generalmente
a pedido de otros reinos que solicitaban documentos escritos para
cerrar pactos y alianzas. Así, a regañadientes, se buscaba a un
letrado en las tierras lejanas o se le enseñaba a algún joven los
rudimentos más básicos que les permitieran dejar marcas duraderas
en barro, papiro o pergaminos.
Regulus había
sido
elegido como sucesor de su padre cuando se ponían las primeras
piedras del castillo desde el cual reinaba las tierras aledañas. Los
dominios en realidad estaban lejos de tener fronteras fijas ni más
límite a respetar que las murallas que rodeaban sus centros de
poder: a veces una sola construcción fortificada, a veces un
conjunto de puestos y ferias donde comerciaban los habitantes de las
afueras, a veces un pequeño poblado interior. El campo que separaba
una fortificación de otra estaba en una disputa sorda y permanente,
pero sólo se movilizaban tropas para resguardarlos en caso de haber
un justificativo poderoso, como el hallazgo de nuevas riquezas o el
capricho del monarca.
Con la puerta trancada desde
dentro por un madero resistente que subía y bajaba mediante un
ingenioso aunque simple movimiento de palanca, Regulus no temía nada
dentro de su recámara. Afuera, varios destacamentos de guardias
velaban garantizando su sueño. Y ante cualquier eventualidad o
peligro había tres diferentes formas de salir de allí mediante
pasadizos escondidos que su padre había mandado a construir y cuya
ubicación le había revelado antes de morir. Pasadizos que sólo
permitían el tránsito hacia afuera y por el cual nadie podía
ingresar.
Pesadas cortinas de tela en
varias capas superpuestas impedían que el frío de la noche
ingresara al recinto, pero no había batientes en las ventanas porque
se le había asegurado al rey que nadie podría ascender por la pared
del castillo y escabullirse dentro de su recámara. Por un lado, se
necesitaría una escalera colosal y, por otro, los guardias apostados
bajo su ventana vigilaban cada minuto del día, impidiendo cualquier
ascenso.
Por eso Regulus, aunque
sobresaltado, pensó que seguía soñando cuando el filo de una
espada cortó las cortinas y, primero unos brazos ensangrentados y
luego el resto del cuerpo de un hombre, pasaron por la abertura como
naciendo a sus pesadillas.
XXVII
El bárbaro entró en la
habitación cubierto de sangre como si se
tratara del
momento de su nacimiento.
Una vez en el techo había
bloqueado la trampilla de acceso con todos los objetos voluminosos
que halló. Apoyadas en la pared había bolsas tejidas con grandes
sogas anudadas llenos de escudos, repisas con armas de todo tipo,
uniformes y botas de cuero apiladas. Esa azotea y la torre de
vigilancia eran las primeras líneas de defensa ante un ataque y los
elementos necesarios debían estar al alcance de los soldados ante
cualquier eventualidad. Tomó los objetos que pudo alcanzar antes de
que uno de los vigías diera la voz de alto y Thäl se arrojara
contra los soldados destacados en el lugar.
Una cierta sed de sangre
aplazada en favor del sigilo lo llevó a elegir el combate cuerpo a
cuerpo y la sangre de sus enemigos cubrió gran parte de su ropa.
Luego buscó entre los materiales acopiados y encontró sogas
resistentes, pensadas para escalar o descolgarse por los muros del
castillo. Con una de ellas, actuando con rapidez para no ser visto
por los guardias a nivel del suelo, bajó dando saltos hasta la
ventana del rey y entró por ella espada en mano.
Thäl conocía la habitación.
Había ayudado a construirla, participando sobre todo en la
inspección de los pasadizos escondidos junto con otros niños
esclavos. Algunos de ellos habían muerto aplastados por un mal
funcionamiento de las trampillas que sólo se abrían hacia el
exterior, impidiendo que alguien entrara. Otros, atrapados en
sectores demasiado angostos de los túneles donde el cadáver
permanecía hasta que era posible ensanchar el recorrido a fuerza de
cincel y martillo a su alrededor y sacarlo de allí.
Regulus corrió
instintivamente hacia el pasaje más cercano, oculto tras una enorme
bandera con una escena de guerra bordada en colores apagados.
Habiendo calculado su reacción, Thäl arrojó dos flechas en el
mismo disparo, clavando la tela a los lados de la puerta giratoria e
impidiendo que pudiera abrirse. El rey lo intentó de todas formas y
eso le dio tiempo al intruso para acercarse en cuatro zancadas y
poner el filo de la espada en su garganta.
-Tenemos que hablar, si es
tan amable, su majestad -dijo Thäl.
-No tengo el placer de
conocerlo -respondió Regulus, con una valentía que el bárbaro no
esperaba.
-Oh, ya me conocerá. Y dudo
que le sea placentero.
XXVIII
-Bueno, su majestad, aunque
no lo recuerde, ya nos habíamos visto. De hecho, yo habité en este
lugar antes que usted. Los nemirios vivieron varios meses en un
campamento no muy lejano, desde donde su padre venía casi todos los
días a vigilar el avance en la construcción de su castillo. Los
esclavos fuimos las primeras personas que pasaron sus noches en este
lugar, dentro de jaulas de madera en las que apenas cabíamos de pie.
-Si te hicieron prisionero
durante el reinado de mi padre, no es mi responsabilidad.
-No, es cierto. Pero acabo de
pasar por las mazmorras y no vi que las costumbres nemirias hayan
cambiado desde que me fui.
-Ninguna esclavo ha escapado
nunca.
-O ningún guardia ha
informado nunca que ocurrió una fuga. Castigar los errores con la
muerte suele impedir que la gente informe los que comete.
-¿Qué es esto entonces?
¿Venganza? El mundo es como es, no hay nada de lo que tenga que
avergonzarme o por lo que pedir perdón.
-No. Claro que no. El mundo
es cruel, tiene toda la razón. Y lo que busco no es venganza. Busco
algo que me pertenece como el último sobreviviente de mi pueblo, al
menos de los compatriotas que conocí.
-¿Y qué es eso?
-Para serle franco, no lo
tengo muy claro. Me han hablado de una caja de metal imposible de
abrir, forjada de tal forma que el mejor herrero del mundo no podría
reproducirla ni el mejor alquimista podría crear un metal tan noble.
Podemos ir a la sala del tesoro a buscarla, y después prometo irme
sin hacerle daño.
Regulus abrió los ojos en un
gesto inconsciente de reconocimiento. Recordaba la caja. Era uno de
los tesoros de su padre.
-Ese objeto ya no está con
nosotros. Desapareció años atrás. Más o menos al mismo tiempo un
estafador que se hacía pasar por mago vino al reino. Creemos que él
lo robó pero no hemos podido confirmarlo.
-No es que no crea en su
palabra pero preferiría ver la sala del tesoro con mis propios ojos.
-Por supuesto.
-Creo que el pasadizo que se
abre en el suelo, cerca de la puerta de entrada, es el que lleva allí
de manera más directa.
-Sabe mucho de este castillo.
-Ya le dije, ayudé a
construirlo. Y tengo buena memoria.
-Bien. Vamos entonces. Puede
que su caja ya no esté allí pero hay otras cosas que pertenecían a
su pueblo.
El rey miró a ambos lados
del rostro de Thäl y dijo:
-Mmmmmm… no le veo marcas.
Bueno, supongo que era demasiado pequeño.
Luego bajaron por el túnel
secreto.
XXIX
Dentro del pasadizo se podía
avanzar con la cabeza inclinada, ya que la altura del túnel no
llegaba a la de una persona promedio. Interrumpían el paso puertas
de piedra angosta que al ser empujadas por el peso de un cuerpo se
convertían en el primer tramo de una rampa por la que se debía caer
con el cuerpo totalmente plano contra el piso. A mitad de camino se
abría una bifurcación triple. Tomando la primera desviación a la
derecha llegaron a la sala del tesoro.
No parecía
haber ninguna lógica detrás de la elección de los
objetos que se consideraban valiosos. Podía encontrarse enormes
jarrones que contenían los huesos de guerreros del pasado, partes de
animales que se creía otorgaban poderes mágicos, perlas y conchas
de mar, piedras caídas del cielo, grandes pepitas y algunas piezas
de oro de fundido en lingotes y monedas, arte muy poco conocido
todavía. También armas de metal de factura perfecta que sólo
podían provenir de la Cúpula de metal o haber sido forjadas por
alguien que conociera sus secretos. Pero ninguna de esas cosas era lo
que Regulus quería mostrar a Thäl.
El rey abrió un diminuto
cofre de madera de color claro que entraba en una mano y después de
mirar su contenido durante unos segundos lo giró para dejarlo al
alcance de los ojos de Thäl. El interior estaba ocupado por varias
láminas muy finas, rectangulares, de un metal negro azabache, tan
pulido que más que reflejar la luz parecía absorberla.
Thäl recordó entonces el
rostro de sus padres y a un lado de sus rostros una sombra pura
brillando como un destello de oscuridad en medio del día. Recordó
también que tanto el anciano que sobrevivió hasta el final como
otros compatriotas esclavos, tenían rasgado el lóbulo de una de sus
orejas, como si algo le hubiera sido arrancado con violencia. Al
tomar uno de los rectángulos negros notó un hilo de finísimo metal
que sobresalía de su extremo más angosto.
Ese pendiente era parte
importante de la cultura de la Cúpula de metal. No tenía pruebas
pero tampoco dudas.
-¿Y por qué consideran esto
un tesoro?
-Nunca volvimos a ver nada
parecido. Los objetos escasos son valiosos. Es casi la única ley del
valor.
-¿Saben cuál era el
significado de esto? ¿Por qué lo usaban?
-No. No hay registros de esa
época. Supongo que simplemente como adorno, como algunos pueblos los
utilizan ahora también. Son todos iguales así que no parecen marcar
ninguna jerarquía o puesto especial dentro de su grupo, o tribu, o
cómo sea que se organice tu gente.
-Bien. Me los llevo.
-Claro, son tuyos. Ya bajamos
a la sala del tesoro y te vas de aquí con algo que te pertenece.
Supongo que, si conservas tu palabra, mi vida está a salvo.
Thäl caminó unos pasos
hacia otro pasaje, que lo llevaría a unos metros fuera de la muralla
del castillo. Luego dio media vuelta e interpeló a Regulus.
-¿Estos son tiempo de paz o
de guerra en el reino?
-No sé lo que es un tiempo
de paz.
-¿Pero hay guerra franca o
solamente escaramuzas y bravatas?
-Hay una guerra declarada,
con el reino de Ataraxia, al oeste.
-¿Quién es el rey de
Ataraxia?
-Fenris el Primero.
-Bien. Voy a ir a Ataraxia, a
proponerle al rey Fenris que me contrate para volver a matarte.
De nuevo, Thäl dio media
vuelta y avanzó. Después de algunos metros volvió sobre sus pasos
otra vez. Miró a Regulus, quien no demostraba un ápice de miedo.
Parecía una persona pragmática y preparada para todo, incluso para
morir. Su mirada era atenta y había demostrado tener inteligencia y
conocimientos. De todos modos, estaba decidido a matarlo. Tomó la
empuñadura de la espada y estuvo a punto de hundirla en su pecho y
justificarse diciendo que la encomienda de un rey enemigo en guerra
se daba por descontada y que simplemente se estaba adelantando a un
pago seguro. Pero entonces entonces pensó que, si regresaba
adecuadamente preparado tendría la posibilidad de liberar a los
actuales esclavos y lo prefirió así.
No reveló sus planes para
impedir que Regulus matara a los prisioneros como desafío o castigo
anticipado. La primera reacción del poder frente a una amenaza suele
ser la crueldad.
Finalmente atravesó el
pasadizo y salió al exterior. El incendio que había provocado ya
había sido extinguido y un fino hilo de humo aún espeso subía
hacia el cielo a sus espaldas. Esperó que lo persiguieran pero los
guardias estaban ocupados
investigando los sonidos de golpes que provenía del interior de la
sala del tesoro, que estaba cerrada por fuera y debía estar desierta
a esas horas de la noche.
Thäl comenzó a caminar
hacia el oeste.
Al pasar entre unos arbustos
espinosos como los que encontró cuando la bruja Ía lo dejó en las
afueras del castillo real de Neminia, arrancó una espina delgada y
con ella perforó su oreja izquierda para colocar el rectángulo de
metal negro que lo acompañaría durante muchos años.
Conservó los otros
pendientes en su caja hasta finalmente entregarlos a su gente cuando
pudo regresar a la Cúpula de metal para ver cómo era destruida. Y,
ya siendo un hombre adulto, entregó el suyo como sello de amistad al
único verdadero héroe que conoció, al único hombre que consideró
su hermano, antes de que fuera traicionado por los suyos y asesinado
para mantener una alianza maldita. Pero esa es otra historia.
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