martes, 7 de septiembre de 2021

Thäl y la rebelión de los elementos (1 de 2)

 Ilustración de Javier Mattano

 

THÄL Y LA REBELIÓN DE LOS ELEMENTOS


I

La manta de pieles cosidas y las rústicas sábanas habían caído al suelo durante el tumulto de la noche. Con las pepitas de oro que le restaban, Thäl quiso consentirse y pagar a las tres mujeres más atractivas que la casa (en parte fonda, en parte taberna y en parte burdel) tenía para ofrecer. Había ordenado también que un tarro lleno de cerveza de cebada lo esperase fuera de la habitación cada vez que abriera la puerta.

El día a día de un cazafortunas era un constante ascenso y descenso en todo sentido imaginable: la emoción, la riqueza, las dudas, la sensación de poder que brinda caminar por el filo de la muerte y no caer. Hacer del asesinato una forma de subsistencia, haber matado a más personas de las que muchos conocerían en toda su vida, propiciaba que su propia muerte a manos de otro dejara de ser una lejana posibilidad para convertirse en una probabilidad cierta y siempre latente.

Caminar por cualquier filo es un imán para los extremos.

En la enorme cama de madera aún resonaban los hachazos y golpes de su tosca construcción. Thäl se incorporó y comenzó a cubrir su cuerpo con la poca ropa y la abundante cantidad de armas que solía vestir. Su arsenal, en esta etapa de su vida, estaba compuesto por su primera espada, que nunca tuvo el honor de merecer un nombre, una hacha de doble filo, dos cuchillos de pedernal y un escudo, de madera blanca y cuero de mamut. Además de por una soga que llevaba sobre el cinturón, siempre a mano.

Dejó que las damas siguieran durmiendo. Había pagado por toda la noche y el día siguiente, lo que les daría unas poco habituales horas de descanso que ellas le agradecerían en su próxima visita. En cierto punto se identificaba con las mujeres: los mercenarios también ponían su cuerpo al servicio de otros y también lo llevaban más allá de sus límites persiguiendo un pago.

Dio un vistazo final a la habitación, ahora tan tranquila, mientras levantaba el último vaso de cerveza tibia del piso.

Saludó a los pocos clientes de la fonda, la mayoría dormidos sobre sus mesas, y salió al calor del mediodía.

Mientras desataba a su caballo, una sensación incongruente en su vista periférica lo hizo girarse hacia un lado. A lo lejos, pero lo suficientemente cerca como para notar algunos detalles, veía un bosque que no recordaba haber atravesado antes de llegar al lugar.

El caballo coceó, desesperado por salir de ahí, pero era un potro joven adquirido poco tiempo atrás y el jinete no reconocía sus reacciones, sus mañas ni sus presagios animales.

Thäl montó y se alejó unos trancos de la fonda. De nuevo otra extraña sensación: el leve malestar o desequilibrio cuando se ignora si uno es el que se mueve o si lo que se está moviendo es todo lo que lo rodea. Miró hacia atrás y ahora el bosque, de manera imposible, parecía haberse acercado.

El caballo emitió un relincho largo, agudo, urgente.


II

El avance del bosque hacía ahora temblar el suelo bajo los cascos del caballo. Thäl sentía en sus músculos la vibración que los hacía contraerse involuntariamente con rapidez. Ni siquiera los pasos de un numeroso ejército en el campo de batalla, el golpe acompasado de miles de pies marciales sobre el terreno, le había provocado en el cuerpo semejante reacción al movimiento. No sólo eso, sino que el avance se proyectaba en sentido inverso: desde el interior de la tierra hacia arriba. Nada golpeaba la tierra a ritmo de marcha forzada, sino que las raíces de los árboles iban partiendo el suelo a su paso desde abajo, levantando cascotes de tierra y generando una extensa y cerrada nube de polvo.

Supo que no podía hacer nada por las personas en la fonda y maldijo entre dientes. Nadie allí merecía morir. Al menos eso era lo que opinaba después de un tiempo de frecuentarlos y no parecía probable que la marea vegetal enloquecida les diera otra opción una vez que llegara a la casa hecha de barro y madera.

El ruido de la tierra al partirse era cada vez más fuerte. Thäl no tenía con qué compararlo, no sonaba como ninguna otra cosa que hubiese escuchado. La magnitud de la furia y destrucción augurada por el estrépito al acortar la distancia no podía ser provocada por ningún ser humano. Aún.

Hipnotizado, con los sentidos saturados al máximo, no se movió hasta que un pequeño matiz novedoso en el estruendo, un crujido de tablas secas, reveló que la casa había sido alcanzada, que la línea de vegetación sin control dejaba de ser un fenómeno natural, o tal vez antinatural, y pasaba a ser una catástrofe humana.

Lo último que vio fue ramas verdes y lozanas salir por las ventanas de la fonda cubiertas de rojo, antes de espolear su caballo y comenzar su carrera contra los elementos.


III

El caballo galopó como si su vida dependiese de ello porque los animales no conocen la exageración ni el piadoso autoengaño. Corrió como era necesario correr en la situación en la que se encontraba. Corrió de la única manera posible para él en ese momento y lugar.

El margen, razonablemente amplio en un principio, se iba acortando con cada tranco. Thäl pensó en arrojar sus armas para alivianar la carga sobre la bestia, pero algo le dijo que iba a necesitar de todo su arsenal en breve. En especial de la más nueva adición a su colección de armas: su enorme, pesada y bien balanceada hacha de doble filo.

En su huida pasó por algunas casas desperdigadas en medio de la meseta, dejando atrás el valle y adentrándose en tierras más altas. El lugar que atravesaba no era cabalmente un reino sino uno de tantos espacios abiertos entre feudos, tan secos y despoblados que nadie se molestaba en reclamar derechos sobre ellos porque los impuestos y riquezas que podrían cobrarse no merecían el esfuerzo de defenderlos.

Atrás quedaban dos o tres personas en cada choza: ancianos que no tenían otro lugar adonde ir o niños sin más posibilidad que permanecer con sus mayores. Todos los hombres y mujeres con edad para decidir sobre su propia vida ya se habían ido. El lugar sólo servía para nacer o morir en él. De todos modos, era una tierra de libertad y sin ley: su clase de lugar.

El caballo dejaba caer por sus belfos una baba espesa, casi con consistencia de jalea, tanto la carrera lo había deshidratado. Sus ancas ardían al contacto con su abdomen. Corría ascendiendo por una pendiente poco pronunciada pero, aún así, era más trabajoso que desplazarse por la llanura. Un ser humano se hubiese dado por vencido y buscado consuelo y descanso en la muerte, pero un animal noble corre hasta morir porque no hay una idea de paraíso que lo convenza de lo contrario.

El tumulto de los tallos de los árboles rompiéndose entre sí en su crecimiento violento, y de la tierra proyectándose desde una explosión sin fuego para volver a caer sobre sí misma, ya no dejaba a Thäl escuchar el ruido del galope ni de sus armas chocando unas con otras.

Las ramas más cercanas crecían en su dirección, intentando aguijonearlo. Ramas resistentes con espinas que se abrían en todas direcciones. Parecían las manos raquíticas con largas uñas que hechiceros y brujas utilizan para grabar sus conjuros en el aire con la mayor exactitud posible.

Una enredadera salió disparada desde muy atrás, como una serpiente, y se aferró a su cuello, lacerándole la piel con su corteza rugosa. Thäl cerró los ojos un segundo y, al abrirlos, delante de él se abría un acantilado.


IV

Con un movimiento rápido del brazo, Thäl soltó un momento las riendas y cortó el sarmiento de la enredadera antes de que lo estrangulara. La porción que quedó enrollada en su cuello se marchitó en cuestión de segundos y despidió un fuerte olor a carne podrida y veneno.

La forma en que la vegetación se comportaba lo convenció de dos cosas: había algo inteligente controlando a las plantas y, por lo tanto, eran más peligrosas para su vida que el precipicio que se desplegaba delante de sus ojos. O al menos estaban empatados en nivel de peligrosidad.

Con una firme resolución adelantó su cuerpo y le tapó los ojos al animal con ambas manos, mientras lo espoleaba con todas sus fuerzas.

-Fuiste bueno, amigo – le dijo a modo de despedida, inaudible entre los potentes ruidos que pugnaban por monopolizar el ambiente.

El caballo saltó al vacío pero se detuvo en el aire. Varias enredaderas aprisionaban sus patas traseras.

Sin nada más que hacer, Thäl aprovechó la inercia del salto y se incorporó, en una centésima de segundo. Dio un paso sobre el lomo del caballo y otro sobre su cabeza, tomando carrera para propulsar el salto más largo que pudiera ejecutar. Como si lo hiciera adrede -Thäl quiere pensar que fue adrede-, el animal tensó y estiró su cuello cuando sintió el pie sobre su testa y le imprimió al salto del hombre un mayor impulso inicial.

Debajo debía correr un brazo del río que daba vida al valle, confiaba Thäl. Pero tal vez era un brazo demasiado pequeño para amortiguar su caída, o tal vez en ese lugar había un espacio amplio de playa y al aterrizar su cuerpo golpearía sin remedio contra las piedras de la orilla. Se forzó a no cerrar los ojos y, durante los primeros metros de su descenso boca arriba, vio al noble animal atravesado por ramas filosas que florecían rojas al salir de su carne, vio raíces que se movían como látigos enloquecidos, perforando al tierra del acantilado e intentando atraparlo en medio del aire.


V

La caída era profunda y el cuerpo de Thäl, cubierto por armas de madera, piedra y metal, se dirigía directamente hacia la enorme playa de arenisca y cantos rodados. Con suerte caería en el sector donde las pequeñas olas mojaban la tierra, lo que no haría gran diferencia.

Recordó sus primeros años de vida, de forma natural y sin sentirlo como una recapitulación final. Fue el lugar hacia donde su mente prefirió ir en ese momento, ni más ni menos. Recordó el tacto frío de la semiesfera que le daba su nombre a la Cúpula de metal, el rito de iniciación que representaba para todo niño escapar de la vigilancia de sus padres y alejarse todo lo posible de la ciudad hasta tocar la superficie bruñida del domo protector. O al menos él siempre interpreto que la función del orbe era protegerlos a él y a su pueblo. ¿Acaso era al revés? ¿Acaso la cúpula protegía el mundo de lo que había dentro de ella?

Recordó el momento en que la caravana, los carromatos de sus padres y otros ciudadanos, dejaba atrás la última vista de su hogar que desde ahí en adelante se perdía entre otros picos nevados. ¿Huían? ¿Habían sido expulsados? ¿Eran exploradores? ¿Mensajeros? ¿Buscaban o esparcían conocimiento?

La caravana fue atacada y los pocos sobrevivientes terminaron como prisioneros y fueron llevados a un reino a semanas de camino, donde los niños eran obligados a trabajar y los adultos morían en la tortura, sin revelar la ubicación de la Cúpula de metal.

Thäl vio con claridad, como si la sostuvieran frente a sus ojos, una caja inexpugnable, cubierta por símbolos escritos y con intrincados laberintos de líneas, relieves y pequeñas depresiones que, sabía, eran la clave para su apertura. Recordó a su padre subir esa caja a su carreta tirada por blancos tigres de las nieves y decirle que algún día sería suya.

Pero ese día no iba a llegar nunca, porque en cuestión de segundos su cuerpo se destrozaría contra el suelo arenoso de la costa del río.

Salvo que no fue así.


VI

A pocos metros del suelo un viento sólido desaceleró su caída y lo hizo girar en el aire, como si se deslizara por una vertiente de agua en zigzag. Golpeó la arena sentado y tardó unos segundos en asumir que seguía vivo. Una vez hecho eso y ya de pie, observó en todas direcciones intentando encontrar algo extraño. Tal vez estaba absolutamente solo, tal vez, como creían las tribus de piel roja, había otro mundo después de la muerte y la única diferencia con el que conocía era que cada persona vivía ahí en soledad durante un tiempo eterno.

Atenuado por la distancia, el ruido de la vegetación al crecer y romper la tierra en las alturas seguía llegando a sus oídos. El bosque no sabía dónde detenerse: las raíces se agitaban cual tentáculos en el aire del acantilado y grandes árboles crecían, ya casi sin sustento en la tierra, doblándose en ángulos cada vez más pronunciados.

Thäl comenzó a correr por la costa hacia el valle que recibía el sol pleno del mediodía, alejándose todo lo posible de la sombra proyectada por la meseta. A su paso, pájaros de largas patas palmeadas emprendían el vuelo asustados, y supo que tenía que apurar el paso, porque más de un milagro por día era pedirle demasiado a los elementos.

Comenzaron a llover árboles.

El bosque sobre las tierras elevadas empujaba a sus vástagos y les negaba la propia tierra que debía darles sustento. Después de doblarse hasta ser vencidos por su propio peso, los últimos troncos, pesados y llenos de algo que no era savia, comenzaron a desplomarse. Al correr, Thäl se sentía rebotar en el piso. Cada golpe vegetal semejaba la réplica de un terremoto. Los árboles cayeron unos sobre otros formando pilas triangulares. Luego comenzaron a rodar hacia los lados, ganando aceleración al deslizarse por la pendiente formada por los que habían golpeado la tierra primero. Uno de ellos persiguió a Thäl como si lo buscara de forma consciente, dirigiendo sus giros y revoluciones tras él.

A punto de ser alcanzado, el hombre giró para enfrentar el final sosteniendo su hacha de doble filo en las manos. Era una actitud claramente irracional, pero ya había huido de la vegetación antes y no pensaba hacerlo de nuevo. Descargó un golpe y el filo recorrió gran parte de la circunferencia del tallo para terminar enterrado en la piedra arenosa de la playa. El corte desmesurado formó un hueco que libró de todo daño al cuerpo de Thäl cuando el árbol rodó sobre él, convertido ahora en pura corteza gris. Rodó un poco y se deshizo, despidiendo el olor a podredumbre y veneno que ya había percibido al cortar el sarmiento que había aprisionado su cuello al desbarrancarse.

Miró cómo el resto de los árboles se convertían en cáscaras vacías y hediondas hasta colapsarse unas sobre otras, y supo que el bosque era un todo, un solo ser, y que sus partes no sobrevivían mucho separadas del cuerpo principal.

Tal vez el propio bosque lo aprendió también entonces, porque los árboles dejaron de caer.

Thäl se sentó en el suelo, agotado, recuperando el aliento, mientras una sombra se proyectaba a sus espaldas.


VII

El joven que se había detenido detrás de Thäl, tapándole el sol con su presencia inesperada, no aparentaba más de quince años. Flaco y de rasgos faciales triangulares, el cabello corto muy lacio caía sobre sus ojos violáceos. Vestía una túnica de dos colores y llevaba en la mano un cayado que superaba levemente la altura de su propia cabeza. No podía tener más apariencia de aprendiz de hechicero ni aunque estuviera arrojando rayos desde la punta de sus dedos en ese preciso momento.

Thäl lo miró con desagrado. La magia no le gustaba, la sentía extraña, amenazante y traicionera. Eso significaba que todavía estaba cuerdo.

-Hola amigo, mi nombre es Frélix – dijo el joven, con voz calma y aguda.

El mercenario lo miró ladeando la cabeza, midiendo qué tan poco podía confiar en él. Todo en la expresión del aprendiz de brujo decía que era una persona agradable y que no le haría daño a un pichón caído de su nido. Thäl había aprendido a desconfiar de ese tipo de personas sobre todas las cosas. Sabía cómo lidiar con la rudeza y los malos modales, se sentía cómodo entre gente de ademanes bastos y palabras rugidas en un tono entre amenazante y amistoso. Toda amabilidad le parecía excesiva, estudiada, falsa. Porque probablemente toda amabilidad lo es.

-Hola. ¿Tuviste algo que ver con eso? - preguntó, señalando con el dedo la maraña de vegetación que, desde el elevado límite de la meseta, parecía observar acechante, lista para atacar.

-No. Pero tuve mucho que ver con que no te convirtieras en una masa de carne ensangrentada en el piso.

-¿De verdad? ¿Cómo?

-Un hechizo elemental muy sencillo. De hecho es uno de los primeros que aprendí.

-¿Y a qué se debió tu amabilidad con un desconocido como yo?

-A que necesito un ayudante para matar a mi maestro – respondió el chico, sin cambiar su tono de voz ni su expresión reposada.

-No creo que tengas como pagarme ni tengo nada en contra de tu maestro – explicó Thäl.

-Yo creo que sí. Ya se han encontrado y no ha sido una buena experiencia. Intentó matarte, por lo que sé.

-¿Y dónde está ese maestro tuyo que según tus palabras intentó matarme?

-Supongo que en el medio de todo aquello – dijo Frélix, señalando la maraña de vegetación en el elevado límite de la meseta, que parecía observar acechante, lista para atacar.


VIII

-No es fácil conseguir a un maestro que esté dispuesto a guiarte por el camino de la hechicería. No hay muchos hechiceros ni magos reales, para empezar. Ni brujas, ya que estamos. Sí hay muchas personas con manos rápidas o capaces de confundir las mentes de los demás con distracciones y trucos mentales. He conocido a algunos hipnotistas que pueden convencer a las personas de que ven o escuchan cosas que no están ahí. Pero hechiceros, lo que se dice hechiceros, creo que me sobran los dedos de ambas manos para contar los que recorren el mundo en este momento. Vivos, por supuesto. Hay algunos que ya han muerto pero siguen dando vueltas por el plano terrenal, porque tienen asuntos sin terminar o porque siguen estudiando las fuerzas naturales y espirituales desde un nuevo ángulo al que antes de morir no podían acceder. Algunos incluso murieron adrede para seguir estudiado. Es difícil no respetar eso.

Thäl caminaba al lado de su nuevo acompañante, haciendo lo posible por no escuchar su historia. Molesto porque sabía que en la mente del chico no había quedado debidamente claro quién era el acompañante y quien estaba a cargo y tomaba las decisiones en la misión.

-Conseguí permiso de mi padre para dejar nuestro castillo hace ya tres años. Como séptimo hijo, era para mí imposible llegar algún día a heredar el trono, y no tenía ganas ni de matar a mis hermanos para sacarlos del camino ni guerrear contra ellos en el futuro, por lo que consideré mejor irme y buscar mi vida por otro lado. Creo que sólo quedan tres de mis hermanos vivos en este momento, por las noticias que me han llegado. Eso me hace pensar muy seriamente en si quiero tener posesiones que heredar o si quiero tener hijos que se peleen por ellas. Lo más probable es que no haga ninguna de las dos cosas. Además, en los libros de los grandes sabios he leído que una de las formas más efectivas de conservar y aprovechar todo tu potencial es la retención de semen, durante meses o años, para canalizar toda la energía del deseo en un solo hechizo.

-¡Já! - rió Thäl, pensando en que ahora tenía otro motivo para alejarse de la magia.

-El maestro Xeres fue el segundo hechicero vivo que encontré y tuve la suerte de que quisiera tomarme como aprendiz. El primero… bueno, digamos que practicaba el tipo de magia que lo hacía ver en alguien de mi edad más un sacrificio desperdiciado que un aprendiz.





IX

-¿Y si era tan bueno, qué le pasó?

-Lo de siempre: hizo un hechizo de más. Aprender magia es como aprender a cocinar: no sirve de nada si el estudiante se queda solamente con la receta, hay que poner las manos en la masa, por decirlo de alguna forma. Aunque no es muy buena frase, no pienso volver a usarla.

-Por lo poco que entiendo de magia, hizo una de dos cosas: fue a lugares a los que no tendría que haber ido o trajo de otro lugar cosas que no deberían estar aquí.

-Más o menos ambas. Se puso en contacto con entes de otros planos que se quedaron dentro suyo y no quieren abandonar su cuerpo.

-Y supongo que a esos entes no los mueve ninguna buena intención.

-No lo sé con total certeza, pero estoy convencido de que no. Es decir, ninguna buena intención hacia nosotros. Es posible que estén buscando su bienestar o asegurando su propia supervivencia. Pueden estar desesperados en lugar de ser malignos, ¿pero quién sabe?

-¿Y cuál es tu idea? ¿Liberar a tu maestro? ¿Matarlo? ¿Qué sería lo más efectivo?

-Lo estoy estudiando. Si querés acompañarme a la casa del maestro Xeres, me quedan algunos pergaminos por leer.

Thäl miró hacia arriba, vio la nueva línea del horizonte, ahora llena de copas de árboles y ramas de formas extrañas fluctuando, no al viento sino movidas por su propia fuerza interna, y pensó.

-Eso se va a seguir expandiendo, ¿no?

-Creo que sólo puede expandirse utilizando la energía vital de los seres cuyas vidas consume. O sea, sólo puede crecer cuando come, como cualquier ser vivo. Dado que hace ya un tiempo que permanece en su lugar, deduzco que gastó la energía de los pocos habitantes de las tierras altas y de los animales que habitaban originalmente en el bosque. Creería que hasta que nadie se acerque no hay peligro y que lo mejor que puedo hacer con mi tiempo es estudiar un poco más.

-Yo puedo quedarme a vigilarlo.

-Como quieras. Entonces regreso en la mañana. Ya que permanecerás aquí, asegúrate de que nadie ni nada se acerque. Por cualquier medio a tu alcance – dijo Frélix, señalando la espada de Thäl.

-No hay problema con eso. Es lo que mejor hago.


X

Durante la noche, los ojos y oídos de Thäl estuvieron atentos a cualquier movimiento del follaje, no sólo del bosque que había cobrado una vida maligna en las alturas sino también de las plantas a su alrededor. En el valle en el que debería estar descansando bajo las estrellas, había árboles, flores, enredaderas y varias clases de hongos. Mecidas por la brisa fresca de la noche, las semillas caían al suelo fértil o volaban, recibiendo el impulso del aire en los copos redondos y esponjosos de su parte superior, hasta llegar a un lugar en el que pudieran germinar. La vida seguía, ciega, imparable, sin descanso.

No hubo movimientos detectables. Los animales suelen captar el peligro mejor que los seres humanos y eran escasas las probabilidades de que se acercaran al precipicio, por lo que Thäl confiaba en tener que preocuparse sólo de viajeros perdidos o fugitivos que buscaran refugio en las cuevas de la meseta. Los ladrones solían esconderse allí y algunas cuevas habían sido nombradas a partir de algún famoso ocupante.

Como lo había previsto, las aves se acercaban al bosque pero, un poco antes de llegar a posarse en ningún árbol, daban media vuelta en el aire y emprendían el regreso a velocidad acelerada. Por su parte, agotada ya toda su energía, ni los sarmientos ni las ramas efectuaban ningún movimiento.

Cuando las aves volvían a estar a una distancia que lo satisfacía, Thäl destensaba el arco y enterraba la flecha en la arena.



XI

Con los primeros rayos del amanecer, Frélix regresó al lugar donde Thäl realizaba su vela de guardia. Traía un par de hojas pequeñas de pergamino enrolladas en la mano. Hacía mucho que Thäl no veía ningún elemento relacionado con la escritura, tal vez desde niño, pero conocía las distintas maneras de conservar el conocimiento y los hechos en un soporte material: barro, hojas de papel y cuero de animales. Intentaba recordar cómo lo hacían en la Cúpula de metal, pero lo único que acudía a su memoria eran piedras rectangulares, livianas y lisas, que emitían una luz apagada de un tranquilizante tono celeste.

-¿Esos son tus libros?

-Oh, no. Para nada. No podría sacarlos de la casa del maestro sin que se convirtieran en polvo, o sin que liberaran algo que no queremos que se libere en este mundo. Hay conocimiento que no puede interactuar con este plano de existencia sin consecuencias cataclísmicas. No, estas son simplemente mis anotaciones.

-Bien. Emprendamos el camino entonces.

-Si… respecto a eso… emprender el camino, lo que se dice, caminando, es algo que debo hacer en soledad. La magia que conozco sólo actúa de este lado de la realidad.

-¿Entonces yo voy a luchar aquí? ¿El bosque va a bajar hasta el valle?

-No. Tu lucha va ser en otro lugar, por decirlo de alguna forma.

-No me hables con acertijos. No es que no los pueda entender, simplemente me molesta.

-Bien. Hay algo en tu aura que me dice que ya has tenido contacto con un ser de otro plano. Contacto directo. Más directo que el que yo nunca he tenido, ya que sólo los he conjurado alguna que otra vez, escudado tras fuertes hechizos de protección. Hay restos de elementos de otras dimensiones dentro de tu cuerpo. Emmm… no te juzgo… los demonios suelen ser muy cautivadores y persuasivos.

Thäl miró las cicatrices de sus palmas y recordó.

-Una vez metí mis manos sangrantes en una suerte de portal. Desde entonces he experimentado cosas extrañas, pero nada que me impida vivir de manera normal. No me siento más fuerte ni más débil, sólo que a veces mis percepciones se abren, se hacen más amplias.

-¡Ah! Bien. Esa es otra explicación perfectamente lógica. La magia suele conducirse de un plano de otro mediante fluidos vitales, por lo que… emmm… dejémoslo así.

-¿Y cuál sería mi parte en el plan entonces?

-Necesito que alguien luche desde el otro lado mientras yo intento liberar a mi maestro desde este lado de la realidad.

-¿Y cómo voy a pasar al otro lado? No es una de mis habilidades, al menos que figure en mi conocimiento.

Frélix caminó unos pasos, en círculos cada vez mayores, explorando el suelo verde. Se acercó al nacimiento de un árbol y arrancó algo, pegado a las raíces, de un solo tirón.

-Así – respondió, mostrando en la palma de su mano un macizo hongo de color rojo y blanco.


XII

-Ya los he probado. No sé qué es lo que crees que te estoy ocultando, pero no vas a hacerme hablar con eso.

-El que quiso usar estos hongos como una especie de poción de la verdad era un pobre imbécil ignorante y no tenía idea de lo que estaba haciendo. No es la función que cumplen. Además, supongo que la utilización del hongo vino precedida de torturas, hambre, confinamiento solitario o alguna otra maniobra física o mental para doblegarte, y esa no es la mejor forma de ponerte en el estado propicio para conectar con él.

Thäl recordó los últimos días antes de escapar de su cautiverio, casi al terminar la adolescencia, pero no dijo nada.

-Seguramente también te lo hicieron masticar estando seco como una pasa y sin mezclar con las plantas necesaria para hacer que el viaje sea más duradero. Debe haber sido como un golpe de maza en tu cabeza que duró segundos y del cual no trajiste ni sacaste nada. Bueno: por un lado eso es bueno porque ya sabemos que puedes sobrevivir a la experiencia. No todos pueden. Y, segundo, es probable que hayas dejado algún amigo allá que todavía te recuerde.

-Pero dijiste que sólo duró unos segundos. Y así es como lo recuerdo.

-Unos segundos de este lado. Puede haber sido toda una vida del otro.


XIII

Frélix sacó una marmita de su bolso, compacta y honda. Introdujo dentro tres hongos, tallos de algunas enredaderas que separó con cuidado de la corteza de los árboles, y una buena cantidad de agua del río que fluía frente a ellos. Thäl lo vio encender fuego y poner la marmita sobre la llama viva. El preparado hirvió en poco tiempo, mientras el joven revolvía sin descansar. Cuando la cuchara de palo quedaba atascada en medio de una pasta gomosa, resistente a cualquier movimiento, Frélix volcaba un poco más de agua y comenzaba de nuevo. Siguió así durante horas, renovando la elasticidad de su potaje psicoactivo.

Mientras tanto, Thäl vigilaba las alturas arco en mano. A media mañana debió derribar a un ave que se acercó demasiado a los árboles más cercanos al precipicio. Acostumbrado a la soledad, podía pasar días sin hablar con nadie, incluso pensando sólo lo necesario para sobrevivir. Había escuchado que la locura es que la cabeza se llene de palabras, cosa bastante parecida a hablar consigo mismo en soledad. Pero el aprendiz de brujo no tenía tanta disciplina.

-¿Dónde naciste? - preguntó, moviendo la cabeza en círculos sin darse cuenta, acompañando el giro de su mano.

-En un lugar de leyenda que probablemente ni siquiera exista.

-Eso no es muy específico que digamos. He leído volúmenes enteros que describen lugares de leyenda que nadie sabe si existieron. Probablemente este lugar en el que estamos ahora sea de leyenda en unos años.

-Nací en la Cúpula de metal.

-La Cúpula de metal no es un lugar de leyenda. Era un lugar real que estaba muy bien escondido. Las herramientas mágicas de los mejores hechiceros eran forjadas por los herreros alquimistas de la Cúpula de metal. Si me hubiera convertido en maestro décadas atrás, una de mis pruebas hubiera sido peregrinar hasta allí para buscar mis elementos de poder. De hecho, la Cúpula de metal fue el origen de los alquimistas, quienes sabían trabajar los metales antes de que en otros lugares conocieran siquiera su existencia. Puede ser que las historias sean exageradas, pero era un lugar muy real. Al menos en teoría.

-Me han dicho que la ciudad fue destruida y que por eso nunca pude volver a ella.

-Es imposible que una ciudad desaparezca del todo. Como mínimo deben quedar sus ruinas.

-¿Y será posible encontrar esas ruinas?

-Los teóricos de los antiguos alquimistas dicen que sí. Y que para encontrarlas se deben recorrer los picos inaccesibles de las cadenas montañosas del extremo sur del mundo.


XIV

Un poco más de agua, un poco más de ramas secas para alimentar el fuego, y Frélix continuaba reduciendo el caldo de hongos y enredaderas a sus componentes fundamentales.

-De todos modos, encontrar la Cúpula de metal no debe ser una tarea fácil porque sino alguien ya lo habría hechos a estas alturas. Lleva desaparecida…

-Diecinueve años…

-¿Cómo sabés?

-Porque yo tengo veinticinco… y la vi desaparecer frente a mis ojos cuando me alejaba de allí, con mis padres y otras personas, a los seis.

-Interesante. Puede haber sido un hechizo de invisibilidad. O de relocalización. De desfase temporal también. A lo mejor no la encuentran porque se fue al futuro. O incluso al pasado. Nunca se sabe.

-Alguien tiene que saber.

-Alguien, tal vez no. Pero algo… algo seguro lo sabe. Los seres vivos aprendemos y olvidamos muchas cosas por nuestra sumisión al tiempo. Pero los entes que existen más allá del tiempo no suelen tener ese problema. Algo seguramente sabe qué pasó con la Cúpula de metal.

-¿Y tus poderes mágicos te permitirían averiguarlo?

-No sé, la verdad. Debería investigarlo.

Thäl gruñó de forma casi imperceptible.

-No te enojes. No estoy siendo desconsiderado. De hecho es todo lo contrario: solamente un charlatán dice que sí a todo sin pensar. O alguien todopoderoso. Yo ni soy una cosa ni quiero ser la otra.

domingo, 5 de septiembre de 2021

Thäl y el rapto en las catacumbas (8 de 8)

 

Ilustración de Marcelo Sinistri

 

XV

Con cuidado, el mercenario dio unos golpes con su bota en el abdomen de la criatura muerta para que cayeran más pequeños seres de su espalda, como se golpea el tronco de un árbol para hacer caer los frutos de sus ramas. Luego la apoyó en el piso, procurando que no rodara hacia el foso, y abrió la piel de su lomo con el filo de la espada, revelando algunos huevos aún sin eclosionar que seguían adheridos a la grasa bajo su piel. A medida que caían en el piso, los empujaba con el pie hacia las profundidades.

Mirando la boca del cadáver desangrado y la silueta de los vástagos sin futuro, Thäl pensó que ella nunca podría haber imaginado la traición del demonio. Pero los demonios no tiene favoritos y no perdonan a nadie:

-Creía que parecerse más a él que nosotros era una garantía de lealtad. Un error común. Tengo que asegurarme de nunca cometerlo.

Recién cuando se aseguró de que no quedaba nada más que el cuerpo de la hembra anfibia, se preparó para llevarlo ante la presencia del rey, como prueba del cumplimiento de su tarea. Ese había sido el trato con el espectro del pozo.

Tomó al niño pelirrojo de un brazo e intentó convencerlo de que no dijera nada, de que guardara en secreto la existencia de las catacumbas y el demonio. Pero no era necesario, porque la mente del niño estaba en otro lugar, muy lejos de esa realidad. No hablaba, apenas fijaba los ojos en algún punto del espacio y caminaba dócilmente siguiendo cualquier dirección hacia la que lo llevaran. De todos modos, una vez atada la criatura muerta con jirones de su propia ropa, lo guió por los túneles para devolverlo al rey y, suponía, a sus padres. Lo que fue un gran error, porque en el tiempo en que el niño estuvo suspendido, en el acantilado del foso y en el espacio entre dimensiones, un espíritu maligno había entrado en él y, después de décadas de aclimatación, un día saldría para esparcir la maldad y la esclavitud en el reino. Entonces Thäl sería enviado por la bruja Ía a solucionar el desastre, para así equilibrar el peso de sus aciertos y errores.

Pero esa es otra historia.


XVI

Cuando arrojó la criatura muerta a los pies del trono, muchos de los presentes ahogaron reacciones de asco, pero sólo alguno emitió algún sonido que revelara sorpresa. Eso hizo considerar a Thäl la posibilidad de que no le hubieran dado todos los datos necesarios a la hora de asignarle la tarea de rastrear a los niños secuestrados y acabar con la amenaza que los acechaba y los hacía desaparecer.

-Tengo preguntas para hacerle, su majestad. ¿Habían visto alguna vez un ser como éste en el reino?

-No. Sólo habíamos escuchado historias – respondió el rey Remus.

-¿Qué historias?

-Cuando nuestros padres llegaron a esta región, las tierras estaban casi deshabitadas a causa de una guerra entre los pobladores anteriores del lugar y alguna clase de monstruos venidos de las tierras húmedas.

-¿Y dónde están enterrados todos los muertos de esa guerra?

-No lo sabemos con certeza.

-¿Qué cuentan las historias?

-Cuentan que existe una enorme tumba subterránea a la que sólo se puede ingresar de noche.

-Es cierto. Estuve ahí. Era la guarida del monstruo y fue el lugar de su muerte.

-¿Dónde queda ubicado ese lugar?

-Ya no existe. Había magia involucrada y la muerte de la criatura cerró el acceso.

-Supongo que es lo mejor.

-Yo también, su majestad. Otra pregunta: ¿aparece algún demonio o espectro en las historias?

-Aparecen demonios y espectros en casi todas las historias.

-Es cierto. Bien. Quería darle sentido a algunas de las cosas que el monstruo dijo antes de morir.

Thäl apoyó su mano en la espalda del niño rescatado y lo empujó unos pasos hacia adelante.

-Esta fue la última víctima de la criatura. Aparentemente, el rapto le quitó el habla. Espero que algún día pueda recuperarse.

-Bien. Es uno de los huérfanos de las afueras. Por el color de su cabello, es probable que sea descendiente de los pobladores originales de estas tierras. Lo cuidaremos en palacio hasta que pueda valerse por sí mismo.

-Entonces sólo resta cobrar el pago acordado y seguir mi camino – sentenció Thäl.

Fue escoltado hacia los muros exteriores de Escatonia y se le entregó un palafrén cargado con bolsas de oro. Debía abandonar las tierras sin demora. Era lo acostumbrado para un mercenario: una vez realizada cualquier hazaña, debía partir rápidamente para que la persona que había pagado por sus servicios pudiera quedarse con el crédito. Los guerreros sin hogar lo eran por un motivo: muchas hazañas podían hacer de un hombre un héroe, y un héroe con sed de poder podía convertirse en poco tiempo en un caudillo, y ningún rey quería correr ese riesgo.

Thäl se alejó bajo el sol quemante, mirando las nuevas cicatrices en sus manos, y pensando que la mitad de su peso en oro bien valía la mitad de la verdad.


***

domingo, 29 de agosto de 2021

Thäl y el rapto en las catacumbas (7 de 8)

 

Ilustración de Marcelo Sinistri


XIII

La mujer sapo dejó a su vástago muerto en uno de los nichos mortuorios horadados en la pared, ya que de eso se trataba: esos bultos en su espalda eran sus hijuelos, su descendencia ya casi formada por completo esperando salir de las bolsas en su espalda. Después giro hacia Thäl y se abalanzó sobre él proyectando sonidos furiosos desde el fondo de su garganta batracia.

-¡Asqueroso mono! ¡Ese niño iba a ser un príncipe que reinaría sobre tu raza débil y maldita! ¡Acabas de asesinar a un príncipe! - gritaba la mujer.

A Thäl no le agradaban los príncipes humanos y tenía la impresión de que un príncipe sapo no mejoraría las cosas para nadie. Salvo tal vez para los sapos.

Pero los gritos furiosos del ser que lo golpeaba con sus lagos brazos fibrosos, puro músculo, le indicaron que detrás del misterio y las desapariciones había mucho más que el placer de matar niños o un pacto egoísta con el más allá, cosas a las que ya se había enfrentado en el pasado.

De pronto, entre un golpe y otro, un mensaje sin palabras, hecho de imágenes y sensaciones llegó a la mente del humano, a sus emociones y su entendimiento. Absorbió, en un tiempo ralentizado, el predicamento de la mujer anfibia, su pacto y las consecuencias que ello tendría para la humanidad.

Este mundo no estaba aún asentado, el universo aprendía sobre la marcha sus reglas y establecía sus leyes. Algunas no coincidían con las del universo anterior, pero Thäl nunca entendería eso, a pesar de que Ía, la bruja, intentara muchas veces explicarle los conceptos del eterno retorno y el efecto mariposa. En esta nueva iteración, razas con destino de extinción medraban en eras que no deberían haber visto sus facciones simiescas, y especies enteras que nunca habían pasado de animales salvajes sufrían ahora, como una maldición, la conciencia de sí y de la muerte.

La mujer era la última prueba viviente de que una desviación de la familia de los sapos había evolucionado hasta alcanzar la locomoción bípeda y el lenguaje hablado. Específicamente, una especie de sapos planos de climas cálidos que gestaban a sus numerosos hijos dentro de huecos debajo de la piel de su espalda. A cambio de periódicos sacrificios, el demonio que flotaba sobre el foso interdimensional le había concedido la concepción inmaculada de decenas de huevos. También la promesa de que los vería desarrollarse y reproducirse hasta formar un ejército, siempre creciente, que dominarían sobre la humanidad.

Tal vez, pensaba Thäl, esa información provenía de la mente de la hembra, quien podía proyectar sus pensamientos para influir en los demás y así captaba a sus pequeñas víctimas. Aunque no era muy inteligente brindar todos los datos de su plan maestro a un enemigo, era posible que en su estado emocional no pudiese controlar las visiones.

La otra opción era que la historia fuese enviada a su mente por el demonio. Y si ese era el caso, debía haber un motivo para ponerlo al tanto del peligro y del pacto sellado. Tal vez darle la oportunidad de reemplazarlo por otro.

Thäl pensó, entonces, qué podía pedir y qué tenía a mano para sacrificar.


XIV

El tiempo se reconectó y regresaron los golpes. El monstruo batracio se encontraba casi sentado sobre el cuerpo de Thäl, intentando romperle los huesos con sus puños palmeados. Tenía la fuerza impresionante de músculos anfibios acostumbrados a dar grandes saltos, pero multiplicada por su estatura, mucho mayor. La criatura estaba ahora libre de sus ropas, que ya no eran necesarias para engañar a nadie.

A Thäl se le hacía imposible conectar un puñetazo en el cuerpo cubierto de baba de la criatura, que era la propia definición de la palabra resbaloso. Y, aunque hubiese podido hacerlo, la piel del ser era correosa y mucho más resistente que la humana. Tampoco tenía el espacio necesario para extender el brazo y golpearla con su espada. Pensó en herir sus ojos, pero no podía verlos, ya que desde su ángulo eran tapados por la gran boca de sapo de la mujer. Entonces se le ocurrió la idea, que en un instante llevó a cabo, de lastimarla en el único lugar vulnerable que tenía a la vista, accesible y a corta distancia: el interior de su boca.

Su mano salió disparada como una flecha y sus dedos aferraron con salvajismo desesperado el paladar del monstruo. Una fracción de segundo después, salió de la cavidad el puño de Thäl, sosteniendo un trozo de carne y cubierto de sangre biliosa. La mujer saltó hacia atrás, enloquecida de dolor y cubriéndose la boca con las manos.

-Si sus hijos iban a ser príncipes, supongo que eso la hace una reina – dijo Thäl, arrojando las primicias del combate al piso: -Disculpe entonces, su majestad.

Con la espada en la mano y ya libre para desplazarse, se abalanzó contra la mujer sapo, que gritaba a todo volumen y con la boca abierta como una almeja. Con una estocada que llevaba toda la velocidad de su carrera y adelantando el arma con ambas manos, el filo de Thäl atravesó el paladar herido y salió por el cráneo de la criatura.

Así empalada por la cabeza, la llevó dando trabajosos pasos hasta el filo del abismo. Acercó el cuerpo frío hasta el mismo límite del foso, dejando que los hijuelos, algunos ya totalmente formados, fueran cayendo del cuerpo que ya no era un refugio protector.

El demonio del foso iba consumiendo las almas de los pequeños seres a medida que caían. En el nuevo pacto, que había cerrado con Thäl en su mente, dejaría en paz a la humanidad durante el tiempo que tardara en volver a sentirse hambriento.

Thäl no había tenido otra opción: sabía suficiente de magia como para estar seguro de que él no tenía ninguna posibilidad de destruir, expulsar u obligar a un ser de dimensiones no humanas a hacer nada que no quisiera.

Thäl y el rapto en las catacumbas (6 de 8)

 

Ilustración de Marcelo Sinistri


XI

Un olor antiguo y acre se filtraba junto con la luz que Thäl percibía al final del túnel. Le recordaba viejos campos de batalla que había atravesado muchos años después de que los vencidos cayeran, en tierras secas, sin humedad y sin buitres. Olía a muerte vieja, a carne momificada. También olía a magia oscura, lo que tenía sentido ya que las catacumbas eran un lugar propicio para alimentar conjuros malignos y furiosos con la energía residual de los muertos.

Luz, aroma y también sonido. La mujer gritaba entre hipos, como si se atorase con su propia saliva a cada sílaba o eructara al hablar. Los sonidos guturales encendían un débil recuerdo en el fondo de la memoria de Thäl, pero era demasiado tenue como para asirlo, tal como las paredes a su alrededor podían ser vistas pero no podía arrancarles un trozo de barro con el puño.

Con extrema cautela, el mercenario se asomó a la boca del túnel. Daba a una enorme galería horada en la tierra, una burbuja subterránea capaz de albergar un pueblo pequeño. En las paredes había huecos y dentro de los huecos pudo ver huesos amarillentos, de cráneos o pies, dependiendo en qué dirección estuviesen ubicados los esqueletos. Algunos descansaban directamente sobre el suelo húmedo. Muchos tenían el tamaño de niños pequeños.

En medio del recinto semicircular, un pozo gigantesco ocupaba una considerable superficie del suelo. De él emanaba luz cuyo color no podía definir. Algo parecido a un camaleón, escamoso, con ojos y boca desmesuradas y con una gran cola prensil, se agitaba dentro de la luz, entrando y saliendo de la realidad como el último tramo del camino que Thäl había recorrido.

La mujer sostenía por el cuello al niño raptado, con su largo y fibroso brazo extendido, sin mirarlo, porque sus ojos se dirigían al ser espectral que flotaba en el brillo. Su cántico líquido retumbaba en los oídos de Thäl como mil botas pisoteando tierra anegada. En su espalda, pequeños espasmos musculares hacían saltar los trapos sucios que vestía a un ritmo de percusión enloquecida. La sensación de hundirse en una ciénaga embargó a Thäl y sintió que sus pulmones se llenaban de barro y liquen. Cayó al piso chapoteando duro contra la fetidez del agua estancada.

Entonces la mujer se giró hacia él, tal vez sobresaltada, tal vez enfurecida. El hombre no podía distinguir sensaciones en el rostro que pudo observar: una boca anfibia, huecos que hacían las veces de nariz, ojos de sapo en medio de una piel marrón, húmeda y cubierta de baba.


XII

Forzando sus reflejos como siempre que un guerrero siente el peligro o la muerte a una decisión de distancia, Thäl cerró los ojos y corrió dando largas zancadas, ignorando el asco sobrenatural y el mareo que desequilibraba sus percepciones, hacia el último lugar en el que había visto y oído al monstruo batracio y al niño. Llevaba el brazo derecho totalmente extendido, con la espada desenvainada en su mano. Cuando se sitió cerca de ambos, cortó el aire y el cuerpo de la criatura, por detrás, a la altura de su columna media. Algo gritó, pero no fue la mujer. Un grito agudo, largo, primordial, emanó de la espalda del ser, y uno de los tumores que Thäl había visto abultar el reverso de su ropa se contorsionó y cayó al piso sangrando, si es que la sangre puede ser del color de la mostaza.

Fue la mujer sapo quien lanzó un grito al aire esta vez, iracunda, y soltó a la presa que sostenía por el cuello. Levantó el bulto de carne del piso y se alejó hacia las paredes llenas de tumbas, gruñendo y chillando.

El niño cayó hacia el pozo. La satisfacción del demonio en la luz por la inminente muerte humana pudo sentirse en la atmósfera viciada de la cueva. Esperaba consumir su alma. No lo saciaría, pero al menos el bocado lo mantendría vivo hasta la próxima ocasión. Se trataba de un ser interdimensional menor, casi desconocido, que aún no había atravesado sus momentos de gloria, no había tenido un séquito de adoradores que realizara grandes hecatombes en su nombre, y ahora que su única fiel era atacada por el descastado guerrero a sueldo, tal vez esos momentos nunca llegaran.

La curiosidad llevo a Thäl a mirar el abismo debajo de él, aunque no tenía esperanzas de ver al niño. Si el pozo tenía fondo, seguramente ya lo habría golpeado. Pero no. El desesperado rapaz pelirrojo se aferraba a una saliente rocosa del foso, silencioso, con el rostro contraído. El miedo que sentía le impedía siquiera gritar.

Thäl no tenía forma de subir al niño, aunque no se encontraba demasiado lejos. Decidió entonces que, de ahí en adelante, una soga formaría parte de su equipo básico de mercenario. Lo único que se le ocurrió hacer, sabiendo que el monstruo pronto volvería a atacarlos, fue usar su espada. La tomó por el filo y le ordenó al niño que se sostuviera de ambos lados de la guarda para así poder subirlo. Logró hacerlo, pero se cortó las palmas de las manos por el esfuerzo y gotas de su sangre cayeron al pozo sin fondo y, sin que él lo supiera, entraron en la dimensión demoníaca con la que el pozo comunicaba. Ese fue el principio de gran parte de su suerte y causa de muchas calamidades.

También fue el motivo de que, en poco tiempo, la bruja Ía se cruzara en su camino.

Thäl y el rapto en las catacumbas (5 de 8)

 Ilustración de Marcelo Sinistri

 

IX

Thäl deducía que el ser cuyo olor a barro putrefacto lo había sobresaltado era una mujer sólo por la ropa que vestía. Ropa de anciana mendiga o abuela muy descuidada que la cubría totalmente, desde los pies enfundados en bolsas de tela hasta la cabeza cubierta por una caperuza que proyectaba sombra sobre su rostro oculto casi por completo. Sumando la penumbra del atardecer a la exagerada vestimenta, poco más podía verse de ella.

Avanzaba apoyando en cada paso todo el peso de su voluminoso cuerpo en una sola pierna, modificando su centro de gravedad en cada pequeño avance, lo que le daba a su caminar una apariencia de vaivén pendular muy poco agraciado. Su sombra exhibía una barriga abultada y maciza, y era difícil saber si era una sucesión de pliegues en su camisa, o alguna clase de bocio o tumor, lo que hacía desaparecer virtualmente su cuello.

El mercenario fingió consultar precios a un vendedor que ya levantaba su puesto, mientras el cuerpo de la mujer se inclinaba lo poco que podía para hablar unas palabras con un niño pelirrojo, al que después llevó de la mano hacia las afueras, alejándose de la muralla que servía de límite posterior a la feria. No había nada sospechoso en las dos figuras, una enorme y la otra menuda, caminando contiguas. El niño no se veía asustado ni nervioso. Sus pasos seguros, casi alegres. Pero Thäl decidió seguir a la despareja dupla y ver si sus instintos habían acertado.

La mujer guió al niño hasta un grueso árbol en el que Thäl ya había reparado al llegar a Escatonia. Desentonaba en medio de la rala vegetación que dominaba el paisaje del reino. Además, era oscuro como ningún otro árbol que conociera, y tenía un aspecto manchado y aceitoso. No parecía el tono natural de la corteza sino de alguna sustancia pegajosa con la que alguien lo había pintado o recubierto.

Dado que debía guardar una distancia prudente en su persecución, Thäl tardó unos segundos en llegar al árbol tras la pareja. Cuando lo hizo, ambos habían desaparecido.


X

Después de la parálisis inicial provocada por la sorpresa, Thäl inspeccionó el terreno de forma exhaustiva. Si bien ya se había enfrentado a la magia y sabía de su existencia y sus efectos reales, sabía también que los espectros no solían atraer a sus víctimas a descampados ocultos antes de manifestar sus poderes o ejecutar sus venganzas. Al no estar limitadas por el tiempo, el espacio ni la mirada de los seres vivos, la magia verdadera y las apariciones genuinas se manifestaban en cualquier momento y lugar que eligieran hacerlo, frente a todos los testigos que estuviesen allí en ese instante. El mal encubierto y cauteloso, en su experiencia, era siempre humano.

En esta ocasión estaba en lo cierto. Pero no del todo. El mal que perseguía no era sobrenatural, pero tampoco humano.

El ángulo de las luces del castillo, siempre encendidas en las mismas torres, proyectaba una sombra tras el árbol, que escondía a la perfección una trampilla oculta en el piso. Aún no había una luna que iluminara las noches del planeta. La traerían desde otro sector del cosmos mucho después, en los años finales de la vida de Thäl.

El mercenario sin gentilicio que identificara su procedencia (ya que no podía decir que provenía de la Cúpula de metal y, en caso de que pudiera hacerlo, no sabía en qué región o provincia del mundo se encontraba afincada), abrió con cautela la trampilla y comenzó a descender por una empinada escalera de tramos asimétricos, formados por las extensas ramas del árbol que, en la superficie, marcaba y escondía el acceso. Un poco más abajo había escalones de madera. Un poco más abajo, de piedra. Y en los últimos metros del descenso, los resbalosos apoyos para los pies se encontraban excavados en el propio barro del interior de la tierra.

No había antorchas, pero el agua que cubría el piso del túnel y caía gota o gota por sus paredes, era de un color verde fluorescente e iluminaba de forma leve pero efectiva el camino, al menos en los metros más cercanos a quien atravesaba su laberíntico recorrido.

Thäl desenvainó su espada y caminó tocando la pared con la mano que le quedaba libre, como un invidente o un niño que aprende a caminar. Algo en el brillo de la tierra barrosa lo mantenía alerta. La veía latir, fluir dentro y fuera de la realidad, deshacerse y recomponerse como el mundo cotidiano en los primeros minutos de trance al consumir hongos de las moscas. Y su mano le confirmaba, para su perplejidad, que, a medida que avanzaba, la pared estaba cada vez menos presente. Cuando sus ojos vieron una luz brillar en el extremo del túnel, sus dedos ya podían atravesar el barro de la pared sin encontrar ninguna resistencia material, y podía sacarlos de allí sin daño alguno.

Thäl y el rapto en las catacumbas (4 de 8)

 

Ilustración de Marcelo Sinistri


VII

Eso nos lleva de nuevo a la presencia de Thäl en la feria central, fuera del primer círculo de murallas que resguardaba el castillo real de Escatonia, entre el aroma de frutas pasadas y especias que pretendían cubrir el olor de la carne descomponiéndose lentamente al sol, entre el ruido de los regateos y el crujido de las ramas que soportaban los puestos moviéndose con cada ráfaga de viento caliente. Levaba ya tres días recorriendo, acechando aún no sabía qué, intentando no llamar la atención.

Como el monarca del reino le había explicado, los niños pasaban mucho tiempo allí. Jugaban mezclados en medio de la multitud, utilizando a los compradores como escondite, rogaban a los viandantes que les regalasen las frutas golpeadas y, los mayores, ayudaban a las ancianas con el acarreo de las compras a cambio de un donativo a su criterio. Thäl los observaba con concentración absoluta y ya había memorizado sus caras y algunos de los nombres por los que los había escuchado llamarse. Aún no notaba la desaparición de ninguno de ellos.

Le resultaba extraño ver a niños jugando, sin preocupaciones, con sonrisas en los rostros. Nada más alejado de lo que él había vivido luego de que su familia hubiera huido en una caravana, por motivos que desconoce, de la Cúpula de metal. Sólo recuerda el movimiento del carromato volviendo borrosa y fantasmal esa última mirada a las cimas nevadas donde nació, ese relieve grabado en su memoria que, a pesar de los viajes y las aventuras transcurridas en tantas regiones distintas, nunca pudo volver a reconocer en ninguna cadena montañosa.

Los niños de Escatonia disfrutaban del ocio de sus tardes, esperando las tareas pesadas de la adultez. No debían trabajar como esclavos cada día, ni escuchar a sus compatriotas ser torturados cada noche para confesar secretos que no conocían. Secretos sobre forja, aleaciones y alquimia, reservados sólo a los maestros fundidores y a sus aprendices más avanzados.

Algún día Thäl encontraría su cuidad natal y exigiría conocer esos secretos, pero por ahora se dedicaba a observar y esperar.


VIII

En la enorme feria atestada había niños de todas las clases y todos los colores. Niños de piel roja, amarilla, oscura y pálida, jugando en grupos separados, a veces ignorándose y a veces enfrentándose en competiciones amistosas emanadas de atávicas luchas por la superioridad. Quién los conociera podía echar en falta a los pequeños de piel verde, que nacían aún en las tribus aisladas del desierto de Azkahar, pero pocas personas en el ancho mundo los habían visto alguna vez.

Al enfrentarse a semejante variedad, Thäl se preguntó si alguna característica los haría más proclives a la desaparición, si su captor buscaría conscientemente un tipo determinado de víctima. No había vuelto al castillo a saciar sus dudas en sus tres días de vigilancia porque descreía que los soldados o el rey hubieran prestado tanta atención a los detalles. Tampoco podía preguntarle a los propios niños sin descubrir su intenciones. Y, dado que los niños no suelen ser las personas más discretas, poner a uno de ellos sobre aviso podía significar poner sobre aviso también al culpable de las desapariciones.

Thäl se aburría. A pesar de tratarse en cierta forma un tema personal, ya que de veras le molestaba dejar sufrir a otros niños como él había sufrido en su infancia, sus labores pagas solían ser más directas, sencillas, expeditivas y sangrientas. Lo sobrellevaba diciéndose que poner a trabajar sus sentidos, su memoria y sus capacidades deductivas, era una forma de asegurarse de no haberlas perdido después de tanto tiempo valiéndose sólo de su espada. Un buen guerrero, después de todo, además de un buen espadachín de rápidos reflejos, era también un luchador astuto que observaba e identificaba las debilidades de los demás para utilizarlas en su contra.

El sol ya caía y Thäl comenzaba la que debería ser su última vuelta por los puestos de la feria, cuando un olor lo desconcertó. Una mujer envuelta en telas de trama gruesa e hilado descuidado, teñidas sólo por el marrón del polvo asentado durante años, pasó frente a él. Su rastro en el aire le hizo recordar a pegajosas ciénagas en las que había luchado con lagartos colosales, dragones de agua o espíritus vegetales. Pero Escatonia era una zona en extremo seca y el débil hilo de agua al que le debía su subsistencia no creaba en todo su recorrido un pantano, ni tan siquiera un lodazal.

Presa de una corazonada, dejó de vigilar a los niños para seguir a la mujer, que caminaba con piernas largas y flacas cuyos huesos delgados se marcaban como varillas en la parte posterior de su falda. Un repentino sentimiento de asco atacó su garganta, sin motivo aparente.