martes, 7 de septiembre de 2021

Thäl y la rebelión de los elementos (2 de 2)

  Ilustración de Javier Mattano

 

XV

Con ademanes y miradas más que con palabras, Frélix llevó a Thäl hasta el pie de un grueso árbol y lo hizo sentarse con la espalda pegada al tronco.

-No hablemos mucho. Está despierto y no debemos molestarlo – le dijo, señalando con el mentón el contenido de la marmita aún caliente, espeso bajo una superficie lisa y reflectante.

Tomó las manos de Thäl e hizo que cada una apretara un puñado de hierba alta. Arrugó los labios y negó con la cabeza para que el hombre sentado en el suelo interpretara que no debía soltarlas por ningún motivo.

El aprendiz de hechicero buscaba la conexión del mercenario con el Gran Verde, la esencia conciente de la vegetación. Cada elemento, emoción u objeto natural tiene su propia versión perfecta y autoconciente en algún lugar. Lo que equivale a decir que, en algún lugar, todo tiene un dios al que dirigirse. El dios de la vegetación debía guiar a Thäl para que pudiera encontrar al maestro Xeres perdido en su reino, mezclado con, o absorbido por, el bosque que lo rodeaba.

El componente psicoactivo en los hongos, explicó Frélix, haría llegar a Thäl a una dimensión donde el pensamiento creaba la realidad ante sus ojos, donde no había tiempo ni espacio y donde seres amigables y eternos podían responder todas sus preguntas y llevarlo a cualquier lugar de este mundo o de otros. Sólo que esos contactos rara vez se recordaban al regresar del viaje. Con suerte esos seres lo llevarían al reino del Gran Verde y el Gran Verde lo llevaría hasta el maestro hechicero caído ante poderes que no había sabido manejar.

Antes de suspender la comunicación hablada, Frélix también le había ordenado a Thäl que sólo pensara en el bosque vivo, recordando todas las características que pudiera: las formas de las ramas, el olor del follaje, el tacto de la enredadera en su cuello, el ruido de los troncos cayendo sobre la playa, y que no apartara su mente de allí.

Frélix tomó una cucharada de la reducción de hongos y la introdujo en la boca de Thäl. No debía tragarla, sino dejar que se disolviera poco a poco, al ritmo que ella misma decidiera obedecer. Cada vez que hablaba de la preparación el joven se refería a ella como a otra persona, o al menos como a otro ser conciente y autodeterminado.

Dejó al Thäl sentado en el suelo, en contacto con árboles y hierbas, y se alejó por el sendero que subía hacia la zona elevada de la meseta, tan preparado para el enfrentamiento como podía estarlo, esperando que la absoluta concentración de Thäl en su misión les permitiera llegar a sus campos de batalla paralelos al mismo tiempo.

No podía saber que en esos momentos la mente de Thäl estaba muy lejos del bosque y que lo único que le preguntaba al hongo era la ubicación de la Cúpula de metal.




XVI

Violeta más allá de las palabras, sin nubes ni auroras, el cielo comenzaba a oscurecer cuando Frélix acabó su ascenso por el angosto sendero que zigzagueaba hundido en la cuesta y puso un pie sobre la superficie plana, polvosa, de la meseta.

Se preguntó si había tomado la decisión correcta al poner su vida en manos de un desconocido. A lo largo de su vida y de sus viajes había demostrado estar lejos de ser un gran juez de carácter. Regularmente lo despojaban de sus pertenencias, estuvo a punto morir varias veces, como sacrificio para adoradores de demonios o como alimento para caníbales. Había juzgado muy mal la prudencia y la fortaleza espiritual de su maestro Xeres. Y probablemente estuviera juzgando mal al mercenario que debía ser su otra mitad en la batalla.

Repasó mentalmente el motivo de sus acciones. Iba a hacer todo lo posible para detener a su maestro porque era el deber de cualquier aprendiz. Y porque liberar un espíritu humano de una posesión maligna era lo que cualquier buen hechicero de la luz estaba obligado a hacer. Además, porque el conocimiento que Xeres poseía acerca de la humanidad y de la magia terrestre, sumado al poder de posibles enemigos de otros planos de existencia, era una amenaza demasiado grande para ignorarla. Porque, aunque el pueblo llano nunca supiera de su victoria, otros magos la conocerían sin necesidad de que nadie se las cuente, su nombre se esparciría en el viento y en el agua y en el fuego y en las ráfagas de arena, en todas direcciones, creciendo cada vez más su fama en los círculos indicados. Y, sobre todo, porque al derrotar al anciano, podría reclamar para sí todo el poder desnudo y crudo que abandonara su cuerpo recién muerto.


XVII

Tres dedos amasaron una pizca de barro extraída del suelo. Luego, un breve golpe del báculo de Frélix dio efímera vida a un insecto. Distaba de ser perfecto, claro, ya que el joven desconocía los rudimentos de la biología y sólo podía conocer al insecto por fuera. Ese era uno de los principales problemas de crear vida con imaginación y magia: por más cercano que resultase el espécimen creado a su modelo existente en la naturaleza, siempre había un margen de desconocimiento que resultaba en la genesis de lo que, en términos rigurosos, era una especie distinta. Tal vez por ese motivo el mundo en que que vivía estaba lleno de aberraciones y mutantes.

Y de razas humanas tan parecidas pero al mismo tiempo tan distintas. ¿Quién podría decir cuál era la original y cuales las copias de origen mágico, alquímico o sobrenatural?

Envió al insecto hacia las primeras filas de ramas del bosque inmóvil. Alas diminutas silbaron en el aire y patas adhesivas se posaron sobre una hoja de color verde ceniciento. La hoja tardó un instante en recuperar su color original, lozano y lustroso, absorbiendo la vida artificial del insecto mágico, que cayó al piso convertido en una carcasa liviana como papel de arroz.

El cambio fue casi imperceptible. Cómo Frélix lo sospechaba, la energía obtenida había sido irrisoria comparada con la enormidad de la masa de árboles y se había esparcido entre el total entregando a cada árbol y arbusto tan poca fuerza vital que no le alcanzó para moverse más de un milímetro.

El bosque actuaba como solo ser, en todo sentido.

Frélix ya lo sabía. pero saberlo difícilmente era lo mismo que atestiguarlo.


XVIII

La magia que Frélix había llegado a dominar era del tipo elemental. Podía entenderse con las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza y con el quinto elemento: la fuerza vital. Por eso había sido capaz de crear vida partiendo de una pequeña mota de barro. Aunque se tratara de algo tan rudimentario como un insecto, no era otra cosa que una proeza, una imposibilidad natural, un milagro.

Controlar esa clase de hechizos, que trabajaban con los elementos del mundo material, era sólo el principio. Era el tipo de magia más fácil de comprender, ya que el aire, el agua, el viento y la tierra eran cercanos al hombre, no sólo podía comprenderlos el intelecto, también podían entrar en contacto directo con los sentidos, con órganos del cuerpo. La magia más difícil de aprender era aquella que trataba con abstracciones y entes provenientes de planos de realidad que ningún humano podía percibir pero que muchos libros prohibidos describían con metáforas, historias y acertijos.

Debía encontrar la forma de utilizar los elementos y la fuerza vital contra la masa vegetal que tenía delante pero poco podía hacer contra los seres de otra dimensión que habían parasitado a su maestro. Thäl debería pelear con ellos mano a mano en su propio territorio.

El joven lucharía con magia desde el mundo material y el bárbaro mercenario lucharía con fuerza bruta desde el plano espiritual.

La magia tiene debilidad por los oxímorons.


XIX

“Dos. Un vacío. Tres. Un punto. Cinco. Una línea. Una línea es el símbolo del uno. Un segundo. ¿Cuántos instantes entran en un segundo? Infinitos instantes. ¿Pero qué es un segundo? Nunca escuché esa palabra. ¡Chak! Un chasquido de dedos. Siete. Nos movemos en el tiempo de chasquido en chasquido. Hay un hombre espacial esperando en el cielo. Once. En este lugar no hay tiempo y tampoco es un lugar. No puedo chasquear los dedos porque no tengo dedos y porque el chasquido duraría por siempre, aturdiéndome al mayor volumen imaginable hasta terminar. Por siempre y hasta terminar. Ambas cosas. La magia tiene debilidad por los oxímorons. Trece. Enloquece con una ensoñación de la era lunar. No hay luna en este mundo todavía. No sé lo que es una luna pero lo sabré, y saberlo en el futuro es como haberlo sabido siempre. Diecisiete. Tengo que centrarme, mi mente viaja sin pivote, hambrienta de belleza y revelación, tan sencillas de encontrar en este estado. Tengo que centrarme. Centro y periferia. Diecinueve. Donde los caminos se cruzan. La encrucijada es el centro del camino. Introspección: ¿cómo me veo realmente por dentro? Instrospección: ¿por qué todos los profetas han mentido? Hay una estación en la que descubriré lo que soy. Hay una razón, y algún día descifraré el plan. Anclarme a un lugar. Debo. Ancla. Debo anclarme. Ancla de metal. Cúpula. La cúpula. Anclarme en la Cúpula de metal. Veintirés. Un par de horas para dominar los controles y comandar mi dos ojos. ¿Por qué hay música? Entiendo los colores. Hasta cierto punto entiendo los números. No, mentira, no lo entiendo. Siento que debería entenderlo y con eso basta. Pero la música. ¿Por qué cada objeto emite música? La música es un color que escuchamos. Los colores son música que entra por los ojos. Veintinueve. Voy a luchar hasta rechazarlos, un ejército de siete naciones no puede contenerme. Toda la música que existe y existirá está aquí esperando que alguien conecte con ella, que alguien la rescate. Y va de esta forma: las cuartas, las quintas, las menores caen y las mayores se elevan. ¡¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhh!!! Concentrarme. Tengo. Que. Cúpula de metal. El metal resuena. Diapasones. El metal traduce la música de las esferas. Treinta y uno. ¿Qué es una esfera? El mundo es plano. ¿Porqué veo el mundo como una esfera? El mundo no es más que esta tierra que toco con mis manos. Mis manos. Sostienen hojas vegetales. Algo relacionado con vegetales. Recordar. Debo recordar. Un bosque. Vegetación. Treinta y siete. ¿No crees que es aburrido cómo la gente habla?”


XX

“Las cosas ponen los pies en la tierra un poco, se vuelven más tridimensionales, sea lo que signifique eso. Puedo distinguir un adelante y un detrás, aunque mi mirada llega a los objetos, los pasa de largo después de captarlos, recorre desiertos enteros, atraviesa mi nuca y sale por mis ojos otra vez, y otra y otra y así infinitas veces. Pero al menos hay un atrás y un adelante.

“La música ha bajado un poco el volumen y se reduce a zumbidos, murmullos de una boca cerrada pronunciando una eme continua y ondulante.

“Frente a mí, pequeñas bolas de un brillo apagado me observan sin ojos. Parecen hechas del agua tranquila de un lago que refleja todo el paisaje que la rodea. Me veo en ellas deformado pero, de alguna forma, exactamente tal cual soy. No pueden estar reflejando mi apariencia pero aún así lo hacen. Porque todo es apariencia. Incluso aquello que no tiene que ver con las facciones o el cabello o la forma de pararse y moverse. Todo es una versión moldeada de lo que debería ser, modificada para los ojos o las emociones o el recuerdo de los demás. Apariencia.

“Los pequeños seres me preguntan qué pueden hacer por mí. La infinita cantidad de cosas que me ofrecen llegan todas juntas a mi mente y casi la hacen explotar. ¿Cómo podría elegir si ya no lo hubiera elegido antes de llegar? Las opciones son tantas que ni siquiera puedo sopesarlas, pensar en los pros y los contras, en la conveniencia. Lo quiero todo. Quiero saber todo y verlo todo. Pero llegué aquí con un ancla. Con una misión. Y con preguntas.

“Una misión impuesta por otros y preguntas personales, familiares, íntimas, que me persiguen desde el inicio de mi vida.

“Ellos saben qué es lo que voy a elegir. Yo todavía no”.


XXI

Los seres con apariencia de espejos vivos indagaron en la mente de Thäl y vieron la contradicción en la que se debatía. Deseaba saber sobre sus orígenes, cómo llegar a la ciudad natal que lo atraía desde el recuerdo. Por un lado, sabía que nada bueno sucedería si pudiera regresar y, por otro, sabía que su futuro estaba relacionado con el legado de la Cúpula de metal. Pero lo que debía rescatar se encontraba en el lugar que él menos recordaba y en el que menos quería pensar. Había aprendido a bloquear todo lo relacionado con su época como esclavo, desde el final de su infancia hasta su liberación, en tierras desconocidas junto a sus pocos compatriotas sobrevivientes.

Pero también tenía una misión que cumplir, importante, vital.

Ante la indefinición del humano, los seres tomaron la decisión por él y prestaron atención a la urgencia que ocupaba su mente en segundo plano: ponerlo en contacto con el Gran Verde.

Dejaron salir de sus cuerpos cromados gotas vivas que flotaron con lentitud hacia Thäl y lo envolvieron, cubriéndolo con una fina coraza de mercurio plateado que al mismo tiempo lo protegía y le permitía viajar adónde necesitara ir. Una burbuja que lo mantendría a salvo del peligro en otras realidades pero, por sobre todo, del peligro en los espacios entre realidades, que es donde el verdadero mal reside.

En lo que parecieron semanas, fue avanzando por dimensiones y mundos comprimidos, tan compactos como la pared de un castillo, conociéndolos a la perfección después de haber experimentado sus atmósferas, sus rangos emocionales, los lenguajes y gestos de sus formas de vida. Nada de eso recordaría al salir de su trance, pero una parte de su mente nunca lo olvidaría y permanecería abierta a considerar la existencia de otras realidades allí donde los demás sólo veían la cotidiana normalidad que se repetía a sí misma.

Llegó al Gran Verde con la mente ofuscada, saturada de conocimiento. El Gran Verde era tanto un mundo como un plano de realidad como un ser vivo como una consciencia plural. Y no le gustaban los seres humanos. Thäl no entendía por qué, no le parecía justificada la animadversión del dios vegetal contra los seres de carne, pero sabía que en el futuro lo estaría, con creces.


XXII

El Gran Verde se mostró reticente siquiera a prestarle atención a esa consciencia humana que lo buscaba. No tenía que esforzarse demasiado: era el mar queriendo ignorar a un grano de arena.

Thäl necesitaba encontrar una manera de hacer que el Gran Verde lo notara. Debía gritar pero no tenía boca. Tampoco brazos para agitarlos en el aire. ¿Qué podía hacer?

Tuvo años para pensar, lo que, sin perder tiempo en dormir ni comer porque no tenía un cuerpo material que alimentar ni que reclamase descanso, es mucho más tiempo del que cualquiera pueda dimensionar.

Por fin recordó que en su juventud, en las tierras del norte, entre los salvajes domadores de dragones, vio un rito realizado por el hechicero de la aldea. En medio de la noche la cabeza desnuda del anciano brillaba como el fuego de una vela. Al día siguiente le explicaron que pensar o concentrarse con la intensidad con la que podía hacer lo un hombre santo generaba luz, que las ideas eran luces encendidas y que, vista desde el cielo, la tierra debía ser una constelación de inteligencias que brillaban separadas pero formaban dibujos al unirse con líneas rectas.

Entonces Thäl pensó. Pensó como nunca antes en su vida. Toda su fuerza se reunió en el lugar incorpóreo de donde surgen las ideas. Se concentró en el bosque; en la historia del maestro Xeres y los demonios interdimensionales que lo habían parasitado; en Frélix, que debía estar en el mundo material, luchando solo; en su visión de un mundo donde todo estaba cubierto por hierba fétida asesina. Pensó tanto que sus ideas brillaron en una llamarada fugaz pero poderosa.

Entonces el Gran Verde lo miró sin ojos y le habló sin boca.


XXIII

Thäl conectó con el Gran Verde y pudo comunicarle el motivo que lo llevaba ante su presencia. No había explicación más directa que la transmisión sinestésica de ideas. Incluso contando algo que no había visto con sus propios ojos sino que había escuchado de labios de Frélix, el Gran Verde pudo entenderlo sin ambigüedades. Recorrió su propio reino y su propio ser en un instante e identificó el lugar de la incursión maligna que el maestro Xeres había propiciado, permitido, tal vez provocado adrede. No lo sabía. No tenía la menor importancia. Las plantas no buscan culpables, sólo reaccionan a lo que el medio les ofrece, a las amenazas inminentes. Pero, a diferencia de los vegetales en nuestro mundo, el Gran Verde podía apresurarse a reaccionar.

El ser/lugar/plano vio en la mente del bárbaro su voluntad de luchar contra aquello que lo amenazaba y entendió que la única forma de luchar que Thäl conocía era física. Por lo que debía brindarle un cuerpo.

Alrededor de la consciencia de Thäl comenzó a formarse un esqueleto de cedro y músculos hechos con hebras trenzadas de hierbas resistentes. Apenas tuvo ojos para mirar, vio tallos de finas enredaderas entrelazarse, formar la yema de sus dedos, girar y volver hacia el brazo del que provenían. En sus manos crecieron dos espadas gemelas de ébano, de hoja ancha y roma, con una extraña hoja curvada debajo de la empuñadura. En el futuro, en sueños, las reconocería, pero las olvidaría de nuevo al despertar.

Una vez tuvo un cuerpo y armas adecuadas, el Gran Verde abrió un túnel frente a Thäl. Experimentó la misma sensación que al bajar hacia las catacumbas en Escatonia tiempo atrás: la de estar entrando en un lugar que existían entre dos mundos, sin pertenecer completamente a ninguno pero con características de ambos. Esa frontera era su campo de batalla. Y estaba llena de seres reptantes, gusanos gordos de piel escamosa, con brazos o piernas que aparecían y se desvanecían al avanzar.

Cruzó el túnel a paso firme, apretando el mango de sus espadas. Sonó como una soga nueva ajustándose alrededor de un mástil de madera seca.


XXIV

En el plano físico, Frélix estudiaba sus posibilidades.

El bosque dejaba de crecer cuando no tenía de qué alimentarse, por lo que tenía dos alternativas: o lo dejaba agotar toda la energía vital del mundo, matando al planeta y muriendo después de hambre; o alejaba de él toda fuente de alimento, como lo venía haciendo desde el día anterior, con una vigilancia estricta. Pero esa vigilancia no podía durar indefinidamente. Y un solo segundo de distracción podía permitir que cualquier persona o animal penetrara en los dominios de la masa vegetal. La primera idea tampoco era del todo buena, incluso dejando de lado el detalle de la completa erradicación de la vida en todo el mundo conocido, porque nada le aseguraba que el ser no pudiera entrar en un estado de hibernación o espora, reduciendo su consumo de energía al mínimo, hasta encontrar una nueva fuente de alimento. Tal vez en otro orbe planetario o en otro plano de existencia. Y luego en otro. Y en otro. Y en otro.

Decidió generar una esfera protectora alrededor del bosque. Se alejó un trecho considerable, sin perder de vista los límites de la arboleda, y comenzó a salmodiar las sílabas de un encantamiento. Una esfera perfecta comenzó a colorear el aire, emitiendo brillos de todos los matices conocidos y algunos desconocidos para el ser humano común, sin inclinaciones ni contactos mágicos. La esfera debía contener todo lo que sobresalía de la tierra y también las raíces más profundamente enterradas.

A medida que el campo contenedor mágico se hacía más fuerte, comenzaron a escucharse movimientos de tierra, derrumbes y avalanchas rocosas. No había contado con que la esfera mágica no iba a atravesar la tierra como un espectro, sino que iba a separarla como el filo de una espada curvada que, en lugar de hundirse, apareciera allí por arte de magia.

El acantilado cedió y el bosque encerrado en su bola mágica cayó sobre el río que pasaba debajo, dando vida al valle.

Inmediatamente las raíces de los árboles se aferraron al lecho mientas las ramas de la periferia atrapaban peces uno a uno y los liberaban segundo después, inmóviles y carentes de vida.


XXV

Desde el nuevo borde al acantilado, Frélix observaba todo el paisaje. No podía retroceder, aunque la tierra se sentía aún inestable bajo sus pies, para no perder contacto visual con lo que pretendía hechizar.

Lo primero que hizo fue desviar el río para privar al bosque maldito de alimento. Ordeno a las agua cambiar su trayecto y forzó a algunas rocas a caer sobre el viejo cauce para obturarlo. La parte del valle en que la esfera de tierra y plantas había caído ya no era el terreno más bajo de la zona, lo que hizo sencillo guiar al agua para que lo rodeara. Pero le insumió demasiada energía y cuando terminó de hacerlo sintió, o más bien supo, que si no ocurría un milagro no tendría la fuerza necesaria para contener de nuevo la masa vegetal dentro de un orbe de aislamiento.

Pensó en fuego. Pero la vegetación era demasiado verde como para arder de manera eficiente.

Pensó en agua. Pero el río no era lo suficientemente profundo como para taparlo.

Pensó en tierra. Pero si los sepultaba, los árboles sólo deberían crecer aceleradamente hasta salir de nuevo a la superficie.

Pensó en aire. A lo mejor allí había una posibilidad. Privadas de aire las plantas debían morir, si es que su funcionamiento biológico seguía replicando el de los vegetales del mundo material.

Invocó otra esfera, no una esfera de aislamiento que separara físicamente lo que tenía dentro y fuera de sí, sino un campo de expulsión. Tomaba el aire de su interior y lo obligaba a salir al mismo tiempo que no permitía al aire del exterior entrar.

El bosque de a poco se fue volviendo opaco, gris. Enredaderas caían al piso, perdida su fuerza y su agarre, y hojas de ramas altas se doblaban en señal de debilidad. A medida que el aire se agotaba comenzó a destacarse un punto en medio de la espesura que aún seguía verde. Ese punto se fue haciendo cada vez más pequeño hasta que ocupó las dimensiones de un cuerpo humano. Un cuerpo humano que brillaba con luces ondulantes que herían los ojos y estaba rodeado por auras espectrales de mayor tamaño, que se debatían en lo que parecía ser una lucha. Una lucha contra otro espectro con dos espadas negras en ambas manos.


XXVI

Al atravesar el portal abierto por el Gran Verde Thäl se abalanzó sobre sus enemigos, corriendo a una velocidad inaudita con su cuerpo recién creado pero negándose el desahogo y la celebración de un grito de batalla.

Todo alrededor era un espectro fluctuante de ramas y hojas. Atravesaban el espacio dejando tras de sí ecos visuales que se desvanecían lentamente y en secuencia. Lo único que parecía tener una cualidad física palpable era el grupo de gusanos segmentados, rugosos y con enormes colmillos en sus cabezas ciegas, del tamaño de varios toros ubicados uno detrás del otro, que rodeaban una luz. El destello exhibía visiblemente forma humana aunque no física: se trataba del maestro Xeres, y los gusanos eran sus invitados de dimensiones no terrestres.

Thäl supo de inmediato que el hombre habitaba un plano de existencia que no podía alcanzar y se centró en los monstruos. El último paso en su carrera dio impulso a un salto que lo catapultó contra las criaturas. Utilizando la inercia de la caída, enterró ambas espadas de ébano en el cuerpo del gusano sobre el que aterrizó. Lo cortó de arriba a abajo con salvaje deleite, en dos líneas paralelas profundas. Pero no tenía órganos, ni siquiera líquidos vitales que escaparan de la herida. Los monstruos estaban hechos de ectoplasma gelatinoso que volvía a reintegrarse poco tiempo después de ser lastimado. Eso no desanimó a Thäl, cuyo cuerpo vegetal tenía similares características: las mandíbulas de las criaturas le arrancaban músculos o miembros enteros, que volvían a crecer en segundos, cuando las plantas seccionadas que lo formaban emitían nuevas raíces o nuevas ramas, se injertaban en sí mismas para recuperar las formas de ese cuerpo con funcionalidad humana.

Toda la superficie de los gusanos bullía con nuevas formas. A veces tenían patas, a veces no. Podían emitir púas o tentáculos que intentaban atrapar a Thäl y luego desaparecían. Lo único que permanecía inmutable era la cabeza, con sus colmillos y algún tipo de sentido de la orientación que Thäl no tenía tiempo de descifrar en medio de la lucha. Pero decidió seguir esa pista: tal vez lo único invariable era lo único que podía conservar una herida. Era claro: debía apuntar a la cabeza.


XXVII

Haber expulsado todo el aire del orbe mágico que había invocado, le sirvió a Frélix para debilitar la cubierta vegetal que rodeaba a su verdadero enemigo. También para ver, como a un espectro en las volutas de humo, que su aliado estaba enzarzado en su parte de la batalla en otro plano de la realidad. Al joven aprendiz de hechicero le restaba encontrar una estrategia final, un golpe definitivo.

Incluso debilitado, el componente vegetal que los demonios transdimensionales habían utilizado como vehículo de su conquista seguía luchando. Por sobre el agua, estancada dentro de la esfera que expulsaba el aire, plantas acuáticas se multiplicaban en forma de hojas circulares, primero amontonadas y luego apiladas unas sobre otras. Hundían sus raíces en el cauce para obtener así el oxígeno necesario para vivir. Pero el agua residual era muy poca y ya casi toda se había convertido en barro, proceso apresurado por la voracidad de las nuevas plantas flotantes.

Antes de morir, flores produjeron con celeridad miles de semillas voladoras, que intentaron flotar pero, ante la ausencia de brisa, cubrían ahora el suelo negruzco y puterfacto.

Frélix observó a la amenaza que debía derrotar. Era extraño pensar en Xeres de esa forma, dado que hasta la mañana anterior había sido su mentor y figura paterna. Mucho puede cambiar en un día. Thäl había pasado, también en un día, de un desconocido digno de todo el temor posible a la única otra persona en la que podía confiar.

Thäl, en otro plano de existencia, apuntaba a la cabeza de los gusanos interdimensionales el filo de sus espadas de madera negra como la oscuridad de una cueva profunda. Darse cuenta de que efectivamente lograba herirlos redoblaba su vitalidad y sus esfuerzos. Su cuerpo crecía en solidez también. Las ramas verdes se convertían en sargazos resistentes, sus huesos ganaban círculos de crecimiento y dureza, y golpeaba con la fuerza de un árbol centenario nunca vencido por los elementos.

Los monstruos no dejaban de arrancar partes de su cubierta vegetal con forma humana, con lo que le hacían en realidad un favor, ya que el Gran Verde sentía esas heridas y le enviaba al cuerpo características de plantas cada vez más duras, resistentes, incluso venenosas.

Con la violencia de varios golpes específicamente dirigidos Thäl pudo arrancar uno de los colmillos largos, curvados y filosos de uno de los cuatro gusanos. El ser gritó en una frecuencia de onda que hizo surgir olas de negrura rojiza que se esparcieron desde su boca hacia el resto del plano de realidad en el que se encontraban. El bárbaro tomó con sus manos de enredadera y sus yemas de brotes verdes el colmillo caído, casi del tamaño de sus espadas ahora envainadas en el arnés de su espalda, y lo enterró en la cabeza del monstruo.

Thäl nunca supo si la herida fue mortal, pero bastó para que los gusanos rompieran momentáneamente su control sobre el maestro Xeres. Frélix lo notó: durante un segundo el anciano volvió a ser una persona. Pero no volvió a ser el mismo. Notó al instante que su ser estaba manchado por el contacto que se acababa de romper, que nunca volvería ser el mismo.


XXVIII

Cuando el gusano demoníaco fue herido y su contacto con el maestro Xeres se interrumpió, el Gran Verde se hizo fuerte en nuestra dimensión y recuperó el dominio sobre las plantas que conformaban el bosque maldito, las alejó de la influencia de los seres y plantó en medio del lugar un vástago de sí mismo que vigilaría que las incursiones no se repitiera.

Frélix también vio su oportunidad en ese instante y, tras constatar que el espíritu de su maestro era irrecuperable, unió fuerzas con el Gran Verde para un conjuro final. Entre ambos transformaron los restos huesudos del anciano hechicero en un árbol monumental, cuya corteza era de un negro opaco que no reflejaba el sol y, al ser observado desde la altura y el ángulo indicado, exhibía en su tronco la expresión de un rostro humano petrificado en un grito.

El espíritu de Xeres quedaría ahí para siempre, como un faro que llamaba a los poderes oscuros. No era posible evitar ni deshacer el mal, por lo que Frélix decidió aprovecharlo. Ya que su atracción no podía ser negada, la exacerbó, convirtió al espíritu de su antiguo maestro en un imán que atraía la maldad y la magia maligna hacia el bosque, que desde entonces fue conocido como el Bosque de la Condena. Monstruos y seres inhumanos encontraron allí su morada, custodiados por el Gran Verde que, una vez dentro de los límites, no les permitía volver al exterior. En contraposición, las tierras cercanas al bosque fueron siempre las más pacíficas y desprovistas de incidentes sobrenaturales.

Desgraciadamente, la victoria en el plano material, daba por concluida la actuación del Gran Verde en lo que para él era una pequeña escaramuza que había ocupado tangencialmente una porción ínfima de su atención. Casi por instinto realizó su última acción: abducir la parte física de Thäl para impedir que su mente volviera a ella por sí misma, con el peligro de perderse entre realidades o demorarse tanto en el regreso que, al llegar a su cuerpo, este ya hubiera muerto de vejez.

Las hierbas que Thäl sostenía en sus manos al comenzar a actuar en su organismo el hongo de las moscas, subieron por sus brazos, envolvieron sus piernas, su torso, formando un capullo en el cual líquidos corrosivos vegetales deshicieron su materia como si hubiese caído dentro de una planta carnívora gigante.

Esa materia orgánica fue absorbida por el Gran Verde. La recombinó en un nuevo cuerpo, tomando como modelo aquella réplica vegetal ocupada por la consciencia de Thäl. Lo hizo idéntico, parte por parte.

El problema fue que ese cuerpo vegetal había sido atacado salvajemente por los demonios-gusanos hasta el último segundo de su lucha y estaba cruzado por las heridas y los cortes que sus adversarios le habían infligido. A pesar de su velocidad de regenración aumentada, aún no terminaban de curarse en su totalidad, por lo que el cuerpo humano de Thäl se reconfiguró herido y sangrante y así fue expulsado del Gran Verde. No regresó al lugar del que había partido, sino que fue enviado al lugar en el que pensaba cuando fue recibido por el Gran Verde: el desierto al pie de las montañas donde, hacía ya muchos años, había desaparecido la Cúpula de metal.

Thäl, en cuerpo y mente, apareció en medio de un pequeño oasis. La sangre escapaba por sus heridas y el dolor no le permitía moverse. Se desmayó mirando los picos montañosos que recordaba de su niñez, y hubiera muerto de no haber sido rescatado para comenzar una nueva etapa en su vida.

Pero esa es otra historia.


***

Thäl y la rebelión de los elementos (1 de 2)

 Ilustración de Javier Mattano

 

THÄL Y LA REBELIÓN DE LOS ELEMENTOS


I

La manta de pieles cosidas y las rústicas sábanas habían caído al suelo durante el tumulto de la noche. Con las pepitas de oro que le restaban, Thäl quiso consentirse y pagar a las tres mujeres más atractivas que la casa (en parte fonda, en parte taberna y en parte burdel) tenía para ofrecer. Había ordenado también que un tarro lleno de cerveza de cebada lo esperase fuera de la habitación cada vez que abriera la puerta.

El día a día de un cazafortunas era un constante ascenso y descenso en todo sentido imaginable: la emoción, la riqueza, las dudas, la sensación de poder que brinda caminar por el filo de la muerte y no caer. Hacer del asesinato una forma de subsistencia, haber matado a más personas de las que muchos conocerían en toda su vida, propiciaba que su propia muerte a manos de otro dejara de ser una lejana posibilidad para convertirse en una probabilidad cierta y siempre latente.

Caminar por cualquier filo es un imán para los extremos.

En la enorme cama de madera aún resonaban los hachazos y golpes de su tosca construcción. Thäl se incorporó y comenzó a cubrir su cuerpo con la poca ropa y la abundante cantidad de armas que solía vestir. Su arsenal, en esta etapa de su vida, estaba compuesto por su primera espada, que nunca tuvo el honor de merecer un nombre, una hacha de doble filo, dos cuchillos de pedernal y un escudo, de madera blanca y cuero de mamut. Además de por una soga que llevaba sobre el cinturón, siempre a mano.

Dejó que las damas siguieran durmiendo. Había pagado por toda la noche y el día siguiente, lo que les daría unas poco habituales horas de descanso que ellas le agradecerían en su próxima visita. En cierto punto se identificaba con las mujeres: los mercenarios también ponían su cuerpo al servicio de otros y también lo llevaban más allá de sus límites persiguiendo un pago.

Dio un vistazo final a la habitación, ahora tan tranquila, mientras levantaba el último vaso de cerveza tibia del piso.

Saludó a los pocos clientes de la fonda, la mayoría dormidos sobre sus mesas, y salió al calor del mediodía.

Mientras desataba a su caballo, una sensación incongruente en su vista periférica lo hizo girarse hacia un lado. A lo lejos, pero lo suficientemente cerca como para notar algunos detalles, veía un bosque que no recordaba haber atravesado antes de llegar al lugar.

El caballo coceó, desesperado por salir de ahí, pero era un potro joven adquirido poco tiempo atrás y el jinete no reconocía sus reacciones, sus mañas ni sus presagios animales.

Thäl montó y se alejó unos trancos de la fonda. De nuevo otra extraña sensación: el leve malestar o desequilibrio cuando se ignora si uno es el que se mueve o si lo que se está moviendo es todo lo que lo rodea. Miró hacia atrás y ahora el bosque, de manera imposible, parecía haberse acercado.

El caballo emitió un relincho largo, agudo, urgente.


II

El avance del bosque hacía ahora temblar el suelo bajo los cascos del caballo. Thäl sentía en sus músculos la vibración que los hacía contraerse involuntariamente con rapidez. Ni siquiera los pasos de un numeroso ejército en el campo de batalla, el golpe acompasado de miles de pies marciales sobre el terreno, le había provocado en el cuerpo semejante reacción al movimiento. No sólo eso, sino que el avance se proyectaba en sentido inverso: desde el interior de la tierra hacia arriba. Nada golpeaba la tierra a ritmo de marcha forzada, sino que las raíces de los árboles iban partiendo el suelo a su paso desde abajo, levantando cascotes de tierra y generando una extensa y cerrada nube de polvo.

Supo que no podía hacer nada por las personas en la fonda y maldijo entre dientes. Nadie allí merecía morir. Al menos eso era lo que opinaba después de un tiempo de frecuentarlos y no parecía probable que la marea vegetal enloquecida les diera otra opción una vez que llegara a la casa hecha de barro y madera.

El ruido de la tierra al partirse era cada vez más fuerte. Thäl no tenía con qué compararlo, no sonaba como ninguna otra cosa que hubiese escuchado. La magnitud de la furia y destrucción augurada por el estrépito al acortar la distancia no podía ser provocada por ningún ser humano. Aún.

Hipnotizado, con los sentidos saturados al máximo, no se movió hasta que un pequeño matiz novedoso en el estruendo, un crujido de tablas secas, reveló que la casa había sido alcanzada, que la línea de vegetación sin control dejaba de ser un fenómeno natural, o tal vez antinatural, y pasaba a ser una catástrofe humana.

Lo último que vio fue ramas verdes y lozanas salir por las ventanas de la fonda cubiertas de rojo, antes de espolear su caballo y comenzar su carrera contra los elementos.


III

El caballo galopó como si su vida dependiese de ello porque los animales no conocen la exageración ni el piadoso autoengaño. Corrió como era necesario correr en la situación en la que se encontraba. Corrió de la única manera posible para él en ese momento y lugar.

El margen, razonablemente amplio en un principio, se iba acortando con cada tranco. Thäl pensó en arrojar sus armas para alivianar la carga sobre la bestia, pero algo le dijo que iba a necesitar de todo su arsenal en breve. En especial de la más nueva adición a su colección de armas: su enorme, pesada y bien balanceada hacha de doble filo.

En su huida pasó por algunas casas desperdigadas en medio de la meseta, dejando atrás el valle y adentrándose en tierras más altas. El lugar que atravesaba no era cabalmente un reino sino uno de tantos espacios abiertos entre feudos, tan secos y despoblados que nadie se molestaba en reclamar derechos sobre ellos porque los impuestos y riquezas que podrían cobrarse no merecían el esfuerzo de defenderlos.

Atrás quedaban dos o tres personas en cada choza: ancianos que no tenían otro lugar adonde ir o niños sin más posibilidad que permanecer con sus mayores. Todos los hombres y mujeres con edad para decidir sobre su propia vida ya se habían ido. El lugar sólo servía para nacer o morir en él. De todos modos, era una tierra de libertad y sin ley: su clase de lugar.

El caballo dejaba caer por sus belfos una baba espesa, casi con consistencia de jalea, tanto la carrera lo había deshidratado. Sus ancas ardían al contacto con su abdomen. Corría ascendiendo por una pendiente poco pronunciada pero, aún así, era más trabajoso que desplazarse por la llanura. Un ser humano se hubiese dado por vencido y buscado consuelo y descanso en la muerte, pero un animal noble corre hasta morir porque no hay una idea de paraíso que lo convenza de lo contrario.

El tumulto de los tallos de los árboles rompiéndose entre sí en su crecimiento violento, y de la tierra proyectándose desde una explosión sin fuego para volver a caer sobre sí misma, ya no dejaba a Thäl escuchar el ruido del galope ni de sus armas chocando unas con otras.

Las ramas más cercanas crecían en su dirección, intentando aguijonearlo. Ramas resistentes con espinas que se abrían en todas direcciones. Parecían las manos raquíticas con largas uñas que hechiceros y brujas utilizan para grabar sus conjuros en el aire con la mayor exactitud posible.

Una enredadera salió disparada desde muy atrás, como una serpiente, y se aferró a su cuello, lacerándole la piel con su corteza rugosa. Thäl cerró los ojos un segundo y, al abrirlos, delante de él se abría un acantilado.


IV

Con un movimiento rápido del brazo, Thäl soltó un momento las riendas y cortó el sarmiento de la enredadera antes de que lo estrangulara. La porción que quedó enrollada en su cuello se marchitó en cuestión de segundos y despidió un fuerte olor a carne podrida y veneno.

La forma en que la vegetación se comportaba lo convenció de dos cosas: había algo inteligente controlando a las plantas y, por lo tanto, eran más peligrosas para su vida que el precipicio que se desplegaba delante de sus ojos. O al menos estaban empatados en nivel de peligrosidad.

Con una firme resolución adelantó su cuerpo y le tapó los ojos al animal con ambas manos, mientras lo espoleaba con todas sus fuerzas.

-Fuiste bueno, amigo – le dijo a modo de despedida, inaudible entre los potentes ruidos que pugnaban por monopolizar el ambiente.

El caballo saltó al vacío pero se detuvo en el aire. Varias enredaderas aprisionaban sus patas traseras.

Sin nada más que hacer, Thäl aprovechó la inercia del salto y se incorporó, en una centésima de segundo. Dio un paso sobre el lomo del caballo y otro sobre su cabeza, tomando carrera para propulsar el salto más largo que pudiera ejecutar. Como si lo hiciera adrede -Thäl quiere pensar que fue adrede-, el animal tensó y estiró su cuello cuando sintió el pie sobre su testa y le imprimió al salto del hombre un mayor impulso inicial.

Debajo debía correr un brazo del río que daba vida al valle, confiaba Thäl. Pero tal vez era un brazo demasiado pequeño para amortiguar su caída, o tal vez en ese lugar había un espacio amplio de playa y al aterrizar su cuerpo golpearía sin remedio contra las piedras de la orilla. Se forzó a no cerrar los ojos y, durante los primeros metros de su descenso boca arriba, vio al noble animal atravesado por ramas filosas que florecían rojas al salir de su carne, vio raíces que se movían como látigos enloquecidos, perforando al tierra del acantilado e intentando atraparlo en medio del aire.


V

La caída era profunda y el cuerpo de Thäl, cubierto por armas de madera, piedra y metal, se dirigía directamente hacia la enorme playa de arenisca y cantos rodados. Con suerte caería en el sector donde las pequeñas olas mojaban la tierra, lo que no haría gran diferencia.

Recordó sus primeros años de vida, de forma natural y sin sentirlo como una recapitulación final. Fue el lugar hacia donde su mente prefirió ir en ese momento, ni más ni menos. Recordó el tacto frío de la semiesfera que le daba su nombre a la Cúpula de metal, el rito de iniciación que representaba para todo niño escapar de la vigilancia de sus padres y alejarse todo lo posible de la ciudad hasta tocar la superficie bruñida del domo protector. O al menos él siempre interpreto que la función del orbe era protegerlos a él y a su pueblo. ¿Acaso era al revés? ¿Acaso la cúpula protegía el mundo de lo que había dentro de ella?

Recordó el momento en que la caravana, los carromatos de sus padres y otros ciudadanos, dejaba atrás la última vista de su hogar que desde ahí en adelante se perdía entre otros picos nevados. ¿Huían? ¿Habían sido expulsados? ¿Eran exploradores? ¿Mensajeros? ¿Buscaban o esparcían conocimiento?

La caravana fue atacada y los pocos sobrevivientes terminaron como prisioneros y fueron llevados a un reino a semanas de camino, donde los niños eran obligados a trabajar y los adultos morían en la tortura, sin revelar la ubicación de la Cúpula de metal.

Thäl vio con claridad, como si la sostuvieran frente a sus ojos, una caja inexpugnable, cubierta por símbolos escritos y con intrincados laberintos de líneas, relieves y pequeñas depresiones que, sabía, eran la clave para su apertura. Recordó a su padre subir esa caja a su carreta tirada por blancos tigres de las nieves y decirle que algún día sería suya.

Pero ese día no iba a llegar nunca, porque en cuestión de segundos su cuerpo se destrozaría contra el suelo arenoso de la costa del río.

Salvo que no fue así.


VI

A pocos metros del suelo un viento sólido desaceleró su caída y lo hizo girar en el aire, como si se deslizara por una vertiente de agua en zigzag. Golpeó la arena sentado y tardó unos segundos en asumir que seguía vivo. Una vez hecho eso y ya de pie, observó en todas direcciones intentando encontrar algo extraño. Tal vez estaba absolutamente solo, tal vez, como creían las tribus de piel roja, había otro mundo después de la muerte y la única diferencia con el que conocía era que cada persona vivía ahí en soledad durante un tiempo eterno.

Atenuado por la distancia, el ruido de la vegetación al crecer y romper la tierra en las alturas seguía llegando a sus oídos. El bosque no sabía dónde detenerse: las raíces se agitaban cual tentáculos en el aire del acantilado y grandes árboles crecían, ya casi sin sustento en la tierra, doblándose en ángulos cada vez más pronunciados.

Thäl comenzó a correr por la costa hacia el valle que recibía el sol pleno del mediodía, alejándose todo lo posible de la sombra proyectada por la meseta. A su paso, pájaros de largas patas palmeadas emprendían el vuelo asustados, y supo que tenía que apurar el paso, porque más de un milagro por día era pedirle demasiado a los elementos.

Comenzaron a llover árboles.

El bosque sobre las tierras elevadas empujaba a sus vástagos y les negaba la propia tierra que debía darles sustento. Después de doblarse hasta ser vencidos por su propio peso, los últimos troncos, pesados y llenos de algo que no era savia, comenzaron a desplomarse. Al correr, Thäl se sentía rebotar en el piso. Cada golpe vegetal semejaba la réplica de un terremoto. Los árboles cayeron unos sobre otros formando pilas triangulares. Luego comenzaron a rodar hacia los lados, ganando aceleración al deslizarse por la pendiente formada por los que habían golpeado la tierra primero. Uno de ellos persiguió a Thäl como si lo buscara de forma consciente, dirigiendo sus giros y revoluciones tras él.

A punto de ser alcanzado, el hombre giró para enfrentar el final sosteniendo su hacha de doble filo en las manos. Era una actitud claramente irracional, pero ya había huido de la vegetación antes y no pensaba hacerlo de nuevo. Descargó un golpe y el filo recorrió gran parte de la circunferencia del tallo para terminar enterrado en la piedra arenosa de la playa. El corte desmesurado formó un hueco que libró de todo daño al cuerpo de Thäl cuando el árbol rodó sobre él, convertido ahora en pura corteza gris. Rodó un poco y se deshizo, despidiendo el olor a podredumbre y veneno que ya había percibido al cortar el sarmiento que había aprisionado su cuello al desbarrancarse.

Miró cómo el resto de los árboles se convertían en cáscaras vacías y hediondas hasta colapsarse unas sobre otras, y supo que el bosque era un todo, un solo ser, y que sus partes no sobrevivían mucho separadas del cuerpo principal.

Tal vez el propio bosque lo aprendió también entonces, porque los árboles dejaron de caer.

Thäl se sentó en el suelo, agotado, recuperando el aliento, mientras una sombra se proyectaba a sus espaldas.


VII

El joven que se había detenido detrás de Thäl, tapándole el sol con su presencia inesperada, no aparentaba más de quince años. Flaco y de rasgos faciales triangulares, el cabello corto muy lacio caía sobre sus ojos violáceos. Vestía una túnica de dos colores y llevaba en la mano un cayado que superaba levemente la altura de su propia cabeza. No podía tener más apariencia de aprendiz de hechicero ni aunque estuviera arrojando rayos desde la punta de sus dedos en ese preciso momento.

Thäl lo miró con desagrado. La magia no le gustaba, la sentía extraña, amenazante y traicionera. Eso significaba que todavía estaba cuerdo.

-Hola amigo, mi nombre es Frélix – dijo el joven, con voz calma y aguda.

El mercenario lo miró ladeando la cabeza, midiendo qué tan poco podía confiar en él. Todo en la expresión del aprendiz de brujo decía que era una persona agradable y que no le haría daño a un pichón caído de su nido. Thäl había aprendido a desconfiar de ese tipo de personas sobre todas las cosas. Sabía cómo lidiar con la rudeza y los malos modales, se sentía cómodo entre gente de ademanes bastos y palabras rugidas en un tono entre amenazante y amistoso. Toda amabilidad le parecía excesiva, estudiada, falsa. Porque probablemente toda amabilidad lo es.

-Hola. ¿Tuviste algo que ver con eso? - preguntó, señalando con el dedo la maraña de vegetación que, desde el elevado límite de la meseta, parecía observar acechante, lista para atacar.

-No. Pero tuve mucho que ver con que no te convirtieras en una masa de carne ensangrentada en el piso.

-¿De verdad? ¿Cómo?

-Un hechizo elemental muy sencillo. De hecho es uno de los primeros que aprendí.

-¿Y a qué se debió tu amabilidad con un desconocido como yo?

-A que necesito un ayudante para matar a mi maestro – respondió el chico, sin cambiar su tono de voz ni su expresión reposada.

-No creo que tengas como pagarme ni tengo nada en contra de tu maestro – explicó Thäl.

-Yo creo que sí. Ya se han encontrado y no ha sido una buena experiencia. Intentó matarte, por lo que sé.

-¿Y dónde está ese maestro tuyo que según tus palabras intentó matarme?

-Supongo que en el medio de todo aquello – dijo Frélix, señalando la maraña de vegetación en el elevado límite de la meseta, que parecía observar acechante, lista para atacar.


VIII

-No es fácil conseguir a un maestro que esté dispuesto a guiarte por el camino de la hechicería. No hay muchos hechiceros ni magos reales, para empezar. Ni brujas, ya que estamos. Sí hay muchas personas con manos rápidas o capaces de confundir las mentes de los demás con distracciones y trucos mentales. He conocido a algunos hipnotistas que pueden convencer a las personas de que ven o escuchan cosas que no están ahí. Pero hechiceros, lo que se dice hechiceros, creo que me sobran los dedos de ambas manos para contar los que recorren el mundo en este momento. Vivos, por supuesto. Hay algunos que ya han muerto pero siguen dando vueltas por el plano terrenal, porque tienen asuntos sin terminar o porque siguen estudiando las fuerzas naturales y espirituales desde un nuevo ángulo al que antes de morir no podían acceder. Algunos incluso murieron adrede para seguir estudiado. Es difícil no respetar eso.

Thäl caminaba al lado de su nuevo acompañante, haciendo lo posible por no escuchar su historia. Molesto porque sabía que en la mente del chico no había quedado debidamente claro quién era el acompañante y quien estaba a cargo y tomaba las decisiones en la misión.

-Conseguí permiso de mi padre para dejar nuestro castillo hace ya tres años. Como séptimo hijo, era para mí imposible llegar algún día a heredar el trono, y no tenía ganas ni de matar a mis hermanos para sacarlos del camino ni guerrear contra ellos en el futuro, por lo que consideré mejor irme y buscar mi vida por otro lado. Creo que sólo quedan tres de mis hermanos vivos en este momento, por las noticias que me han llegado. Eso me hace pensar muy seriamente en si quiero tener posesiones que heredar o si quiero tener hijos que se peleen por ellas. Lo más probable es que no haga ninguna de las dos cosas. Además, en los libros de los grandes sabios he leído que una de las formas más efectivas de conservar y aprovechar todo tu potencial es la retención de semen, durante meses o años, para canalizar toda la energía del deseo en un solo hechizo.

-¡Já! - rió Thäl, pensando en que ahora tenía otro motivo para alejarse de la magia.

-El maestro Xeres fue el segundo hechicero vivo que encontré y tuve la suerte de que quisiera tomarme como aprendiz. El primero… bueno, digamos que practicaba el tipo de magia que lo hacía ver en alguien de mi edad más un sacrificio desperdiciado que un aprendiz.





IX

-¿Y si era tan bueno, qué le pasó?

-Lo de siempre: hizo un hechizo de más. Aprender magia es como aprender a cocinar: no sirve de nada si el estudiante se queda solamente con la receta, hay que poner las manos en la masa, por decirlo de alguna forma. Aunque no es muy buena frase, no pienso volver a usarla.

-Por lo poco que entiendo de magia, hizo una de dos cosas: fue a lugares a los que no tendría que haber ido o trajo de otro lugar cosas que no deberían estar aquí.

-Más o menos ambas. Se puso en contacto con entes de otros planos que se quedaron dentro suyo y no quieren abandonar su cuerpo.

-Y supongo que a esos entes no los mueve ninguna buena intención.

-No lo sé con total certeza, pero estoy convencido de que no. Es decir, ninguna buena intención hacia nosotros. Es posible que estén buscando su bienestar o asegurando su propia supervivencia. Pueden estar desesperados en lugar de ser malignos, ¿pero quién sabe?

-¿Y cuál es tu idea? ¿Liberar a tu maestro? ¿Matarlo? ¿Qué sería lo más efectivo?

-Lo estoy estudiando. Si querés acompañarme a la casa del maestro Xeres, me quedan algunos pergaminos por leer.

Thäl miró hacia arriba, vio la nueva línea del horizonte, ahora llena de copas de árboles y ramas de formas extrañas fluctuando, no al viento sino movidas por su propia fuerza interna, y pensó.

-Eso se va a seguir expandiendo, ¿no?

-Creo que sólo puede expandirse utilizando la energía vital de los seres cuyas vidas consume. O sea, sólo puede crecer cuando come, como cualquier ser vivo. Dado que hace ya un tiempo que permanece en su lugar, deduzco que gastó la energía de los pocos habitantes de las tierras altas y de los animales que habitaban originalmente en el bosque. Creería que hasta que nadie se acerque no hay peligro y que lo mejor que puedo hacer con mi tiempo es estudiar un poco más.

-Yo puedo quedarme a vigilarlo.

-Como quieras. Entonces regreso en la mañana. Ya que permanecerás aquí, asegúrate de que nadie ni nada se acerque. Por cualquier medio a tu alcance – dijo Frélix, señalando la espada de Thäl.

-No hay problema con eso. Es lo que mejor hago.


X

Durante la noche, los ojos y oídos de Thäl estuvieron atentos a cualquier movimiento del follaje, no sólo del bosque que había cobrado una vida maligna en las alturas sino también de las plantas a su alrededor. En el valle en el que debería estar descansando bajo las estrellas, había árboles, flores, enredaderas y varias clases de hongos. Mecidas por la brisa fresca de la noche, las semillas caían al suelo fértil o volaban, recibiendo el impulso del aire en los copos redondos y esponjosos de su parte superior, hasta llegar a un lugar en el que pudieran germinar. La vida seguía, ciega, imparable, sin descanso.

No hubo movimientos detectables. Los animales suelen captar el peligro mejor que los seres humanos y eran escasas las probabilidades de que se acercaran al precipicio, por lo que Thäl confiaba en tener que preocuparse sólo de viajeros perdidos o fugitivos que buscaran refugio en las cuevas de la meseta. Los ladrones solían esconderse allí y algunas cuevas habían sido nombradas a partir de algún famoso ocupante.

Como lo había previsto, las aves se acercaban al bosque pero, un poco antes de llegar a posarse en ningún árbol, daban media vuelta en el aire y emprendían el regreso a velocidad acelerada. Por su parte, agotada ya toda su energía, ni los sarmientos ni las ramas efectuaban ningún movimiento.

Cuando las aves volvían a estar a una distancia que lo satisfacía, Thäl destensaba el arco y enterraba la flecha en la arena.



XI

Con los primeros rayos del amanecer, Frélix regresó al lugar donde Thäl realizaba su vela de guardia. Traía un par de hojas pequeñas de pergamino enrolladas en la mano. Hacía mucho que Thäl no veía ningún elemento relacionado con la escritura, tal vez desde niño, pero conocía las distintas maneras de conservar el conocimiento y los hechos en un soporte material: barro, hojas de papel y cuero de animales. Intentaba recordar cómo lo hacían en la Cúpula de metal, pero lo único que acudía a su memoria eran piedras rectangulares, livianas y lisas, que emitían una luz apagada de un tranquilizante tono celeste.

-¿Esos son tus libros?

-Oh, no. Para nada. No podría sacarlos de la casa del maestro sin que se convirtieran en polvo, o sin que liberaran algo que no queremos que se libere en este mundo. Hay conocimiento que no puede interactuar con este plano de existencia sin consecuencias cataclísmicas. No, estas son simplemente mis anotaciones.

-Bien. Emprendamos el camino entonces.

-Si… respecto a eso… emprender el camino, lo que se dice, caminando, es algo que debo hacer en soledad. La magia que conozco sólo actúa de este lado de la realidad.

-¿Entonces yo voy a luchar aquí? ¿El bosque va a bajar hasta el valle?

-No. Tu lucha va ser en otro lugar, por decirlo de alguna forma.

-No me hables con acertijos. No es que no los pueda entender, simplemente me molesta.

-Bien. Hay algo en tu aura que me dice que ya has tenido contacto con un ser de otro plano. Contacto directo. Más directo que el que yo nunca he tenido, ya que sólo los he conjurado alguna que otra vez, escudado tras fuertes hechizos de protección. Hay restos de elementos de otras dimensiones dentro de tu cuerpo. Emmm… no te juzgo… los demonios suelen ser muy cautivadores y persuasivos.

Thäl miró las cicatrices de sus palmas y recordó.

-Una vez metí mis manos sangrantes en una suerte de portal. Desde entonces he experimentado cosas extrañas, pero nada que me impida vivir de manera normal. No me siento más fuerte ni más débil, sólo que a veces mis percepciones se abren, se hacen más amplias.

-¡Ah! Bien. Esa es otra explicación perfectamente lógica. La magia suele conducirse de un plano de otro mediante fluidos vitales, por lo que… emmm… dejémoslo así.

-¿Y cuál sería mi parte en el plan entonces?

-Necesito que alguien luche desde el otro lado mientras yo intento liberar a mi maestro desde este lado de la realidad.

-¿Y cómo voy a pasar al otro lado? No es una de mis habilidades, al menos que figure en mi conocimiento.

Frélix caminó unos pasos, en círculos cada vez mayores, explorando el suelo verde. Se acercó al nacimiento de un árbol y arrancó algo, pegado a las raíces, de un solo tirón.

-Así – respondió, mostrando en la palma de su mano un macizo hongo de color rojo y blanco.


XII

-Ya los he probado. No sé qué es lo que crees que te estoy ocultando, pero no vas a hacerme hablar con eso.

-El que quiso usar estos hongos como una especie de poción de la verdad era un pobre imbécil ignorante y no tenía idea de lo que estaba haciendo. No es la función que cumplen. Además, supongo que la utilización del hongo vino precedida de torturas, hambre, confinamiento solitario o alguna otra maniobra física o mental para doblegarte, y esa no es la mejor forma de ponerte en el estado propicio para conectar con él.

Thäl recordó los últimos días antes de escapar de su cautiverio, casi al terminar la adolescencia, pero no dijo nada.

-Seguramente también te lo hicieron masticar estando seco como una pasa y sin mezclar con las plantas necesaria para hacer que el viaje sea más duradero. Debe haber sido como un golpe de maza en tu cabeza que duró segundos y del cual no trajiste ni sacaste nada. Bueno: por un lado eso es bueno porque ya sabemos que puedes sobrevivir a la experiencia. No todos pueden. Y, segundo, es probable que hayas dejado algún amigo allá que todavía te recuerde.

-Pero dijiste que sólo duró unos segundos. Y así es como lo recuerdo.

-Unos segundos de este lado. Puede haber sido toda una vida del otro.


XIII

Frélix sacó una marmita de su bolso, compacta y honda. Introdujo dentro tres hongos, tallos de algunas enredaderas que separó con cuidado de la corteza de los árboles, y una buena cantidad de agua del río que fluía frente a ellos. Thäl lo vio encender fuego y poner la marmita sobre la llama viva. El preparado hirvió en poco tiempo, mientras el joven revolvía sin descansar. Cuando la cuchara de palo quedaba atascada en medio de una pasta gomosa, resistente a cualquier movimiento, Frélix volcaba un poco más de agua y comenzaba de nuevo. Siguió así durante horas, renovando la elasticidad de su potaje psicoactivo.

Mientras tanto, Thäl vigilaba las alturas arco en mano. A media mañana debió derribar a un ave que se acercó demasiado a los árboles más cercanos al precipicio. Acostumbrado a la soledad, podía pasar días sin hablar con nadie, incluso pensando sólo lo necesario para sobrevivir. Había escuchado que la locura es que la cabeza se llene de palabras, cosa bastante parecida a hablar consigo mismo en soledad. Pero el aprendiz de brujo no tenía tanta disciplina.

-¿Dónde naciste? - preguntó, moviendo la cabeza en círculos sin darse cuenta, acompañando el giro de su mano.

-En un lugar de leyenda que probablemente ni siquiera exista.

-Eso no es muy específico que digamos. He leído volúmenes enteros que describen lugares de leyenda que nadie sabe si existieron. Probablemente este lugar en el que estamos ahora sea de leyenda en unos años.

-Nací en la Cúpula de metal.

-La Cúpula de metal no es un lugar de leyenda. Era un lugar real que estaba muy bien escondido. Las herramientas mágicas de los mejores hechiceros eran forjadas por los herreros alquimistas de la Cúpula de metal. Si me hubiera convertido en maestro décadas atrás, una de mis pruebas hubiera sido peregrinar hasta allí para buscar mis elementos de poder. De hecho, la Cúpula de metal fue el origen de los alquimistas, quienes sabían trabajar los metales antes de que en otros lugares conocieran siquiera su existencia. Puede ser que las historias sean exageradas, pero era un lugar muy real. Al menos en teoría.

-Me han dicho que la ciudad fue destruida y que por eso nunca pude volver a ella.

-Es imposible que una ciudad desaparezca del todo. Como mínimo deben quedar sus ruinas.

-¿Y será posible encontrar esas ruinas?

-Los teóricos de los antiguos alquimistas dicen que sí. Y que para encontrarlas se deben recorrer los picos inaccesibles de las cadenas montañosas del extremo sur del mundo.


XIV

Un poco más de agua, un poco más de ramas secas para alimentar el fuego, y Frélix continuaba reduciendo el caldo de hongos y enredaderas a sus componentes fundamentales.

-De todos modos, encontrar la Cúpula de metal no debe ser una tarea fácil porque sino alguien ya lo habría hechos a estas alturas. Lleva desaparecida…

-Diecinueve años…

-¿Cómo sabés?

-Porque yo tengo veinticinco… y la vi desaparecer frente a mis ojos cuando me alejaba de allí, con mis padres y otras personas, a los seis.

-Interesante. Puede haber sido un hechizo de invisibilidad. O de relocalización. De desfase temporal también. A lo mejor no la encuentran porque se fue al futuro. O incluso al pasado. Nunca se sabe.

-Alguien tiene que saber.

-Alguien, tal vez no. Pero algo… algo seguro lo sabe. Los seres vivos aprendemos y olvidamos muchas cosas por nuestra sumisión al tiempo. Pero los entes que existen más allá del tiempo no suelen tener ese problema. Algo seguramente sabe qué pasó con la Cúpula de metal.

-¿Y tus poderes mágicos te permitirían averiguarlo?

-No sé, la verdad. Debería investigarlo.

Thäl gruñó de forma casi imperceptible.

-No te enojes. No estoy siendo desconsiderado. De hecho es todo lo contrario: solamente un charlatán dice que sí a todo sin pensar. O alguien todopoderoso. Yo ni soy una cosa ni quiero ser la otra.

domingo, 5 de septiembre de 2021

Thäl y el rapto en las catacumbas (8 de 8)

 

Ilustración de Marcelo Sinistri

 

XV

Con cuidado, el mercenario dio unos golpes con su bota en el abdomen de la criatura muerta para que cayeran más pequeños seres de su espalda, como se golpea el tronco de un árbol para hacer caer los frutos de sus ramas. Luego la apoyó en el piso, procurando que no rodara hacia el foso, y abrió la piel de su lomo con el filo de la espada, revelando algunos huevos aún sin eclosionar que seguían adheridos a la grasa bajo su piel. A medida que caían en el piso, los empujaba con el pie hacia las profundidades.

Mirando la boca del cadáver desangrado y la silueta de los vástagos sin futuro, Thäl pensó que ella nunca podría haber imaginado la traición del demonio. Pero los demonios no tiene favoritos y no perdonan a nadie:

-Creía que parecerse más a él que nosotros era una garantía de lealtad. Un error común. Tengo que asegurarme de nunca cometerlo.

Recién cuando se aseguró de que no quedaba nada más que el cuerpo de la hembra anfibia, se preparó para llevarlo ante la presencia del rey, como prueba del cumplimiento de su tarea. Ese había sido el trato con el espectro del pozo.

Tomó al niño pelirrojo de un brazo e intentó convencerlo de que no dijera nada, de que guardara en secreto la existencia de las catacumbas y el demonio. Pero no era necesario, porque la mente del niño estaba en otro lugar, muy lejos de esa realidad. No hablaba, apenas fijaba los ojos en algún punto del espacio y caminaba dócilmente siguiendo cualquier dirección hacia la que lo llevaran. De todos modos, una vez atada la criatura muerta con jirones de su propia ropa, lo guió por los túneles para devolverlo al rey y, suponía, a sus padres. Lo que fue un gran error, porque en el tiempo en que el niño estuvo suspendido, en el acantilado del foso y en el espacio entre dimensiones, un espíritu maligno había entrado en él y, después de décadas de aclimatación, un día saldría para esparcir la maldad y la esclavitud en el reino. Entonces Thäl sería enviado por la bruja Ía a solucionar el desastre, para así equilibrar el peso de sus aciertos y errores.

Pero esa es otra historia.


XVI

Cuando arrojó la criatura muerta a los pies del trono, muchos de los presentes ahogaron reacciones de asco, pero sólo alguno emitió algún sonido que revelara sorpresa. Eso hizo considerar a Thäl la posibilidad de que no le hubieran dado todos los datos necesarios a la hora de asignarle la tarea de rastrear a los niños secuestrados y acabar con la amenaza que los acechaba y los hacía desaparecer.

-Tengo preguntas para hacerle, su majestad. ¿Habían visto alguna vez un ser como éste en el reino?

-No. Sólo habíamos escuchado historias – respondió el rey Remus.

-¿Qué historias?

-Cuando nuestros padres llegaron a esta región, las tierras estaban casi deshabitadas a causa de una guerra entre los pobladores anteriores del lugar y alguna clase de monstruos venidos de las tierras húmedas.

-¿Y dónde están enterrados todos los muertos de esa guerra?

-No lo sabemos con certeza.

-¿Qué cuentan las historias?

-Cuentan que existe una enorme tumba subterránea a la que sólo se puede ingresar de noche.

-Es cierto. Estuve ahí. Era la guarida del monstruo y fue el lugar de su muerte.

-¿Dónde queda ubicado ese lugar?

-Ya no existe. Había magia involucrada y la muerte de la criatura cerró el acceso.

-Supongo que es lo mejor.

-Yo también, su majestad. Otra pregunta: ¿aparece algún demonio o espectro en las historias?

-Aparecen demonios y espectros en casi todas las historias.

-Es cierto. Bien. Quería darle sentido a algunas de las cosas que el monstruo dijo antes de morir.

Thäl apoyó su mano en la espalda del niño rescatado y lo empujó unos pasos hacia adelante.

-Esta fue la última víctima de la criatura. Aparentemente, el rapto le quitó el habla. Espero que algún día pueda recuperarse.

-Bien. Es uno de los huérfanos de las afueras. Por el color de su cabello, es probable que sea descendiente de los pobladores originales de estas tierras. Lo cuidaremos en palacio hasta que pueda valerse por sí mismo.

-Entonces sólo resta cobrar el pago acordado y seguir mi camino – sentenció Thäl.

Fue escoltado hacia los muros exteriores de Escatonia y se le entregó un palafrén cargado con bolsas de oro. Debía abandonar las tierras sin demora. Era lo acostumbrado para un mercenario: una vez realizada cualquier hazaña, debía partir rápidamente para que la persona que había pagado por sus servicios pudiera quedarse con el crédito. Los guerreros sin hogar lo eran por un motivo: muchas hazañas podían hacer de un hombre un héroe, y un héroe con sed de poder podía convertirse en poco tiempo en un caudillo, y ningún rey quería correr ese riesgo.

Thäl se alejó bajo el sol quemante, mirando las nuevas cicatrices en sus manos, y pensando que la mitad de su peso en oro bien valía la mitad de la verdad.


***