domingo, 29 de agosto de 2021

Thäl y el rapto en las catacumbas (7 de 8)

 

Ilustración de Marcelo Sinistri


XIII

La mujer sapo dejó a su vástago muerto en uno de los nichos mortuorios horadados en la pared, ya que de eso se trataba: esos bultos en su espalda eran sus hijuelos, su descendencia ya casi formada por completo esperando salir de las bolsas en su espalda. Después giro hacia Thäl y se abalanzó sobre él proyectando sonidos furiosos desde el fondo de su garganta batracia.

-¡Asqueroso mono! ¡Ese niño iba a ser un príncipe que reinaría sobre tu raza débil y maldita! ¡Acabas de asesinar a un príncipe! - gritaba la mujer.

A Thäl no le agradaban los príncipes humanos y tenía la impresión de que un príncipe sapo no mejoraría las cosas para nadie. Salvo tal vez para los sapos.

Pero los gritos furiosos del ser que lo golpeaba con sus lagos brazos fibrosos, puro músculo, le indicaron que detrás del misterio y las desapariciones había mucho más que el placer de matar niños o un pacto egoísta con el más allá, cosas a las que ya se había enfrentado en el pasado.

De pronto, entre un golpe y otro, un mensaje sin palabras, hecho de imágenes y sensaciones llegó a la mente del humano, a sus emociones y su entendimiento. Absorbió, en un tiempo ralentizado, el predicamento de la mujer anfibia, su pacto y las consecuencias que ello tendría para la humanidad.

Este mundo no estaba aún asentado, el universo aprendía sobre la marcha sus reglas y establecía sus leyes. Algunas no coincidían con las del universo anterior, pero Thäl nunca entendería eso, a pesar de que Ía, la bruja, intentara muchas veces explicarle los conceptos del eterno retorno y el efecto mariposa. En esta nueva iteración, razas con destino de extinción medraban en eras que no deberían haber visto sus facciones simiescas, y especies enteras que nunca habían pasado de animales salvajes sufrían ahora, como una maldición, la conciencia de sí y de la muerte.

La mujer era la última prueba viviente de que una desviación de la familia de los sapos había evolucionado hasta alcanzar la locomoción bípeda y el lenguaje hablado. Específicamente, una especie de sapos planos de climas cálidos que gestaban a sus numerosos hijos dentro de huecos debajo de la piel de su espalda. A cambio de periódicos sacrificios, el demonio que flotaba sobre el foso interdimensional le había concedido la concepción inmaculada de decenas de huevos. También la promesa de que los vería desarrollarse y reproducirse hasta formar un ejército, siempre creciente, que dominarían sobre la humanidad.

Tal vez, pensaba Thäl, esa información provenía de la mente de la hembra, quien podía proyectar sus pensamientos para influir en los demás y así captaba a sus pequeñas víctimas. Aunque no era muy inteligente brindar todos los datos de su plan maestro a un enemigo, era posible que en su estado emocional no pudiese controlar las visiones.

La otra opción era que la historia fuese enviada a su mente por el demonio. Y si ese era el caso, debía haber un motivo para ponerlo al tanto del peligro y del pacto sellado. Tal vez darle la oportunidad de reemplazarlo por otro.

Thäl pensó, entonces, qué podía pedir y qué tenía a mano para sacrificar.


XIV

El tiempo se reconectó y regresaron los golpes. El monstruo batracio se encontraba casi sentado sobre el cuerpo de Thäl, intentando romperle los huesos con sus puños palmeados. Tenía la fuerza impresionante de músculos anfibios acostumbrados a dar grandes saltos, pero multiplicada por su estatura, mucho mayor. La criatura estaba ahora libre de sus ropas, que ya no eran necesarias para engañar a nadie.

A Thäl se le hacía imposible conectar un puñetazo en el cuerpo cubierto de baba de la criatura, que era la propia definición de la palabra resbaloso. Y, aunque hubiese podido hacerlo, la piel del ser era correosa y mucho más resistente que la humana. Tampoco tenía el espacio necesario para extender el brazo y golpearla con su espada. Pensó en herir sus ojos, pero no podía verlos, ya que desde su ángulo eran tapados por la gran boca de sapo de la mujer. Entonces se le ocurrió la idea, que en un instante llevó a cabo, de lastimarla en el único lugar vulnerable que tenía a la vista, accesible y a corta distancia: el interior de su boca.

Su mano salió disparada como una flecha y sus dedos aferraron con salvajismo desesperado el paladar del monstruo. Una fracción de segundo después, salió de la cavidad el puño de Thäl, sosteniendo un trozo de carne y cubierto de sangre biliosa. La mujer saltó hacia atrás, enloquecida de dolor y cubriéndose la boca con las manos.

-Si sus hijos iban a ser príncipes, supongo que eso la hace una reina – dijo Thäl, arrojando las primicias del combate al piso: -Disculpe entonces, su majestad.

Con la espada en la mano y ya libre para desplazarse, se abalanzó contra la mujer sapo, que gritaba a todo volumen y con la boca abierta como una almeja. Con una estocada que llevaba toda la velocidad de su carrera y adelantando el arma con ambas manos, el filo de Thäl atravesó el paladar herido y salió por el cráneo de la criatura.

Así empalada por la cabeza, la llevó dando trabajosos pasos hasta el filo del abismo. Acercó el cuerpo frío hasta el mismo límite del foso, dejando que los hijuelos, algunos ya totalmente formados, fueran cayendo del cuerpo que ya no era un refugio protector.

El demonio del foso iba consumiendo las almas de los pequeños seres a medida que caían. En el nuevo pacto, que había cerrado con Thäl en su mente, dejaría en paz a la humanidad durante el tiempo que tardara en volver a sentirse hambriento.

Thäl no había tenido otra opción: sabía suficiente de magia como para estar seguro de que él no tenía ninguna posibilidad de destruir, expulsar u obligar a un ser de dimensiones no humanas a hacer nada que no quisiera.

Thäl y el rapto en las catacumbas (6 de 8)

 

Ilustración de Marcelo Sinistri


XI

Un olor antiguo y acre se filtraba junto con la luz que Thäl percibía al final del túnel. Le recordaba viejos campos de batalla que había atravesado muchos años después de que los vencidos cayeran, en tierras secas, sin humedad y sin buitres. Olía a muerte vieja, a carne momificada. También olía a magia oscura, lo que tenía sentido ya que las catacumbas eran un lugar propicio para alimentar conjuros malignos y furiosos con la energía residual de los muertos.

Luz, aroma y también sonido. La mujer gritaba entre hipos, como si se atorase con su propia saliva a cada sílaba o eructara al hablar. Los sonidos guturales encendían un débil recuerdo en el fondo de la memoria de Thäl, pero era demasiado tenue como para asirlo, tal como las paredes a su alrededor podían ser vistas pero no podía arrancarles un trozo de barro con el puño.

Con extrema cautela, el mercenario se asomó a la boca del túnel. Daba a una enorme galería horada en la tierra, una burbuja subterránea capaz de albergar un pueblo pequeño. En las paredes había huecos y dentro de los huecos pudo ver huesos amarillentos, de cráneos o pies, dependiendo en qué dirección estuviesen ubicados los esqueletos. Algunos descansaban directamente sobre el suelo húmedo. Muchos tenían el tamaño de niños pequeños.

En medio del recinto semicircular, un pozo gigantesco ocupaba una considerable superficie del suelo. De él emanaba luz cuyo color no podía definir. Algo parecido a un camaleón, escamoso, con ojos y boca desmesuradas y con una gran cola prensil, se agitaba dentro de la luz, entrando y saliendo de la realidad como el último tramo del camino que Thäl había recorrido.

La mujer sostenía por el cuello al niño raptado, con su largo y fibroso brazo extendido, sin mirarlo, porque sus ojos se dirigían al ser espectral que flotaba en el brillo. Su cántico líquido retumbaba en los oídos de Thäl como mil botas pisoteando tierra anegada. En su espalda, pequeños espasmos musculares hacían saltar los trapos sucios que vestía a un ritmo de percusión enloquecida. La sensación de hundirse en una ciénaga embargó a Thäl y sintió que sus pulmones se llenaban de barro y liquen. Cayó al piso chapoteando duro contra la fetidez del agua estancada.

Entonces la mujer se giró hacia él, tal vez sobresaltada, tal vez enfurecida. El hombre no podía distinguir sensaciones en el rostro que pudo observar: una boca anfibia, huecos que hacían las veces de nariz, ojos de sapo en medio de una piel marrón, húmeda y cubierta de baba.


XII

Forzando sus reflejos como siempre que un guerrero siente el peligro o la muerte a una decisión de distancia, Thäl cerró los ojos y corrió dando largas zancadas, ignorando el asco sobrenatural y el mareo que desequilibraba sus percepciones, hacia el último lugar en el que había visto y oído al monstruo batracio y al niño. Llevaba el brazo derecho totalmente extendido, con la espada desenvainada en su mano. Cuando se sitió cerca de ambos, cortó el aire y el cuerpo de la criatura, por detrás, a la altura de su columna media. Algo gritó, pero no fue la mujer. Un grito agudo, largo, primordial, emanó de la espalda del ser, y uno de los tumores que Thäl había visto abultar el reverso de su ropa se contorsionó y cayó al piso sangrando, si es que la sangre puede ser del color de la mostaza.

Fue la mujer sapo quien lanzó un grito al aire esta vez, iracunda, y soltó a la presa que sostenía por el cuello. Levantó el bulto de carne del piso y se alejó hacia las paredes llenas de tumbas, gruñendo y chillando.

El niño cayó hacia el pozo. La satisfacción del demonio en la luz por la inminente muerte humana pudo sentirse en la atmósfera viciada de la cueva. Esperaba consumir su alma. No lo saciaría, pero al menos el bocado lo mantendría vivo hasta la próxima ocasión. Se trataba de un ser interdimensional menor, casi desconocido, que aún no había atravesado sus momentos de gloria, no había tenido un séquito de adoradores que realizara grandes hecatombes en su nombre, y ahora que su única fiel era atacada por el descastado guerrero a sueldo, tal vez esos momentos nunca llegaran.

La curiosidad llevo a Thäl a mirar el abismo debajo de él, aunque no tenía esperanzas de ver al niño. Si el pozo tenía fondo, seguramente ya lo habría golpeado. Pero no. El desesperado rapaz pelirrojo se aferraba a una saliente rocosa del foso, silencioso, con el rostro contraído. El miedo que sentía le impedía siquiera gritar.

Thäl no tenía forma de subir al niño, aunque no se encontraba demasiado lejos. Decidió entonces que, de ahí en adelante, una soga formaría parte de su equipo básico de mercenario. Lo único que se le ocurrió hacer, sabiendo que el monstruo pronto volvería a atacarlos, fue usar su espada. La tomó por el filo y le ordenó al niño que se sostuviera de ambos lados de la guarda para así poder subirlo. Logró hacerlo, pero se cortó las palmas de las manos por el esfuerzo y gotas de su sangre cayeron al pozo sin fondo y, sin que él lo supiera, entraron en la dimensión demoníaca con la que el pozo comunicaba. Ese fue el principio de gran parte de su suerte y causa de muchas calamidades.

También fue el motivo de que, en poco tiempo, la bruja Ía se cruzara en su camino.

Thäl y el rapto en las catacumbas (5 de 8)

 Ilustración de Marcelo Sinistri

 

IX

Thäl deducía que el ser cuyo olor a barro putrefacto lo había sobresaltado era una mujer sólo por la ropa que vestía. Ropa de anciana mendiga o abuela muy descuidada que la cubría totalmente, desde los pies enfundados en bolsas de tela hasta la cabeza cubierta por una caperuza que proyectaba sombra sobre su rostro oculto casi por completo. Sumando la penumbra del atardecer a la exagerada vestimenta, poco más podía verse de ella.

Avanzaba apoyando en cada paso todo el peso de su voluminoso cuerpo en una sola pierna, modificando su centro de gravedad en cada pequeño avance, lo que le daba a su caminar una apariencia de vaivén pendular muy poco agraciado. Su sombra exhibía una barriga abultada y maciza, y era difícil saber si era una sucesión de pliegues en su camisa, o alguna clase de bocio o tumor, lo que hacía desaparecer virtualmente su cuello.

El mercenario fingió consultar precios a un vendedor que ya levantaba su puesto, mientras el cuerpo de la mujer se inclinaba lo poco que podía para hablar unas palabras con un niño pelirrojo, al que después llevó de la mano hacia las afueras, alejándose de la muralla que servía de límite posterior a la feria. No había nada sospechoso en las dos figuras, una enorme y la otra menuda, caminando contiguas. El niño no se veía asustado ni nervioso. Sus pasos seguros, casi alegres. Pero Thäl decidió seguir a la despareja dupla y ver si sus instintos habían acertado.

La mujer guió al niño hasta un grueso árbol en el que Thäl ya había reparado al llegar a Escatonia. Desentonaba en medio de la rala vegetación que dominaba el paisaje del reino. Además, era oscuro como ningún otro árbol que conociera, y tenía un aspecto manchado y aceitoso. No parecía el tono natural de la corteza sino de alguna sustancia pegajosa con la que alguien lo había pintado o recubierto.

Dado que debía guardar una distancia prudente en su persecución, Thäl tardó unos segundos en llegar al árbol tras la pareja. Cuando lo hizo, ambos habían desaparecido.


X

Después de la parálisis inicial provocada por la sorpresa, Thäl inspeccionó el terreno de forma exhaustiva. Si bien ya se había enfrentado a la magia y sabía de su existencia y sus efectos reales, sabía también que los espectros no solían atraer a sus víctimas a descampados ocultos antes de manifestar sus poderes o ejecutar sus venganzas. Al no estar limitadas por el tiempo, el espacio ni la mirada de los seres vivos, la magia verdadera y las apariciones genuinas se manifestaban en cualquier momento y lugar que eligieran hacerlo, frente a todos los testigos que estuviesen allí en ese instante. El mal encubierto y cauteloso, en su experiencia, era siempre humano.

En esta ocasión estaba en lo cierto. Pero no del todo. El mal que perseguía no era sobrenatural, pero tampoco humano.

El ángulo de las luces del castillo, siempre encendidas en las mismas torres, proyectaba una sombra tras el árbol, que escondía a la perfección una trampilla oculta en el piso. Aún no había una luna que iluminara las noches del planeta. La traerían desde otro sector del cosmos mucho después, en los años finales de la vida de Thäl.

El mercenario sin gentilicio que identificara su procedencia (ya que no podía decir que provenía de la Cúpula de metal y, en caso de que pudiera hacerlo, no sabía en qué región o provincia del mundo se encontraba afincada), abrió con cautela la trampilla y comenzó a descender por una empinada escalera de tramos asimétricos, formados por las extensas ramas del árbol que, en la superficie, marcaba y escondía el acceso. Un poco más abajo había escalones de madera. Un poco más abajo, de piedra. Y en los últimos metros del descenso, los resbalosos apoyos para los pies se encontraban excavados en el propio barro del interior de la tierra.

No había antorchas, pero el agua que cubría el piso del túnel y caía gota o gota por sus paredes, era de un color verde fluorescente e iluminaba de forma leve pero efectiva el camino, al menos en los metros más cercanos a quien atravesaba su laberíntico recorrido.

Thäl desenvainó su espada y caminó tocando la pared con la mano que le quedaba libre, como un invidente o un niño que aprende a caminar. Algo en el brillo de la tierra barrosa lo mantenía alerta. La veía latir, fluir dentro y fuera de la realidad, deshacerse y recomponerse como el mundo cotidiano en los primeros minutos de trance al consumir hongos de las moscas. Y su mano le confirmaba, para su perplejidad, que, a medida que avanzaba, la pared estaba cada vez menos presente. Cuando sus ojos vieron una luz brillar en el extremo del túnel, sus dedos ya podían atravesar el barro de la pared sin encontrar ninguna resistencia material, y podía sacarlos de allí sin daño alguno.

Thäl y el rapto en las catacumbas (4 de 8)

 

Ilustración de Marcelo Sinistri


VII

Eso nos lleva de nuevo a la presencia de Thäl en la feria central, fuera del primer círculo de murallas que resguardaba el castillo real de Escatonia, entre el aroma de frutas pasadas y especias que pretendían cubrir el olor de la carne descomponiéndose lentamente al sol, entre el ruido de los regateos y el crujido de las ramas que soportaban los puestos moviéndose con cada ráfaga de viento caliente. Levaba ya tres días recorriendo, acechando aún no sabía qué, intentando no llamar la atención.

Como el monarca del reino le había explicado, los niños pasaban mucho tiempo allí. Jugaban mezclados en medio de la multitud, utilizando a los compradores como escondite, rogaban a los viandantes que les regalasen las frutas golpeadas y, los mayores, ayudaban a las ancianas con el acarreo de las compras a cambio de un donativo a su criterio. Thäl los observaba con concentración absoluta y ya había memorizado sus caras y algunos de los nombres por los que los había escuchado llamarse. Aún no notaba la desaparición de ninguno de ellos.

Le resultaba extraño ver a niños jugando, sin preocupaciones, con sonrisas en los rostros. Nada más alejado de lo que él había vivido luego de que su familia hubiera huido en una caravana, por motivos que desconoce, de la Cúpula de metal. Sólo recuerda el movimiento del carromato volviendo borrosa y fantasmal esa última mirada a las cimas nevadas donde nació, ese relieve grabado en su memoria que, a pesar de los viajes y las aventuras transcurridas en tantas regiones distintas, nunca pudo volver a reconocer en ninguna cadena montañosa.

Los niños de Escatonia disfrutaban del ocio de sus tardes, esperando las tareas pesadas de la adultez. No debían trabajar como esclavos cada día, ni escuchar a sus compatriotas ser torturados cada noche para confesar secretos que no conocían. Secretos sobre forja, aleaciones y alquimia, reservados sólo a los maestros fundidores y a sus aprendices más avanzados.

Algún día Thäl encontraría su cuidad natal y exigiría conocer esos secretos, pero por ahora se dedicaba a observar y esperar.


VIII

En la enorme feria atestada había niños de todas las clases y todos los colores. Niños de piel roja, amarilla, oscura y pálida, jugando en grupos separados, a veces ignorándose y a veces enfrentándose en competiciones amistosas emanadas de atávicas luchas por la superioridad. Quién los conociera podía echar en falta a los pequeños de piel verde, que nacían aún en las tribus aisladas del desierto de Azkahar, pero pocas personas en el ancho mundo los habían visto alguna vez.

Al enfrentarse a semejante variedad, Thäl se preguntó si alguna característica los haría más proclives a la desaparición, si su captor buscaría conscientemente un tipo determinado de víctima. No había vuelto al castillo a saciar sus dudas en sus tres días de vigilancia porque descreía que los soldados o el rey hubieran prestado tanta atención a los detalles. Tampoco podía preguntarle a los propios niños sin descubrir su intenciones. Y, dado que los niños no suelen ser las personas más discretas, poner a uno de ellos sobre aviso podía significar poner sobre aviso también al culpable de las desapariciones.

Thäl se aburría. A pesar de tratarse en cierta forma un tema personal, ya que de veras le molestaba dejar sufrir a otros niños como él había sufrido en su infancia, sus labores pagas solían ser más directas, sencillas, expeditivas y sangrientas. Lo sobrellevaba diciéndose que poner a trabajar sus sentidos, su memoria y sus capacidades deductivas, era una forma de asegurarse de no haberlas perdido después de tanto tiempo valiéndose sólo de su espada. Un buen guerrero, después de todo, además de un buen espadachín de rápidos reflejos, era también un luchador astuto que observaba e identificaba las debilidades de los demás para utilizarlas en su contra.

El sol ya caía y Thäl comenzaba la que debería ser su última vuelta por los puestos de la feria, cuando un olor lo desconcertó. Una mujer envuelta en telas de trama gruesa e hilado descuidado, teñidas sólo por el marrón del polvo asentado durante años, pasó frente a él. Su rastro en el aire le hizo recordar a pegajosas ciénagas en las que había luchado con lagartos colosales, dragones de agua o espíritus vegetales. Pero Escatonia era una zona en extremo seca y el débil hilo de agua al que le debía su subsistencia no creaba en todo su recorrido un pantano, ni tan siquiera un lodazal.

Presa de una corazonada, dejó de vigilar a los niños para seguir a la mujer, que caminaba con piernas largas y flacas cuyos huesos delgados se marcaban como varillas en la parte posterior de su falda. Un repentino sentimiento de asco atacó su garganta, sin motivo aparente.

Thäl y el rapto en las catacumbas (3 de 8)

 

Ilustración de Marcelo Sinistri


V

Remus, rey de Escatonia, se preparaba para relatar lo mejor que pudiera la situación que lo había llevado a convocar a un mercenario ante su presencia.

El suyo, como Thäl ya lo había deducido, era un reino pobre. Un reino nuevo también, pero todos los reinos lo eran en ese entonces y no había necesidad de aclararlo. Las tribus humanas habían descubierto poco tiempo atrás las bondades del agrupamiento: muchas se habían reunido a pesar de sus diferencias, bajo un nombre, una bandera y una lengua que de a poco se iba construyendo con retazos de las ya existentes.

Si algún ser humano hubiese tenido una visión global del mundo, por seguro le hubiese resultado altamente sospechoso cómo el proceso de socialización de la especie daba un paso gigante al mismo tiempo en tantos lugares distintos. Pero no había persona que tuviese tanta información. Aunque Thäl alguna vez había notado que, de los pueblos desperdigados que había conocido en su niñez, sólo los hombres de piel verde del desierto de Azkahar seguían viviendo en soledad o, cuando mucho, dentro de una familia poco numerosa.

Sin embargo, casi de inmediato, ya reunidos dentro de ciudades amuralladas y bajo el mando de un monarca, las personas comenzaron a descubrir también las desventajas de la vida en conjunto: impuestos, órdenes que acatar sin entenderlas, enfermedades contagiosas, desconocidos cuya personalidad e intenciones no eran fáciles de descifrar. Pronto, el primado ofrecido a un solo hombre, a veces por su valentía, a veces por extrañas señales de un más allá aún no cartografiado, a veces por puro azar, comenzó a ser cuestionado. Y los reyes, que como cualquier ser humano se habían acostumbrado al cambio positivo con pasmosa rapidez, ensayaban nuevas formas de imponer su voluntad.

En el momento en que Remus abría la boca para comenzar su relato, un consejero entró corriendo en la sala del trono. Sin prestar atención al protocolo que Thäl había visto en otros sitios, es decir sin esperar el permiso de su monarca, comenzó a hablar, agitado y falto de aire.

-Señor… necesitamos hacer algo con las luchas entre vecinos. Sigue habiendo enemistades, peleas a golpes, incluso muertes, porque algunos roban las herramientas y ropas de sus vecinos, usurpan sus casas, algunos incluso duermen con sus mujeres.

-Pero si ya lo he prohibido y prometido castigos.

-Es que saben que no es posible cumplir con esa promesa. Todos lo hacen y es imposible castigar a todo el pueblo a la vez. No quedaría nadie para castigar a los demás. Pero los problemas que generan hacen imperioso encontrar una solución.

-He recorrido el mundo conocido –interrumpió Thäl– y sé que en algunos lugares ya encontraron la solución que buscan.

-¿Y cuál es?

-No le diga al pueblo que es la decisión es suya, su majestad, ni que van a ser castigados por usted.

-¿Entonces qué les digo?

-Dígales que un dios lo prohíbe y que van a ser castigados en el más allá.

Remus giró hacia su consejero y preguntó:

-¿Funcionaría?

-No lo veo muy claro… pero no perdemos nada con probar -fue la respuesta.


VI

Después de cumplir con su parte en el surgimiento de la religión organizada, Remus, por fin, comenzó a relatar su historia.

-Somos un reino pequeño y pobre. Eso significa, entre otras cosas, que cada uno de nuestros pobladores cuenta, los necesitamos a todos. Y, hace ya unos meses, muchos comenzaron a desaparecer misteriosamente.

-Técnicamente, mi señor -intervino el consejero-, toda desaparición es misteriosa.

-Técnicamente, tu labor es ayudarme a tomar decisiones, no interrumpirme – respondió Remus.

-Le ofrezco mis disculpas, su majestad.

-¿Dónde estaba?

-En las desapariciones, mi rey.

-Bien… son los niños. Sobre todo los niños desaparecen. Algún adulto de vez en cuando también, pero son los menos y además suelen encontrarse los cuerpos después, en algún descampado o pozo a medio cubrir. Creo que realmente no ha desaparecido ningún adulto sin que su cuerpo haya sido recuperado. ¿No es así?

-Exactamente señor. Algunos resultan irreconocibles, pero los números coinciden.

-No podemos estar del todo seguros, pero por los relatos de los padres, casi todos los niños pasaban tiempo cerca del mercado. Es el primer lugar al que envié soldados a investigar, pero…

-...pero ellos están dentro de las cuentas de fallecidos, eso es lo que mi rey quiere decir...

-...y no puedo perder más, ni pobladores ni soldados.

-¿Por qué?

-Porque… son mi gente, y mis sirvientes… y les tengo un gran afecto…

-No. El verdadero motivo.

Remus miró a Thäl ladeando la cabeza, como un perro curioso.

-He viajado mucho en poco tiempo, he conocido brevemente a muchos reyes, y si algo aprendí es que un rey que me miente es un rey en quien no puedo confiar. Y no trabajo para personas que no me inspiran confianza. No es una buena decisión de negocios.

-Bien… tengo dos hijos, uno de ellos será el próximo rey. Si no quedan pobladores no tendrá sobre quién reinar. Y si no quedan soldados, no habrán quién lo proteja de los pobladores.

Eso le sonó a Thäl como el verdadero motivo de un monarca. Sin embargo dijo:

-Usualmente cobraría mi peso en oro por un trabajo así. Los peligros desconocidos suelen ser los peores. Pero en este caso, será sólo la mitad.

-¿Por qué?

-No me gusta que maltraten a los niños.

Rey y consejero miraron al mercenario con un dejo de sorpresa y algo de preocupación, por esa muestra imprevista de debilidad.

-Es por motivos personales – aclaró él, para disipar sus dudas.

Thäl y el rapto en las catacumbas (2 de 8)

Ilustración de Marcelo Sinistri


III

De haber tenido entonces a Garra y Colmillo, sus espadas gemelas, Thäl hubiera tardado menos de un minuto en acabar con la partida de soldados. Debido a que contaba sólo con una espada imperfecta, forjada por un herrero improvisado y no por un maestro de la Cúpula de metal, tardó poco más de dos.

El capitán de la guardia fue el primero en morir, cuando el filo veloz cortó su cuello de lado a lado. Permaneció de pie en su lugar, intentando detener la sangre con ambas manos, porque otra cosa no podía hacer. De cierta forma, es algo denigrante que tu último acto en la vida sea inútil e ilógico, pero no es algo que le es dado controlar a casi ningún ser humano, salvo a los más remarcables de la historia.

Dos soldados perdieron sus mazas de piedra junto con las manos que las empuñaban. El pesado golpe de las armas en el suelo levantó una nube de polvo levemente coloreada de rojo, mientras Thäl descargaba un mandoble sobre cada cabeza desde la altura de sus brazos extendidos.

Otro hombre fue abierto desde el ombligo hasta el cuello, sin que el cuero de su armadura atada con nudos de cuerda pudiera hacer nada para protegerlo. Había escuchado de las armas de metal en historias de mercaderes y nunca había creído, hasta ese momento, en tales habladurías.

Finalmente, Thäl atravesó a uno de los dos soldados restantes de pecho a espalda y acompañó la caída del cuerpo arrodillándose lentamente a su lado con un efecto teatral muy bienvenido por los espectadores.

A su lado cayó el capitán, ya vacío de sangre. Fue el primero en morir y el último en tocar el suelo.

Adrede, Thäl dejó con vida al más joven de los soldados, quién no había hecho más que reducirse a un ovillo nervioso contra la pared.

-¿Por qué me atacan? - preguntó mirando al joven, cada ojo a un lado del filo ensangrentado de la espada que sostenía delante de su rostro iracundo.

-N… no… no era nuestra intención iniciar una pelea. El rey nos ordenó buscar a un mercenario para ofrecerle un trabajo.

-Llévame con él entonces – respondió Thäl, algo molesto por no haber terminado su comida.

Ese día, el joven soldado aprendió una importante lección: no se debe jugar al misterio con un hombre para quien la paciencia no es un virtud.


IV

Siempre se sintió extraño para Thäl llegar a un castillo atravesando el puente sobre un foso y pasando debajo de un portón elevado, sin escabullirse de los centinelas.

Este castillo en particular no parecía merecer su astucia ni su siglo. Se lo veía pobre y derruido. Si sus muros contenían tesoros lo disimulaban muy bien. Eso podía significar dos cosas: o la paga sería indigna de ser tomada en cuenta, o el problema era tan grande que justificaba el gran gasto de resolverlo, aún siendo extraordinario y probablemente mortal para las arcas del reino.

Por supuesto, prefería la segunda opción.

La gran sala del trono era un espacio abovedado, más parecido a una cueva con paredes talladas que a la verdadera obra de maestros constructores. Pocos tapices y estandartes, alguna cabeza de animal de caza mayor aquí y allá, que en lugar de llenar el espacio resaltaban la casi absoluta desnudez de las paredes.

En medio de la habitación, sobre el trono de piedra blanca, un fulano barrigón convocó a Thäl con un ademán de su mano, provocando que la guardia personal le abriese camino. Sobre su cabeza despeinada, la corona, demasiado pequeña, amenazaba con caerse ante cada inclinación de la cabeza.

-¡Te saludo guerrero!

-Yo también lo saludo su majestad.

-¿Donde está el resto del contingente? - preguntó el rey al joven que acompañaba a Thäl.

-Meditando acerca de las bondades de una conversación franca y directa – se adelantó el mercenario.

-Ah… entiendo… - dijo el monarca, analizando la situación. La pérdida de soldados era una mala noticia, pero la ferocidad del hombretón podía indicar, fuera de todo pronóstico, la posibilidad de buenos resultados en su misión: -¿Te han explicado la situación?

-No, su alteza. Tuvieron mucho tiempo para hacerlo pero lo desperdiciaron poniéndome de mal humor.

-Ah… entiendo… bien… no sé cómo empezar.

-La gente suele empezar diciéndome qué debo matar, y continúan diciéndome cuánto van a pagarme por hacerlo.

-Ah… entiendo...

Thäl y el rapto en las catacumbas (1 de 8)

 Ilustración de Marcelo Sinistri

 

I

Thäl merodeaba entre los puestos de la feria de vegetales y carnes saladas, pasando desapercibido en medio de la multitud, apiñada como granos de arena en un puño cerrado. Eran los años tempranos, cuando aún no llevaba su característico pendiente en forma de rectángulo, de un bruñido metal más oscuro que la noche misma, y nadie podía reconocerlo por el eco de los cantos que centurias después aún sobreviven en leyendas.

Sólo era un hombretón musculoso, de cabello rubio ralo, mal cortado a filo de espada, y barba de tres días. Tenía la típica estampa de los mercenarios y cazarrecompensas que pasaban sin detenerse, con los bolsillos llenos camino al burdel, o sin una moneda, hambrientos, cansados y con la ira a flor de piel al salir de ahí. Como sea, el último interés de este tipo de hombres era la fruta de pepita o las lonjas de puerco curadas al sol, por lo que los vendedores no les prestaban más atención que la que cabe en la rápida mirada que se le dirige a un posible ladrón o pordiosero, a alguien que en cualquier caso no reportará ninguna ganancia.

Pero sus repetidas vueltas entre los puestos levantados con ramas secas y telas hiladas raídas, sus miradas furtivas a las salamandras de arena abiertas en canal y conservadas en especias, no eran estrategias de espera ni una pérdida de tiempo. Estaba de cacería, al acecho de otro tipo de depredador.


II

Tres días atrás, comía en una fonda en las afueras de las murallas. Los mercenarios no eran bien recibidos en ninguna cuidad a menos que hubieran sido llamados: los que sobresalían en el arte de matar como mano de obra y los torpes o primerizos como carne de cañón para la guerra.

A pesar de que su nombre aún no era conocido a lo largo de los reinos de la planicie, su figura y su espada delataban con claridad cómo se ganaba la vida, por lo que fue abordado por un grupo de soldados del castillo real.

-¡Mercenario extranjero! - gritó el capitán de la guardia.

Thäl no dejó que uno solo de los músculos de su rostro se moviera, ni siquiera una de sus cejas se levantó. No caería en una trampa tan estúpida, en el caso de tratarse de una trampa. Un hombre que recorre en soledad la tierra no es un ejemplo acabado de confianza y muy pronto descubre que es mejor imaginar que quien no lo llama por su nombre le está hablando a alguien más.

-¡Eh! ¡Tú! ¡Mercenario extranjero! - repitió el jefe del grupo de soldados, a medida que se acercaban en bloque hacia la mesa del fondo, donde Thäl intentaba disfrutar de su potaje de legumbres y carne y su pan de miga oscura.

Cuando la media docena de hombres, con sus armaduras y cascos de cuero, se detuvo al lado de su mesa, ya no hubo dudas y se activó en Thäl el reflejo de luchar o huir, que tenía la opción de huir vacía desde hacía mucho tiempo ya.

Su mano apretaba la empuñadura de la espada antes de pensarlo. El filo cortó el aire tan rápido que los testigos sólo vieron la luz de las lamparas de aceite reflejadas en él, como un relámpago recto y horizontal.